ORACION Y VIDA (III)
Invitación a la perseverancia en la oración desde unas consideraciones sobre el papel de la fe y las obras en la vida cristiana.
NOTA: Recordad que esto era un comentario en tres partes (aquí va la tercera) sobre la importancia de la oración contínua, su papel en la vida y acerca de la relación entre la vida espiritual (oración) y moral (acción).
Hay un texto de Meister Eckhart, autor espiritual del siglo XIV, que desded el momento en que lo leí em llamó la atención Se trata de un texto llamativo por la invitación que hace al meditador a centrar la mente más en el “ser” que en el “hacer".
Vivimos un tiempo y un mundo eminentemente prácticos, donde todo tiene que tener una utilidad, un “para qué”; éste “para qué” se mide siempre en claves prácticas, ya sea de beneficio económico o de bienestar físico o emocional. Esto de meditar ¿para qué sirve si no hay provecho palpable?, ¿para qué hacer un ejercicio de meditación si no voy a extraer de ello beneficios prácticos? Muchos buscan en la meditación lo que propiamente no es. ¡Fijaos hasta qué punto hemos llegado, que muchas empresas ofrecen a sus ejecutivos cursos fundados en técnicas de meditación orientadas a mejorar su rendimiento!
El texto que citábamos, y que viene a desenmascarar la falsa meditación utilitarista, dice así: “La gente nunca debería pensar tanto en lo que tiene que hacer; tendrían que meditar más bien sobre lo que son”.O sea que el tiempo de la meditación debe orientarse al conocimiento del propio “ser” antes que a la adquisición de unos criterios sobre las obras que hemos de realizar. Esto es chocante para nuestra cultura en la que el ser está fundado en el hacer. La razón de la vida es hacer cosas para obtener beneficios materiales; trabajamos para adquirir bienes de consumo, y consumimos para seguir trabajando. La economía capitalista, que se mueve con la dialéctica de la producción y el consumo, ha entrado a formar parte de nuestro propio ser. Tanto es así que incluso realidades tan sagradas como la amistad, el amor, o incluso la familia y la misma fe (la meditación) llegamos a concebirlas como simples bienes de consumo.
Pues bien, según nuestra tradición cristiana, más importante que “hacer" cosas es “ser" yo mismo. Mi identidad profunda no está en mi oficio o en mis títulos, en mi rentabilidad profesional, sino en mi “yo mismo”, en mi ser más íntimo. Tengo un valor más allá de lo que hago.
En cierta ocasión, estando Jesús en casa de su amigo Lázaro, una de sus hermanas, María, aprovechó para sentarse a sus pies y escucharlo. Mientras tanto, su hermana Marta, no cesaba de trajinar por la casa (cf Lc 10,38-42). Llega un momento en que Marta no puede callar y presenta a Jesús su queja: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».Uno esperaría que Jesús le diera la razón. Sin embargo, lo que hace es poner en evidencia ese error tan común hoy, que consiste en pensar que el hacer es más importante que el ser: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».
Jesús no se muestra contrario a la actividad que Marta realiza, sino al “activismo”, a la inquietud, el desasosiego y la tensión con que lo hace: “Andas inquieta y preocupada”, es decir, no tienes quietud en tu ser, estás atada por pensamientos que te ocupan y te alejan de ti misma. El mismo reproche que Marta hace a hacia María ("¡me ha dejado sola para servir!") esconde una cierta envidia y una no aceptación de su tarea. Marta hace las labores de casa sin convencimiento, como imposición, sin que la energía le salga de dentro, y esto la desquicia. Sin embargo, a María la contemplación a los pies de Jesús le produce sosiego y paz, quietud. Está aprendiendo a ser; más aún, está siendo. A los ojos de Marta su postura es de pasividad, sin embargo es Marta la que tiene el espíritu paralizado, muerto, incapaz de ser.
Sigue diciendo M. Eckhart en el texto que leíamos: “Si la gente y sus modos fueran buenos, sus obras podrían resplandecer mucho. Si tú eres justo, también tus obras son justas. Que no se pretenda fundamentar la santidad en el actuar; la santidad se debe fundamentar en el ser, porque las obras no nos santifican a nosotros sino que nosotros debemos santificar a las obras. Por santas que sean las obras, no nos santifican en absoluto en cuanto obras: sino en cuanto somos santos y poseemos el ser, en tanto santificamos todas nuestras obras, ya se trate de comer, de dormir, de estar en vigilia o de cualquier cosa que sea”. Creo que tras el ejemplo de Marta y María podemos comprender mejor esto.
Y hay otros textos de la Escritura que vienen a decir lo mismo, como cuando Jesús dice: “ No andéis agobiados … no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus problemas… Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia” (cf Mt 6, 31-34). Fíjate en que -como en el caso de Marta- Jesús no dice que no se trabaje, sino que se ponga la búsqueda del Reino de Dios como prioritario; y ese Reino no es preocupación y estrés, "el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo" (Rm 14,17); lo malo no es el hacer -también nos debemos embarcar en el trabajo por el Reino- sino el “hacer agobiante”, la preocupación, lo que no te deja ser porque te desquicia y enfurece.
Otro texto que podríamos citar es el conocido himno al amor de san Pablo (cf 1 Cor 13,1-13); “Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría… El amor es paciente, es benigno, es servicial, etc…” . El himno, leído detenidamente dice que lo que define al amor no es lo que “hace” sino lo que “es”; sólo el “ser” (amor) da valor al “hacer” (obras). No son las obras las que nos santifican, sino nuestro amor el que santifica a las obras. Aunque diera todas mis riquezas a los pobres, si no lo hago desde mi ser, si no tengo amor, de nada me sirve.
Otro texto que podríamos citar es el conocido himno al amor de san Pablo (cf 1 Cor 13,1-13); “Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría… El amor es paciente, es benigno, es servicial, etc…” . El himno, leído detenidamente dice que lo que define al amor no es lo que “hace” sino lo que “es”; sólo el “ser” (amor) da valor al “hacer” (obras). No son las obras las que nos santifican, sino nuestro amor el que santifica a las obras. Aunque diera todas mis riquezas a los pobres, si no lo hago desde mi ser, si no tengo amor, de nada me sirve.
Querido meditador: te digo todo esto para que seas conscientes de la importancia de la práctica de la meditación. Sin despreciar el hecho de que pueda conducirnos a obrar cada día con más justicia, el valor de la meditación está en que te conduce a ser cada día más “tú mismo, aquí y a hora”, te lleva a conocerte más -con el tiempo sabrás que un mayor conocimiento y aceptación de Jesús en tu vida te da un mayor conocimiento y aceptación de ti mismo- y a obrar con más libertad, sin imposiciones externas, desde el fondo de tu alma. Las obras del hombre libre no son tales cuando son motivadas por amenazas o seducciones del exterior; tampoco son libres cuando responden al cumplimiento de una ley a la que se somete ciegamente; la acción que salva y justifica al hombre es fruto de una decisión libre nacida y cultivada en el interior más íntimo, en el hondón del "ser".
Así pues, aquiétate unos minutos cada día, deja tus tareas, ponte a los pies del Maestro como María, acállate, escucha, y déjate inundar por la Presencia que da consistencia a tu silencio. Que la música callada de Dios te inunde. Si perseveras en la meditación llegará un día en que tu ser y tu hacer no caminarán desconectados; Marta y María andarán juntas. A esto te conduce la meditación, a que tu vida sea toda contemplativa. Para llegar aquí la puerta y el camino es la oración perseverante.
Termino haciéndote partícipe de una oración-testimonio que a mí mismo me sirvió de mucho en su momento para animarme a la oración:
Me levanté temprano una mañana,
y me lancé a aprovechar el día.
Tenía tantas cosas que hacer,
que no tuve tiempo para rezar.
Se me amontonaron los problemas
y todo se me volvía cada vez más difícil.
“¿Por qué no me ayuda Dios?” –me preguntaba.
Y él me respondió: “No me lo has pedido”.
Quería sentir la alegría y la belleza.
Pero el día continuó triste y sombrío.
Me preguntaba por qué Dios no me las había dado.
Y él me dijo: “Es que no me lo has pedido”.
Intenté abrirme paso hasta la presencia de Dios,
y probé todas mis llaves en la cerradura.
Y Dios me dijo suave y amorosamente:
“hijo mío, no has llamado a la puerta”.
Pero esta mañana me levanté temprano
y me tomé una pausa antes de arrostrar el día.
Tenía tantas cosas que hacer,
que tuve que tomarme tiempo para rezar.
y me lancé a aprovechar el día.
Tenía tantas cosas que hacer,
que no tuve tiempo para rezar.
Se me amontonaron los problemas
y todo se me volvía cada vez más difícil.
“¿Por qué no me ayuda Dios?” –me preguntaba.
Y él me respondió: “No me lo has pedido”.
Quería sentir la alegría y la belleza.
Pero el día continuó triste y sombrío.
Me preguntaba por qué Dios no me las había dado.
Y él me dijo: “Es que no me lo has pedido”.
Intenté abrirme paso hasta la presencia de Dios,
y probé todas mis llaves en la cerradura.
Y Dios me dijo suave y amorosamente:
“hijo mío, no has llamado a la puerta”.
Pero esta mañana me levanté temprano
y me tomé una pausa antes de arrostrar el día.
Tenía tantas cosas que hacer,
que tuve que tomarme tiempo para rezar.
¡Sea, pues, meditadores!
Perseverancia y esperanza.
Perseverancia y esperanza.
Casto Acedo. castoacedo@gmail.com. Febrero 2017.



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