Esta entrada pretende aclarar términos y conceptos. El lenguaje del mundo espiritual suele estar plagado de palabras que, desde la limitación, quieren dar a entender lo ilimitado de la experiencia espiritual. Las palabras son herramientas, buenas en sí, pero también pueden dar lugar a confusión. Es por eso que os transcribo estas notas, esperando que las entendáis y nos sirvan de base para un diálogo más amplio en el grupo.
MEDITACIÓN Y CONTEMPLACIÓN
¿Por qué oramos? ¿Por qué practicamos meditación? Respondo desde la perspectiva cristiana: Porque tenemos un anhelo profundo de Dios y queremos saciarlo entrando en Él, y sabemos que “la puerta de entrada es la oración”. (Santa Teresa).
Hay muchos modos de oración: vocal, mental (estas dos conforman lo que santa Teresa y san Juan de la Cruz denominan meditación ), litúrgica, contemplativa, etc., y todas conducen a Dios.
En los tiempos que vivimos se da un abuso desconsiderado de las palabras meditación, mindfulness, silencio, contemplación. Y siendo consciente de la confusión a la que nos puede llevar tanta palabra, quisiera aclarar el significado que en nuestro grupo damos a dos de ellas que usamos y usaremos con mucha frecuencia en nuestros encuentros y escritos; me refiero a meditación y contemplación, dos términos que parecen sinónimos, pero que tienen diferencia de sentido. No sé si esa diferencia que voy a exponer es universalmente válida, pero quisiera aclararla para nosotros.
En los tiempos que vivimos se da un abuso desconsiderado de las palabras meditación, mindfulness, silencio, contemplación. Y siendo consciente de la confusión a la que nos puede llevar tanta palabra, quisiera aclarar el significado que en nuestro grupo damos a dos de ellas que usamos y usaremos con mucha frecuencia en nuestros encuentros y escritos; me refiero a meditación y contemplación, dos términos que parecen sinónimos, pero que tienen diferencia de sentido. No sé si esa diferencia que voy a exponer es universalmente válida, pero quisiera aclararla para nosotros.
La meditación es una disciplina,
una tarea.
una tarea.
La meditación es la disciplina que nos ayuda a hacernos plenamente presentes aquí y ahora, es decir, en el momento eterno de Dios. Meditar es entrar en la realidad de nuestro yo con disciplina, perseverancia y voluntad no obligada. Para ello se nos pide quietud, es decir, permanecer quietos, inmóviles. Ayuda a ello lo que llamamos “postura adecuada”, que cada uno debe ir adquiriendo con la práctica; sea cual sea, sentado, arrodillado en el banquito o sobre el cojín con las piernas cruzadas, para conseguir quietud física siempre es aconsejable mantener la columna vertebral recta, la cabeza ligeramente hacia arriba (como si cabeza y tronco pendieran de un hilito similar al que sostiene a una marioneta); las manos sobre las piernas o cruzadas y superpuesta la una sobre la otra en el regazo.
Llegados a la quietud física procuramos hacernos presentes en el momento, centrando nuestra atención en alguna parte del cuerpo, observando sus sensaciones, localizando con la mente las tensiones que percibamos y aflojándolas prestándoles atención; y conviene acabar centrados en la respiración, notando su ir y venir, sin forzarla, simplemente siendo conscientes de la sensación que el aire produce en nuestro cuerpo (nariz, bronquios, pulmones, abdomen…) en su continuo entrar (inspirar) y salir (espirar).
Luego vamos dejando que también la mente se aquiete, así como las emociones que nos pueden asaltar. Quietud, pues, del cuerpo, de la mente y del corazón.
El hecho de recogerse en meditación no es un mero ejercicio físico y mental sino que apunta a un estilo de vida, donde aprendemos a recogernos de la exterioridad que nos dispersa y a vivir en atención presente el día a día de nuestra vida: familia, relaciones, trabajo, ocio, todo. Si el momento de oración no se conecta con la vida estaremos ante un simple divertimento.
El hecho de recogerse en meditación no es un mero ejercicio físico y mental sino que apunta a un estilo de vida, donde aprendemos a recogernos de la exterioridad que nos dispersa y a vivir en atención presente el día a día de nuestra vida: familia, relaciones, trabajo, ocio, todo. Si el momento de oración no se conecta con la vida estaremos ante un simple divertimento.
Hasta aquí lo que entendemos por meditación, que sería la primera parte de la oración contemplativa. Aquella en la que yo pongo mi esfuerzo gozoso.
La contemplación es un anhelo y un don.
Con la contemplación, nosotros queremos ir más allá de la simple quietud relajante; no hacemos meditación buscando sólo mejorar nuestra salud; tampoco es nuestro objetivo fundamental evadirnos de los problemas que nos preocupan mediante la huida hacia una paradisíaca felicidad mundana. Nosotros hacemos oración contemplativa. La meditación es un primer paso, una herramienta que me hace presente aquí y ahora; pero no acaba todo en un “¡qué bien estoy, de cuántas cosas me he sanado, qué sensación más bonita, que paz más estupenda he conseguido!”. La meditación es el primer paso adelante para entrar en lo más íntimo de mí mismo y encontrarme (¿a solas?) en mi interioridad. La oración contemplativa me dice que no estoy solo; en ella parto de un principio de fe: estoy habitado. La tradición cristiana, ya sea por la revelación bíblica o por el testimonio de sus místicos, dice que “no estamos huecos por dentro”:
“Hagamos cuenta que dentro de nosotras está un palacio de grandísima riqueza, todo su edificio de oro y piedras preciosas, en fin, como para tal Señor; y que sois vos parte para que este edificio sea tal, como a la verdad es así, que no hay edificio de tanta hermosura como una alma limpia y llena de virtudes, y mientras mayores, más resplandecen las piedras; y que en este palacio está este gran Rey, que ha tenido por bien ser vuestro Padre; y que está en un trono de grandísimo precio, que es vuestro corazón”.(Teresa de Ávila, Camino 28,9).
Así explicaba la Santa de Ávila la realidad que somos; y así lo hace san Pablo; "Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios" (1 Cor 6,19).
Con la oración contemplativa no pretendemos entrar en el espacio vacío, solitario y triste de unas estancias interiores huecas donde paseamos nuestra soledad y nos protegemos para que nadie nos moleste. La contemplación tiene otra finalidad; nos anima un anhelo, un deseo profundo del encuentro con el Misterio, que para nosotros es Dios. Dios lo abarca todo (está en todas partes, nos enseñaron de pequeños en el catecismo), y por tanto está también en mi interior; “Deus interior intimo meo, Dios es más interior a mí que yo mismo” (San Agustín).
Con la oración contemplativa no pretendemos entrar en el espacio vacío, solitario y triste de unas estancias interiores huecas donde paseamos nuestra soledad y nos protegemos para que nadie nos moleste. La contemplación tiene otra finalidad; nos anima un anhelo, un deseo profundo del encuentro con el Misterio, que para nosotros es Dios. Dios lo abarca todo (está en todas partes, nos enseñaron de pequeños en el catecismo), y por tanto está también en mi interior; “Deus interior intimo meo, Dios es más interior a mí que yo mismo” (San Agustín).
Hay, he dicho, un anhelo de Dios en el corazón de todo hombre, porque Dios es mi patria (padre) y, con más o menos consciencia, quiero entrar en ella porque sé que ahí está mi descanso. Ahondando en mí me encuentro con Él y con mi persona, porque he sido creado a imagen y semejanza de Dios, y al contemplar su verdad admiro la verdad del diamante que yo mismo soy y entro en paz conmigo y con Él. En mi centro se encuentra la clave de mi vida. Dice santa Teresa que en la morada central de este castillo que soy habita el Castellano, el gran Rey, que es Dios. Él es la clave.
La meditación me dispone para el encuentro con el Rey, me ayuda a entrar en mí. La contemplación me despierta para el encuentro, me sitúa en la expectativa del Otro. Por eso, una vez quieto y acallado, “espero”. Y para ayudarme a ello me sirvo de una palabra (¡Ven Señor, Jesús!, ¡Señor mío y Dios mío!, ¡Señor Jesús, ten misericordia de mí!...) o de un acto de la imaginación (“Mira que te mira” aconsejaba Teresa a sus hijas), o de la contemplación de una imagen, etc. hasta que en mí se haga el silencio, que es donde por gracia se produce el encuentro con el Misterio.
Es importante saber que no estoy solo en la oración contemplativa. Tal vez la experiencia sea de sequedad y ausencia de compañía; pero, repito, no estoy solo. Cristo vive en mi interior. Aunque yo me esconda, Él no se esconde a una mirada que le busque (cf 2 Tm 2,13).
La importancia de la perseverancia
Escribo esta reflexión sobre la distinción entre meditación y oración contemplativa para que estemos advertidos. La meditación exige de nosotros un esfuerzo gozoso, la contemplación es un don de Dios. Nuestra meta no se cumple cuando nos abrazamos a nosotros mismos en una declaración de amor ególatra o cósmica (mera meditación), sino cuando asentimos conscientes y libres al abrazo de Dios (meditación con oración contemplativa). ¿Cuándo será eso? No lo sabemos. Ni siquiera sabemos si será, ¡cómo saber cuando! Solo tenemos la promesa; y a nosotros corresponde solo esperar con los ojos abiertos y el corazón puesto en oración.
Cuando venga el Señor ¿nos hallará despiertos? Sera así siempre y cuando no dejemos de orar con insistencia. La oración constante, capaz de superar oscuridades y sequedades, la oración hecha en fe, tarde o temprano es correspondida. Si te mantienes firme en la oración –como se declara en el texto evangélico que sigue-, Dios no faltará a la cita: “espera, que no tardará tu Bien”, dice san Juan de la Cruz, "te hará justicia sin tardar", dice claramente la Palabra de Dios:
"Les decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario". Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme"». Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». (Lc 18,1-8).
Meditador, sé pues constante en el ejercicio de la oración contemplativa. Acostúmbrate a colocar en tu silencio y quietud una palabra, una imagen, un impulso del corazón, o algún otro recurso que te disponga al encuentro con Dios que viene. Confía y no desfallezcas. Mantente firme en la fe y Dios no faltará a su cita.
¡Que tengas una buena semana
de oración contemplativa!
© Casto Acedo. Marzo 2018.



No hay comentarios:
Publicar un comentario