Buscar en este blog

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Desmontar la necesidad de agradar

Unida a la meditación en la humildad-3  va esta reflexión e invitación a la práctica del propio conocimiento. Recordad que estamos profundizando en las terceras moradas de santa Teresas, en concreto en el tema del conocimiento de un@ mism@ y la humildad. "Humildad es andar en verdad", decía la santa, es conocerse en la propia verdad. 


"Cuidaos de no practicar  vuestras buenas obras  delante de los hombres  para ser vistos por ellos" (Mt 6,1).


Todos hemos crecido alimentando en nosotros la necesidad de aprobación. Ya de niños nos enseñaron qué teníamos que hacer para ganarnos la sonrisa y el cariño de otros. En la escuela se nos adoctrinó acerca de cómo debemos comportarnos para crecer como personas de provecho, y si repondíamos a lo que se esperaba de nosotros éramos premiados; en caso contrario castigados.

La catequesis hizo crecer en muestra mente el esquema de la aprobación; en este caso bajo la mirada de un Dios que premia o castiga según que nuestras obras le agradaran o no. De este modo las religiones han domesticado el mensaje de los líderes religiosos hasta hacer de ellos unos conformistas sociales; a pesar de que un estudio cuidadoso de Jesucristo nos demostrará que no era una persona cuya aspiración era la de agradar a los demás, sino todo lo contrario: alguien que provocó con sus palabras y actitudes el rechazo y la censura. Lo mismo cabría decir de los otros fundadores de religiones, que fueron rebeldes al sistema imperante.  Pero hemos domesticado su mensaje adaptándolo a la cultura de la “aprobación social”. 

La educación que recibimos en el instituto,  en la universidad o en el centro de formación laboral fue otro tanto de lo mismo. Escogimos estudios que gozaran del visto bueno de nuestros padres o de la salida laboral o el prestigio que la sociedad nos pedía para responder a sus demandas. Siempre pendientes de la aprobación ajena. 

No hemos estudiado lo que nos gustaba, ni expusimos en los exámenes lo que realmente pensábamos o sabíamos, sino aquello que nos proporcionara el aprobado del profesor. Y luego, terminada la formación, nos hemos puesto a trabajar, y a fin de triunfar seguimos buscando la aprobación del jefe o de quienes nos puedan facilitar un ascenso. 

Con los amigos, la pareja, los compañeros de trabajo, más de lo mismo. Siempre es más fácil responder a lo que esperan de mi que complicarme la vida poniendo sobre la mesa mis verdaderas ideas y sentimientos. He aprendido a adaptar mis respuestas a lo que otros esperan de mi. Y así he ido sorteando la vida, sin enfrentarme a ella,  huyendo de mi realidad. 

El precio pagado para obtener beneplácito de otros ha sido muy alto: cuando he actuado así he sacrificado mi auténtico ser (yo) a costa de engordar una falsa imagen de mí mismo (ego). La necesidad de aprobación ha hecho de mí un títere que se mueve al ritmo que marcan otros. Y esto, en muchas ocasiones,  no ha hecho más que producir en mí amargura, tristeza y desencanto.

A veces estallamos violentamente ante los demás. ¡Chic@, no hay quien te conozca! ¿Cómo sales hoy tan respondon@?¡No esperaba eso de ti!

Hemos aguantado mucho tiempo con la propia identidad escondida y represada; hemos callado para no crear conflictos, para no desagradar; hemos acallado los pensamientos por miedo al rechazo; hemos moderado o corregido la propia opinión adaptándola al oyente; hemos reprimido nuestra personalidad por temor a que nos rechacen y nos excluyan del rebaño;… pero llega un momento en que el "yo" se rebela y se impone violentamente. 

Hay quienes no entienden que una persona tan formal y tímida hasta entonces, de repente, explote. Pero tiene su lógica. La olla a presión tiene un límite de resistencia. Cuando la presión (represión) a la que se somete el yo debido a la necesidad de agradar no encuentra una válvula de escape revienta violentamente o se desinfla cayendo en la depresión.

* * *

 

Creo que no nos costará mucho esfuerzo vernos reflejados en lo expuesto.  


Pues bien, la necesidad de aprobación nace de algo falso, pero que nosotros hemos establecido como real desde siempre: para ser feliz necesitamos la aprobación de los demás, y para ganar ésta debemos someter  nuestros gustos y criterios a lo que ellos esperan de  nosotros. Esta creencia firmemente arraigada en nuestra mente y nuestro corazón nos pone en situaciones muy difíciles en la vida, y con frecuencia nos obliga al fariseísmo. 


No  somos tan perfectos como quieren los demás que seamos, pero ¿cómo desmontar la imagen que les  hemos vendido hasta ahora? Y si declaro lo que realmente soy y pienso, ¿no me rechazarán?, ¿no me quedaré sin amigos? ¿no  me repudiará mi pareja? ¿Podré conservar mi puesto de trabajo? … Por miedo a la intemperie y la soledad preferimos seguir vendiendo una imagen ficticia de nosotros y escondiendo la realidad. "Sepulcros blanqueados" (Mt 23,27), decía Jesús.

 

Lo que hacemos al querer agradar siempre es tan inútil como absurdo. Pienses lo que pienses, digas lo que digas, hagas lo que hagas, siempre habrá gente que estará de acuerdo contigo y gente que no.  Y seguramente, contra tu pronóstico, tendrás más aceptación cuando seas tú mismo que cuando juegas a dar coba a tu interlocutor. Pruébalo. 


Pierde el miedo a opinar cuando tus ideas son contrarias a las que exponen otros; plantea los temas desde tu punto de vista, aunque choque con los otros; hazlo con respeto y verás como, aunque al principio te cueste, irás descubriendo un mundo nuevo a tu alrededor. Un mundo en el que tú no serás una marioneta en manos de otros; serás tú mismo. Muchos te rechazarán (no has nacido para agradar a todo el mundo), pero seguro que otros muchos te valorarán y respetarán como nunca lo han hecho hasta ahora .

* * *


Practicando 

Propongo un ejercicio que ayude a tomar conciencia de cómo tendemos a vender una imagen de nosotros que sea del agrado y aprobación de  los que nos rodean,  sometiéndonos para ello a sus criterios. Simplemente, al acabar el día, constata si has vivido algún hecho como los que se mencionan a continuación o similar:

* Has adulado a algún interlocutor buscando (yo diría mendigando) su cariño.

*Te has sentido humillado o insultado porque alguien ha declarado una opinión contraria a la tuya.

*Has hecho algún favor a otra persona y te ha quedado cierto resentimiento porque lo has hecho forzado.  No te  has atrevido a decirle que no.

* Has  dicho algo que no piensas sólo por evitar que los que te escuchan te den de lado (miedo al rechazo).

*Has propagado chismes y habladurías sólo por llamar la atención y disfrutar de la atención que te prestan tus oyentes.

* Estás ansioso porque los demás aprueben y alaben algo bueno que has dicho o  has realizado. Y si lo minusvaloran te hundes.

 

Puedes tomar nota de alguna  experiencia igual o parecida que hayas vivido durante el día o la semana. Mira lo más objetivamente posible el hecho a fin de extraer lecciones para liberarte de esa costumbre que te lleva a buscar la aprobación de otros. 


Sólo por el hecho de hacerte consciente de esas reacciones automàticas para recibir aprobación estás  poniendo el cimiento para ser más libre, más dueño de ti mismo.

 

Puedes seguir estos pasos


1.   1. ¿Qué ocurrió? Repasa el acontecimiento, y míralo sin juzgarlo (evita sentimientos de culpa o impotencia).toma nota

2.  2. ¿Qué me motivó a hablar o actuar así? No tengas miedo a reconocer el poder que la “imagen de quieres dar de ti mismo” ha tenido en tu respuesta o reacción.

3.   3. ¿Reconozco en lo dicho u hecho un deseo de ser aprobado a costa de ceder en mis verdaderas opiniones o posturas? Sin ser duro o dura  contigo, reconoce humildemente tu error. Sólo así podrás corregirlo en otra ocasión.


Este tipo de experiencias son muy comunes en el día a día. Solemos verlas en los demás. Nos cuesta verlas en nosotros. Nos falta humildad. Y además, la costumbre ha hecho que formen ya parte de nuestro vivir rutinario. 

Es importante que te liberes del “qué dirán”. Tus actos deben partir de un decisión personal, fruto de un conocimiento recto (conciencia formada en la bondad y la verdadera compasión). A partir de la toma de conciencia del hecho deberías estar más atento cuando se repita y crear mecanismos para dar la respuesta más adecuada a tus ideas y convicciones propias. Se hace camino al andar.

Y no te autoengañes. Cuando te sientes mal (dolido, deprimido, ofendido…) porque alguien no te aprueba, que sepas que, aunque tú crees que es él el responsable de tu desdicha, no es así. El problema es tuyo, y al cargar la responsabilidad sobre otro te estás ocultando la herida, con lo cual haces imposible la curación.

* * *

Es importante ser tu mismo, con tus debilidades, tus ideas acertadas unas veces, equivocadas otras, pero tú mismo. Estás llamado o llamada a ser un loco o una loca, una persona rara por su originalidad, que no tiene por qué someterse a nadie, basta que sea ella misma respetando, que no sometiéndose, a lo otros. Una aloca o un loco  original, como el que describe la parábola de Kalil Gibrán.

El loco (1918)

Me preguntáis como me volví loco. Así sucedió:

Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras -si; las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado, y que llevé en siete vidas distintas-; corrí sin máscara por las calles atestadas de gente, gritando:

-¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!

Hombres y mujeres se reían de mí, y al verme, varias personas, llenas de espanto, corrieron a refugiarse en sus casas. Y cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa, señalándome gritó:

-Miren! ¡Es un loco!

Alcé la cabeza para ver quién gritaba, y por vez primera el sol besó mi desnudo rostro, y mi alma se inflamó de amor al sol, y ya no quise tener máscaras. Y como si fuera presa de un trance, grité:

-¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras!

Así fue que me convertí en un loco. Y en mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser. Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón.

Medita esta parábola y aprende a no vivir esclavo de la aprobación de otros. Hallarás libertad y seguridad, “la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser”.

Nota: las referencias psicológicas a la necesidad de aprobación están recogidas muy resumidamente del capítulo III de Wayne W. Dyer, en Tus zonas erróneas.

Casto A. Diciembre 2020

1 comentario: