Transcribo aquí, como buenamente puedo y Dios me da a entender, unas ideassobre "oración de adoración". Y no olvidéis que sin "ejercicio diario de meditación" todo esto no es sino letra muerta.
Adorar
Siempre tendemos a pensar a Dios “para mí”, Dios útil, práctico, conveniente. Y hay que decir que en un mundo consumista y utilitarista como el nuestro es la forma más habitual de buscar la relación con Dios; la propia del niño (infancia espiritual) que todo lo espera de sus padres; así, Dios es mirado en la primera etapa de la vida espiritual como el que satisface mis necesidades materiales, de paz, de sentido, etc. Y esta manera de pensar a Dios desde la condición de niños dependientes (fe infantil) nos lleva a una oración de petición, en la que nos solemos mover con el esquema del “do ut des” -doy para que me des-, espiritualidad comercial, de intercambio, de negocio. Si me das esto..., te daré tal cosa... En un esquema mental de intercambio e intereses, ¿para qué orar si no voy a sacar nada?
Además de la oración de petición, hay otras formas, como lo es la oración de propiciación, por la cual haces algo agradable a Dios para que sea benevolente contigo (¿No se parte aquí de la idea de un Dios un tanto vengador?); o la oración de acción de gracias, más madura y correcta; dar gracias a Dios por lo que somos y tenemos es ya reconocer que no somos el centro de la historia, y que hemos de vivir agradecidos por la presencia y los dones de otros y del Otro.
Pero, sin duda alguna, el culto más perfecto dirigido a Dios es la oración de adoración, por la cual, lejos de pensar a "Dios para mí" me pienso "yo para Dios". Adorar es vivir centrados y catapultados hacia aquel o aquello que se adora. Hay que tener cuidado, porque si erramos en el sujeto al que adorar -o en el objeto, en el caso de no ser una persona- caemos en la idolatría, que consiste en hacer girar nuestra vida de modo absoluto alrededor de personas, instituciones, cosas, ideas, etc. que no son Dios.
Tampoco podemos desdeñar la idolatría-selfie, o el culto a uno mismo. ¿No tendemos frecuentemente a hacer un dios a nuestra medida, un dios según mis gustos? Y esta deriva idolátrica es muy común, y por eso la oración de adoración supone primero un ejercicio básico de discernimiento para el contemplativo. ¿En qué Dios creo? ¿No será un ídolo el Dios que imagino ?, ¿Quién o qué cosa es mi Dios?
El buen culto de latría (adoración) es el que pone a Dios en el centro, y al hacerlo así descentra el ego, lo margina, para poner todo en el Otro. Se trata de una manera de oración o meditación que parte de una atracción que viene de fuera. Es como el enamorado o los padres que dicen que “adoran” a su amada o a su hijo. Esa adoración tiene mucho de misterio, de atracción exterior por parte del ser adorado, y de mirada en parte irresistible hacia lo adorable por parte de quien adora.
Además de la oración de petición, hay otras formas, como lo es la oración de propiciación, por la cual haces algo agradable a Dios para que sea benevolente contigo (¿No se parte aquí de la idea de un Dios un tanto vengador?); o la oración de acción de gracias, más madura y correcta; dar gracias a Dios por lo que somos y tenemos es ya reconocer que no somos el centro de la historia, y que hemos de vivir agradecidos por la presencia y los dones de otros y del Otro.
Pero, sin duda alguna, el culto más perfecto dirigido a Dios es la oración de adoración, por la cual, lejos de pensar a "Dios para mí" me pienso "yo para Dios". Adorar es vivir centrados y catapultados hacia aquel o aquello que se adora. Hay que tener cuidado, porque si erramos en el sujeto al que adorar -o en el objeto, en el caso de no ser una persona- caemos en la idolatría, que consiste en hacer girar nuestra vida de modo absoluto alrededor de personas, instituciones, cosas, ideas, etc. que no son Dios.
Tampoco podemos desdeñar la idolatría-selfie, o el culto a uno mismo. ¿No tendemos frecuentemente a hacer un dios a nuestra medida, un dios según mis gustos? Y esta deriva idolátrica es muy común, y por eso la oración de adoración supone primero un ejercicio básico de discernimiento para el contemplativo. ¿En qué Dios creo? ¿No será un ídolo el Dios que imagino ?, ¿Quién o qué cosa es mi Dios?
El buen culto de latría (adoración) es el que pone a Dios en el centro, y al hacerlo así descentra el ego, lo margina, para poner todo en el Otro. Se trata de una manera de oración o meditación que parte de una atracción que viene de fuera. Es como el enamorado o los padres que dicen que “adoran” a su amada o a su hijo. Esa adoración tiene mucho de misterio, de atracción exterior por parte del ser adorado, y de mirada en parte irresistible hacia lo adorable por parte de quien adora.
Como hemos dicho, en el culto de adoración el ego pasa a un segundo lugar, y la personalidad se asienta en el Otro. El auténtico yo se descarga así de sufrimientos y apegos. ¿Qué importan las cosas, qué importan las circunstancias que vivo, qué importan incluso mis fallos morales? Dios es. ¡Está ahí! Eso es lo único importante. Y yo, que hasta ahora ponía la esperanza sólo en mí mismo y he experimentado frecuentemente el fracaso me doy cuenta de que él es lo único importante, imperecedero, eterno.
Adorar me abre las puertas a una nueva dimensión, a una vida nueva en la que mi “yo interior” se abre y se llena del “Dios que es”, del cual soy imagen (cf Gn 1,27). Vivir el espíritu de adoración me da una visión distinta de las cosas; ya no veo el mundo desde las estrecheces de mi ego, como por un agujero, sino desde las alturas, como el sol que alumbra y ama todo y a todos sin prejuicios. Los ama como Dios, con una mirada limpia como la suya; Dios, “que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45).
Y como expansión del recogimiento y la contemplación de Dios, como explosión del espíritu adorador, brotará espontáneamente en tí la oración de glorificación. Una vez seducido por el Dios Padre de Jesucristo, ya no tendrás miedo ninguno (Dios es amor, y no tienes necesidad de aplacar una ira que no existe en Él), tampoco necesitarás pedir nada (sabes que es Padre y conoce tus necesidades). Sólo desearás glorificarle, expresar con tu “gloria a Dios” todo los bienes que recibes de él y toda la felicidad que te envuelve. La oración más perfecta del adorador la has pronunciado muchas veces con tus labios: “¡Gloria al Padre, al hijo y al Espíritu Santo!”, ahora pásala al corazón y te llenarás de dicha. Repite una y otra vez: ¡Gloria a Dios! Si lo haces así, tu palabra, tu fe y tus buenas obras glorifican a Dios en ti al tiempo que tú mismo eres glorificado en Él (cf 2 Tes 1,11-12). Serás como Cristo, el Señor, que con la ofrenda de su vida glorificó al Padre y el Padre lo glorificó (cf Jn 12,20-36;13,36).
Así pues, meditador, cuando aquietes tu cuerpo, tu mente y tu corazón, aparta a un lado tus ídolos (ensueños, creencias, apegos, convicciones...) y fija tu mirada en Dios como punto de referencia esencial. Adora y confía. Dios es. Si sientes en tu corazón que eso es lo único importante, sabrás que todo lo que te inquieta es falso, un engaño de tu ego celoso y despechado, que se niega a aceptar que tu amor se vuelque en Otro.
Míralo así. Y cuando entres en meditación aquieta tu cuerpo. tu mente y tu espíritu; procurar trabajar para que el ego, que se empeñará en hacerse presente en incomodidades corporales, pensamientos y emociones no arruine tu decisión de adorar. En quietud, da paso a tu verdadero yo, que no es perfecto como pretende el ego,sino que asume con humildad sus imperfecciones.
Al meditar -como dice Eloi Lecrerc- "no te preocupes tanto de la pureza de tu alma. Vuelve tu mirada hacia Dios. Admírale. Alégrate de lo que Él es, Él, todo santidad. Dale gracias por Él mismo. ... Y cuando te hayas vuelto así hacia Dios, no vuelvas más sobre ti mismo. … Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad”.
Casto Acedo. Febrero 2018



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