El texto de Jn 14,1-9 estuvo de fondo en la meditación del Miércoles pasado. Os pongo por escrito unas notas que pueden ayudaros a entender y vivir mejor la práctica de esa meditación.
"No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre". (Jn 14,1-9)
* * *
Las moradas de Dios
Jesús comienza exhortando: “No se turbe vuestro corazón”, es decir, “no tengáis miedo”, porque el miedo paraliza el amor, debilita la fe y mata la esperanza; luego, el Señor invita a mirar hacia adelante: “en casa de mi Padre hay muchas moradas… y me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros”.
El Jesús histórico (Cristo exterior) se va; este domingo celebramos la Ascensión del Señor. “Hay muchas moradas en la casa de mi Padre”, dice Jesús. Habla de las moradas eternas del cielo. Hacia ellas -dice- se marchará. Pero aunque desaparece el "Jesús histórico", no abandona a los suyos; seguirá por siempre con ellos. Lo dirá en el momento de la ascensión: "Sabed que yo estoy con vosotros hasta el final de los tiempos" (Mt 28,20). Para entonces, Él mismo anuncia que les dará un Defensor, el Espíritu Santo, que tendrá para ellos la función que Él tuvo en su paso por la historia. “Le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros” (Jn 14,16-17).
El domingo 20 de Mayo es Pentecostés, la fiesta de la venida del Espíritu. Jesús, en otros textos, habla de otra morada, la de la interioridad, ahí el Espíritu “mora con vosotros y está en vosotros”. “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23); nótese que habla en plural, “vendremos”, “haremos morada”; es decir, Padre, Hijo y Espíritu moran en quien le escucha y acoge. La marcha de Jesús no debe ser, pues, motivo de tristeza para los suyos, sino de alegría: "Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre”, (Jn 14,28), “os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito” (Jn 16,7).
Jesús, pues, entre otros lugares, sigue presente, en el "castillo interior del hombre". Es lo que llamamos la inhabitación del Espíritu Santo. Su "estar en nosotros" nos instruye y alienta para que "estemos en Cristo". Y del mismo modo que a sus primeros discípulos Jesús les fue enseñando a descifrar los misterios del Reino del Padre, así también su Espíritu, nos instruye hoy desde dentro: “El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn 14,26). Cada vez que nos adentramos en nuestro “mundo interior”, hacemos silencio, y nos disponemos bien para escuchar la Palabra, estamos roturando el terreno para que la voz de Cristo resuene en la intimidad de nuestro ser. Ahí, Él nos instruye y afianza en nuestra identidad de discípulos.
Jesús: Camino, Verdad y Vida
Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? ¿Cómo podemos llegar a Dios?. Y Jesús da unas claves sencillas para el seguimiento de Cristo, para poder vivir con Él, y por Él con el Padre. No se trata de unos consejos morales que garanticen alcanzar el cielo, tampoco de unas lecciones de teología que correctamente aprendidas sirvan para acceder a un mundo estelar. No. Jesús da a entender que para llegar a Dios basta una buena relación con Él. Se trata de “entrar en Jesús”, de “verlo” con los ojos de la fe y "dejarlo entrar en ti" . Una vez estás en Él estás en Dios: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí ... Quien me ha visto a mí ha visto al Padre, ... Quien me ha visto a mí ha visto al Padre".
Se llega a Dios Padre pasando por Jesús-Hijo, que se marchó a los cielos, pero que vive en su Palabra, en sus Sacramentos (Eucaristía), en su Iglesia, y -¡atención!- en el corazón de los hombres. También en mí interioridad y en la tuya está Jesús. “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor 3,16). Si está dentro, adéntrate en tu interioridad, encuéntrate ahí con Jesús, y déjalo estar; luego, tus obras serán las mismas de Dios. No llegas a Jesús por las obras que haces sino por la fe que te facilita encontrarlo y te mueve a hacer sus obras. Dice Jesús: “El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras” (Jn 14,10), pues bien si Cristo permanece en ti, también tú harás las obras de Cristo. De este modo quedas protegido de la soberbia de creer que tu salvación es cosa tuya.
YO SOY EL CAMINO, dice Jesús.
Jesús dice "Yo soy el camino", y a los primeros cristianos se les conoce como los que "pertenecen al Camino" (Hch 9,2), y el mismo anuncio del Evangelio es llamado entre ellos "el Camino" (cf Hch 19,8; cf 18,24.27; 19,23; 22,4; 24,14.22).
No hay mapas para llegar a Dios, no hay “caminos”, no hay programas ni sistemas que den acceso al Padre; no hay métodos, ya sean de oración, de prácticas piadosas o de doctrina, que garanticen la salvación. Las técnicas y las obras, por sí mismas, no son camino, no llevan a Dios, no salvan. A veces alejan. A Dios se llega por el encuentro y pertenencia a Jesucristo. Más que un camino de ti a Dios, hay un camino de Dios a ti: “Dios envió a su hijo” (1 Jn 3,17; 4,10.13).
Por tanto, disponte a orar, pero hazlo con la idea de que no eres tú quien va hacia Dios, sino Él quien viene a ti. Tú sólo tienes que dejarle venir y permanecer en Él. ¡Contempla, pues, a Jesús viniendo a tu vida y hazle un sitio en tu posada interior! No te muevas. Deja que él mueva tu corazón.
No hay mapas para llegar a Dios, no hay “caminos”, no hay programas ni sistemas que den acceso al Padre; no hay métodos, ya sean de oración, de prácticas piadosas o de doctrina, que garanticen la salvación. Las técnicas y las obras, por sí mismas, no son camino, no llevan a Dios, no salvan. A veces alejan. A Dios se llega por el encuentro y pertenencia a Jesucristo. Más que un camino de ti a Dios, hay un camino de Dios a ti: “Dios envió a su hijo” (1 Jn 3,17; 4,10.13).
Por tanto, disponte a orar, pero hazlo con la idea de que no eres tú quien va hacia Dios, sino Él quien viene a ti. Tú sólo tienes que dejarle venir y permanecer en Él. ¡Contempla, pues, a Jesús viniendo a tu vida y hazle un sitio en tu posada interior! No te muevas. Deja que él mueva tu corazón.
YO SOY LA VERDAD, dice Jesús.
Puedes contemplar a Jesús como quien te revela la verdad de Dios (“Dios es amor”), pero también como quien te da a conocer tu propia verdad. Cristo es la Luz, su amor ilumina de tal modo tu vida que, si te dispones en humildad a recibirlo, no puedes menos que ver la verdad o mentira que hay en ti. “Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. … Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios»”.(Jn 3,16-21)
¿No resulta clarificador que a Jesús se le defina como "la verdad" y al demonio como "el mentiroso"? Jesús ilumina la verdad que eres y estas llamado a ser: hijo de Dios; y también pone al descubierto las seducciones del "príncipe de la mentira". Es la misión para la cual se encarna el Hijo. “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18,37). Conocidas, aceptadas y afrontadas las esclavitudes fruto de la mentira, "la Verdad os hará libres" (Jn 8, 32).
En el camino espiritual cristiano hay una Verdad que creer: Jesucristo, amor de Dios. Sólo el amor es digno de fe. Sólo el amor de Dios (no el tuyo ni el mío) merecen el título de Verdad (amor verdadero). Quien sinceramente busca la verdad la encuentra en el amor de Jesús. ¡Contempla, pues, el amor del Padre en el Hijo como la única verdad que reclama tu mente y serena tu espacio interior, la única verdad por la que merece la pena vivir y morir!: la verdad del Amor de Dios.
En el camino espiritual cristiano hay una Verdad que creer: Jesucristo, amor de Dios. Sólo el amor es digno de fe. Sólo el amor de Dios (no el tuyo ni el mío) merecen el título de Verdad (amor verdadero). Quien sinceramente busca la verdad la encuentra en el amor de Jesús. ¡Contempla, pues, el amor del Padre en el Hijo como la única verdad que reclama tu mente y serena tu espacio interior, la única verdad por la que merece la pena vivir y morir!: la verdad del Amor de Dios.
YO SOY LA VIDA, dice Jesús.
¿Dónde busca el hombre contemporáneo la vida? Lo suele hacer en la exterioridad, en los ruidos, en las cosas y las sensaciones que le vienen de fuera. Vivimos tan equivocados como el matrimonio que se dispone a casarse dedicando todo su tiempo, su dinero y sus desvelos a la adquisición de un ajuar sofisticado y abundante; pero olvida lo esencial: el ajuar o mobiliario interior, el amor-raíz, la disponibilidad espiritual para amar. ¿Qué ocurre cuando no se cuenta con esto? El fracaso.
La Vida (con mayúsculas) no se enraíza en la exterioridad, sino en lo profundo del corazón. La vida no es un niño caprichoso a quien hay que distraer con juegos malabares para que no desespere; la vida es un árbol que no tiene su esencia en lo vistoso de las ramas y el fruto. En lo oculto, en la raíz invisible escondida bajo la tierra (humus, humildad), está la Vida que genera las ramas y los frutos. Los frutos (obras) son a la Vida como la música al silencio. Sólo del silencio brota la música, como sólo de la Vida brotan las obras. Las buenas obras nacen del silencio interior, de lo más sagrado que tenemos: la unión con Dios, la participación en su divinidad.
Sé que esto es difícil de entender. También a Jesús le costó dar lo a conocer, pero habló de ello con claridad, y en un lenguaje que cualquier judío de su época pudo entender: “¿No está escrito en vuestra ley: "Yo os digo: Sois dioses"? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: "¡Blasfemas!" porque he dicho: "Soy Hijo de Dios"? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre” (Jn 10,34-38). Las obras no son el ser de Jesús, sólo lo explican. Pero lo verdaderamente grande en Cristo no son las obras sino su ser (Hijo de Dios). Esto es lo que no soportaron los judíos. No le mataron por las obras que hacía, sino por su ser, por decirse Hijo de Dios. También a nosotros nos resulta difícil entender, y más en un mundo obsesivamente operativo, que lo verdaderamente importante en nosotros no son las obras que hacemos sino lo que somos: "hijos de Dios" (cf Rm 8,14-17).
El contemplativo no se ciega enganchándose a la idolatría de las obras. No es un adolescente caprichoso que necesita estar constantemente divertido para justificar su ser e identidad; no es un soberbio que presume de "ser lo que hace". El contemplativo se siente bien en "lo que es", hijo de Dios. Por eso no rehúye ni el silencio ni la interioridad, aunque con ello se le muestre el estiércol de sus miserias. También ese estiércol -¡entiéndase!- es buen abono para producir frutos abundantes: ¡Oh feliz culpa, que mereció tal redentor!. El contemplativo no se hunde al mirar de frente sus pecados, los reconoce y con una verdadera y alegre compunción se pone en manos de quien puede sanarle. Así, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20).
Y donde abunda la gracia, la Vida de Dios, abundan las buenas obras: “Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,4-5).
Conclusión
Contemplativo, abraza el camino que es Jesús, contémplate en la verdad de su Palabra, y vive enganchado a su Vida. Cuando en tu retiro diario te sumerges en el silencio y desciendes a tu profundidad dejando atrás tus obras y tus disfraces, sé consciente de que estás viviendo la aventura de conectarte como el sarmiento a la vid.
Tu camino de realización personal, tu verdad, la plenitud de tu vida, no está en tus títulos, ni en tus proyectos, ni en tus obras, por bueno que sea todo. Tu verdadero camino, tu verdad y tu ser están en Dios. Eres hijo de Dios, participas de su divinidad como el sarmiento participa de la savia de la vid. Al siervo se le valora por su trabajo, y no se le sienta a la mesa; al hijo se le cataloga por su ser, y se sienta a la mesa del Padre. Tú eres "hijo de Dios", tu vida no está en las dependencias del personal del servicio, sino en la misma casa del Padre Dios. Puedes entrar en ella. Su Vida corre por tus venas.
En quietud, entra en el silencio y permanece en Él. Rinde tu vida a su Vida, tu voluntad a la suya, adéntrate en el Misterio de Dios del que ya participas por tu bautismo, y verás cómo lo divino que hay en ti, te lleva a hacer las obras de Dios. Porque el Padre da a sus hijos el poder de hacer las obras que él quiere.
¡Buenos momentos de contemplación para todos!.
Casto Acedo.
Casto Acedo.
Mayo 2018.




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