En Julio del año 2013 incluí en el blog En tu nombre, de la Parroquia de san Antonio, este artículo sobre la oración, que ahora os paso aquí. Es una reflexión sencilla. Quizá digas: ¡es más de lo mismo! Y tendrás razón. Sobre la oración no se puede decir mucho, porque, como aquí se dice, la oración no es un libro que se estudia sino un camino que se anda. Para esto, para animaros a seguir el camino, os incluyo este comentario en el blog. ¡Ánimo y no desfallezcamos en la perseverancia e insistencia!
Un tema central para el hombre religioso: la vida de oración. Cualquier persona que se considere religiosa, sea ésta cristiana o de cualquier otra religión, sabe de la necesidad de orar. La experiencia de oración es esencial a la religión. Precisamente la palabra “religión”, etimológicamente, viene de re-ligación, relación (con lo sobrenatural). Y si la oración es la puesta en acto de esa relación, hemos de afirmar que sin oración no hay religión.
Podemos incluso aventurar que la falta de vida de oración es síntoma evidente de crisis religiosa: como ocurre con la relación humana, sin relación con el Misterio poco a poco se enfría la fe, la esperanza y el amor que sustentan la vida religiosa, y lo único que nos queda es una estructura ideológica de inspiración cristiana en nuestro caso, una teoría sin encarnación, algo así como un cadáver, un cuerpo visible, tal vez hermosamente maquillado, pero sin espíritu que lo aliente.
Recuperar la oración tanto comunitaria como personal es prioritario en nuestra Iglesia, sobre todo cuando hemos asistido en los últimos tiempos a la elevación de la vida activa a la categoría de casi absoluto, relegando a un segundo plano la vida contemplativa. Se impone corregir este desequilibrio; a ello invita el evangelio de Jesús en casa de Marta y María, cuando afirma que ésta "ha escogido lo mejor" (Lc 10,38-42).
Una fuerte actividad misionera, o un exigente compromiso social desligados de una actividad orante corre el peligro de degenerar en interesado compromiso político o en estrés gratuito. Sin vida contemplativa, sin descanso oyente a los pies del Maestro, es grande el riesgo de perder el norte de la propia vida y de la verdadera vocación cristiana. Sin embargo, una vida cristiana edificada sobre una correcta oración culmina en un buen obrar evangélico. Ya se sabe, si edifico mi casa sobre la arena de un activismo alocado, se hundirá; pero si lo hago sobre una sólida mística, se mantendrá erguida y podrá servir de refugio para mí y para los que están a mi lado pidiendo ayuda (cf Mt 7,24-27).
Podemos incluso aventurar que la falta de vida de oración es síntoma evidente de crisis religiosa: como ocurre con la relación humana, sin relación con el Misterio poco a poco se enfría la fe, la esperanza y el amor que sustentan la vida religiosa, y lo único que nos queda es una estructura ideológica de inspiración cristiana en nuestro caso, una teoría sin encarnación, algo así como un cadáver, un cuerpo visible, tal vez hermosamente maquillado, pero sin espíritu que lo aliente.
Recuperar la oración tanto comunitaria como personal es prioritario en nuestra Iglesia, sobre todo cuando hemos asistido en los últimos tiempos a la elevación de la vida activa a la categoría de casi absoluto, relegando a un segundo plano la vida contemplativa. Se impone corregir este desequilibrio; a ello invita el evangelio de Jesús en casa de Marta y María, cuando afirma que ésta "ha escogido lo mejor" (Lc 10,38-42).
Una fuerte actividad misionera, o un exigente compromiso social desligados de una actividad orante corre el peligro de degenerar en interesado compromiso político o en estrés gratuito. Sin vida contemplativa, sin descanso oyente a los pies del Maestro, es grande el riesgo de perder el norte de la propia vida y de la verdadera vocación cristiana. Sin embargo, una vida cristiana edificada sobre una correcta oración culmina en un buen obrar evangélico. Ya se sabe, si edifico mi casa sobre la arena de un activismo alocado, se hundirá; pero si lo hago sobre una sólida mística, se mantendrá erguida y podrá servir de refugio para mí y para los que están a mi lado pidiendo ayuda (cf Mt 7,24-27).
Ponerse a orar
En el texto de Lucas donde Jesús, a petición de los discípulos les enseña el padrenuestro (11,1-13) se dan unas pistas básicas para la vida de oración. Y lo primero es ponerse a orar. La oración no es un libro que se estudia sino un camino que se anda. Como la amistad y el amor. No se trata de recibir clases magistrales sino de vivir experiencias fundamentales. Antes de dar lecciones sobre la oración, a Jesús lo encontramos orando: “Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar” (Lc 11,1).
Jesús oraba, los discípulos lo veían, y se daban cuenta de que la profundidad de su vida y de sus palabras tenía su fuente en la relación que mantenía con el Padre y el Espíritu (comunión trinitaria). En más de una ocasión sus contemporáneos se asombraron de la fuerza de sus palabras (Lc 4,32 y par.), de la autoridad con que exponía sus enseñanzas; Jesús ora antes de realizar algunos de sus milagros; así lo vemos invocando al Padre antes de resucitar a su amigo Lázaro (Jn 11,41-43). Sus seguidores le oían hablar del Padre con tal naturalidad y fe que debieron notar que su confianza y su poder tenían relación directa con esa relación personal tan especial con el Padre en la oración.
Jesús oraba, los discípulos lo veían, y se daban cuenta de que la profundidad de su vida y de sus palabras tenía su fuente en la relación que mantenía con el Padre y el Espíritu (comunión trinitaria). En más de una ocasión sus contemporáneos se asombraron de la fuerza de sus palabras (Lc 4,32 y par.), de la autoridad con que exponía sus enseñanzas; Jesús ora antes de realizar algunos de sus milagros; así lo vemos invocando al Padre antes de resucitar a su amigo Lázaro (Jn 11,41-43). Sus seguidores le oían hablar del Padre con tal naturalidad y fe que debieron notar que su confianza y su poder tenían relación directa con esa relación personal tan especial con el Padre en la oración.
Admirados por ello dijeron: “¡Señor, enséñanos a orar!” (Lc 11,1). Para nosotros también este es el primer paso: pedirle a Dios un espíritu orante, y recurrir a quien nos puede enseñar a orar. ¿Quiénes acuden alguna vez a un sacerdote, o a un hombre de oración y le ha hecho la misma propuesta? ¿Quiénes se han preguntado alguna vez cómo aprender a orar? ¿Quiénes han leído algún tratado de oración de los muchos que hay? Sinceramente, pocos. Porque la oración no es considerada por la mayoría como algo esencial, sino secundario.
Orar con perseverancia.
Además de ponernos manos a la obra, en esto de la oración hay que ser perseverantes. Son muchos los que inician el camino de la oración, pero también son muchos los que abandonan el camino iniciado. Hoy más que antes. Nuestros tiempos posmodernos se caracterizan precisamente por el relativismo y la inconstancia en las decisiones. ¡Cómo echamos de menos la “determinada determinación” de santa Teresa!
Una decisión fuerte de la voluntad es necesaria para no abandonar el camino emprendido; porque llega el cansancio; porque no se encuentra el ambiente adecuado. En casa es imposible con el ajetreo de los hijos y las labores del hogar. En la Iglesia... ¡qué pena que tengamos los templos cerrados casi todo el día! Deberíamos tomar ejemplo de tantas y tantas iglesias que en latinoamérica permanecen abiertas todo el día con exposición del Santísimo. ¡Qué pocos cristianos aprovechan unos minutos antes de la misa, o después, para entrar un poco en sintonía espiritual! ¡Qué lástima que cuando uno intenta hacer un poco de oración antes de la misa, o después, solo halle el obstáculo del murmullo, el ruido, la falta de respeto para aquel que quiere aprovechar unos momentos para sintonizar con Dios! El nivel de fe de una Iglesia no se mide por la cantidad: ¡cuánta gente asiste a misa!; se mide mejor por la calidad: ¡Qué silencio, qué participación, qué ambiente de respeto y de paz se respira en este lugar!
Cuando reces, sé también insistente: si insistes serás escuchado. La constante insistencia es importante en la vida de oración.
*Una de las causas de la crisis de oración es la sordera espiritual: querer nadar y guardar la ropa, pedirle a Dios que hable y mantener los oídos cerrados a la voz de Dios porque no interesa lo que Dios dice; y así no hay manera de orar; falta uno de los interlocutores: el hombre.
*Otras veces es Dios el que calla; es el misterioso silencio de Dios. Nos desanima tanto silencio, y se nos antoja un obstáculo insalvable para seguir manteniendo nuestra relación con Él. Sin embargo, hay que decir que Dios no es sordo a nuestras llamadas; tal vez nos pone a prueba, o quiere que maduremos en la soledad más dolorosa. En tales situaciones Jesús invita a insistir hasta ser atendido.
Una decisión fuerte de la voluntad es necesaria para no abandonar el camino emprendido; porque llega el cansancio; porque no se encuentra el ambiente adecuado. En casa es imposible con el ajetreo de los hijos y las labores del hogar. En la Iglesia... ¡qué pena que tengamos los templos cerrados casi todo el día! Deberíamos tomar ejemplo de tantas y tantas iglesias que en latinoamérica permanecen abiertas todo el día con exposición del Santísimo. ¡Qué pocos cristianos aprovechan unos minutos antes de la misa, o después, para entrar un poco en sintonía espiritual! ¡Qué lástima que cuando uno intenta hacer un poco de oración antes de la misa, o después, solo halle el obstáculo del murmullo, el ruido, la falta de respeto para aquel que quiere aprovechar unos momentos para sintonizar con Dios! El nivel de fe de una Iglesia no se mide por la cantidad: ¡cuánta gente asiste a misa!; se mide mejor por la calidad: ¡Qué silencio, qué participación, qué ambiente de respeto y de paz se respira en este lugar!
Orar con insistencia
Cuando reces, sé también insistente: si insistes serás escuchado. La constante insistencia es importante en la vida de oración.
*Una de las causas de la crisis de oración es la sordera espiritual: querer nadar y guardar la ropa, pedirle a Dios que hable y mantener los oídos cerrados a la voz de Dios porque no interesa lo que Dios dice; y así no hay manera de orar; falta uno de los interlocutores: el hombre.
*Otras veces es Dios el que calla; es el misterioso silencio de Dios. Nos desanima tanto silencio, y se nos antoja un obstáculo insalvable para seguir manteniendo nuestra relación con Él. Sin embargo, hay que decir que Dios no es sordo a nuestras llamadas; tal vez nos pone a prueba, o quiere que maduremos en la soledad más dolorosa. En tales situaciones Jesús invita a insistir hasta ser atendido.

Una llamada a la perseverancia e insistencia es la parábola del amigo inoportuno: “Si el otro insiste... el amigo se levantará y le dará cuanto necesite» (cf. Lc 11,5-8). El mismo mensaje nos da el texto del Génesis 18,20-32: ¡Qué hermoso texto ese regateo entre Abrahán y Dios al más puro estilo oriental! ¡Cómo insiste Abrahán y cómo Dios va cediendo!, o mejor, cómo Abrahán va poco a poco descubriendo la infinita piedad y misericordia de Dios.
Aunque la fe de Abrahán no llegó al límite. En su regateo con Dios se quedó en diez: “Que no se enfade mi Señor si sigo hablando; si se encuentran en la ciudad diez inocentes ¿perdonarás a la ciudad en honor a ellos?"; hizo mal en cortar ahí su regateo, porque Sodoma fue destruida. Dios hubiera perdonado a Sodoma por un justo, como dirán luego los profetas: “Recorred las calles de Jerusalén, mirad bien y enteraos, buscad por sus plazas, a ver si topáis con alguno que practique la justicia, que busque la verdad, y yo la perdonaría” (Jr 5,1; cf Ez 22,30). Ante la justicia de uno solo Dios perdona a todos; una profecía que nos conduce a Cristo: por uno solo hemos sido justificados (cf Rm 5,12-20). En su pasión Cristo se muestra perseverante e insistente -cf Canto del Siervo de Is 53-; su vida toda es ejemplo de perseverante oración al Padre por nosotros.
Encuentro con un amigo
Es importante también no acudir a la oración como quien acude a cubrir un expediente sino como quien va al encuentro con un amigo. Nos han predicado sobre la necesidad y eficacia de la oración; repetimos fórmulas aprendidas, sobre todo de oraciones de penitencia y petición, pero nadie nos ha hablado de Dios, de su amor, de su interés por cada uno de nosotros, de la posibilidad de ser su amigo. Nuestra oración se parece más a un trámite burocrático que a un momento de relajación y descanso con alguien que nos aprecia y al que apreciamos. ¡Hay que solucionar esto!
Si tu forma de entender la oración es la de un intercambio de favores entre Dios y tú (¡Dios te libre de la soberbia que implica creer que puedes hacerle algún favor al mismo Dios!), tu oración será triste, deprimente y agotadora. Pero si lo que buscas es a Dios, y sólo a Dios (¡hágase tu voluntad y no la mía!), habrás dado un paso importante, porque tu relación de enamorado te dará muchas gratificaciones; y la principal será la de saberte querido inmerecidamente como descubrió el hijo pródigo cuando recapacitando, es decir, orando, se acordó de su padre (cf Lc 15,17-19).
“Cuando oréis, decid: Padre…” (Lc 11,2). Párate, relaja tu cuerpo y tu mente, eleva tu espíritu a lo alto y dí: ¡PADRE! Esta palabra, dicha con los labios del corazón y la fe, encierra todo el misterio de la oración. Ser orante es reconocerte y sentirte hijo; es mostrar respeto a Dios, que no temor; es afirmar tu dependencia total, porque del Padre te viene la vida, por el Padre te insertas en una familia; de Él te viene la propia identidad, y la tradición donde mejor insertar tus quehaceres; el consejo y protección del Padre te proporcionan la certeza de ir por un camino seguro: “¿Qué Padre, entre vosotros, cuando un hijo le pide pan le dará una piedra?” (Lc 11,11).

Tal vez en algún periodo de tu vida ya sentiste la realidad de una oración correspondida por Dios. Recuerda aquellos momentos en los que experimentaste cómo tu oración fue escuchada. ¡Cómo viviste entonces la seguridad de su presencia! ¡Cómo saboreaste la paz interior! “¡Cuándo te invoqué, Señor, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma!” (Sal 137,3).
No desaproveches la oportunidad de adentrarte cada día en el mundo de la oración. Porque en ella, en la relación y "trato de amistad con quien sabemos que nos ama" -así la define santa Teresa-, encontrarás tu descanso. En la oración repones fuerzas para el camino de cada día. Nuestra vida, dice también la santa de Ávila, es un huerto que Dios riega en la oración. Si se ha asentado la sequedad en tu vida, si notas que da pocos frutos, y éstos de baja calidad, acude al Agua-Cristo para que riegue tu tierra en sequía y te devuelva el frescor y la gracia de las buenas obras. La oración es el medio que Dios te da para acercar a ti el Agua de la vida.
Casto Acedo Gómez. 2018

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