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lunes, 5 de junio de 2017

Sobre el silencio

 

Cuando trabajamos para entrar en el camino de la contemplación cristiana, camino de silencio y meditación, os he repetido una y otra vez: “¡No esperes nada!”. No se trata de una invitación a sumirnos en una especie de “desesperanza insensible”, sino más bien en una “esperanza  cristiana”, la propia de quien sabe que espera poco de sus fuerzas y mucho de Dios.  Por eso habría de añadir; “no esperes nada de ti mismo”, de tus esfuerzos y tus técnicas de meditación. Limítate a cultivar el silencio, a eliminar los ruidos; lo demás es cosa de Dios, nuestra esperanza (“Dios proveerá”, “sea lo que Dios quiera”).

Meditar con esta perspectiva de renuncia a los propios méritos y apertura a la “gratuidad de Dios”, es lo correcto. Yo pongo la tierra (mi cuerpo y mi espíritu), la cultivo quitando las malas hierbas que envenenan mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad. Pero es Dios quien pone la semilla  y hace crecer y fructificar.
Esta es la actitud que se pide al hombre: quietud activa. Y esperar en Dios. Ahora bien, sabemos, por la experiencia de los que nos precedieron en el camino de la contemplación, que con la práctica del silencio meditativo suelen conseguirse determinados beneficios. No se buscan, repito, pero se esperan “si Dios quiere”.

Por ello os transcribo un artículo del Padre José Fernández Moratiel, dominico, andaluz y creador de lo que llama "Escuela de silencio". Confieso que he cambiado algunos giros y expresiones que me parecían reiterativas u oscuras de entender, y que no he podido evitar la tentación de añadir alguna idea propia.  Pero mantengo el espíritu del autor, o eso creo. Y, creedme, no pretendo crear expectativas de beneficios espirituales al transcribir este artículo, sino animar a no desfallecer en la práctica diaria de la meditación.
* * * *

Por el silencio
al encuentro consigo,
a la paz, a la plenitud.

(P. José Fernández Moratiel, O.P.)
Quizás te preguntes que es lo que vas a encontrar en el silencio. En el silencio te vas a encontrar a ti mismo, casi se podría decir que el silencio eres tú mismo.
 
Cuenta Cervantes en una de sus novelas, que un día llegó un caballero a la Venta y cuando salió la ama y saludó al caballero, éste le preguntó: "¿y qué hay para comer?",  y la ventera, con todo el salero respondió; "Lo que traiga mi Señor".

 ¿Qué es lo que hay en el silencio?

En el silencio hay lo que hay en tu corazón, lo que hay en tu vida, no hay otra cosa.

Quizás te sorprenda al iniciar este camino, que de repente cuando trabajas y buscas descansar, o directamente te dispones a atender en el silencio, de repente aparecen mil pensamientos de cosas que van contigo y que pensabas estaban olvidadas o que ya no te herían, ni te afectaban. Todo eso que emerge no es extraño a ti, va contigo y está bien que aparezca, porque eso es lo que has de vivir, eso es lo que has de asimilar.

En la vida hay muchas cosas que no hemos vivido bien y que hemos querido olvidar, y en cuanto hacemos silencio se nos presentan como pidiéndonos cuenta, como diciendo: "aquí estamos, a ver que haces con nosotras".

Son recuerdos a veces dolorosos,  episodios que no hemos admitido, que nos hemos resistido a aceptar y nuevamente se nos hacen presentes a la primera oportunidad. Y esa oportunidad la da el silencio, porque en otras circunstancias no les dejamos aparecer. El silencio es un momento en el que no existen grandes estímulos, mejor dicho: no existen los estímulos; de alguna manera en el silencio se neutralizan los estímulos y por eso también se neutralizan, se anulan, nuestras respuestas, y de ahí que emerja lo que está ahí en nosotros como aletargado o dormido. En la vida habitual nos escapamos de esos estímulos distrayéndonos, huyendo de ellos; pero en el silencio no hay escapatoria, no puedes marcharte, porque en el silencio todo se te hace presente, todo está ahí, para que lo vivas, para que lo aceptes, para que te  hagas cargo.

Puede que en el momento en que tienes programado tu silencio, te esté invadiendo un momento de amargura,  de desazón o de azoramiento; nada más iniciar tu meditación se te hace presente. Entonces  puedes levantarte y buscar distracción. Frecuentemente los hombres hacemos esto, cuando hay una preocupación; decimos: "vamos a distraernos, vamos a dar un paseo, nos vamos a tomar un café"; pero el problema no queda resuelto, el problema queda orillado,  como aparcado, y a la primera oportunidad, volverá a hacérsenos  presente. Cuando te sientas y haces silencio, o bien al acostarte y querer dormir, o en cualquier otro momento en que estás parado, inactivo, cuando entras en  un momento silencioso el problema vuelve y  reclama que le atiendas.


 El silencio redime del ruido

El silencio,  es profundamente curativo, es pacificador, porque esas situaciones sin resolver, esas situaciones, que van como alojadas, como metidas en la propia historia y en la propia vida, se nos hacen presentes con el afán de que nosotros las vivamos, las aceptemos, nos hagamos cargo de ellas. Por eso, no es solución escapar del silencio. Uno no puede escapar de si mismo, y está bien que sea así.

 Cuando llegue la hora del silencio, cuando llegue la hora en la que alguna situación de tu vida se te haga presente, busca vivirla, asimilarla, aceptarla. Todo se supera cuando se acepta, todo se supera cuando en el silencio se mira, se ve, se digiere y se pacifica. El silencio nos redime de nuestras dependencias obsesivas,  nos salva de los ruidos que distorsionan la música del corazón; porque en el silencio se asume todo, y asumiéndolo se cura, se diluyen los problemas que nos obsesionan al situarlos en su irrealidad o aceptarlos en su realidad inevitable.

Deja que en el silencio  todo se asiente, deja que en el silencio  todo se vaya posando. Cuando hace mal tiempo, cuando el tiempo está revuelto, cuando hay tormenta, miramos al cielo y decimos: “pues, no acaba de asentar” cuando asienta, la atmósfera está limpia, el cielo está despejado, y como que todo se llena de vida. Cuando una mujer está en estado y va al médico y el ginecólogo le dice: “pues ya se ha asentado”, la mujer escucha eso con profunda alegría, y se queda tan a gusto, porque todo se ha asentado. Cuando un adolescente, está agitado, está lleno de alteración, pasa el tiempo y la gente dice: “parece que ha sentado la cabeza” y como que se le ve lleno de equilibrio, lleno de mayor serenidad, lleno de vida.

 El silencio consigue que todo se asiente,  que las cosas que están fuera lugar, vayan encajando. Lo irreal -decía alguien que "es una pena que haya estado preocupado toda mi vida por cosas que nunca sucedieron ni sucederán"-  desaparece; y lo real e inevitable se encaja en su debido sitio dejando vía libre a la expansión libre del espíritu. Cuando todo se asienta todo se vuelve equilibrio, todo se vuelve serenidad.
 
Ya ves lo que pasa con un vaso de agua revuelta: la dejas un rato y se va posando y se va volviendo trasparente,  limpia. En el silencio también todo lo que en un momento de agitación se presenta  turbio, vas   comprobando como se va asentando, como se vuelve claro y transparente.
 
La atmósfera queda limpia cuando llueve y el horizonte parece más despejado. Después de una tormenta, después de la lluvia aparecen las montañas en el horizonte y se ve cómo nacen de la tierra muchas fuentes. Con la aceptación, en el silencio, toda esa agitación, toda esa turbación que nos embarga se va posando, se asienta, y aparece un paisaje interior lleno de armonía, de esperanza, de luz. Y en ese páramo, en esa llanura de silencio, vas descubriendo  un paisaje de paz donde  brotan fuentes de agua cristalina. ¿De dónde viene ese agua?  Poco a poco tomas conciencia de que el manantial de la vida está en lo hondo del corazón. 
 

El Reino del Silencio está dentro de ti

 Tras del silencio, tu corazón estará más despejado,  será un manantial, recobrarás la vida, vivirás la plenitud de tu ser. En el silencio vas a aprender también una cosa que puede ser de mucho interés. Los hombres solemos vivir cargados de dependencias: del mundo, del cosmos, de la creación, de los otros. En el silencio aprendes que, sobre todo, dependes del soplo del espíritu que hay en tu interior.  En  ti hay cuanto necesitas,  no careces de nada,  no tienes que buscar nada lejos de ti,  no tienes por que buscar nada que esté fuera. En el silencio se te revela que todo está en tu corazón,  todo está ahí, al otro lado de tu piel, muy cerca.

Siempre que buscamos algo fuera de nosotros, nos alejamos, nos distanciamos y nos separamos de esa presencia, de ese soplo de vida que es lo primero y más imprescindible, que está en el fondo y nos basta para vivir. Si deseas algo que está más lejos acabas distanciándote  del soplo, de la vida, de la presencia, de lo que te inunda, de lo que te llena, de lo que te abastece.

Si te separas de ti entonces te destruyes, porque  creas una división. En  el silencio todo se puede reintegrar, unificar,  armonizar, aprendes que no te recibes de nadie, ni de las opiniones de los otros, ni del reconocimiento de los otros incluso, ni, por qué no decirlo, tampoco te recibes del amor de los otros. Es posible que te suene a una exageración, pero atiende a tu vida, atiende en el silencio a este soplo y verás que te recibes, que sobre todo te recibes de Él, no de lo que los demás piensen, de lo que los demás hablen, de lo que los demás valoren, sino que te recibes de ese soplo, de esa presencia, de ese viento, de ese silencio infinito que es Dios.
 
En el silencio aprendes que no vives a expensas de ningún hombre o institución, que no tienes porque vivir en dependencia de nada. Te recibes de una fuente, de una presencia, de un soplo, de un viento que no te falta. Te recibes del Espíritu de Dios, que te hace sentirte nacido de ti mismo.  

 ¡Comprueba esto! Practica silencio meditativo. ¡Verifícalo día tras día! y verás como florece en ti la libertad, la autonomía,  la firmeza, la armonía, la seguridad; todo está escondido en tu centro, sólo tienes que excavar, quietar las barreras que te impiden ahondar; si profundizas hallarás tu núcleo misterioso, el Espíritu que te sostiene, y verás como renace en ti una paz que no tiene fin.
 
¡Buena semana de silencio, meditadores!
 
Casto Acedo. Mayo 2018.
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