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viernes, 9 de junio de 2017

EL ESPIRITU CONTEMPLATIVO (3. TRABAJ0)

 
Va la tercera entrega de nuestras reflexiones sobre modernidad y vida contemplativa. En esta ocasión dedicada al trabajo.

Cuando convoco a los padres y madres de los niños que van a ser bautizados, o que se preparan para la Primera comunión, en un barrio marginal y de integración como es el de mi Parroquia de san Antonio, suelen estos utilizar como excusa eximente una razón que hoy parece inapelable; “tengo que trabajar”. Es curioso que en un barrio con alto nivel de paro laboral y a la hora de la tarde en que suelen celebrarse los encuentros parroquiales, la mayoría declaren que trabajan.

La historia cambia cuando las mismas personas acuden a Cáritas solicitando alimentos (llegamos a tener más de doscientas familias en lista). Entonces la razón esgrimida para solicitar ayuda es que “estamos en paro, no tenemos trabajo".
 
Cuento esta anécdota para que, irónicamente, entendamos la importancia que se da al “trabajo”. En ambos casos, se apela a un argumento de peso para conseguir lo que se quiere: el trabajo, cuya falta es una degradación y el hecho de tenerlo es un derecho y obligación sagrados e intocables. El trabajo, sea como derecho o deber, es un dogma de la modernidad, y se puede obtener beneficio de este dogma incluso creando complejos de culpabilidad a quien no facilite ese sagrado deber.
 
Pero lo malo no es que se use, en los casos citados, como argumento con el cual manipular recurriendo a culpabilidades, sino que es tónica general que sin un puesto de trabajo, y éste bien remunerado, las personas tienden a minusvalorarse y sentirse insignificantes. En el juego de la modernidad lo que nos define no es lo que somos sino lo que hacemos, y este hacer lo identificamos con la profesión y el sueldo. 
 
Transcribo esta reflexión a sabiendas de que no va a ser entendida por muchos. Metidos en la dinámica del hacer es complicado entender la importancia del ser.
 
 
III. TRABAJO
 
¿Qué reflexión hacer sobre el trabajo desde un enfoque contemplativo? ¿Cómo considerar desde la óptica contemplativa la idolatría de la excelencia empresarial, o la productividad creciente hasta el infinito, con las que se presiona con vehemencia a los trabajadores? La respuesta es evidente: la vida contemplativa es incompatible con esa carrera hacia una excelencia empresarial y unos beneficios extremos que ahogan la necesaria parsimonia de la vida.


Trabajo y contemplación
 
Cuando el ocio se considera un vicio y el negocio una virtud, algo falla. Porque el hombre no ha sido creado para el trabajo sino para la fiesta. Sin embargo, cuando se trata de "trabajo", todo lo demás se minusvalora. ¿No os dais cuenta de cómo se ningunea el tercer mandamiento de la ley de Dios -¡santificarás las fiestas!- que manda dedicar el día al descanso y la alabanza a Dios? Pocos sienten escrúpulos de conciencia por no cumplir con este precepto.  

Ante esto, hay que decir que la meta última del hombre no es llegar a ser una máquina de alto rendimiento, sino “descansar”; así lo dice al menos la espiritualidad cristiana: caminamos hacia “el domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en el descanso” (cf Prefacio dominical), Dios no creó al hombre para el trabajo sino para la fiesta.

Por otra parte, el valor del trabajo no está en su productividad, sino en lo que tiene en sí de actividad, de acción humana. El hombre es un artesano, aquel que crea algo con sus manos. El artesano está en relación directa con la naturaleza, y esa cercanía hace de su trabajo en ella un arte, es decir,  un acto creativo cuya finalidad no es sólo la de producir lo necesario para sostener y mejorar la vida, sino también un modo de realizar la propia existencia abierta desde dentro a toda la creación. El trabajador es feliz en su trabajo cuando lo ve así, y no lo es tanto cuando lo experimenta como una especie de esclavitud, un “castigo por el pecado de Adán”.

Si es verdad que el trabajo fue un castigo por el pecado, también lo es que ha sido redimido por Cristo. Por tanto,  el trabajo del hombre redimido no es un castigo, sino un lugar de salvación, de encuentro con la vida. Los beneficios materiales son importantes, pero secundarios comparados con los espirituales. Y este es un dato a considerar de cara a la vida contemplativa. "¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero si al final se pierde a sí mismo” (Mt 16,26).

La rentabilidad no lo es todo. Y convéncete también de que es falsa la idea de que, una vez que alcanzas el “sitio” o posición laboral a la que aspirabas, ya te has realizado. Quien cree haber llegado a la meta está sin duda retrocediendo. Sencillamente, y lo hemos repetido ya con insistencia en otros lugares, no hay meta que alcanzar, porque la meta está aquí y ahora. No esperes un premio a tu trabajo como los niños a los que hay que ilusionar con promesas y regalos. El premio de la virtud es la virtud misma. ¿Acaso no es bastante premio por el trabajo bien hecho la satisfacción misma de haberlo realizado? Es la felicidad del artista, algo que el especulador es incapaz de entender.

Así, pues contemplativo, vive tu trabajo desligándote de la cadena mental o afectiva que te arrastra a vivirlo como un mal necesario, una suerte de la que no se puede huir. Si consideras inhumano o deshumanizador el trabajo con que te ganas la vida, piensa si de veras merece la pena deshumanizarte inmolando tu vida a no sé que extraño dios que te pide esos sacrificios. Es duro y cruel decírtelo, pero ¿merece la pena?  Procura encontrar el lado humano y gratificante, contemplativo, a tu trabajo u oficio.

No eres una máquina, eres una persona; respira hondo y déjate llevar por todo lo que tocas y tienes en tu mano en tus quehaceres. Siéntete, en la medida de tus posibilidades, unido a la naturaleza que manejas y a la humanidad a la que sirves con tu tarea.
 

No trabajes para forjarte una imagen o para justificar tu existencia. A los ojos de Dios vales por lo que eres, no por lo que haces. No eres lo que construyes o acumulas, te haces a ti mismo desde lo que ya eres. Tu valor no está en tu posición socio-laboral ni en tu sueldo. “No estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?" (Mt 6,25-26). La libertad que Dios quiere para ti incluye la liberación del sometimiento al activismo desmesurado y despersonalizado.

 

 

 

 
Ora et labora


Tal vez lo que te he dicho acerca de hacer gratificante tu trabajo parezca una utopía, un ideal inalcanzable, pero no son pocos los que lo han intentado y conseguido con acierto. Para ello hace falta un cierto estoicismo, una toma de conciencia de que el bien no está en los objetos externos, sino en la sabiduría y dominio del alma, que permite liberarse de las pasiones y deseos que perturban la vida.

Y también hace falta una chispa de cinismo clásico; los cínicos consideraban equivocada la doctrina de Sócrates, de la que es heredera nuestra modernidad; para ellos la civilización y su forma de vida era un mal, y la felicidad estaría en vivir una vida simple y acorde con la naturaleza. El hombre, dicen, lleva ya en sí mismo los elementos para ser feliz y conquistar su autonomía y libertad, que para el cínico es de hecho el verdadero bien. De ahí su desprecio a las riquezas y a cualquier forma de preocupación material. Para un cínico, el hombre con menos necesidades es el más libre y el más feliz.

No viene mal recordar el episodio clásico que se cuenta de Diógenes de Sinope, uno de los cínicos más destacados, que vivió en un tonel en la plaza del mercado de Atenas. No escribió nada. Sólo se conservan anécdotas de su vida, y a través de ellas entresacamos su filosofía. El cínico no pretende vivir lo que dice, simplemente dice lo que vive, porque es su vida la que habla. Una de esas anécdotas cuenta cómo Alejandro Magno, que había oído hablar de él, se acercó a conocerle; y lo encontró tumbado al sol.

-“Quería demostrarte mi admiración", dijo Alejandro. Y continuó: "Pídeme lo que tú quieras. Puedo darte cualquier cosa que desees, incluso aquellas que los hombre más ricos de Atenas no se atreverían ni a soñar".

-"Por supuesto, contestó Diógenes, no seré yo quien te impida demostrar tu afecto hacia mí. Sólo quiero pedirte que te apartes del sol. Que sus rayos me toquen es, ahora, mi mayor deseo. No tengo ninguna otra necesidad, y también es cierto que sólo tú puedes darme esa satisfacción".  

-"Si no fuera Alejandro -comentó más tarde el emperador a sus generales- me hubiera gustado ser Diógenes", dándoles a entender que en todo su imperio sólo él le superaba en libertad.


Me encanta la anécdota, sobre todo por esta última reflexión de Alejandro, el hombre más poderoso de su tiempo, el único que podría decir que era dueño de su vida; la vida de todos los demás le pertenecían. Aunque no todas. Diógenes mostró con su actitud y su respuesta que era, a pesar de su apariencia de pobreza y debilidad, tan rico y poderoso como Alejandro. O tal vez más, porque ni siquiera el miedo a perder su poder o su vida le harían temblar.


El contemplativo, a pesar de las distancias debidas, debería de tener un poco de este cinismo clásico. Para el contemplativo lo importante no es ninguna doctrina, el seguimiento de una determinada filosofía o religión, sino simplemente vivir. La práctica de la meditación. O la vida como oración. Contemplar conduce a adentrarse en la realidad del aquí y ahora que uno es; vivir el presente; así, el contemplativo no hace un discurso sobre la vida, no se dedica a inventar o propagar sofismas, el discurrir de su propia vida es el discurso.

 
No me imagino a Diógenes con escrúpulos de conciencia por no trabajar lo suficiente por su ciudad. ¿No fue precisamente su trabajo el de ser testigo de una forma de vida distinta en una cultura demasiado socrática? Es este un punto que en el que merece que te pares y reflexiones. ¿No es el contemplativo un crítico silencioso de los despropósitos de la modernidad? Para la sociedad moderna, donde el tiempo se mide por su rentabilidad laboral, donde el trabajo productivo es sagrado, tanto Diógenes como el contemplativo, que no están atentos al "cuánto" sino al "qué", son un peligro; de ahí que a menudo resulten molestos. 
 
Ora et labora, así resume san Benito su regla monástica. Para el monje la oración, de coro y contemplativa, es una tarea irrenunciable; y con ella el trabajo, entendido también como tiempo de Dios, una forma de seguir orando a la vez que se cubren las necesidades materiales del monasterio. No me imagino al monje viviendo su trabajo como un castigo, al contrario, lo veo trabajar con la conciencia de estar haciendo un acto de caridad hacia sí mismo y hacia la comunidad, un trabajo redentor; porque toda obra hecha con amor redime al que la hace y a los que se benefician de ella.
 
 
Meditador, no renuncies al trabajo diario de la meditación. Considéralo un deber de amor para contigo y con tu prójimo. Un trabajo de libertad. Y no consideres tu tiempo de orar desligado del tiempo de laborar. Sin detrimento de los espacios propios de dedicación a Dios, no cabe duda de que también el trabajo es oración.

¡Buena tarea de contemplación y silencio!
 
 Casto Acedo. Junio 2018.
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