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martes, 16 de mayo de 2017

EL ESPIRITU CONTEMPLATIVO (2. HISTORIA)

Va la segunda entrega de El espíritu contemplativo. En este caso dedicado a la historia. Entiendo por "historia" el transcurrir de la vida humana con la limitación de un espacio y un tiempo concreto. Sin espacio ni tiempo, simplemente no seríamos seres históricos. Si no hubiera aquí y ahora, es decir, espacios geográficos y calendario, no habría historia.

Tal vez el problema de la modernidad es que ha perdido el aquí y ahora, como si quisiera superar la historia, haciendo de la vida una carrera  hacia un mundo idílico donde se superarán  todas las limitaciones propias de la condición humana.

En las sociedades capitalistas es muy común la fe en el progreso indefinido de la humanidad. Siempre avanzando, siempre insatisfechos. ¿Para qué quiero un progreso total si no subo a ese tren y lo disfruto hoy? Pero ¿cómo disfrutarlo si todavía no ha llegado el tren? La trampa de la cultura productivista y competitiva es que te ata a unas utopías que siempre se esperan y nunca llegan, te da a gustar una muestra del pastel que te asegura está a la vuelta de la esquina; pero te oculta que ese pastel no existe. El único pastel que hay lo tienes ante ti y lo puedes gustar a placer: tu vida en este instante. 

Pero, si abres los ojos y te das cuenta de ello, ¿estarán los otros dispuestos a subirse contigo al tren del ahora? ¿serán capaces de aceptar que están equivocados esperando un tren que nunca llega? Para esto hace falta mucha humildad. Y los tiempos modernos andan escasos de ella.
 
 
II. HISTORIA
 
Los hombres siempre hemos querido construir el cielo en la tierra. Y eso requiere tiempo. Edificar la ciudad celeste supone planear, hacer planes de futuro. Y es curioso que nos pasemos la vida planificando: planificamos los estudios, la familia, el trabajo, el desarrollo de la empresa, el crédito, los hijos, el seguro, los ahorros, etc. Todo “para después”, todo para un futuro que siempre es incierto.
 
Adelantados a nuestro tiempo
 
Buscamos la paz, la serenidad, el descanso, la quietud, etc. Pero lo hacemos violentando los ritmos naturales de la vida, nerviosos, con agotadora actividad y en constante estado de inquietud. Todo lo de mañana lo queremos para hoy, y todo lo de hoy lo despreciamos como insuficiente. Las prisas, la aceleración, es el gran descubrimiento y la gran obsesión de los tiempos modernos. ¿No será también su maldición? ¿Por qué esa obsesión de adelantarnos a nuestro tiempo? El Papa Francisco, en su exhortación Laudato si,  habla de una especie de enfermedad del hombre de hoy a la que denomina rapidación: 

"A la continua aceleración de los cambios de la humanidad y del planeta se une hoy la intensificación de ritmos de vida y de trabajo, en eso que algunos llaman «rapidación». Si bien el cambio es parte de la dinámica de los sistemas complejos, la velocidad que las acciones humanas le imponen hoy contrasta con la natural lentitud de la evolución biológica. (LS 18)
 
Parece como si quisiéramos adelantarnos al armónico ritmo de la evolución. Violentamos para ello la naturaleza. Nos gustaría disfrutar ya del futuro de avances científicos (biología, robótica) que parece llegará inexorablemente. Por eso hay que correr, adelantarse al tiempo, estar a la última, disfrutar de lo novedoso. Unos planteamientos de vida así, focalizados en la "ilusión" del futuro es cosa de "ilusos", nada realistas. La vida contemplativa, que ya hemos situado como presente y presencia, no vive de ilusiones sino de realidades tangibles sólo en la atención al instante.
 
No es contemplativo quien vive roto por dentro, desquiciado, con la mente ambicionando cosas no existentes, sumergido constantemente en la inquietud de un futuro que no logra alcanzar.  Esto sólo genera tensión, y no ayuda a lograr la paz interior. Sin una adecuada presencia y quietud mental difícilmente alcanzará el hombre esa paz. La fijación obsesiva con el mañana descentra a la persona, la acelera y la somete a continua inquietud, enturbia la transparencia, conturba la  serenidad; y este modo de vivir es incompatible con la contemplación.
"Ninguna persona puede madurar en una feliz sobriedad si no está en paz consigo mismo. Parte de una adecuada comprensión de la espiritualidad consiste en ampliar lo que entendemos por paz, que es mucho más que la ausencia de guerra. La paz interior de las personas tiene mucho que ver con el cuidado de la ecología y con el bien común, porque, auténticamente vivida, se refleja en un estilo de vida equilibrado unido a una capacidad de admiración que lleva a la profundidad de la vida. La naturaleza está llena de palabras de amor, pero ¿cómo podremos escucharlas en medio del ruido constante, de la distracción permanente y ansiosa, o del culto a la apariencia? … Una ecología integral implica dedicar algo de tiempo para recuperar la serena armonía con la creación, para reflexionar acerca de nuestro estilo de vida y nuestros ideales, para contemplar al Creador, que vive entre nosotros y en lo que nos rodea, cuya presencia «no debe ser fabricada sino descubierta, desvelada»" (LS 225)
¡Qué hermosas palabras el Papa Francisco! Merece la pena releerlas, pero mucho más escucharlas y hacerlas nuestras: la paz interior de las personas se refleja en un estilo de vida equilibrado, unido a una gran capacidad de admiración. ¿Qué cosa es contemplar sino admirar, mirar con atención? La naturaleza está llenas de palabras de amor, pero ¿cómo podremos escucharlas en medio del ruido constante, la distracción permanente y ansiosa o el culto a la apariencia? La vida contemplativa, como si de una inmersión en la creación se tratara, requiere de un estilo de vida ecológico, capaz de contemplar al Creador, que vive entre nosotros y en lo que nos rodea, cuya presencia no debe ser fabricada sino descubierta, desvelada. 
 
El contemplativo en la historia
 
El contemplativo detiene el aturrullamiento del tiempo, frena las prisas, acalla los ruidos, se sumerge en el silencio, atento a la “música callada” de la creación. Ahí, en el silencio de los planes y proyectos, el silencio de la mente, se le da a conocer la belleza del mundo, que sólo puede ver realmente con los ojos de la atención callada.
 
Quien vive en contemplación lo hace en el instante “sempiterno” (La expresión es de R. Panikkar); no niega que la historia es la sucesión de hechos en una línea horizontal que viene del ayer y apunta al  mañana, pero es consciente de que la historia sin presente es simple arqueología o  ciencia ficción. Por eso, si el contemplativo se ocupa del ayer o del mañana, lo hace “despreocupadamente”, absorto en el hoy que es lo único existente e importante. Nunca lo acaecido o por suceder perturban lo que ahora es.
 
 
Si eres contemplativo puedes encontrarte un herido en el camino y llegar tarde a la reunión. Tu programa de vida no te robará la gracia de ser samaritano. Sólo con los ojos abiertos al presente, verás lo que ni el sacerdote ni el levita de la parábola evangélica vieron (cf Lc 10,25-37): el dolor actual del hombre. ¿Qué pasó en ellos para que no se movieran a compasión? Las preocupaciones del pasado o los planes del futuro les cegaron. Vieron con los ojos al hombre tirado en el camino, pero esa vista no dio paso a la contemplación desde la interioridad (mirada compasiva, mirada no analítica, sino intuitiva, desde el corazón). Cuando eres contemplativo vives despierto, te paras, miras, compadeces, actúas,… centrado en lo que haces, consciente de que en última instancia no tienes ningún otro lugar al que llegar, ninguna meta que alcanzar en tu vida que no sea la vivencia del ahora.
 
No hay una edad de oro, un día futuro en que alcanzar la compleción de los deseos, una feliz ancianidad con la que culminar la historia personal. Eso son sueños de la mente. Cada día y cada hora son suficientes en sí mismos. “Un discípulo le dijo: déjame ir primero a enterrar a mi Padre. Y Jesús le respondió: deja que los muertos entierren a sus muertos, tú sígueme” (Mt 8,21-22). La obsesión por dejar todo para mañana acaba por matar la única realidad del hoy. Deja, pues, que los que matan el presente planificando grandes mausoleos se dediquen a ello; tú no dejes que los perros que ladran en el camino te distraigan.
 
La contemplación revela la plenitud de lo que ya es, da a conocer el presente del reino. Porque «el reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: "Está aquí" o "Está allí", porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros» (Lc 17, 20-21). La única vida es la vida del presente, porque este es el único tiempo que recoge la densidad del existir. En un mundo en “rapidación”, obsesionado por alcanzar el futuro, hemos troceado el tiempo, lo hemos dividido en horas, minutos, segundos. Y lo que es peor: hemos puesto precio al tiempo valorándolo desde categorías productivas. Cuando alguien se sienta a contemplar el mar, o se tumba a tomar el sol, o se retira a meditar, se dice de él: “está perdiendo el tiempo”. Expresiones como “ganar tiempo”, “te daré un poco de tiempo”, “aprovechar el tiempo”, etc. deberían erradicarse de tu lenguaje. Porque el tiempo no es una mercancía, forma parte del hábitat sagrado en el que Dios te da la vida.
 
Me gusta decirme y decir que "el tiempo ha sido ya redimido por Jesucristo". Cuando nos sometemos a la maquinaria de las horas y los días, cuando dejamos que las prisas nos estresen, cuando nos sometemos a la tortura de las horas extras de trabajo poniendo como excusa la necesidad de ganar y ganar más  para gastar y gastar más en cosas superfluas, estamos siendo esclavos del tiempo. Parafraseando el texto de Mc 2,27 ("El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; de modo que el Hijo del hombre es también señor del sábado"), hay que decir con justicia que no se hizo el hombre para el tiempo, sino el tiempo para el hombre; porque el hombre libre vive en el señorío del tiempo, es dueño de su historia presente.  
 
Según Tuavii, en su genial obra Los Papalagis, los occidentales vivimos esclavizados por el tiempo; y al respecto dice algo que nunca debería olvidar un contemplativo: “Debemos liberar al engañado papalagi (hombre moderno) de sus desilusiones y devolverle el tiempo. Cojamos sus pequeñas y redondas máquinas del tiempo, aplastémoslas y digámosle que hay más tiempo entre el amanecer y el ocaso del que un hombre ordinario puede gastar”. 
 
La belleza de la historia está en sumergirme todo yo en el aquí y el ahora, en el lugar y el tiempo presentes (lo único real); vivir la historia es estar conectado con la vida a cada instante. Meditar no es perder el tiempo, tampoco es ganarlo en el sentido de que me procure beneficios económicos; meditar es un estilo de vida, es ser, vivir sin la carga de un pasado que bloquee el existir y sin el agobio de un futuro que lo amedrente y paralice.
 
 
El hombre de hoy siempre tiene prisas por llegar al “paso siguiente”, mientras que el contemplativo se siente completo y realizado en cada paso que da. “Caminante, no hay camino / se hace camino al andar” (A. Machado). Cada paso contiene en sí todo el andar, cada respiración contiene el universo entero, cada momento es único en sí mismo. El ahora contiene todo el pasado, porque ha renacido de él, y también contiene todo el futuro, que se contempla desde el hoy como un sol cuya claridad puede aparecer en cualquier momento por el horizonte.
 
El contemplativo no se realiza huyendo del tiempo, sino integrándolo todo en la dimensión vertical que constantemente se introduce en la línea horizontal del devenir. Carpe diem!, no dejes escapar el momento. ¿Qué es la iluminación sino ese instante en que todo encuentra su sitio, ese momento que contiene el universo entero?
 
Así pues, contemplativo, vive con desahogo cada día, aparca el mañana que solo existe en tu cerebro, no acumules deseos de disfrutar el futuro, no pierdas la paz por lo que sobrevendrá. Te lo dice Jesús: "No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir.  Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su afán" (Mt 6,31-34).
 
Feliz tiempo de vida y contemplación .
 
Casto Acedo.
Diciembre 2018
 

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