Incluyo aquí, y siempre como Dios me da a entender (no busco tecnicismos sino lograr explicarme) los puntos que os di acerca de la curación de heridas -sombras las llamábamos- por la práctica de la meditación. De todas formas, advierto que la meditación tiene un valor en sí misma, sin su funcionalidad de cara a la mejora de nuestra salud o estado de ánimo. Porque no buscamos nunca nuestro beneficio, sino la gloria de Dios.
LAS HERIDAS
Todos cargamos, más o menos conscientemente, con historias, con frustraciones, con realidades personales, con circunstancias personales o sociales, etc…, con heridas que no encajamos de buen grado.
Como si de una enfermedad física se tratara, a veces sólo padecemos los síntomas dolorosos, y desconocemos el origen real de lo que nos pasa. ¿Cómo identificar la raíz de esas heridas? ¿Cómo saber qué es lo que en realidad nos crea malestar? Decir de principio que no es fácil acertar en el blanco del diagnóstico; pero uno de los medios más acertados para detectar que algo no funciona bien es discerniendo nuestras envidias.
Son muchas las ocasiones en que creemos que nuestro mal tiene un origen exterior (v.g. cuando nos sentimos mal a causa de no haber sido elegido para un cargo que deseábamos y que no se nos ha concedido y enseguida echamos la culpa de todo a quienes no nos favorecieron, o al sistema, que permite lo que consideramos injusto) pero el problema suele estar oculto, y viene de dentro (en el citado ejemplo, el malestar y las críticas suelen provenir de la ambición de poder o el deseo de notoriedad). Si alguien nos llama la atención sobre nuestra ansia de poder o prestigio (en el ejemplo propuesto), y reaccionamos negando de forma violenta e insistente, queriendo salvar la imagen de humilde y justo que nos gusta mostrar, es que hay una herida en nuestro ser, nos han tocado la llaga y sangra.
Las más de las veces, sin darnos cuenta, reaccionamos huyendo y negando la realidad de la enfermedad espiritual que padecemos. Pero el cuerpo está dañado; y si no lo vemos, si no aceptamos el daño, difícilmente lograremos poner remedio. Nos desangramos irremediablemente; una tragedia muy común. Son muchos los que están muertos espiritualmente por dejar escapar la vida a causa de las heridas que no curaron a tiempo.
El ego, que se niega a aceptar la realidad de la enfermedad, la esconde negándola. Pretende así para salvar su intimidad y proteger su mentira, su imagen edulcorada, su fantasía. Se engaña. ¡Tranquilo, está todo controlado!, se dice. Pero tarde o temprano, cuando menos lo espera, vuelve a emerger la herida, aflora, sobreviene a la conciencia y se vuelve nuevamente incomoda; lo sabes cuando te “pones colorao”, cuando te sube el pavo al verte sorprendido en tu intimidad más recóndita, cuando te avergüenzas porque tu intimidad pecadora se ve descubierta ante los demás. Te sientes mal.
Cuando esto te suceda, párate, haz silencio, mira tu interioridad; pregúntate; ¿porqué me incomoda traer eso a mi conciencia? ¿qué hay detrás de esa sombra que rehúyo?, ¿por qué reacciono violentamente ante los juicios ajenos en tal o cual caso concreto? ¡Despierta! ¡Tienes que reaccionar!, has de iluminar tu vida con la luz que disipa las tinieblas (Jn 8,12; 9,5), sobre todo cuando la herida se transforma en “obsesión” y el malestar personal te abate y te deprime.
LA SANACIÓN
Me pregunto: ¿cómo afrontar estos “problemas” que tanto inquietan? Y se me ocurren dos caminos, distintos pero que pueden ser perfectamente complementarios:
o El primer camino es “someterme a sesiones de escucha” con personas que sean competentes para ello. Partiendo de una buena comunicación (diálogo), en buena sintonía con un escuchante que ayude a verbalizar y dar nombre e identidad a la herida, la angustia o ansiedad puede ser identificada y progresivamente asimilada y sanada. A través de la escucha, la persona con problemas desahoga su situación, la pone ante la mirada atenta de su yo-real, aprende a aceptarla, a quererla tal como es, y, desde ahí, a sanarla. El escuchante, con sola su actitud empática, va facilitando que la persona defina y al tiempo ayude a difuminar su sombra, y poco a poco se vaya haciendo dueña de su yo real, hasta entonces oculto bajo la máscara del ego.
o Otra forma de sanar nuestro yo (persona) es la meditación. Al aquietar mi cuerpo, mi mente y mi corazón, las sombras que me habitan se ven amenazadas. Están ahí, latentes, tapadas, perversamente escondidas, negadas por el yo-real. Son las estrategias del ego-falso que se resiste a aceptar la realidad; y cuando en el silencio de la meditación se le descubren al yo las cosas que no le gustan de su personalidad, reacciona intentando apagar la linterna que ha descubierto esas oscuridades hasta ahora escondidas como virus en los repliegues del yo.
La meditación, al hacer la radiografía del yo, descubre los elementos falsos que se esconden: ambiciones, deseos de notoriedad, soberbia, egocentrismo, etc. La meditación analiza y diagnostica la enfermedad. Pero aún puede hacer más. La meditación es medicina para las heridas. ¿Qué podemos hacer cuando salen a la luz los virus? Pues, en vez de ocultarlos, como hace nuestro ego, hay un camino más saludable: contemplar las heridas, mirarlas sin violencias ni angustias, tomar conciencia de su insignificancia, y dejar que desaparezcan.
Tus sombras comienzan a morir cuando tomas distancia de ellas, cuando las miras como algo que tú no eres, cuando dejas de darle cobertura con tu “yo asustado”, cuando te atreves a mirarlas de frente, sin acritud, compadeciéndote de ellas (autocompasión).
Así, pues, la meditación es buena terapia para sanar las heridas de tu espíritu (¿me dejas que las llame pecados?) Porque toda avaricia, ira, lujuria, pereza, soberbia, envidia, etc… todo eso que da cobertura al ego, y que te produce dolor y reacciones desproporcionadas cuando se ponen en evidencia, es lo que en teología llamamos pecado.
Cuando traes a la luz tus sombras se cumple en ti la Palabra de Efesios: "Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas. Pues da vergüenza decir las cosas que hacen a ocultas los hijos de las tinieblas. Pero, al darlas a conocer, la luz las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice el himno: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará" (5,10-14)
NO ESTAS SOLO EN LA CLÍNICA
(Atención al peligro de soberbia en la meditación)
En la meditación puede dar la sensación de que sanaríamos por nuestra propia capacidad y poder, por una especie de “auto-escucha” (?). Sin embargo, los creyentes sabemos que hay algo más. Al poner ante nuestro yo las máscaras de nuestro ego, confiamos en el poder del que nos ayuda a reconocernos, que no es sino Dios dentro de nosotros, y la luz que su imagen imprime en nuestro ser para vencer esas sombras sintiéndonos escuchados (abrazados) “por quien sabemos nos ama”.
Me gusta decir que "la psicología describe el problema, pero sólo la fe, más o menos consciente, sana". El creyente sabe que Él es quien cura, como concluye la cita de Efesios antes reseñada; "Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará". La tiniebla es mala lámpara para iluminarse a sí mismo. "La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios" (Jn 3,19-21).
No estamos solos cuando miramos y tocamos nuestras heridas; Dios lo hace con nosotros. Aunque por la razón que sea no sintamos su presencia, Él ha estado y está siempre ahí, muy dentro. No estamos sólos en la clínica de nuestra interioridad. Nosotros somos los pacientes que ponemos ante Él los síntomas (insatisfacción, ansiedad, incomodidad, descontrol emocional, etc.); la confrontación con la Palabra (Jesús) facilita el diagnóstico, y la medicina (Amor de Dios) que, aceptada y aplicada, conduce a la sanación. Es el poder de Dios el que cura. "Porque en ti, Señor, está la fuente viva, y tu luz nos hace ver la luz.(Salmo 35,11)
Al saber que Dios actúa la sanación, y al aceptarlo, nos libramos de la soberbia de creer que nuestro yo tiene un poder que no es suyo: el poder de la redención. Quien se erige en Mesías de sí mismo y presume de haber sanado por sus propios méritos, puede incurrir en la esclavitud de una sombra aún mayor; porque la sombra más nefasta es la que se vende con disfraz de luz, la del que se cree todopoderoso, el único mesías de sí mismo; y no tardará mucho en sentirse mesías (imprescindible) para los demás, imponiéndoles su técnica y su dominio.
CONCLUSIÓN
¿Mucha teoría? Tal vez. Pero una práctica acertada sólo es posible desde una buena teoría (formación), igual que una buena teoría no sirve para nada sin una práctica que la verifique.
Vayamos a la práctica de la meditación en clave sanadora. Toca ahora serenarte, hacer silencio, vaciarte de todo lo que impide tomar conciencia de tu interioridad, hacerte consciente de que “no estamos huecos por dentro” (Santa Teresa) sino habitado por un médico que a su vez es medicina (Dios)… Luego, recogido en tu interior, pon ante ti alguna de tus heridas, contémplala con mucho cariño, con Jesús, y tal como Jesús la miraría.
Poniendo mucho amor, mucha autocompasión y misericordia, amándote como Dios te ama, estarás en el camino de la sanación.
Adelante, pues, con la tarea de meditar!
Casto Acedo.
Enero 2019.



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