Va un escrito con ideas que os pueden ayudar a valorar el espíritu contemplativo como alternativa a nuestra cultura moderna. Esta es la primera parte de cinco. En esta primera hablamos de "religión" en sentido amplio. El contemplativo no ve en la religión un medio para librarse de penas o ganar gozos; la religión está lejos de los valores de utilidad. Tal vez nunca alcanzamos nada de la religión porque en ella hacemos las cosas esperando lo que no es.
Espero que los puntos comentados nos sirvan para discernir nuestro camino, que -digámoslo una y otra vez-, no consiste en conseguir nada sino en disponernos a la gracia y dejar que Dios nos consiga.
RELIGIÓN
Quien se adentra en el ámbito de la contemplación se ve poco a poco trasladado a una forma nueva de ver la religión.
Dios del "aquí"
La religión natural y la tradicional se mueven en unos esquemas de “do ut des” (doy para que me des); y no solamente para recibir en esta vida, sino además “rezar y hacer caridad” para librarse del castigo final en el infierno o recibir una recompensa de felicidad eterna en el cielo. Generalmente el religioso tradicional piensa más en el futuro que en el presente. Es esta forma de entender la relación con Dios es la que provoca la crítica marxista de la religión, que es vista como un fastidiarse, someterse, alienarse (alejarse) de esta vida a la espera de una mejor en el más allá.
Pues bien, cuando en tu vida actúas por una recompensa futura no eres contemplativo. Porque el contemplativo no busca recompensa en el futuro. Para él, la vida en sí misma es su premio: cuando come disfruta de la comida, cuando pasea se sumerge en el paseo, cuando reza disfruta del rezo, cuando duerme del dormir, cuando descansa goza del descanso, etc. Vive en el presente, porque para el contemplativo la vida futura está aquí ahora, la realidad es ya un estado celestial.
Pues bien, cuando en tu vida actúas por una recompensa futura no eres contemplativo. Porque el contemplativo no busca recompensa en el futuro. Para él, la vida en sí misma es su premio: cuando come disfruta de la comida, cuando pasea se sumerge en el paseo, cuando reza disfruta del rezo, cuando duerme del dormir, cuando descansa goza del descanso, etc. Vive en el presente, porque para el contemplativo la vida futura está aquí ahora, la realidad es ya un estado celestial.
Así explica plásticamente el budismo la no-necesidad de esperar recompensa alguna: -“Maestro, -dijo el discípulo-,te he seguido durante años, y ¿qué he encontrado?. A lo cual responde el maestro: “¿Acaso has perdido alguna cosa?”. Lo mismo hallamos en los evangelios cuando Felipe pregunta a Jesús: “«Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9). No hay que esperar para ver al Padre, no hay una salvación en el futuro, porque el abrazo de Dios, su Presencia, desde la encarnación, está ya aquí. Basta abrir los ojos, Felipe.
Desde el momento en que Dios irrumpe en el espacio y en el tiempo (historia) ya no hay un mundo profano aquí abajo y otro sagrado separado de él y al que hay que llegar. Con Cristo se desvela Dios en el aquí y ahora. El contemplativo no necesita cielo en las alturas, porque lo tiene ante él, toda la creación revela a Dios: "¡Mi amado, las montañas, / los valles solitarios nemorosos, / las ínsulas extrañas, / los ríos sonorosos, / el silbo de los aires amorosos!" (San Juan de la Cruz); la creación toda ha sido redimida y ya podemos gozar del encuentro con el Amado en ellas.
Se trata de "ver", contemplar, abandonando los miedos y los deseos, como quiere expresar este soneto clásico del siglo XVI: “No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido, / ni me mueve el infierno tan temido / para dejar por eso de ofenderte. / Tú me mueves, Señor, muéveme el verte”. Queda bien expresado que ni el deseo del premio ni el temor al castigo son lo más decisivo en la religión, sino la visión de Dios en el presente: “muéveme el verte”.
Muéveme el verte. Dios es el único deseo-motor del contemplativo. Y Dios ha entrado en la historia por Jesucristo. Está aquí, ahora. Para el contemplativo el futuro del mundo pierde protagonismo, porque la realidad toda es ya ahora. Vivir atado por el deseo de cualquier cosa que no sea Dios -aunque solo sea desear no desear- es señal de que no se está en el espíritu de la contemplación. No desear nada, ni esperar nada ni del hoy ni del mañana, sino sólo a Dios, esa es una de las claves de la libertad del místico. Ese no-deseo lo encontramos en la “santa indiferencia” que predica san Ignacio de Loyola en el principio y fundamento de los Ejercicios Espirituales: “hacernos indiferentes a todas las cosas criadas… de tal manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás” (EE 23; cf EE 66). ¿Puede haber más libertad?
¿No esperar nada?
Meditador, y todos los que queréis ser contemplativos, ¿qué esperáis de vuestros momentos de silencio?, ¿esperáis ser iluminados y premiados con una vida feliz?, ¿esperáis ganar fama de disciplinados y austeros? ¿Esperáis estar orgullosos de vuestros progresos en quietud y silencio? ... ¿qué esperáis? ¡No esperéis nada! Porque el contemplativo no espera nada, simplemente contempla, mira, observa, silencia. No tienes que hacer nada. Dios, si quiere, hará en ti maravillas. Las hará, ciertamente, pero no las busques, porque las maravillas que buscas posiblemente no serán las que te convengan. No medites por temor a perderte en un infierno o por deseos de encontrar no sé que cielo. Simplemente medita. Al final de tu meditación has de ser consciente de que no has hecho nada extraordinario, simplemente cumplir la llamada de Jesús a la oración; solo queda decir con sencillez; "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer" (Lc 17,7).
Claro que, cuando uno afirma que “no hay cielo que esperar” surge la pregunta: ¿Hay entonces un cielo o un infierno que nos esperan? A lo cual podemos decir que sí lo hay, y es doctrina verdadera. Porque el místico acepta las doctrinas establecidas, pero no deposita su fe en ellas. Entiéndase esto bien: las doctrinas son muletas, apoyaturas que, con las debidas limitaciones, recogen la experiencia de una tradición, nos sirven como guía, como mapa para el camino; pero la fe no está en la ruta sino en la meta, es decir, el creyente no pone su confianza en la doctrina sino en la persona de Jesucristo, el único capaz de llenarlo todo y de ser intérprete adecuado de lo cristiano.
Podemos decir que ponemos una cierta fe en la ruta escrita en el papel, pero la Verdad a la que uno entrega su vida no puede encerrarse en unas fórmulas escritas; la Verdad solo puede ser percibida por ella misma y cuando ella misma se quiera dar a conocer (cf Mt 11,27). La única Verdad es Jesucristo: “Yo soy la verdad” (Jn 14,6). Cuando la verdad cristiana se desliga de la persona de Jesús y se la reduce a palabras y ritos, se transforma en ideología e ídolo.
Podemos decir que ponemos una cierta fe en la ruta escrita en el papel, pero la Verdad a la que uno entrega su vida no puede encerrarse en unas fórmulas escritas; la Verdad solo puede ser percibida por ella misma y cuando ella misma se quiera dar a conocer (cf Mt 11,27). La única Verdad es Jesucristo: “Yo soy la verdad” (Jn 14,6). Cuando la verdad cristiana se desliga de la persona de Jesús y se la reduce a palabras y ritos, se transforma en ideología e ídolo.
Agobios de la religión secular
Tal vez nuestro entorno no crea en un Dios que premia y castiga, pero hay una versión secular de esta fe: no se cree en un Dios que está arriba, pero sí en una especie de suerte que está detrás de los actos humanos, y que premia o castiga estos actos según su conveniencia o inconveniencia para el progreso social o material. Nuestro mundo se mueve a la espera de un futuro mejor, bien sea
- una recompensa por el trabajo, la cual se concreta en el paraíso socialista (marxismo) o en la abundancia de bienes de consumo (capitalismo),
-o un castigo causado por la inactividad, como si no cumplir los deberes que reclama el futuro llevara a la corrupción social (marxismo) o a la ruina económica (capitalismo).
- una recompensa por el trabajo, la cual se concreta en el paraíso socialista (marxismo) o en la abundancia de bienes de consumo (capitalismo),
-o un castigo causado por la inactividad, como si no cumplir los deberes que reclama el futuro llevara a la corrupción social (marxismo) o a la ruina económica (capitalismo).
Estos son los cielos y los infiernos de la religión secular:
-el cielo del paraíso comunista o el cuerno de la fortuna inagotable,
-y el infierno de la desigualdad social o la crisis económica total.
El contemplativo, sin embargo, es impermeable a estos incentivos de premio o castigo, porque ha descubierto en su interior que “bienaventurados” son “los pobres de espíritu” (Mt 5,3), los que nada esperan, los que nada desean. Un místico se limita a estar en la vida sin el agobio de tener que hallar en ella una explicación o una tarea. El contemplativo vive en el mundo de los verdaderos amigos y amantes, capaces de estar largas horas en silencio el uno con el otro sin un por qué o un para qué que rompa el encanto del simple estar.
-el cielo del paraíso comunista o el cuerno de la fortuna inagotable,
-y el infierno de la desigualdad social o la crisis económica total.
El contemplativo, sin embargo, es impermeable a estos incentivos de premio o castigo, porque ha descubierto en su interior que “bienaventurados” son “los pobres de espíritu” (Mt 5,3), los que nada esperan, los que nada desean. Un místico se limita a estar en la vida sin el agobio de tener que hallar en ella una explicación o una tarea. El contemplativo vive en el mundo de los verdaderos amigos y amantes, capaces de estar largas horas en silencio el uno con el otro sin un por qué o un para qué que rompa el encanto del simple estar.
Finalmente, ¿qué decir del Dinero, deidad mayor de la religión secular? Cuando este dios se convierte en el punto de atención principal, cuando el miedo a perderlo o la ansiedad por conseguirlo entra en el corazón humano, cuando se le sirve con el sacrifico de un trabajo desmesurado o una protección obsesiva, la vida contemplativa es engullida por la dispersión de la mente y el corazón, por la fatiga del alma que no encuentra paz en este ídolo.
Ya hemos dicho que la contemplación es propia del pobre que no espera nada. Los evangelios advierten constantemente del peligro de las riquezas, necesarias como medio para organizarnos, pero nefastas cuando son ellas las que nos organizan. “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24). El contemplativo no fija su mente en el dinero, no se mueve por él, y no porque lo desprecie, sino porque su vida no depende de él. Desea los bienes m ateriales en tanto en cuanto necesarios para vivir, pero no está atado a ese deseo. "Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes" (Lc 12,15). Una sociedad que exige dinero para vivir no es contemplativa.
Ya hemos dicho que la contemplación es propia del pobre que no espera nada. Los evangelios advierten constantemente del peligro de las riquezas, necesarias como medio para organizarnos, pero nefastas cuando son ellas las que nos organizan. “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24). El contemplativo no fija su mente en el dinero, no se mueve por él, y no porque lo desprecie, sino porque su vida no depende de él. Desea los bienes m ateriales en tanto en cuanto necesarios para vivir, pero no está atado a ese deseo. "Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes" (Lc 12,15). Una sociedad que exige dinero para vivir no es contemplativa.
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Tienes aquí unas pistas para discernir y vivir una religión contemplativa. Se trata, en definitiva, de mantener atenta la mirada en Dios presente en la creación, de cultivar la fe en Jesucristo, que está más allá de los dogmas de fe y de la moral fijada en los manuales, de renunciar a todo premio y perder el miedo al castigo. No querer nada, no desear nada, estar todo yo en la nada que soy ante Dios.
Buena semana, meditadores.
Casto Acedo.
Mayo 2018




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