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martes, 26 de enero de 2021

Meditación en la humildad (6)

Los últimos grados de humildad de san Benito son el colofón de la virtud: el undécimo consiste en ser dulce en el hablar y en el porte externo con todos, aceptando  y amando a los otros tal como son; y el duodécimo habla de vivir centrado y sereno, inconmovibles (que no impasibles)  ante los acontecimientos que sucedan a nuestro alrededor.


Recordemos de nuevo que el capítulo de los grados de la humildad contenidos en la regla de san Benito son la coronación de la obra. El santo, tal y como mencionamos al inicio de esta serie de temas, hace algo sorprendente: comenzar por la toma de conciencia y el reconocimiento de la presencia de Dios; y hasta llegar al undécimo grado no brilla lo específico de la humildad en todo su esplendor: “El undécimo grado de humildad consiste en que el monje, al hablar, lo haga suavemente, sin risas, con humildad, seriedad y pocas palabras, no hable a voces, como está escrito: ´al sabio se le conoce por sus pocas palabras´”. En resumen: quien es humilde es persona de silencio, amigo de pocas palabras, y éstas, cuando sean necesarias, son siempre amables. 

Amabilidad 

En el undécimo grado se deja ver que la vida espiritual es algo más que una relación piadosa con Dios; más que a ser santos, hay que ser felices, sentirse bien en el mundo. Y la clave está en el modo de relacionarnos con las cosas y, sobre todo, con las otras personas.

El grado de nuestras relaciones con Dios se mide en el modo en que nos relacionamos con el prójimo. La cercanía y acogida es cercanía y acogida de Dios: “Tuve hambre y me disteis de comer…” , y el desprecio y rechazo es desprecio y rechazo de Dios “Tuve hambre y no me disteis de comer” (Mt 25). La humildad muestra su cenit en la compasión. Eres humilde cuando eres compasivo. El grado de nuestra compasión es el grado de nuestra santidad. 

San Benito pone sobre la mesa el papel que juegan las demás personas en tu vida. La espiritualidad no es algo abstracto sino concreto, no se llega a Dios sino por el encuentro personal humano. ¡Misterio de la encarnación! Dios se hace hombre para enseñarte que el campeonato de la vida eterna (espiritualidad) se juega en la liga de la humanidad. Todos los que te rodean son el puente que se te ofrece para llegar a Dios, el trampolín de tu realización personal. 

Para el humilde el otro no es nunca un competidor en la carrera por sobresalir o sobrevivir. No es el prójimo un ladrón que limita tu libertad y te roba la vida sino, como queda dicho, un puente que te acerca más al conocimiento de Dios y al propio conocimiento. 

Los otros no son un estorbo sino una gracia para crecer. Con su presencia, a menudo molesta, compensan lo que te falta para madurar; el prójimo activa en ti una nueva conciencia, la necesidad de la aceptación y la paciencia. Dios pone al prójimo ante ti, con sus luces y sus sombras, para tu crecimiento. Ellos te enseñan a admitir las diferencias, a reconocer que todos habéis de habitar un espacio común, que entre todos debéis hacer posible un mundo cada vez más respirable. 

Ser humilde no es sentirse inferior a nadie, es simplemente sentirme igual a todos, parte de todos, hermano de todos, sin acepción de personas.


Serenidad 

El último grado de la humildad, el duodécimo, te pide que tu presencia en el mundo sea pacífica. La paz y el silencio interior se expanden hacia el exterior: “El duodécimo grado de humildad –dice san Benito- consiste en que el monje no solo sea humilde en su interior sino que también lo manifieste en su porte externo a los que le ven”. Con la humildad conduces tu alma a la verdad, al reconocimiento de tu propia deficiencia, de tu propio pecado; "dirá siempre en su interior, con los ojos clavados en la tierra: Señor, soy un pecador indigno de alzar mis ojos al cielo"; así te descubres y conoces como débil entre débiles, sostenido o sostenida por la fe y la fuerza de Dios que te habita. 

Cuando la persona, despojada de todos sus ruidos, se adentra en el silencio, adquiere una gran serenidad interior que se deja ver en su capacidad de escucha, compasión y acogida incondicional. Esta serenidad es su carta de presentación. 

Remitiéndonos a la parábola de la casa edificada sobre roca (Mt 7,27-29), podemos decir que la verdadera humildad es la cima de una vida sólidamente asentada en la Palabra; y no hay otra palabra que Cristo; cuando se vive en Él, por muchas que sean las contrariedades que te salgan al paso, mantienes la serenidad; eres como esa casa bien edificada sobre la que "cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos, pero no no se hundió , porque estaba cimentada sobre la Roca" (Mt 7, 25). 

El verdadero místico, por mucho que se le provoque o se le incite a odiar, se mantiene siempre sereno; es más, su sola presencia transpira y expande paz y amabilidad. Los pobres se sienten seguros a su lado, porque saben que junto a él están libres de la dominación y pueden encontrar sosiego. 

Así, la humildad nos conecta con el mundo de una manera nueva. Hace que el mundo sea percibido como un espacio bueno y agraciado. La multitud de personas que se mueven a nuestro alrededor nunca son vistas como competidores, como un peligro potencial, sino como hermanos, como una gracia de Dios, una oportunidad para, amándoles, lograr la felicidad y la paz para todos. 


Alcanzar el perfecto amor de Dios 

Concluye san Benito sus grados de humildad diciendo cuál es la meta que se alcanza con ella: 

“Subidos, pues, todos estos grados de humildad, el monje llegará enseguida a aquel amor de Dios que, por perfecto, echa fuera todo temor. Gracias a él, lo que ante cumplía no sin temor, comenzará a observarlo sin esfuerzo, como espontáneamente y por costumbre. No tanto por temor al infierno, cuanto por amor a Cristo, por la misma buena costumbre y por el gusto de las virtudes. El Señor, por el Espíritu Santo, manifestará todo esto a su obrero ya limpio de vicios y pecados”. 


* * * 
Con esta entrada en el blog  terminamos nuestras reflexiones acerca de la humildad. Han sido temas de mucho interés, aunque deberíamos saber que su valor real no es tanto que sean lecciones magistrales sino en que sean practicadas. Como modelo insuperable de práctica de humildad tenemos a la Virgen María. No te olvides de contemplarla en sus misterios (anunciación, visitación, natividad, junto a la cruz...). Y, por supuesto, imita su humildad.

La espiritualidad, en el fondo, escapa a toda especulación teórica. Se trata de vivir, de sentir, de encarnar la vida de Cristo en el día a día. Si todo lo expuesto en estos temas te ha servido para conocerte un poco mejor, enhorabuena. Pero ya que te conoces en lo bueno y en lo malo, haz silencio y practica todo lo que has aprendido. 

Esperemos y oramos para que pase pronto esta época de pandemia para poder retomar nuestros encuentros presenciales. Mientras tanto, no dejes de hacer silencio y unirte de corazón a la comunidad.

Casto Acedo. Enero 2021

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