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miércoles, 13 de mayo de 2020

Humildad (Tema 13 de Mayo)




Habíamos aprendido que para Teresa las virtudes más importantes que deberían trabajar sus hijas  eran el AMOR  de unas con otras, el  desasimiento (POBREZA), y la HUMILDAD, que es la más importante y abarca a las otras dos. 

Hoy comentamos esta la  virtud de la humildad. Lo hacemos en tres pasos. Primero exponiendo brevemente el tema de la "honra" en la vida y los escritos de la santa; luego comentamos la gran relación que hay entre humildad y silencio, para terminar apuntando algo sobre la importancia de la contemplación de Dios para alcanzar humildad. 

Si humildad, al decir de Teresa, es "andar en Verdad", y esa Verdad no es otra que Dios, la humildad se aprende en el silencio contemplativo de esa Verdad... Sólo quien es humilde está capacitado para practicar la meditación del silencio; y sólo quien acalla su ego puede crecer en su verdadero ser, hecho a semejanza de quien se hizo el último de todos y el servidor de todos. 

La voz de la Santa: "Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante -a mi parecer sin considerarlo, sino de presto- esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira. A quien más lo entienda agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella. Plega a Dios, hermanas, nos haga merced de no salir jamás de este propio conocimiento, amén". (6 M 10,7) 

Aunque me hubiera gustado exponer este tema en directo y a viva voz, sé que ello mi no puede ser debido a al estado de alarma. La exposición es un tanto desbalazada y no me da tiempo a redactarla más narrativamente. Si alguno/a tiene dudas puede llamarme y hablaremos. 


"HONRA" Y HUMILDAD 

Teresa hubo de sufrir en su infancia y a lo largo de toda su vida, el estigma de ser considerada judeoconversa, o sea, una cristiana de segundo orden. En sus escritos ella habla mucho de “la honra”. ¿Lo hace por resentimiento?  Lo cierto es que nunca llega a reconocer ni poner en luz algo que ella sabía: su condición de nieta de converso judío, su abuelo Juan Sánchez .

De su matriz judeoconversa le vienen posiblemente su formación y  afición a la lectura, su buen trato y conocimiento de mercaderes o su visión práctica de la vida y los negocios. También su crítica a la honra. Se refiere a ella con terminos como “puntos de honra”, “negra honra”;  y la considera “oruga que carcome”, o “cadena que no hay lima que la quiebre”;  está inquina al tema puede ser fruto de la reacción ante algo que, por experiencia familiar, considera a todas luces injusto. Ella se jacta en menospreciar la honra que viene del linaje. 

Honra –dice Lope de Vega en "Las partidas"- es aquello que consiste en otro; ningún hombre es honrado por sí mismo; que la honra está en otro y no en sí mismo”. Es duro esto y da que pensar, porque el miedo a perder la honra, el miedo al qué dirán,  conduce sin remedio al sometimiento social.

Teresa no puede menos que ridiculizar la importancia desmesurada que se da a la honra en su medioambiente social. Es consciente de la hipocresía que se encierra en lo referente a la buena fama, y destroza  su falsedad con una de sus mejores armas: la ironía.  

Un ejemplo: cuando visita Duruelo y encuentra a fray Antonio barriendo, le dice: “¿Qué es esto, mi padre? ¿Qué se ha hecho de la honra?” (obsérvese la maliciosa pregunta), a lo que el interpelado le contesta: “Yo maldigo el tiempo que la tuve”. respuesta transmitida con verdadero placer por la narradora en el libro de Las Fundaciones.

Podríamos alargarnos más sobre el tema de la honra en los escritos teresianos, pero sirva lo dicho como muestra para hacer una valoración de lo que opinaba la santa de la honra, y su valoración de la humildad. Si la honra es cosa de apariencias, ella dirá que la humildad es “andar en verdad”.
No se refería a “la verdad del mundo” (en este caso ella faltaría a la verdad ocultando su linaje) sino a la “verdad de Dios” o, más concretamente, a “la verdad que es Dios”. Sólo Dios es realmente digno de honra. Todo hombre, por muy importante que se precie,  colocado frente a Dios, es insignificante por si mismo. Solo en Dios encuentra valor.
Se da cuenta la santa de que en el camino de perfección la “negra honra” es un obstáculo difícil de superar (cf Vida 31,20-21; Camino E 12,7). 

A la opinión del mundo contrapone la única a tener en cuenta, la de Dios (cf ya citado Vida, 37,5-6), y para ella la reforma está en no someterse a la honra del mundo, alcanzando así la libertad de “perder mil honras por Vos” (Camino 3,7; (2,5-7).

Han pasado los siglos, y puede parecernos que esto de la honra es cosa de otros tiempos. Pero no cabe duda de que, con nombre distinto, sigue presente. La podríamos llamar “cuidado de la propia imagen”. El culto al cuerpo, la obsesión por ser admirados, la búsqueda de ascenso social, siguen siendo aspiraciones comunes. Tal vez uno de los mayores problemas para crecer en humildad. El ego se ha apoderado de nuestra vida y resulta difícil la sinceridad con Dios y con uno mismo, es decir, la humildad, que no es otra cosa que estar en el justo centro de nuestra condición de hijos de Dios. 


HUMILDAD Y SILENCIO

Humildad es andar en verdad”. Esa verdad a la que la santa se refiere no es nuestra verdad, sino la Verdad que es Dios (Jesús dijo: "Yo soy la verdad"); se trata de  vivir con transparencia ante Dios, de ser y andar en Cristo, de vivir sin vivir en mí sino en Él.

Cuando Adán peca el ego se empodera de su vida y se esconde a la mirada divina; la  soberbia, su principal atributo, le hace huir de Dios porque pone al descubierto su equivocación. Teme se visto, porque teme la muerte, ya que el ego es la mentira y sometida a la luz de la Verdad queda totalmente desvalorizada y diluida.

Y aquí comienza la "huida de Dios" que no es sino huida de uno mismo. Si Dios no me deja ser –dice el ego- invento un Dios que me lo permita. Así el hombre fabrica en  su mente un Dios adaptable a su soberbia. Ese Dios-ídolo suele ser tan engreído como su hacedor, tan falso como la oscuridad de sus intenciones, tan fantástico como sus delirios de grandeza. Es un Dios útil para justificar las propias miserias, para alcanzar la propia gloria y hacer soportable una vida que se pretende libre pero está programada para la esclavitud y el fracaso. 

La soberbia descarada, y más sutilmente, la falsa humildad, ofuscan la mirada e impiden ver la belleza de nuestra desnudez original, la hermosura que somos cuando nos despojamos de lo superfluo.

¿Cuál es entonces el camino de la humildad? Sin duda el camino de la nada y el silencio. Venir a nada para poseerlo todo. Para llegar a esa “nada”, que, en perspectiva cristiana,  no es vacío sino plenitud, se requiere entrar en el silencio de todo lo que sean nostalgias de  experiencias pasadas, conceptos sobre Dios y éxitos de nuestro ego. Ser humilde es abajamiento, kénosis, desaparición.

El hombre espiritual camina hacia la negación de sí para afirmarse en Otro. Tenemos un ejemplo evangélico en el Bautista. Ante el  “yo soy” de Jesús, Juan pone el “yo no soy”. La existencia y el ser de Juan Bautista sólo tienen sentido en el Todo que es Jesús. “El tiene que crecer, y yo tengo que menguar” (Jn 3,30). Resulta coherente que Aquel que vino a servir y no a ser servido, a anonadarse en vez de a mostrarse en poder, sólo pueda ser hallado en la nada más absoluta, en la humildad. Es la paradoja cristiana, la Pascua, el acceso a la vida por la muerte.

La palabra humildad tiene su origen en el latín “humus” (tierra). Ser humildes es volver a la tierra de la que uno ha salido. Morir a lo que pretendo para vivir en lo que soy: divino.  Cuando se inicia la Cuaresma se nos recuerda en la imposición de la ceniza el hecho de que somos tierra, humildad, y volveremos a la tierra para renacer de nuevo. Para ello necesitamos ejercitarnos  en el silencio como acceso a la interioridad.

Lo externo, es decir, las ideas, deseos, egoísmos, es impermanente, y como todo lo pasajero incapaz de satisfacer nuestra sed de vida eterna. Para poder aspirar a ella hay que entrar dentro, algo sólo posible cuando lo exterior se silencia. Es un gozo encontrar una persona vacía del ruido de la soberbia, la vanidad, la envidia, la competitividad,… una persona sin ego, es decir, sin ambición, sin deseo de dominar, sin interés particular. Pues esa persona eres tú, ese es tu yo escondido tras las máscaras del ego. 

El camino de la humildad es el del silencio de todo lo exterior para tomar conciencia del propio ser. Ahí, en el fondo, en la séptima morada, no se mueve el ego, porque la persona que eres descansa en el Ser. “Que no tiemble vuestro corazón –dice Jesús- creed en mí y creed también… En la casa de mi Padre hay muchas moradas”, es decir, descansad en mí centro, en el más hondo silencio.

Hay una gran diferencia entre moverse en el plano del ruído  (lo exterior), donde nuestro ego busca afirmarse con soberbia ante los demás, o moverse en el plano del silencio (lo interior), donde la conciencia humilde de ser en Dios te hace bienaventurado o bienaventurada. Ahí, en el fondo cristalino de la fuente que es tu  ser, no existe el ansia de tener, ni el deseo de aparentar, ni la aspiración de mandar, ni el miedo a la muerte,  porque la casa del Padre en la que habitas está edificada sobre roca, y ningún terremoto ni tormenta la hundirá.

Para llegar a esa casa no hay mapas ni etapas. A ella sólo se llega, o mejor: se accede, en el silencio humilde. 

El misterio del silencio es el camino, aunque en realidad “para el justo no hay camino”. Hasta en esto es pobre. El silencio es una esperanza, un advenimiento, una venida. “Es bueno esperar en silencio la venida del Señor”. Hallar a Dios es buscarlo siempre. Cada paso que tú das hacia Él, cada pregunta que te haces,  no es sino respuesta a los pasos que ya Él ha dado hacia tí. 

La práctica del silencio me va despojando de lo que me desquicia. ¿Qué es lo que me preocupa? ¿Merece la pena estar preocupado por esas cosas? Observa como al hacer silencio enseguida tu ego se remueve y quiere apartarte de él suscitando en ti imaginaciones, sentimientos e incluso dolores físicos para que no sigas por ese camino. ¡Qué tontería! ¿Silencio? ¡Como si no hubiera algo mejor que hacer! ¿Te vas a pasar la vida así, escondido, sin darte a conocer? ¡Con lo que tú vales! ¿No será mejor hacer algo práctico? Enseguida acuden a tu mente un montón de ocupaciones aparentemente más prácticas y necesarias; multitud de cosas que ni siquiera piensas que debes hacer cuando pierdes horas mirando la pantalla del móvil o la televisión. Ahí, alimentando tu ego, pasas muchas horas al día. Disperso, desquiciado, borracho de sueños, de  juicios, de envidias, de aspiraciones vanas.  Sé consciente de que es esto lo que te desquicia: tu falta de humildad, tus aspiraciones mundanas, el cuidado de tu honra.



BUSCANDO A DIOS 
EN LA VERDAD (HUMILDAD) 
DEL SILENCIO

Serena tu cuerpo y tu espíritu. Silencia tus deseos, tus ambiciones, “la honra” en lenguaje teresiano. Desdibuja en ti la imagen de Dios que interesadamente has ido figurando en tu mente. No necesitas nada de eso para subir al monte del Silencio, donde “solo mora honra y gloria de Dios” (Juan de la Cruz. Dibujo del monte).

En la práctica de la oración contemplativa y el silencio se esconde siempre un deseo de encontrar o encontrarse con Dios. Buscamos a Dios. Pero tengamos en cuenta que lo decisivo no es buscar a Dios con vehemencia. A menudo tras nuestra búsqueda de Dios se esconde una provocación, un “ponerle a prueba” (tentar). En realidad no busco a Dios sino a “mi Dios”; un Dios útil, que responda a mis expectativas, a mis necesidades. Sino ¿para qué quiero a Dios?, te dices. Este dios no existe, es proyección de tu soberbia. Se trata de un dios estresante, que acaba robándote incluso la poca paz y sosiego con que partes en la búsqueda: “Cuanto más tenerlo quise, con tanto menos me hallé” (Juan de la Cruz. Monte)

A Dios más que buscarlo hay que esperarlo. Recordad la respuesta del monje preguntado acerca de qué hace ahí tanto tiempo en silencio: “¡Estoy esperando al Amado de mi alma!”, respondió. Dios no se deja encontrar por los que le buscan con algún interés particular. Dice san Pablo citando a Isaías: “Fui hallado entre los que no me buscaban; me hice manifiesto a los que no preguntaban por mí”. (Is 65,1; Rm 10,20). Buscar a Dios vehementemente, con codicia, es un error. Para hallarle es preciso humildad, una virtud eminentemente teologal. Santa Teresa dice que “humildad es andar en verdad”, pero entendiendo que esa verdad en la que anda el humilde es Dios mismo; sólo la experiencia de Dios, el encuentro con su grandeza y su bondad pueden descubrir mi pequeñez y hacerme gozar de su amor inmerecido y de crecer en humildad ante Él.




"Un día le preguntaron a Buda; ¿Existe Dios?; y él dijo; No. El mismo día, por la tarde, otro hombre le preguntó; ¿Existe Dios?; y él dijo; Sí. Y ese mismo día, por la noche, un tercer hombre preguntó; ¿Existe Dios?; y Buda se quedó en silencio.”

A simple vista, el comportamiento de Buda, causa confusión. Hasta su mismo discípulo, Ananda, estaba muy molesto, no entendía la conducta de Buda. Naturalmente, había escuchado las tres respuestas. Así que, por la noche le dijo al Buda; No puedo dormir, cuéntame. Si La pregunta fue la misma, ¿Por qué contestaste de modo diferente?; A uno le dijiste que no, a otro le dijiste que sí, al siguiente no le dijiste nada, simplemente te quedaste en silencio, y cerraste los ojos. ¿Por qué?; si la pregunta fue exactamente la misma.

Buda dijo: Los que preguntaban eran diferentes. Estaba contestando a los que preguntaban. Uno era un ateo, no creía en Dios. Había venido a reforzar sus convicciones, Quería que yo dijera que no creo en Dios, para que su creencia pudiera hacerse más fuerte, y yo no puedo ayudar a la creencia de nadie. Tengo que destruir las creencias. A ese hombre le dije; ¡Sí, Dios existe!, porque a menos que las creencias sean disueltas, nadie llega a saber.

El otro hombre creía en Dios. Había venido a que le apoyara. No estoy aquí para apoyar las creencias de nadie. Estoy aquí para destruir todas las creencias; para que así, la mente pueda ascender por encima de ellas, hacia el conocimiento. Por eso a él tuve que decirle algo diferente. ¡Tuve que decirle no!

Y el tercer hombre no era ni creyente ni ateo, de modo que no hacía falta ni un sí, ni un no. Tuve que quedarme en silencio. Le estaba diciendo: entra en silencio, y conocerás. Haz lo que estoy haciendo. Cierra los ojos, entra en silencio, y conocerás. La pregunta es tal, que no puede ser respondida con un sí, o un no. La pregunta es tan profunda, que sólo puedes conocer la respuesta cuando entras en un profundo silencio. Tú sólo conocerás, cuando la pregunta haya desaparecido; entonces la respuesta surgirá en tu ser.

Esta enseñanza del Budismo nos puede ayudar a entender nuestro silencio en este momento de nuestro itinerario  por las moradas en que santa Teresa  invita a considerar la importancia de la humildad. Podemos buscar a Dios desde la soberbia de nuestras ideas queriendo encontrar a un Dios que a la postre sólo será la proyección de nuestras creencias religiosas o nuestros esquemas mentales. O incluso podemos asegurarnos en la idea de que no existe porque no cabe en nuestros pesos y medidas. Ambas posturas no son sino una provocación, una ridícula afirmación de nuestro ego. La conclusión de estas búsquedas tan pobres la nombra así san Juan de la Cruz: “cuanto más buscarlo quise, con tanto menos me hallé” (Dibujo del monte).

También podemos callar. Hacer silencio. Si Dios es el incognoscible, el incomprensible, el inefable, el “más allá de todo”, si supera todos nuestros esquemas y capacidades, está claro que no puede ser abarcado por nuestra mente y nuestras medidas. Sólo puede ser esperado. Y para esto lo más conveniente es el silencio que asoma por el hueco de tu  deseo de recibirle y gustarle. “En esta desnudez (silencio) –dice también san Juan- halla el espíritu quietud y descanso, porque como nada codicia, nada le impele hacia arriba, y nada le oprime hacia abajo, que está en el centro de su humildad. Que cuando algo codicia, en esto mismo se fatiga” (Dibujo del monte)

Entonces, me dirás:  ¿por qué hablamos de Él? ¿Para qué la Biblia? ¿Qué sentido tienen las doctrinas? Y te respondo: todo esto no es sino el torpe esfuerzo humano por tematizar y expresar lo inefable. Y está bien. Porque hay un tiempo para reflexionar y pensar, otro para cantar y poetizar, otro para danzar y hacer música,… todo ello puede dar razón de lo experimentado. Pero Dios siempre quedará más allá de nuestras pobres ideas, símbolos y palabras. Solo se da en la experiencia misma. Luego desaparece. "No me retengas", le dijo el resucitado a Maria Magdalena.  “Consuélate, no me buscarías si no me hubieras encontrado” (B. Pascal, Pensées, 553). Hallar a Dios es buscarle siempre, porque él sólo se revela en la humildad de la búsqueda.

El Buda, como san Juan de la Cruz, recomienda el silencio como disposición para el encuentro con el Misterio. Esa debe ser también tu práctica: el silencio humilde que se sitúa “ante” y “en” la Verdad. El audio que mando unido a este texto quiere simplemente que te adentres en el Silencio que es Dios. Que tomes conciencia de que sólo desde la experiencia de Dios se puede entender la verdadera humildad, que no es un menosprecio de uno mismo, sino un aprecio tan alto por Dios que te lleva  a sentirte pequeño pero feliz de ser mirado por Él. 

Humildad es andar en Verdad. Que la meditación os sirva de apoyo para ese andar en humildad.  Y que Santa María de Fátima, mujer humilde  que caminó en la Verdad, se para todos  intercesora y ejemplo. 

castoacedo@gmail.com. Mayo 2020.


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