El Evangelio de Emaús (Lc 24,13-32 ) es un texto que contiene una gran enseñanza para la Iglesia, porque le indica los pasos de su tarea evangelizora: se parte de una necesidad de salvación (la situación de desesperanza y decepción de los discípulos), a la que se le da una solución que pasa por una pedagogía: explicación de las Escrituras (les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras), oración (¡Quédate con nosotros, porque atardece!), experiencia sacramental (sentados a la mesa se les abrieron los ojos) y compromiso eclesial (regreso a Jerusalén a anunciar la Buena Nueva de la resurrección).
Como ya hicimos el ejercicio de oración, de cara a nuestro grupo, os paso una pequeña reflexión. Ahí va.
El “Jesús histórico”
Los discípulos de Emaús, conocieron al “Jesús histórico”, vieron y vivieron con Él su paso por el mundo, sus milagros, su predicación, e incluso su muerte en cruz como supremo testimonio de fidelidad a su mensaje. Pero la mera contemplación de la existencia de un hombre tan admirable no les proporcionó todo lo necesario para seguirle. Tras su muerte en cruz les pudo el desengaño y la frustración.
El seguimiento del “Jesús exterior” -llamamos así al que conocemos anterior a la resurrección- terminó para los suyos en la duda y la incredulidad; no fueron capaces de mantenerse fieles a sus enseñanzas cuando llegó la hora de la prueba.
El seguimiento del “Jesús exterior” -llamamos así al que conocemos anterior a la resurrección- terminó para los suyos en la duda y la incredulidad; no fueron capaces de mantenerse fieles a sus enseñanzas cuando llegó la hora de la prueba.
Tal vez sea esa también tu experiencia. Te ha fascinado desde siempre la historia de Jesús: su nacimiento, su vida, su predicación, su modo de afrontar los problemas, su muerte testimonial. Animado por ese gran ejemplo de vida te decidiste a seguirle. Pero te sentiste fracasado: ¡Tantas ilusiones, tantas esperanzas, tanto tiempo dedicado a este proyecto de vida según Jesús!, y ¡nada! Todo parece terminar; todos los que estaban conmigo se han marchado, todos los que en su momento me acompañaron en el camino, se han ido. Y ahora estoy de vuelta; el dolor del fracaso me lleva a no querer ilusionarme con nada nuevo.
Nadie puede negar la buena voluntad con la que los de Emaús -prototipos del discipulado- se embarcaron en pos de Jesús (“nosotros creíamos que Él sería el libertador”), pero tras la tragedia de la cruz les venció el desánimo; ahora “caminan hacia atrás”, vuelven al lugar de donde partieron.
El Cristo interior.
¿Cómo actúa Dios cuando nos ve de vuelta? No nos abandona, sino que sigue estando de nuestro lado; es más, nos sale al encuentro sin que lo pidamos: “Jesús se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo”(Lc 24,15-16).
Nunca deja Dios de estar con nosotros, pero en las noches oscuras del sentido y del espíritu, la debilidad y el pecado impiden que tengamos una visión clara de su presencia. Las lágrimas no nos dejan ver el sol. ¿Cómo sacará Dios a los hombres de esta ceguera? La intervención de Jesús resucitado se va dando de forma escalonada; los de Emaús no vivieron una conversión súbita, sino progresiva; hay un proceso por el que va aflorando en ellos la fe pascual. En su recorrido se encuentran con el que podemos llamar "el Cristo interior".
Tengamos claro, para empezar, el hecho de que no llamaron los de Emaús al Resucitado; es Él quien se acerca a ellos, les acompaña, les escucha, se interesa por su estado de ánimo y sus inquietudes. Luego, “comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura”(Lc 24,27); les enseña a leer desde los designios del Padre los acontecimientos que les preocupan, ayudándoles así a hacer una lectura creyente de la historia que han vivido con Él. Les fue mostrando cómo actúa Dios, cómo se manifiesta en la paradoja de la cruz, cómo hay que buscarlo en la madeja enredada de nuestros fracasos, depurando los egoísmos que se esconden en el seguimiento. Y ellos escuchan.
Pero no bastó la escucha de la Palabra para que vieran con claridad; la Palabra fue un momento del proceso de vuelta a Dios, con ella el peregrino iluminó la oscuridad de los de Emaús y suscitó en ellos el deseo de Dios, encendió la chispa del Espíritu en sus almas ("¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino?") Y de ese deseo nace la oración “¡Quédate con nosotros, porque atardece, y el día va de caída!” (Lc 24,29). Con esta breve plegaria los peregrinos, casi a tientas, sin un conocimiento claro de la trascendencia de su petición, dan un paso decisivo en su acercamiento a Dios; con su oración nacida del deseo abren las puertas de su posada interior para que entre en ella el Peregrino. Ellos aún no saben que es Jesús, el Cristo, pero intuyen su presencia en ese compañero de camino, y anhelan seguir cerca de quien les está abriendo a la luz.
Pero no bastó la escucha de la Palabra para que vieran con claridad; la Palabra fue un momento del proceso de vuelta a Dios, con ella el peregrino iluminó la oscuridad de los de Emaús y suscitó en ellos el deseo de Dios, encendió la chispa del Espíritu en sus almas ("¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino?") Y de ese deseo nace la oración “¡Quédate con nosotros, porque atardece, y el día va de caída!” (Lc 24,29). Con esta breve plegaria los peregrinos, casi a tientas, sin un conocimiento claro de la trascendencia de su petición, dan un paso decisivo en su acercamiento a Dios; con su oración nacida del deseo abren las puertas de su posada interior para que entre en ella el Peregrino. Ellos aún no saben que es Jesús, el Cristo, pero intuyen su presencia en ese compañero de camino, y anhelan seguir cerca de quien les está abriendo a la luz.
En la intimidad de la posada interior, dispuestos por la oración que expresa su anhelo (¡Quédate!) y ayudados por el gesto de la fracción del pan, los discípulos tienen su particular experiencia mística. Sentados con Él a la mesa, le reconocen al partir el pan. El gesto les remite a la historia pasada vivida con Él, a toda la esperanza que habían puesto en su persona; revive en ellos su presencia; ¡está vivo! : “Se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista”. Ven con los ojos de su espíritu al “Cristo interior”. ¿Se puede resumir mejor la experiencia de la iluminación? Es ese instante, ese aquí y ahora en que percibo la Presencia de Dios (“presencia” viene de “presente”), y todo adquiere sentido al saber que siempre ha estado conmigo y sentir ahora que está íntimamente unido a mí. La fe ("se les abrieron los ojos") me da la certeza de su presencia.
La experiencia mística es una experiencia inefable (indescriptible, inexpresable), porque el Misterio, que es Dios, no se deja encerrar en ideas ni en imágenes (“desapareció de su vista”). Pero entonces, ¿cómo sé que es una presencia real y no subjetiva? ¿Cómo saber que es realmente Jesús quien me ha tocado con su gracia? Respuesta: por los cambios afectivos y efectivos que se producen en mi vida:
*por el gozo que deja su paso (prueba afectiva). Me embarga una gran alegría que me hace reconocer el fuego del Espíritu en mí; y digo como los peregrinos; “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras?”(Lc 24,32).
*por el gozo que deja su paso (prueba afectiva). Me embarga una gran alegría que me hace reconocer el fuego del Espíritu en mí; y digo como los peregrinos; “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras?”(Lc 24,32).
*y por el ímpetu apostólico que genera en mi vida (prueba ética o efectiva): Reacciono como los de Emaús, que “levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén” (v. 34) y fueron a anunciar su gozo a la comunidad: “les contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (v 35).
Invitación a orar
El "Jesús histórico", el que se nos presenta en los evangelios dedicado a la tarea de expansión del Reino, aquel que admiramos por su sabiduría, su confianza en el Padre y su entrega a la causa del hombre, es el Jesús que vemos y percibimos fuera de nosotros (Cristo exterior); la Iglesia habla de Él en los evangelios y el magisterio; es importante y necesario conocerlo, aprender su ejemplo de vida y sentirnos llamados a seguirle en sus compromisos religiosos y morales.
Pero no me basta con conocer la vida ejemplar de Jesús e ilusionarme con ella para llevar adelante mi seguimiento. No basta con decirme: ¡voy a ser justo! No basta con desear el bien y querer practicarlo; somos humanos, débiles, y nos hacen falta otros elementos para llegar a ser discípulos conscientes. Se requiere ir tomando conciencia del Cristo interior, ir dando paso en mi vida al Jesús pos-pascual (el Cristo de la fe, el resucitado, la gracia de Dios), que desde dentro de mí alimenta mi sensibilidad y alienta mi espíritu para vivir los mismos compromisos de entrega al Padre y a los hermanos que en su vida terrena vivió Jesús .
El texto de Emaús nos da pistas sobre los elementos que favorecen el crecimiento interior que llevará al discípulo a la plenitud de su vida y al compromiso ético adecuado. A esa plenitud no se suele llegar de golpe, lo normal es que sea fruto de un proceso para el que se cuenta con unos medios: la Palabra, la oración, los sacramentos (Eucaristía), la comunidad (Iglesia) y el amor al prójimo (dar la vida por los hermanos, testimoniar la resurrección).
El texto de Emaús nos da pistas sobre los elementos que favorecen el crecimiento interior que llevará al discípulo a la plenitud de su vida y al compromiso ético adecuado. A esa plenitud no se suele llegar de golpe, lo normal es que sea fruto de un proceso para el que se cuenta con unos medios: la Palabra, la oración, los sacramentos (Eucaristía), la comunidad (Iglesia) y el amor al prójimo (dar la vida por los hermanos, testimoniar la resurrección).
En el grupo de oración contemplativa, sin desdeñar el tiempo que debemos dedicar a conocer el Evangelio, a celebrar sacramentalmente la fe y a vivir el espíritu comunitario, estamos procurando crecer en el espíritu de oración. Se trata de abrir espacios dentro de cada uno para que "el Cristo interior" encuentre su posada. .
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Teniendo como trasfondo este texto de Emaús, te invito a entrar en silencio contemplativo, que puedes hacer siguiendo estos pasos; -Silénciate unos instantes. Puedes fijarte en tus sentimientos actuales: ¿aburrimiento? ¿decepción?, ¿gozo?... Observa tus sentimientos desde fuera, sin enfados ni juicios...
-Lee sin prisas el capítulo 24, 13-35 de san Lucas (Aparición a los discípulos de Emaús)
-Date un baño de 15 minutos de silencio viviendo tu presente. Háblale desde el corazón: ¡Quédate! ¡Quédate conmigo, Señor! (…porque atardece en mi vida, porque tengo miedo a la noche, porque me cerca la oscuridad, porque mi fe es débil,…)
-Termina con una respiración profunda, haciéndote consciente de la Presencia (presente) de Cristo que entra en tu interior al inspirar y se queda dentro cuando espiras arrojando fuera los impedimentos que no le dejan estar. Cristo está siempre ahí, en tu interior, contigo, aunque tus ojos no sean capaces de reconocerlo (cf Lc 24,14).
Buena Pascua a todos
Casto Acedo. Abril 2018



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