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viernes, 2 de septiembre de 2022

Cruz y silencio

"Ahora, gracias a Cristo Jesús, los que un tiempo estabais lejos estáis cerca por la sangre de Cristo.  Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos, para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo, haciendo las paces. Reconcilió con Dios a los dos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz" (Ef 2,13-15)

Hace poco, en una conversación privada, me hacían esta pregunta: ¿qué es lo que pretendéis con la práctica de la oración de silencio durante los años que lleváis?. 

La pregunta trajo a mi memoria algo en lo que insistíamos mucho al principio de nuestro caminar como grupo: hacemos silencio sin perseguir ningún objetivo concreto. Es verdad que el silencio tiene unos beneficios colaterales, pero no los buscamos directamente. Simplemente hacemos un acto de "esperanza presente”, de confianza en el amor-misericordia de Dios.

Hoy la Palabra de Dios me ha salido al paso en la lectura del oficio divino, en concreto de los laudes de este viernes de la segunda semana el Tiempo Ordinario. Es el texto que abre este post. San Pablo, que escribe para los Efesios, una ciudad donde la reciente creada comunidad cristiana la forman tanto judíos como gentiles (griegos y otras culturas), pone de relieve cómo Cristo, con su amor, acerca a todos, sin distinciones culturales o de otro tipo. 

A mi, la lectura me sugirió algo más personal; como si dijera: antes vivías disperso, alejado de ti mismo, ahora Cristo te ha unificado; antes llevabas una doble vida, por un lado tus trabajos y negocios fuera de ti, por otro tus pensamiento y sentimientos interiores; ahora, con Jesús,  van desapareciendo las barreras.

¿Para qué sirve la oración del silencio? Sigo manteniendo que no sirve para nada concreto y objetivable, pero sí puedo decirme a mí mismo que me está beneficiando al  darme cuenta de que mi vida, de modo casi imperceptible, se va unificando poco a poco. 

Por vida unificada entiendo una vida cuya interioridad y exterioridad son coherentes; se da unidad entre el pensar, sentir, querer y hacer. Esta unidad no se trata de un proyecto que me he propuesto y que debo llevar a cabo en soledad. La unidad o unificación de todo es obra de Cristo, y no puedo negar la  influencia que ejerce también la comunidad fraternal que me acompaña. 

¿Cómo se va produciendo esa unificación? Por el silencio humilde. Me explico. Leí o escuché hace unos días, no recuerdo dónde, una enseñanza acerca de la humildad. Esta virtud era definida como la virtud del despojo, del “desmonte del personaje” que a lo largo de la vida me  he ido forjando. ¿Qué es ser humilde? Ser yo mismo despojándome de todo lo que no soy. Cuando lo hago toco tierra (“humus”) y me encuentro y conozco a mi mismo.

Entonces veo que hacer silencio es despojarme de las piezas que han ido revistiendo mi personalidad hasta hacerla lejana, oculta a mi mirada, y encontrarme con mi "ser original". La tendencia a identificar mi vida con lo que hago, lo que siento, los títulos que tengo, las posesiones materiales, la familia a la que pertenezco, el círculo social o de amistad en que me muevo, etc. me aleja de lo que soy, me aleja de mi “personalidad de hijo de Dios”, hijo en el Hijo, otro Cristo.

Hay esperanza. Lo que san Pablo dice de la ley (normas exteriores, personaje exterior) y de la vida unificada lo aplico yo a  mis ruidos y mi silencio: “Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos (vida volcada en exterioridades), para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo (vida interior unificada)”.  

El silencio, ya sea el silencio puro como el que se apoya en la melopea de unas palabras repetitivas (oración jaculatoria, oración centrante) es como un cincel con el que Cristo abre el caparazón que me impide acceder a mi mismo, a mis hermanos y a Dios. Todo al mismo tiempo. Porque llegar al centro de mi ser es también descubrir y conocer a Dios y a mis hermanos; y no por confusión de los tres elementos (yo, hermano, Dios) sino por  identificar mi riqueza personal como don recibido; entenderme a mí mismo como  partícipe de la riqueza de Dios gozosamente compartida en la fraternidad. Cada hermano pasa a ser un regalo inmerecido, digno de ser amado y respetado en su identidad propia.

El texto de san Pablo me reafirma en que todo silencio sagrado confluye en el silencio de la Cruz. El misterio de la Cruz, amor de Dios revelado y contemplado en mi oración, es capaz, tal como he apuntado, de perforar el muro más grueso y fuerte que pueda imaginar para conocerme y sanarme a mí mismo. 

 Por la sangre de Cristo” (por su vaciamiento de todo lo exterior, por su despojo, por su donación amorosa, por su silencio) los que estabais lejos (alejados, alienados, perdidos) ahora estáis cerca”, dice el texto.

* * *

Aquí está la grandeza de la oración cristiana: en Jesucristo, en su cruz, en su pascua, en el misterio de reconciliación y amor que es. Dice Jesús: “cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí“ (Jn 12,32).  Si esto es así,  ¿no merece la pena contemplar la Cruz como el epicentro de nuestro silencio? En la cruz soy atraído, no soy yo quien se acerca a ella, ella me acerca por la atracción de su gracia; al contemplarla soy atraído por el amor con que Dios me ama. 

En la cruz confluyen, por un lado, mi ruido (ignorancia, pecado), que desaparece convirtiéndose en combustible que calienta  e ilumina al mundo al entrar en contacto con la otra parte: el fuego divino que es el corazón de Jesús, “llama de amor viva”. Cuando en mi oración surgen distracciones a causa de mis pensamientos, mis preocupaciones o mi inexplicable ánimo inquieto, procuro no enfadarme, intento llevar todo eso al centro, arrimarlo al amor misericordioso de Jesús que me habita. Dejo todo en sus manos. Confío en que la llama divina puede quemar toda mi basura y transformarla en luz y amor.

El misterio de la oración cristiana es el misterio de la cruz. En ella, “reconcilió  Dios a los dos (judíos y gentiles, yo lo aplico al hombre exterior y hombre interior, cuerpo-alma y espíritu) en un solo cuerpo mediante la cruz”. En la humildad de la Cruz tengo el paradigma de mi oración; hacer silencio, acallar mis inquietudes mundanas, permitiéndome entrar en el ámbito de amor del Crucificado. 

Al lugar sagrado de la unión con Dios no llegaré proponiéndome objetivos, ¿cómo saber qué es lo que me espera si Dios es inaudito e incomprensible? Poner un objetivo a mi silencio es imponerle a Dios lo que ha de decirme, lo que ha de darme o hacia donde debe dirigirme. ¿No terminaré haciendo de esa oración un soliloquio interesado? 

Creo que la oración pura es algo más simple y sencillo que ocupar mi boca en peticiones y alabanzas o llenar  mi alma de buenos propósitos. Al orar o meditar lo que importa no es mi voz sino mi capacidad de escucha; para facilitarla hago silencio y me dejo arrastrar por la atracción de la Cruz de Cristo. Me fio de la Palabra: "los que en un tiempo estabais lejos ahora estáis cerca por la sangre de Cristo. Él es nuestra paz".

¡Feliz inicio de curso a todos!

Viernes, 2 de septiembre de 2022

Casto Acedo

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