Un Rey invita a sus amigos a la boda de su hijo. Los invitados se niegan a asistir. Pero el rey insiste: “Tengo preparado el banquete… Venid a la boda”. Los invitados, ante la insistencia, se excusan alegando que tienen cosas más importantes que hacer; algunos incluso rechazan violentamente la invitación cargando contra los mensajeros.
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Este domingo tú estás entre las personas invitadas a las bodas del hijo del rey. El salón del banquete es tu propia interioridad. Eres llamado o llamada a entrar y celebrar las nupcias del hijo. ¿Con quién se casa? Con toda la humanidad; contigo. La vocación del hombre es la de unirse (casarse) con Dios, y es en el Hijo por quien y en quien se realiza esa “nueva alianza”; y tú estás entre los invitados a la boda.
Para participar de ese banquete de amor que ofrece el Padre has de dar un primer paso: dejar todos los negocios que te ocupan fuera y adentrarte en el silencio que te ayuda a vivir en advertencia amorosa a Dios. Ya sabes que, como ocurre en la parábola, hay quien siempre encuentra excusas para no entrar. Son personas que viven tan volcados en la exterioridad que no perciben siquiera la riqueza que tienen dentro de sí. Algunos incluso reaccionan violentamente cuando se le intenta convencer para que se adentren en el palacio del rey que es su alma.
Con lo dicho tienes ya unos puntos de meditación, preguntarte a ti mismo cómo reaccionas cuando eres invitado a adentrarte en el misterio que es Dios y que eres tú mismo. Desde la morada más interior el buen Pastor Jesucristo, con sus silbos amorosos, te llama a sentarte a la mesa y sellar con Él una alianza de amor. ¿Qué ideas, apegos externos o miedos pones de excusa para no entrar en oración y contemplación? ¿Por qué te violentas cuando piensas que deberías orar y te descubres poco dispuesto a ello? ¿Qué te lleva a rechazar la invitación de Dios? Revisa los obstáculos exteriores que te impiden el acceso a Dios.
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No solo la atracción y seguridad que creemos hallar en el mundo exterior obstaculizan la participación en el banquete. Todos están invitados. Los que ponen el corazón en las riquezas y negocios exteriores no entran. Pero hay quienes no tienen esos apegos externos y también son llamados; buenos y malos somos llamados a participar de la mesa común. El banquete del reino es universal, abierto. Dios no hace acepción de personas.
“La sala del banquete se llenó de comensales”, gente pobre y agradecida. Pero alguno no lleva traje de fiesta. En esto del camino espiritual hay siempre quien se presenta desaliñado, sin las disposiciones interiores requeridas. Para venir a Dios no basta con dejar los apegos exteriores, que evidentemente nos descentran y distraen de lo esencial; también hace falta vestir el traje de las virtudes. Esto aconseja san Pablo a los invitados: “revestíos del hombre nuevo, … de sentimientos de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia; soportándoos mutuamente y perdonándoos… Y por encima de todo, revestíos del amor que es el vínculo de la perfección” (Col 10.12-14). Baste esta cita para entender qué significa tener o no tener el traje adecuado para la fiesta; se trata de crecer en las virtudes humanas procurando todo lo bueno (cf Rm 12,9-21), adornando el corazón con la prudencia, la justicia, la fortaleza, la templanza, (virtudes cardinales) y disponiéndolo a la unión por las virtudes que sólo Dios te puede dar: fe, esperanza y caridad (virtudes teologales). Se trata de acercarte al silencio de la oración poniendo no sólo los medios exteriores apropiados, sino también las disposiciones interiores que faciliten el encuentro amoroso con Dios.
No basta decir ¡Señor, Señor! También se ha de vivir según la voluntad de Dios, o al menos intentarlo (cf Mt 7,21-23). Cuando no pones empeño en vivir según la propia fe lo tienes difícil para ser un digno invitado al banquete. No te sorprendas si te invitan a levantarte de la mesa y salir; no deberías haber entrado sin antes haber revisado tus relaciones con los hermanos (cf Mt 5,23-24).
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Aprovecha hoy la invitación del Padre al banquete de su Hijo. Es un banquete de amor abundante que sacia plenamente tu sed de Vida. Pon a un lado tus negocios, afloja tus resistencias y reticencias para entrar en tu palacio interior. Saborea los manjares que Dios te da a gustar, y si sólo hallas sequedad créeme, es el alimento que más te conviene hoy. Y no olvides que cada domingo, en la Eucaristía dominical, se celebra sacramental y solemnemente el banquete de bodas del Cordero, su alianza contigo, su pacto de amor; está ahí, en la comunidad y en el pan eucarístico, esperando tu presencia. ¿Te vas a excusar?
Para orar este domingo
Quede claro que cada domingo la oración por excelencia es la Eucaristía. El evangelio de hoy lo evidencia. La invitación de Dios, aunque particular, se realiza en comunidad, una comunidad donde hay buenos y malos, o mejor: unos más buenos que otros. En el encuentro del domingo con aquellos que también caminan, aunque algunos no sean tan de mi agrado como me gustaría, puedo discernir si mi oración es una huida o una marcha hacia adelante. No te prives, pues, de asistir a la Misa y mirar las adhesiones y rechazos que encuentras al participar con otros en esa celebración. Mirarte ahí te ayudará a crecer espiritualmente por la aceptación de tus propios límites y el de los hermanos.
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1. Comienza retirándote a un lugar que te facilite el silencio y la intimidad para orar.
2. Sitúate ante Dios, relajado, consciente. Pare ello observa tu cuerpo y relaja las partes donde notes más tensión y suelta las esas tensiones, preocupaciones, pensamientos, que traes o que te sobrevienen.
3. Tomando conciencia de tu cuerpo y todo tu ser aquí y ahora, escucha la voz de Dios, que desde lo más profundo de ti te invita a entrar y sentarte a su mesa con toda la humanidad. Déjate llevar por tu corazón y admírate; ¡Yo entre los invitados al banquete de la Nueva Alianza sellada por el amor de Jesucristo!
4. Si lo piensas bien te sientes indigno; pero sabes que no es tu virtud la que te ha traído a la oración, sino que estás aquí por fuerza y la atracción de Dios, por su gracia. … Pides perdón si tu vestido no es el más apropiado.
5. La alianza es para todos. Jesús, preguntado por el Padre, si esá dispuesto a unirse a ti en la salud y en la enfermedad, en las penas y en las alegrías, en el sufrimiento y el gozo, dice “sí quiero”. Él lo da todo por ti, ahora te toca a ti responder: ¿Estás en disposición de decir sí? … Sí quiero, …
6. Quédate ahí, todo el tiempo que sea necesario, en silencio, mirándole, gustando el amor de Dios en Jesucristo…
7. Termina rezando alguna oración vocal (padrenuestro, avemaría, magníficat,…), dando gracias a Dios por todo lo que recibes y llevando también a tu oración las inquietudes de todos los que comparten la vida contigo.
8. Entrar en oración, entrar en casamiento con Cristo, es una aventura, un riesgo, pero merece la pena por todo lo que ganamos con ello. Como dice santa Teresa, “para pagarnos es tan mirado, que no hayáis miedo que un alzar de ojos con acordarnos de El deje sin premio” (Camino 23,3).
EVANGELIO
Mateo 22,1-14):
En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda." Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda." Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.
Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.
Casto Acedo. Octubre 2020
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