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sábado, 23 de mayo de 2020

Quedaos en Jerusalén (24 de Mayo)

Unas ideas para la oración contemplativa. De fondo un texto de H. de Lubac comentando a Orígenes y que habla de la connaturalidad que existe entre el alma y la Escritura, que podemos referir también al alma y el Espíritu Santo: "Cada vez que vuelvo a limpiar  mi pozo, obturado sin cesar por los Filisteos, limpio al mismo tiempo el pozo de las Escrituras.  Al agua que brota de uno corresponderá la que brota  del  otro". También podemos tener de fondo las video-diapositivas El país de los pozos, que podéis ver en 
https://www.youtube.com/watch?v=-OgV_CWYv1g.




Antes de subir a los cielos, el Señor ordenó a los suyos: “no os alejéis de Jerusalén. Aguardad que se cumpla la promesa del Padre, … porque Juan bautizó con agua, pero vosotros vais a ser bautizados con Espíritu Santo” (Hch 1,4-5). ¡Quedaos en Jerusalén! Es como decir: “aguardad seguros en la Comunidad. No tengáis prisa por contar a todo lo que habéis vivido conmigo, aún no he terminado mi obra en vosotros”. 



Quedarse en Jerusalén es “quedarse en casa”, entrar en el aposento interior. 

Durante estos días hemos escuchado insistentemente el eslogan: “¡Quédate en casa!”. Y ha sido ese gesto la menor manera de mostrar nuestro amor a todos. A muchos les ha costado entender el mensaje, porque según sus esquemas no se puede hacer nada por nadie quedándose en casa. Lo suyo es salir. Y no deja de ser cierto, pero “todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo” (Ecl 3,1). Y hay tiempo de parar y tiempo de andar, tiempo de quietud y tiempo de acción. Pues bien, en la Ascensión Jesús invita a empezar permaneciendo en Jerusalén, orando, invocando, esperando. 

Jesús sabía que a los discípulos, tras la experiencia pascual, no le faltaban ganas de salir corriendo a anunciar la Buena Nueva de la resurrección. Pero aún necesitaban algo: la fuerza y presencia del Espíritu. Por eso les aconseja que aguarden aún un tiempo, que se dispongan en la oración a recibir el impulso. 

Fuimos bautizados con agua y con Espíritu. Formalmente ya hemos recibido la fuerza que viene de lo alto. Está dentro de nosotros. Pero la tenemos enterrada bajo el peso del ego. El manantial de agua está dentro, pero a medio camino y en la superficie solo hay escombros y sequedad. La idolatría de las potencias ha cegado el pozo de agua viva que habita en nosotros. 
Cuando Isaac se estableció en Guerar huyendo del hambre, “volvió a excavar los pozos de agua que habían sido cavados en tiempo de su padre Abrahán y que los filisteos habían cegado después de la muerte de éste” (Gn 26,18), y los pozos dieron agua abundante. Y comprobaron, además, que mientras más reexcavaban, más se abrían los veneros y más agua nacía de ellos. Esta imagen bíblica nos puede servir en esta semana-puente entre Ascensión y Pentecostés, entre ausencia de Jesús y espera de su retorno: bajo los escombros que tapan nuestro pozo interior corren manantiales de agua viva. Para acceder a ella sólo hay que reexcavar el pozo que soy. 

Hemos sido bautizados. El Espíritu Santo, como agua viva y revitalizante, habita en la profundidad de nuestro ser. Pero los poderes de este mundo (empoderamiento del ego, filisteos enemigos) han querido darnos muerte cegando el acceso al manantial de la vida. Por eso hay que volver a excavar, apartar con el silencio de las potencias los ídolos que han ido diseñando nuestra mente, memoria y voluntad. Esos ídolos son nuestras ideas, nuestros prejuicios y nuestros deseos. Reexcavar el pozo es ahondar metros hacia lo profundo del ser, ir echando a un lado las imágenes falsas o limitadas de Dios, las desconfianzas, miedos, prejuicios, rutinas, malas costumbres, etc. que a lo largo de los años han taponado el brocal de nuestro pozo 

Quedarse en Jerusalén es entrar en recogimiento y silencio, cavar pacientemente el pozo interior que los filisteos han cegado. El camino para lograrlo es la fe, “que desembaraza el entendimiento encaminándole y enderezándole … en la noche espiritual de la fe a la unión con Dios” (San Juan de la Cruz. 2 S 23,4), la esperanza, que deja atrás las imágenes y experiencias de Dios, que no son Dios (cf 3 S,8), y la caridad, “que se goza solo en aquello que es honra y gloria de Dios” (3 S 17,2). 

El agua del Espíritu brota en el silencio de los pensamientos, obra de la FE (“el que cree en mí; como dice la Escritura: ´de sus entrañas manarán ríos de agua viva´.”Jn 7,37), el silencio de las experiencias e imágenes de Dios (ESPERANZA: “Dios es espíritu, y los que adoran deben hacerlo en espíritu y verdad” Jn 4,24) y el silencio de la propia gloria (CARIDAD: “acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios”. Rm 15,7; “el que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él". Jn 14,23). 

Pues ya sabes la tarea de esta semana. Contémplate como un pozo. Observa lo que te impide entrar a fondo en tu ser. Siléncia todo soltando, dejando ir, ignorando. No prestes atención a esos filisteos, no tienen consistencia, deja que se diluyan, porque sólo son fuertes si tú les das tu atención. Por eso se resisten a apartarse de tu mente. 

Espera en Jerusalén el envío del Agua del Espíritu que invade, penetra y fecunda todas las cosas. Abísmate en el silencio, en la noche. Hasta beber el agua de la Vida. Y deja que en la noche oscura brote el agua viva que sacia tu sed. “Qué bien se yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche” (San Juan de la Cruz).

Casto Acedo. 

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