Buscar en este blog

viernes, 24 de marzo de 2017

AMAR AL HERMANO (Compasión)


En la  entrada anterior del blog tratamos de la “autocompasión”, de ser “misericordiosos” con nosotros mismos, de perdonarnos el sentimiento de odio  y reproche que nos autoinfligimos por sentirnos cobardes o fracasados. Del mismo modo que cuando hay un sufrimiento físico acudimos al médico para que elimine el daño que lo produce, así en la escucha o en la meditación y contemplación –decíamos- podemos hallar caminos de sanación para el dolor que nos producen las cosas propias que no acabamos de encajar en nuestra vida. Aunque hay que decir que el objetivo principal de la meditación cristiana va mucho más allá de estos beneficios que podríamos llamar secundarios, y que un buen contemplativo nunca busca directamente.
 
Es verdad que una vida física y espiritualmente atendida y cuidada  suele dar felicidad y bienestar a quien se la procura. Pero, la práctica de la oración contemplativa,  ¿trata sólo de evitar el sufrimiento y alcanzar una vida feliz? He de decir que no es este el objetivo que se busca en la meditación. Aunque parezca extraño, la meditación no tiene ninguna finalidad práctica que nosotros debamos buscar o podamos conseguir. Me gusta decirme a mí mismo que "contemplar es hacer silencio y que sea lo que Dios quiera".  No espero nada de la oración, no espero nada de mí, no espero nada de Dios, simplemente "espero en Dios". No es bueno invertir tiempo y esfuerzo en meditar para  alcanzar metas tales como la de escapar del sufrimiento o elevarse sobre los tejados.
 
La meditación no tiene como objetivo  liberarnos del sufrimiento, sino liberarnos en el sufrimiento, aprender a vivir en nuestra vida atareada y llena de contradicciones la mística de "el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó" (cf Job 1,21). En la oración contemplativa no se trata de quitarnos de encima las cruces que nos pone la vida, sino de aprender a vivir con ellas. Huir de los problemas no es la solución, sino afrontarlos (ponerlos delante, contemplarlos para disolverlos); procura, pues, no rehuir tus realidades cuando no te gustan, sino mirarlas y asimilarlas. Recuerda: cuando no puedes erradicar los cardos crecidos en el césped de tu jardín, aprende a amarlos. Ser compasivo contigo mismo es “comprenderte”, entender tu situación dolorosa, encajarla en el global de tu vida y sanar las heridas comenzando por quererlas. Porque en la aceptación está la sanación.
 
SER COMPASIVOS CON EL OTRO
(Filosofía )

En el encuentro de esta quincena hablábamos de “compasión con el hermano”. Y para ello, decía, es preciso comenzar por ser conscientes de que no somos ni vivimos solos sino con otros; formamos parte de la “humanidad”. Precisamente, la dinámica de nuestro “ser persona” nace de la “relación”; somos y nos realizamos como personas en tanto en cuanto nos relacionamos con otros. “No es bueno que el hombre esté sólo, voy a hacerle a alguien como él, que le ayude” (Gn 2,18); sin relación, sin ayuda mutua –compasión, estar con el otro- no hay persona; sin Eva, Adán está incompleto. 
 
 Encontramos nuestra identidad personal “en el otro”; hay un “yo” porque hay un “tú”; cuando paso al lado de una persona no reacciono del mismo modo que cuando paso al lado de un objeto; ver un objeto dañado y arrojado a la basura no me produce el mismo efecto que ver a una persona herida tirada al borde del camino. El mismo encuentro con otra persona me está pidiendo “compasión”, (padecer, sentir con él).

Enmanuel Levinas, un importante filósofo del siglo pasado,  habló de la trascendencia del rostro del otro”, hasta el punto de que “todos los hombres hacen metafísica sin saberlo”, que es lo mismo que decir que todos hombres son espirituales, sean o no conscientes de ello, porque  todos son sensibles a la presencia del otro. La propia identidad del hombre se ve trascendida, focalizada, en el misterio del rostro del hermano.

 
Sabemos que el otro nos exige que se respete su alteridad, pero sin negarla; y cada uno busca relacionarse en libertad, sin encerrarse-aislarse  en el mundo o en sí mismo.  Nos  jugamos mucho en esto. Hay una intuición central en nuestra percepción del otro: que el otro no es un objeto, ni un instrumento de mi necesidad, sino él mismo, una libertad que se manifiesta en esa persona y que exige ser atendida y respetada. El rostro del otro me remite a una trascendencia filosófica  (relación con el hermano) y teológica (relación con Dios). Eso sí, la trascendencia de la que habla Lévinas, para ser encuentro de dos “tú”, ha de evitar dos escollos: la reducción del otro a mis proyecciones sobre él (idealismo, ver en el otro lo que yo quiero ver y no la persona que es) y la fusión de mi persona con la suya hasta hacerla desaparecer (pérdida de la identidad personal, como la mística oriental que disuelve el yo en el Uno-Todo). 
 
Esto que digo es filosofía,  y tal vez resulte difícil de entender, pero me sirve para pensar y dar a entender que el  y el yo están muy relacionados; no podemos ignorarnos  los unos a los otros. Ese principio tan universal de “haz a los demás lo que quieres que se haga contigo", o "evita hacer con los demás lo que no quieres que te hagan a ti” encuentra aquí su razón de ser. A fin de cuentas yo soy –en cierto modo- el otro; estamos en conexión espiritual,  y deberíamos ser conscientes de que el sufrimiento del otro es mi propio sufrimiento, y su felicidad la mía. 

SER COMPASIVOS CON EL OTRO
(Psicología )
 
Ahora bien, ¿cómo mostrarme compasivo con el hermano? Es fácil entender la respuesta a esta pregunta si la respondemos desde la contemplación (desde el observador que se observa y observa el mundo desde fuera de sí mismo). Decíamos en la anterior entrada que todos llevamos el “ego” que hemos ido fraguando desde la niñez. Un ego que a lo largo del tiempo ha ido guardando en los sótanos del subconsciente todo lo que no ha estado dispuesto a aceptar.


 De ahí deducíamos que muchos de nuestros sufrimientos vienen de ese sótano, de los desencajes producidos por ese niño maleducado que somos y que no ha querido crecer enfrentándose  a su realidad; nuestras frustraciones por “tonterías” o caprichos generan mucho sufrimiento gratuito. A menudo somos como niños caprichosos que vamos mendigando amor por donde vamos, y al no obtener la respuesta que esperamos nos deprimimos y minusvaloramos. ¡Cuánto sufrimiento absurdo que crea descontento y genera malestar y violencia que volcamos hacia fuera! 
 
Otras veces han sido cosas más serias (abusos, desafecciones, abandonos, violencia…) las que han dañado a nuestro niño, que se ha defendido de ello como ha podido, a veces respondiendo con la misma moneda u ocultando a la propia mirada cualquier cosa que recuerde las humillaciones sufridas. Cuando no ha habido compasión con el niño, cuando a él mismo no se le ha enseñado a perdonarse, es lógico que le cueste situarse en el mundo, amarlo y amar a los que le rodean.
 
Si para vivir la autocompasión (amor a mí mismo) he de querer el niño caprichoso y herido que hay en mi interior, me parece apropiado decir que no es otra cosa ser compasivo con el prójimo que mirarlo como el niño que es, tomar conciencia de que es débil, humano, frágil, necesitado de amor, etc., como tú. Y, tal como obraríamos si tuviéramos delante un niño inocente al que no podemos atribuirle cruelmente sus maldades, así habríamos de obrar con los adultos: con paciencia, respetando, tolerando, estimulando sus cualidades, apreciando su valor como persona, aprobando sus cualidades, sanando su vergüenza, mostrándole amabilidad. Esto es ser compasivo. Dando espacio en mi interior  al otro,  no a pesar de su pecado sino incluso con su pecado, estoy siendo compasivo y promoviendo en él la compasión. Quien se ve aceptado, amado, estimulado, tratado con cariño, tal como es, independientemente de sus errores, aprende a amarse y a amar. 
 
Y doy por supuesto que, cuando el hermano anda falto de hogar, comida, alimento, o compañía física, ser compasivo es actuar en esos casos tal y como esperaría que actuaran  conmigo si me encuentro en esas necesidades.

SER COMPASIVOS CON EL OTRO
(Teología)

 He señalado unas razones prácticas desde la filosofía y la psicología para amar compasivamente al prójimo: a) que si no soy compasivo no soy persona; b) que para ser compasivo he de amar incondicionalmente al otro; y c) que cuando doy compasión yo soy el primer beneficiado.Donde no hay amor –dice san Juan de la Cruz- pon amor y sacarás amor”. 
 

Desde la fe cristiana podríamos citar multitud de textos bíblicos que nos inducen a “ser compasivos”. La referencia más directa es la exhortación de Jesús: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” (Lc 3,36). Si Dios es compasivo, el hombre, “imagen de Dios”, no debe ir contra sí mismo, porque ha sido creado para la compasión. Además, el otro y yo formamos parte de una misma realidad espiritual: el cuerpo místico de Cristo, "pues, así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y no todos los miembros cumplen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada cual existe en relación con los otros miembros" (Rm 12,4-5; cf 1 Cor 12,30-31).
 
Un texto que nos indica el modo concreto de ejercer esa virtud de la compasión es el que inspira la lista de obras de misericordia cristianas en Mt 25,34-36; "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestísteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme".
 
Estos, y cuantos textos encontremos sobre la misericordia, no debemos leerlos como leyes dictadas para  perfeccionarnos moralmente,   sino como reflexiones sabias que nos motivan a considerar la compasión como un don y un reto. Se trata, nada más y nada menos, que de acercarnos a Dios. En la parábola citada los compasivos pregunta: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?". Y el rey les dirá: "En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis" (Mt 25,37-40). Observa que dice "conmigo lo hicisteis" y no "es como si a mí me lo hiciérais".  Ser compasivos con el prójimo es tocar a Cristo, entrar en Dios; nuestra compasión nos conecta con Él. El prójimo no es un puente para llegar a Dios, sino un lugar donde se le encuentra.

No deberíamos sentirnos llamados a practicar la compasión urgidos por unos mandamientos que nos libren del infierno, sino atraídos por la fuerza del amor que fluye del corazón de Dios, atraídos por el cielo. Cuando anhelo el amor de Dios, cuando me dispongo a recibirlo en la oración contemplativa y me dejo llenar por él, ese mismo amor se desborda desde mí hacia los demás. Dios-amor me quiere tal como soy, y yo me gozo amando a los demás tal como son.
 
Los cristianos tenemos la gran suerte de definir a Dios como “amor”, es decir, misericordia.  La referencia última de nuestra llamada a la compasión no está en  unos preceptos religiosos, sino en el mismo Dios. Somos llamados a ser: Misericordiosos (compasivos) como el Padre, tal como anunciaba el eslogan del pasado Año de la misericordia;  compasivos como el Hijo, que se juntaba con los pecadores y comía con ellos (cf Lc 15,1), porque los veía como niños a los que la vida no les había dado la oportunidad de conocer lo que realmente merece la pena; y  compasivos como el Espíritu Santo, que se derrama en los corazones sanando y resucitando lo que parecía perdido. 
 
 
La oración contemplativa es un camino de compasión. Ya casi al final de sus moradas,  santa Teresa dice: “Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras. Esta es la verdadera muestra de ser cosa y merced hecha de Dios -como ya os he dicho-, porque poco me aprovecha estarme muy recogida a solas haciendo actos con nuestro Señor, proponiendo y prometiendo de hacer maravillas por su servicio, si en saliendo de allí, que se ofrece la ocasión, lo hago todo al revés ".(7 M 4,6-7).
 
Querido meditador, termino con esta cita de la Santa de Ávila. Cuando llegó a la séptima morada de su vida, a la unión con su Esposo-Dios, Teresa no paró de obrar misericordias; el abrazo del amor-compasión de Dios le hizo crecer en amor para con ella y para con todo el mundo.  Al final de su camino espiritual comprendió que las “obras de misericordia” son el fruto maduro de la oración. Es en esa etapa de su vida cuando toma de lleno la decisión de dedicarse a su actividad fundadora.  La oración la hace no parar en la tarea de llevar el amor de Dios a todas partes, y esa actividad compasiva  está  en ella admirablemente engarzada en su oración.  
 
Tal vez en todo lo dicho sobre la compasión echas de menos la insistencia tan propia de los que no oran o lo hacen poco y mal: "¡hay que hacer, hacer, y hacer... algo; ... obras, obras!”; y es cierto, la compasión ha de pasar de lo afectivo a lo efectivo. Pero no lo hagas sólo y simplemente porque te lo mandan desde fuera; tampoco para escapar de la ansiedad que te produce la quietud y el silencio. Hay quien no se soporta y necesita estar distraído constantemente con cosas  para no encararse con su yo. 

Observa que la Santa habla de "obras, obras" en el culmen de su vida de oración. Su hacer no es huida de su ser, sino proyección del hacer de Dios en ella misma.  Antes de imponer una vida de obras ha invitado a sus hijas a madurar el propio ser en la oración, y a no dejar este camino bajo ningún concepto. Yo te  pido también que seas perseverante; y te adelanto que quienes te quieran alejar de la oración recurrirán al argumento de que lo importante no es rezar sino hacer el bien. ¡Como si no lo supiéramos!, ¡o como si rezar fuera algo malo!

Has de saber que un corazón compasivo hasta el límite se fragua en la intimidad con Dios. Cuando la vida contemplativa está bien ordenada, las obras del amor crecen en ella cada día con más fuerza. Por tanto, no dejes de orar para dejarte alcanzar por la compasión de Dios y hacerte tú mismo compasivo. Y tampoco dejes de examinar frecuentemente tus relaciones con los hermanos; si éstas van mejorando en caridad estás en el buen camino. Quien entra en el corazón compasivo de Dios irradia compasión.

Cuando la compasión se practica, tu entorno y tu mundo cambian. Puedes verlo gráficamente clicando en el siguiente dibujo o en el enlace que se halla debajo:

https://www.youtube.com/watch?v=zmIensH77WQ
 
¡Buena quincena, y bendiciones!
© Casto Acedo

No hay comentarios:

Publicar un comentario