Unas sugerencias para vivir la Semana Santa
en clave contemplativa.
¿Y si hacemos de la Semana Santa una peregrinación interior? Las numerosas procesiones que tienen lugar estos días no deberían ser actos para sacarnos de nosotros mismos llevándonos por las calles en busca de la mejor fotografía, sino liturgias que sirvan para entrar en Semana Santa, o, dicho de otro modo, que ayuden a que la semana Santa entre en nosotros. ¿Por qué no probamos que sea así? Vamos a intentarlo.
El DOMINGO DE RAMOS
procura comenzar mirando hacia dentro. Evita ser uno de los muchos turistas que transitan estos días por las calles con espíritu despistado mirando todo con curiosidad indiferente. Fotografían las calles, los pasos de Semana Santa, las gentes, las anécdotas llamativas, pero sin entrar en ello ni permitir que lo que ve entre en él. No hagas turismo espiritual, por muy de moda que esté. Su interés no es espiritual sino material.
Tú, más que evadirte de tu cansancio vital viendo cómo pasan ante ti imágenes de cristos o dolorosas sufrientes, deja que el olor del Jesús real que se respira en el Evangelio empape tu alma y la llene de alegría. Abre tus sentidos espirituales al olor, el sabor, la visión y la experiencia de Cristo.
Tu alma es Jerusalén, el lugar donde este domingo Jesús entra, predica, celebra, sufre y triunfa. No quiere avasallarte, por eso no viene a ti subido a lomos de un caballo sino en un humilde borrico, para que comprendas que lo suyo es ponerse a tu nivel, no viene a que le rindas pleitesía sino a compartir contigo la vida, de igual a igual. Acógelo como a un amigo y a un maestro.
No tomes en tu mano un ramo de olivo para aclamarle si no estás dispuesto a abrirle de par en par la puerta de tu corazón y dejarle entrar: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! El Señor viene a ti, no le cierres la puerta. Recíbelo. Deja que procesiones por tus moradas interiores.
El LUNES MARTES, MIERCOLES SANTOS
escucha al mismo Jesús predicando en tu templo interior. Contémplalo en la madurez de su misión. Observa cómo desgrana la sabiduría de las bienaventuranzas y de todo el sermón del monte; toma nota de cómo se compadece de los que sufren y no se resiste a hacer milagros que remedien sus dolores; y observa también cómo se produce el encuentro con los que andan perdidos; incluso sin ellos esperarlo fueron encontrados por Él: Pedro, Zaqueo, María Magdalena, Nicodemo, el centurión que tenía un criado enfermo, la mujer adúltera, tú, ...
Fueron muchos los que quedaron impactados por su personalidad dulce y firme a la vez. Si te sientes su amigo rememora en estos días los mejores momentos pasados con Él y afiánzate en la sabiduría que has adquirido investigando y practicando lo escrito en los evangelios.
El JUEVES SANTO
dedícalo a contemplar la inmensa misericordia que te revela Dios en la persona del Hijo. En la Última Cena Jesús se da a conocer a los suyos, pone sobre la mesa el alimento de la fraternidad universal, revela el misterio de su amor incondicional a la humanidad, da a conocer su amor a todos y su amor a ti. Lo hace con un gesto para el recuerdo y la actualización: toma primero pan y luego vino y dice: “esto es mi cuerpo, y esta es mi sangre, que se dan como comida y bebida; soy yo que me doy a vosotros en un gesto de amor que espero que comprendáis”.
Lo entenderás mejor si miras como el Señor lava los pies a sus siervos, se inclina y te dice: “sé que eres débil, que tienes momentos de dudas, que a veces das pasos hacia atrás, pero eso te lo perdono, porque he venido no para los perfectos sino para los pecadores”. Si te impresiona este gesto de amor estás dejándole entrar muy dentro de ti; has comprendido que tienes mucho que aprender y recibir de Jesús. ¡Haced esto en memoria mía! Quien se deja tocar por Él, quien se prenda de su persona, se hace discípulo. Si decides hacer lo que Él, repetir en tu vida su memoria, dejarás de ser sólo un bautizado para pasar a otro nivel: el de discípulo, seguidor de sus enseñanzas.
El VIERNES SANTO,
si has dejado a Jesús entrar en ti y has hecho un voto de fidelidad a su persona, medita cómo el ser discípulo de Jesús te crea problemas. Y no me refiero sólo a los conflictos con tu entorno (familia, amigos, autoridades, sistema social consumista...) sino contigo mismo. Seguir a Jesús conlleva unas dosis de contradicción interior. Porque la lucha entre las tinieblas y la luz no se da sólo entre Jesús y las autoridades políticas y religiosas de Israel, se da también en el interior de cada persona que se encuentra con Él. No admite componendas y te va a obligar a tomar decisiones nada fáciles para quien está acostumbrado al ritmo de nuestro mundo paganizado.
La noche forma parte de tu proceso espiritual. No olvides que el mayor enemigo de tu crecimiento no son los obstáculos exteriores, sino tú mismo. Dentro de ti se da una confrontación, un choque entre optar por una vida de perdón total como el de Jesús o bien por la mediocridad de un “nadar y guardar la ropa”, un cristianismo de etiqueta pero sin cambio personal.
Deberías sentir y obrar de tal manera que mostraras al mundo el mismo porte que Jesús llevando la cruz, para que los que te vean “morir” (me refiero a dar muerte a tu personaje narcisista y prepotente) digan, como el centurión al ver la paciencia (paz) con que murió Jesús: “Verdaderamente, este era Hijo de Dios”.
El SÁBADO SANTO
contempla la tumba de Jesús, su “anonadamiento”, su reducción al silencio.
Mira como desciende a los infiernos, a las zonas más oscuras de tu alma. Déjalo bajar y desciende con Él hasta ahí, a ese lugar que temes, a tus infiernos interiores, tus cobardías, tus miedos, a tus falsedades malamente disimuladas, a la podredumbre de tu tibieza, a tus rencores ocultos; deja que baje a las sombras de tu alma, y ¡qué gran honor!, mira como te tiende su mano para sacarte de ese lugar tan frío e inhóspito para llevarte a su gloria.
Escúchale: “Por ti he vivido, por ti he pasado multitud de penalidades, he muerto por ti. ¿vas a rechazar la mano que te tiendo?”. Permite que tu alma, acostumbrada a la oscuridad, se acostumbre poco a poco a la luz que Él es. ¡Ven afuera!, te dice, ven a caminar por el nuevo paraíso que he creado para ti; ¡pasa al banquete de amor de tu Señor!
El DOMINGO DE RESURRECCIÓN
se disipan las sombras para quien crucificó su carne con Jesús renunciando a todo lo perecedero e impermanente y no se ha resistido a salir de su infierno de pecado. En este día, si has seguido sus pasos, si te has dejado arrastrar a una muerte y una entrega de amor como la suya, te has ganado el poder aspirar a una resurrección como la suya. Si confías en el poder de su misericordia y te abandonas a ella verás que es posible vivir andando sobre las aguas del mar, sobre los miedos, los problemas, las provocaciones del maligno; lo podrás todo en Él, por Él y con Él.
Para quien se adentra en el camino de la conversión sincera, la que toca al corazón, el grito ¡Cristo ha resucitado! no es un eslogan recurrente para una puntual campaña pastoral y misionera, es mucho más: una corriente de vida que fluye por sus venas, un gozo indescriptible, una certeza que disipa todas las dudas.
Si te sumerges de lleno en el misterio de Cristo haciéndolo tuyo se completa en ti la Pascua; das muerte a tu vieja forma de vida y vives el nacimiento a una vida nueva.
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No dejes que estos días pasen sin que Cristo pase por ti.
¡Provechosa y Feliz Semana Santa!
Abril 2023
Casto Acedo




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