¿COMPADECER A DIOS?
Completando la trilogía de enseñanzas sobre el amor, nos toca hablar de la “compasión” referida a Dios. El esquema que seguímos habla de “amor-compasión” por mí mismo, por el hermano y por Dios. Cuando el mandamiento manda “Amarás a Dios”, ¿podemos traducirlo como “tendrás compasión de Dios”? ¿Es que nosotros debemos o podemos perdonar a Dios? ¿Acaso Dios ha delinquido y necesita de nuestra clemencia?
El “amarás a Dios”, a mi parecer, se puede leer en dos sentidos:
1) Es posible entenderlo como “tener compasión de Dios”. Ahora bien, como he dado a entender antes, ¿no es un atrevimiento decir que tengamos compasión por Dios?, ¿no es una osadía inadmisible la de amar-compadecer-perdonar a Dios? Está claro que Dios no tiene necesidad de nosotros; nada necesita (no sería Dios) y por supuesto no necesita que le compadezcamos de nada. Es Él quien se compadece de todos.
Y, seamos sinceros, somos nosotros los que tendríamos que perdonarnos el no ser compasivos con Dios, porque solemos acusarlo de nuestros males y de los del mundo. En este punto habría que volver al tema de la autocompasión y a la compasión con el hermano. Lo que no encajamos interiormente nos sale en forma de violencia hacia fuera, y luego solemos acusar a Dios de esos males que hacemos. Así, como en una eterna repetición de la pasión de Jesús, cargamos sobre sus espaldas nuestros crímenes.
Y, seamos sinceros, somos nosotros los que tendríamos que perdonarnos el no ser compasivos con Dios, porque solemos acusarlo de nuestros males y de los del mundo. En este punto habría que volver al tema de la autocompasión y a la compasión con el hermano. Lo que no encajamos interiormente nos sale en forma de violencia hacia fuera, y luego solemos acusar a Dios de esos males que hacemos. Así, como en una eterna repetición de la pasión de Jesús, cargamos sobre sus espaldas nuestros crímenes.
Quien lo hace así -que me temo que somos muchos- debería revisarse constantemente en dos cosas:
* Por una parte sobre su imagen de Dios. ¿A qué Dios odia quien lo hace responsable de todos los males? ¿Al dios que se ha construido para descargar en él sus propias responsabilidades, o al Dios de Jesús que por amor gratuito carga con las nefastas consecuencias de su irresponsabilidad?.
*Y por otro lado, quien echa en cara a Dios los males del mundo, debe considerar su cinismo al cargar sobre los hombros de Dios la responsabilidad de unos hechos que seguro que él mismo provoca o hace poco por evitar.
2) Si tiene sentido el mandamiento de “amar a Dios”, no es porque Dios necesite tu amor y tu compasión, sino porque tú sí necesitas amarle para acercarte a Él y tener acceso a su perdón. Es Dios el que te ha de perdonar, no tú quien perdonas a Dios unos supuestos daños que él provoca o permite.
Jesús me pide “amar a Dios” no tanto por Él -hay quien piensa que nuestro Dios, para existir, necesita del amor de los hombres- sino por mí y por mi prójimo; al pedirme que ame a Dios no está reclamando mi compasión para con Él. Dios no necesita mi compasión para completarse, porque Él es compasión (“Dios compasivo y misericordioso”), que es lo mismo que decir que es “perfecto en el amor”. Si el mismo Dios me pide amarle es porque es lo que me conviene, y es lo mejor para la humanidad.
Aclarados estos puntos, creo que lo más conveniente para nuestra reflexión no es tanto tratar sobre el “amar a Dios” sino sobre el “amor de Dios”; porque sólo quien descubre la belleza del “Dios compasivo” queda habilitado para amar a Dios sobre todas las cosas, y en esa contemplación hallará “razones del corazón” para amar al prójimo y amarse a sí mismo equilibradamente.
¿PUEDE DIOS SER COMPASIVO?
(Filosofía)
Damos un primer retazo a la “compasión de Dios” desde la filosofía.
A los primeros cristianos de origen no judío les resultó difícil encajar eso de “un Dios que sufre por los hombres”. En la cultura griega en la que se mueven hablar de sufrimiento de Dios es un despropósito. Dios es el motor inmóvil, un Dios (dioses) que pide ser amado, pero en ninguna manera es amante; El Dios bíblico que se encoleriza o se apasiona por su pueblo y por sus hijos, el Dios capaz de amar al hombre hasta el extremo encarnándose en el Hijo, padeciendo y muriendo en la cruz, es inconcebible en el ámbito de los filósofos y sacerdotes griegos. Es propio de ellos la "apatía" o ausencia de pasiones.
A los primeros cristianos de origen no judío les resultó difícil encajar eso de “un Dios que sufre por los hombres”. En la cultura griega en la que se mueven hablar de sufrimiento de Dios es un despropósito. Dios es el motor inmóvil, un Dios (dioses) que pide ser amado, pero en ninguna manera es amante; El Dios bíblico que se encoleriza o se apasiona por su pueblo y por sus hijos, el Dios capaz de amar al hombre hasta el extremo encarnándose en el Hijo, padeciendo y muriendo en la cruz, es inconcebible en el ámbito de los filósofos y sacerdotes griegos. Es propio de ellos la "apatía" o ausencia de pasiones.
Los dioses de los paganos no se preocupan para nada de los hombres; son caprichosos, ajenos al sufrimiento humano. El Dios de los filósofos y de los mitos, el motor inmóvil, origen de todo, el ser del que procede todo ser, el “big-bang” de la creación, es un Dios reducido a teorías, cálculos, conceptos y silogismos, un Dios caprichoso que se juega a los dados el destino de los hombres. Un dios al que nadie reza, nadie canta, nadie le danza, nadie espera en él, y nadie le ama, porque es solo una idea, un recurso de la mente totalmente ajeno a las preocupaciones del hombre.
El Dios del mito y la filosofía sirve como explicación, pero no como salvación; caldea la cabeza, pero no calma el corazón. ¿Acaso se puede satisfacer la interioridad sólo con lo que existe en la mente? Ya lo dijo san Ignacio: “No el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente”. Es importante entender que nuestra relación con Dios no es mental, sino vital, con todo el ser: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (Mt 22,37). Por eso, en la oración contemplativa hay que poner más los ojos del corazón que los de la mente.
El Dios del mito y la filosofía sirve como explicación, pero no como salvación; caldea la cabeza, pero no calma el corazón. ¿Acaso se puede satisfacer la interioridad sólo con lo que existe en la mente? Ya lo dijo san Ignacio: “No el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente”. Es importante entender que nuestra relación con Dios no es mental, sino vital, con todo el ser: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (Mt 22,37). Por eso, en la oración contemplativa hay que poner más los ojos del corazón que los de la mente.
Desechamos, pues, al Dios de los filósofos y los científicos por teórico e inexistente, por ser capaz de llenar una biblioteca sobre temas divinos (teodicea), pero incapaz de alimentar el sentido de la vida y animar la existencia con el calor de su espíritu. Desechamos a este Dios porque no tiene vida, porque sabemos que quien no ama y compadece está muerto.
¿DIOS PADRE-PATRÓN?
(Psicología
(Psicología
Los primeros cristianos no sólo tuvieron que vérselas con la idea filosófica y mítica de Dios propia de los paganos; también hubieron de enfrentarse con la imagen de Dios propia del judaísmo, que, aunque en sus libros sagrados encuentran testimonios de un Dios compasivo(Antiguo Testamento), no pudieron soportar la idea de una compasión tan extrema que le lleva incluso a morir perdonando a aquellos que le crucifican.
El Dios de Jesús es un Padre compasivo con el que vivió una relación apasionante. Así lo mostro en en sus predicaciones, fruto de su intimidad orante con Él. Jesús hablaba de su Padre ("Mi padre...", decía) con entusiasmo, ternura y devoción. "Te doy gracias Padre" (Lc 10,21); "Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo" (Jn,32); "Yo he venido en nombre de mi Padre" (Jn 5,23) "Te doy gracias Padre" (Lc 10,21), "Todo me ha sido entregado por mi Padre" (Jn 10,22), etc.
El Dios de Jesús es un Padre compasivo con el que vivió una relación apasionante. Así lo mostro en en sus predicaciones, fruto de su intimidad orante con Él. Jesús hablaba de su Padre ("Mi padre...", decía) con entusiasmo, ternura y devoción. "Te doy gracias Padre" (Lc 10,21); "Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo" (Jn,32); "Yo he venido en nombre de mi Padre" (Jn 5,23) "Te doy gracias Padre" (Lc 10,21), "Todo me ha sido entregado por mi Padre" (Jn 10,22), etc.
Los judíos prefieren al Dios de los patriarcas y de la ley de Moisés, que hace una alianza desde la altura y establece normas severas para su Pueblo, un Padre-patrón tan propenso a la misericordia (cf Is 49,14-15) como a la ira, “Señor, lento a la ira y rico en piedad, que perdona la culpa y el delito, pero no lo deja impune, que castiga la culpa de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación" (Nm 14,18). A los judíos les descoloca un Dios que mira al hombre de igual a igual. Por eso escandalizó Jesús con sus parábolas del Padre bueno y misericordioso cf Lc 15).
El judaísmo pos-pascual estuvo dispuesto a aceptar a los cristianos como un grupo más entre los suyos, pero siempre que renunciaran a la fe en Jesucristo como Dios y lo reconocieran solo como un maestro excelente; hombre, pero no Dios. La idea de que Dios tomase carne y muriera en la cruz les parecía a los judíos un escándalo insoportable. San Pablo, que fue un fariseo ferviente antes de su conversión al cristianismo y se atrevió a dar el paso a la aceptación del Dios encarnado en Jesucristo, define así la novedad de la fe cristiana: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1Cor 1,23-25).
Los judíos podrían aceptar al Padre de Jesús siempre que se le diera a la palabra “padre” el sentido que tenía en su mentalidad legalista. Pero el padre del que habla Jesús en la parábola de El Hijo pródigo, que no cumple las leyes establecidas sobre la actuación de un buen padre judío de la época, sino que antepone la compasión a las leyes y costumbres establecidas, no goza de simpatía entre los judíos. Un padre así es mirado como una perdición para el hijo porque, según ellos, le condenaría a la indisciplina y la perdición. No creían en la fuerza de la compasión como motor del cambio personal y social. Sin embargo Jesús insiste una y otra vez en afirmar que Dios es Padre compasivo y misericordioso, bondadoso. Su ternura le hace ser parcial en su juicio, hasta el punto de no poder resistirse ante un corazón arrepentido (cf Sal 50,17).

Dios es, pues, Padre; y queda ya apuntado lo que significa “Padre” para Jesús y para los judíos, pero ¿qué significa en nuestra cultura? La psicología ha colocado sobre el padre toda una serie de sospechas; el padre es visto hoy por muchos como un opresor, un "gran hermano" que todo lo ve y lo controla, que limita la personalidad del hijo, que coarta su libertad.
Nuestra sociedad occidental no es ya patriarcal. Predicar un “Dios padre” hoy no es fácil; pende sobre él la sospecha de manipulador y dictador. Sin embargo, estamos necesitados de la seguridad paterna. Los seres humanos nos sabemos desvalidos, arrojados a la intemperie, necesitados de ayuda. Sin padre o madre andamos huérfanos, desorientados, como en tierra de nadie (apátridas). Y en ese abandono tendemos fácilmente a elevar a categoría de padre a nuestros poderes (dinero, cargos, títulos), nuestras ideas (ideologías), o a algunas instituciones o personas que parece nos ponen en valor y patrocinan nuestra existencia. Ideologías, dineros, modas, líderes mediáticos, etc, terminan ocupando el espacio que hemos dejado libre al olvidarnos de Dios.
Concluyendo nuestra visión de Dios desde la psicología, no cabe duda de que el hombre necesita una patria (padre), un lugar de referencia que equilibre, unifique y de coherencia a su vida. Tradicionalmente esa patria ha sido Dios-Padre, origen, protector y sanador de las heridas. Pero hoy vivimos el drama de una sociedad que ha pervertido la imagen del “padre” hasta el punto de situarnos en una especie de inestable juego de tronos; hemos matado al padre-Dios, y nos hemos embarcado en un peligroso culto a los ídolos. Al Dios único y bueno lo hemos cambiado por otros que compiten entre sí y que no facilitan la unidad personal interior ni la convivencia social. De modo más o menos conscientes nos vendemos a los reyes de este mundo: la economía, el prestigio, el poder político o social. Realidades que parecen ofrecernos una cierta zona de confort y seguridad, pero la experiencia demuestra que cualquier seguridad que pretendamos de espaldas a Dios y su espíritu de amor y compasión es engañosa y perversa.
¿De veras crees que puedes vivir una vida plena abandonándote a un inconsistente “amor líquido” y a unos dioses efímeros como los que te ofrece el circo del mundo? ¿Se puede ser auténtico hijo (hombre) , sin anclaje en lo sólido y eterno de un padre (Dios)? Deberíamos analizar muchas de nuestras enfermedades psicológicas desde estas preguntas.
Nuestra sociedad occidental no es ya patriarcal. Predicar un “Dios padre” hoy no es fácil; pende sobre él la sospecha de manipulador y dictador. Sin embargo, estamos necesitados de la seguridad paterna. Los seres humanos nos sabemos desvalidos, arrojados a la intemperie, necesitados de ayuda. Sin padre o madre andamos huérfanos, desorientados, como en tierra de nadie (apátridas). Y en ese abandono tendemos fácilmente a elevar a categoría de padre a nuestros poderes (dinero, cargos, títulos), nuestras ideas (ideologías), o a algunas instituciones o personas que parece nos ponen en valor y patrocinan nuestra existencia. Ideologías, dineros, modas, líderes mediáticos, etc, terminan ocupando el espacio que hemos dejado libre al olvidarnos de Dios.
Concluyendo nuestra visión de Dios desde la psicología, no cabe duda de que el hombre necesita una patria (padre), un lugar de referencia que equilibre, unifique y de coherencia a su vida. Tradicionalmente esa patria ha sido Dios-Padre, origen, protector y sanador de las heridas. Pero hoy vivimos el drama de una sociedad que ha pervertido la imagen del “padre” hasta el punto de situarnos en una especie de inestable juego de tronos; hemos matado al padre-Dios, y nos hemos embarcado en un peligroso culto a los ídolos. Al Dios único y bueno lo hemos cambiado por otros que compiten entre sí y que no facilitan la unidad personal interior ni la convivencia social. De modo más o menos conscientes nos vendemos a los reyes de este mundo: la economía, el prestigio, el poder político o social. Realidades que parecen ofrecernos una cierta zona de confort y seguridad, pero la experiencia demuestra que cualquier seguridad que pretendamos de espaldas a Dios y su espíritu de amor y compasión es engañosa y perversa.
¿De veras crees que puedes vivir una vida plena abandonándote a un inconsistente “amor líquido” y a unos dioses efímeros como los que te ofrece el circo del mundo? ¿Se puede ser auténtico hijo (hombre) , sin anclaje en lo sólido y eterno de un padre (Dios)? Deberíamos analizar muchas de nuestras enfermedades psicológicas desde estas preguntas.
CAMPASIÓN DE DIOS
(Teología)
Decimos los cristianos que Dios es amor, y que Jesucristo sufrió y “murió por nosotros” (cf 1 Tes 5,10) mostrándonos el rostro del Dios compasivo. Pero, ¿puede Dios sufrir? , ¿no tendrían razón judíos y griegos? ¿no es absurdo hablar de que Dios “muere por nosotros" ya sea "por nuestras manos" o "por (para) nuestro perdón"?
Mirad, esto sólo lo podemos entender desde el misterio del Dios-Amor. Es verdad que Dios es impasible, tal como dice la filosofía: no puede padecer. Pero sí puede compadecer, como escribió san Bernardo: " Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis, Dios no puede padecer, pero puede compadecer" (Sermones in Cant., Serm. 26,5). ¿Acaso su omnipotencia no le permitirá ser compasivo?
La pasión de Dios en Jesucristo -eso que contemplaremos en calles y liturgias en estos días de Semana Santa- nos habla de su amor. Jesucristo es Dios padeciendo con y por los hombres. Al encarnarse en Jesús, al hacerse hombre por puro amor, Dios se hace vulnerable. ¿No es la vulnerabilidad una característica del amor verdadero? Quien ama se arriesga a ser herido, a ver su amor rechazado. Pues bien, nuestro Dios es vulnerable porque es amor; su esencia es la misericordia, hasta el punto de que "aunque seamos infieles (le crucifiquemos), Él es fiel (sigue amando), porque no puede negarse a sí mismo" (2 Tm 2,13).
Y, llegados aquí, podemos ejercitarnos en la meditación del misterio de la Encarnación y contemplar la imagen de Dios herido por la desidia y el abandono de sus hijos, los hombres. Mirados los dolores de Jesús desde la perspectiva del cántico del capítulo 40 de Isaías, no cabe duda de que lo que contemplamos en la pasión no es sólo muerte y sufrimiento, sino también gloria y amor de Dios. Con su amor hasta el extremo el Hijo glorifica al Padre. (cf Jn 12,27-28; 17, 1-4). ¡Cuántos son los que –como Teresa de Jesús- se han convertido precisamente por la conmoción que les produjo el hecho de que Dios llegue a amar al hombre hasta el límite de la pasión y muerte!
Y, llegados aquí, podemos ejercitarnos en la meditación del misterio de la Encarnación y contemplar la imagen de Dios herido por la desidia y el abandono de sus hijos, los hombres. Mirados los dolores de Jesús desde la perspectiva del cántico del capítulo 40 de Isaías, no cabe duda de que lo que contemplamos en la pasión no es sólo muerte y sufrimiento, sino también gloria y amor de Dios. Con su amor hasta el extremo el Hijo glorifica al Padre. (cf Jn 12,27-28; 17, 1-4). ¡Cuántos son los que –como Teresa de Jesús- se han convertido precisamente por la conmoción que les produjo el hecho de que Dios llegue a amar al hombre hasta el límite de la pasión y muerte!
Dios hecho hombre en el Hijo, Dios-amor, herido por el desprecio del hombre, pide de nosotros un ejercicio de compasión por Él: “¿quién se preocupará por Él?” (Is 40,8 ). Ahora bien, el mandamiento de "amar a Dios", más que un ejercicio para mostrar nuestra compasión hacia él, es una invitación a contemplar su compasión por nosotros. En la pasión del "Siervo Jesús", los cristianos vemos el amor apasionado de Dios, que “cargó sobre él todos nuestros crímenes”, y siendo inocente, “soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores” (Is 40,4-5). “No tenemos un sumo sacerdote (Jesucristo) incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado”. (Hb 4,15).
Además, contemplar la vulnerabilidad del amor de Dios en las llagas de Cristo es un modo de contemplar el sufrimiento propio y el del hermano. ¿No decimos que la contemplación verdadera nos obliga a mirar la realidad tal como es? Pues en la pasión de Cristo la realidad está teñida de amor y dolor; amor de un Dios solidario con el hombre (encarnación); una solidaridad que no es indolente (dolor ausente de sufrimiento) sino paciente (asunción pacífica del sufrimiento). Y si contemplando y asumiendo nuestros complejos y miedos los vamos sanando, ¡cuánto más sanarán si les acercamos el ungüento del amor de Dios! Cristo, medicina de Dios, asumiendo nuestros pecados (amándonos a pesar de nuestros odios) nos sana de todo aquello de lo cual creíamos que era imposible liberarnos; por eso decimos que “sus heridas nos curaron” (Is 40,5).
No contemples en la pasión a un Dios-Padre que pide sangre; sino a Dios-Hijo que visibiliza el amor del Padre por ti. En la cruz no está el castigo de Dios al hombre; no es el Padre sino tu desprecio el que crucifica a Jesús (a los hermanos); por eso en ella puedes observar tu pecado (tu falta de compasión hacia el prójimo), y en la misma cruz, con tu pecado, puedes contemplar también el Amor-perdón de Dios que te sana. Así pues, es un buen ejercicio silenciarte y situarte ante la compasión de Dios dibujada en el dulce rostro de Cristo sufriente. Viene bien aquí recomendarte que contemples tus miserias desde su lado, desde su mirada y su palabra de amor: "¡Por ti, todo lo hago por ti!".
No contemples en la pasión a un Dios-Padre que pide sangre; sino a Dios-Hijo que visibiliza el amor del Padre por ti. En la cruz no está el castigo de Dios al hombre; no es el Padre sino tu desprecio el que crucifica a Jesús (a los hermanos); por eso en ella puedes observar tu pecado (tu falta de compasión hacia el prójimo), y en la misma cruz, con tu pecado, puedes contemplar también el Amor-perdón de Dios que te sana. Así pues, es un buen ejercicio silenciarte y situarte ante la compasión de Dios dibujada en el dulce rostro de Cristo sufriente. Viene bien aquí recomendarte que contemples tus miserias desde su lado, desde su mirada y su palabra de amor: "¡Por ti, todo lo hago por ti!".
* * *
Querido meditador y contemplativo, esta Semana Santa ralentiza tu mente y tu corazón, busca un espacio de silencio y acompaña a Jesús en su camino hacia el Gólgota. Sitúate ante Cristo condenado injustamente, azotado, cargado con la cruz, despojado de sus vestiduras y clavado en la cruz. Usa tu imaginación o coloca ante ti una imagen de Cristo sufriente; y “mira que te mira” con amor. Reconoce en su dolor el amor del Padre, su compasión. No es la ira de Dios sobre la humanidad del Hijo lo que revelan sus heridas, sino su amor; “porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). No te salvará el temor al castigo sino el reconocimiento y la aceptación de su amor y su perdón. Descansa tus sufrimientos en Él. Deja que su medicina de amor cure tus cobardías e infidelidades.
¡Santa y Feliz Semana,
meditadores y contemplativos!.
© Casto Acedo. Abril 2018



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