
El texto central que cita la Santa es el del Joven rico (Mt 19,16-22):
“Se acercó uno a Jesús y le preguntó: «Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?». Jesús le contestó: «¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Él le preguntó: «¿Cuáles?». Jesús le contestó: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo». El joven le dijo: «Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?». Jesús le contestó: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme». Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico”.
Este joven (adolescente) pertenece al grupo de las “almas concertadas” que dice santa Teresa “hay muchas en el mundo: son muy deseosas de no ofender a Su Majestad ni aun de los pecados veniales se guardan, y de hacer penitencia amigas, sus horas de recogimiento, gastan bien el tiempo, ejercítanse en obras de caridad con los prójimos, muy concertadas en su hablar y vestir y gobierno de casa, los que las tienen”. El joven cumple los mandamientos; lleva una vida religiosa muy bien organizada y cumplida, ni roba, ni mata, ni comete adulterio, ni ha desatendido a sus padres… Pero no debía estar muy contento. Por eso se acerca a Jesús; no sabemos si lo hace esperando una alabanza del Maestro o buscando de veras respuesta a una cierta insatisfacción.
Las terceras moradas son cruciales para “las buenas personas”, para los “cristianos fieles y cumplidores”, pero que –no te engañes si eres uno de ellos- viven instalados en una rutina y un moralismo que sólo parece lucirles fuera, porque lo que es dentro, se sienten incompletos, faltos de alegría; viven, como dice el papa Francisco, en un “gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”, viven “ la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo. Desilusionados con la realidad, con la Iglesia o consigo mismos, viven la constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como «el más preciado de los elixires del demonio». Llamados a iluminar y a comunicar vida, finalmente se dejan cautivar por cosas que sólo generan oscuridad y cansancio interior” (Evangelii Gaudium, 83).
La persona religiosamente concertada no es mala persona, pero se está perdiendo la riqueza de la vida espiritual. Hay que despertarla, porque vive el sueño de una vida irreal, que se ha montado ella misma. Ella solita ha ido formándose una personalidad ficticia, ha puesto su vida en cosas que se ha ido fabricando adaptando su visión de la realidad a su gusto.
Es común a todos el ir por la vida observando las cosas, las personas y los acontecimientos; y nuestra mente va juzgando, seleccionando y almacenando en el corazón. Nos vamos haciendo así una realidad social a nuestro gusto, donde no caben todos sino solo los que yo considero dignos de ser aceptados; una ideología política personal que confundimos con la verdadera y única capaz de salvar al mundo y que invalida todas las demás opciones; unos valores absolutos especiales, que excluyen a quienes no los comparten; una visión de las personas con las que nos relacionamos adaptada a mis preferencias de modo que no me creen problemas la relación con ellas … y una religión adaptada al propio ego, con creencias y prácticas de piedad que me dam la seguridad de que estoy haciendo bien las cosas y por ello alcanzaré la salvación eterna. Todo está “concertado”. No por mala fe sino por simple dejadez o ignorancia.
Y, mira por donde, Jesús, al joven concertado, le viene a “desconcertar”. Porque la tarea de Jesús es la del “desconcierto”; a los considerados malos los sorprende por su acogida y a los buenos los descoloca con. ¿ Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno (Dios). Con esta primera apreciación le está diciendo al joven que sin humildad no hay nada que hacer. Acto seguido Jesús hace que declare como bueno, o al menos eso cree él; “Todo eso lo he cumplido".
Seguramente no era ni tan malo como nosotros lo imaginamos ni tan bueno como se creía. Para que descubra que está viviendo una “fantasía”, que tiene puesta su seguridad (su vida) en un “yo superficial” (constructo mental ideado por su ego), le pone un reto que desenmascara la inconsistencia de sus creencias y seguridades: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme». El joven se fue triste, “desconcertado” diría yo, porque era muy rico. No superó la prueba del algodón. Su ideal chocó con la realidad. Y ya se sabe que cuando esto ocurre es la realidad la que siempre sale perdiendo. Se marchó triste, porque la realidad era que no estaba dispuesto a aceptar darlo todo por ganar a Dios. El primera mandamiento, "amarás a Dios sobre todas las cosas", no lo cumplía.
En realidad el joven era un pobre hombre, con “un yo profundo muy pobre”; toda su confianza la había puesto en su “yo ficticio o imaginado”, en su “ego”. Vivía instalado ahí, desde donde creía que controlaba (concertaba) todo, y se sentía seguro de sí. Pero no era feliz, porque la felicidad no está fuera sino dentro; no era feliz porque no era él; le habían expropiado la vida, aunque él no se daba cuenta.
“¿Qué me falta?”. Y Jesús le da la respuesta. Le hace ver que más que faltarle nada, porque ya lo tenía, le sobraba mucho. Le vino a decir: “Mira, ya tienes un corazón maravilloso, me tienes dentro de ti, ese es tu tesoro. Pero para llegar a él debes cavar hondo, adentrarte en tu interioridad eliminando lo que te impide llegar a él. Por eso, vende tus bienes para quedarte con el único bien; es decir, comienza por darle largas a tus falsas perfecciones, a tus “mundos de yupi”, desmonta tus creencias absolutas, y comienza de cero, desde ese punto en el que tú y yo estábamos tan juntos que no te hacía falta nada. Véndelo todo y quédate conmigo. Juntos vamos a iniciar una desconcertante, loca, aventura espiritual”.
“Vende tus bienes y da el dinero a los pobres”. En este punto, el lector contaminado de pensamiento crítico, me dirá que lo que Jesús pide es que suelte la moneda. Y es verdad, eso dice. Pero el joven “se fue triste, porque era muy rico”. La cuestión es que se fue triste porque había puesto su vida en sus bienes; se había montado una personalidad ficticia en torno a su status y poder económico. El primer paso para desprenderse de su dinero no está en darlo a los pobres sino en liberarse de él, porque era cautivo de su riqueza; vive aferrado a su dinero, con el corazón apegado e identificado con él. Si no hay desapego de las riquezas no hay caridad posible. Por querer mucho se quedó sin nada; dice la santa en el n. 6: “No queráis tanto que os quedéis sin nada”, ¡qué hermosa paradoja para meditar!
* * *
En esta morada aprovecha para observarte desde fuera, mirarte con Cristo desde tu más profundo ser; desde el “pensador que eres”, desde el testigo privilegiado que es tu consciencia (tu yo profundo) contempla tus frágiles riquezas, es decir, esas seguridades en las que has puesto tu confianza: una vida concertada en lo personal, familiar, social y religioso. Todo muy ordenado, todo muy en su sitio, pero ¿eres feliz? Mírate sin temor, con cariño, sin juicios… ¿merece la pena vivir en la ficción de la apariencia de ser perfecto?

"Quisiera yo –escribió Teresa al recordar los años en que anduvo esclava de las cosas antes de entrar en la Tercera morada– saber figurar la cautividad que en estos tiempos traía mi alma, porque bien entendía que estaba cautiva, y no acababa de entender en qué... Deseaba vivir, que bien entendía que no vivía, sino que peleaba con una sombra de muerte, y no había quien me diese vida, y no la podía yo tomar; y quien me la podía dar tenía razón de no socorrerme, pues tantas veces me había tornado a sí, y yo dejádole" (Vida 8, 11-12).
¡Deseaba vivir, que bien sabía que no vivía! ¿No te identificas con esta experiencia de la Santa? Si quieres pasar la Tercer morada, revisa qué es lo que te motiva a vivir, cuáles son tus seguridades, tu patrón de comportamiento: ¿tu yo profundo fijado en verdad (realidad) o tu yo superficial anclado en el puerto de las apariencias (sueños)? En estos presupuestos está la causa de la satisfacción insatisfacción, de la vida feliz o de la vida mediocremente entretenida. ¿Qué tienes que “vender” para ganar la Vida? ¿Qué te está atando para volar? ¿Cuál o cuáles son las causas de tu insatisfacción vital, de tu vida agridulce, tibia? No eres mala persona, pero ¿qué te pasa que no encuentras la alegría que mereces?
Al texto del Joven Rico le sigue una apreciación de Jesús: "Qué difícil es que un rico entre en el Reino de los cielos" (Mt 19,22). Se dice en el mismo evangelio de san Mateo que "nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero" (Mt 6,24). Dos contrarios no caben en un mismo ser. Tus riquezas, tus seguridades, las falacias en las que se quiere sostener tu ego son incompatibles con la vida de tu yo profundo en Dios. La tercera morada pide que trabajes tu interioridad buscando a Dios, pero sabiendo que para eso debes comenzar por reconocer tus máscaras y despojarte de ellas. Es una tarea ardua y lenta que requiere una atención continua.
Tus reacciones vitales ante las circunstancias de la vida, ante las personas que te rodean, ante los acontecimientos que te sobrevienen, te dan pistas acerca de qué es lo que realmente te importa. Mírate, pues, y ve poco a poco descubriendo los falsos dioses a los que rindes culto y que necesitas ir desmontando de tu vida (bienes materiales, ideas fijas, dogmas religiosos, costumbres...). Y no olvides que nada de eso es malo; sólo es nocivo para ti cuando te aferras a ello como si en eso te fuera la vida. Mírate, pues.
Casto Acedo. paduamerida@gmail.com 7 Octubre 2020
PARA MEDITAR (by Mariví)
· ⇨Busca un lugar apartado (una Iglesia, una habitación)
· ⇨Santiguate como hacía santa Teresa. Con ello separas el tiempo que dedicas a la meditación del tiempo de otros quehaceres.
· ⇨Haz un exámen de conciencia (repaso de tu vida, conocimiento de ti mism@)
· ⇨ Toma el texto de san Mateo 19,16-22: el joven rico.
· ⇨Imagina a Jesucristo a tu lado. O mejor, imagina que te acercas a tu centro, donde está Jesucristo. Imagina que te pones a su lado.
⇨ Imagino el texto evangélico. Soy el joven que se acerca a Él buscando respuestas, y Jesús me responde.
· ⇨ Si algo me llama la atención me detengo. En silencio pienso qué tiene que ver eso con mi vida para que me haya llamado la atención.
· ⇨ Me recreo en las palabras divinas dedicando largo tiempo a la meditación. Le dedico más o menos tiempo según el que disponga y del amor que quiera recibir más adelante.
· ⇨ Poco a poco me voy pareciendo a Él.
· ⇨ Cierro el evangelio.
· ⇨ Me dejo mirar por Él.
· ⇨Compagino momentos de silencio con momentos de diálogo amoroso. Le cuento las penas de mi corazón, “que Él las tiene en muy mucho”… (Esta es la base de la contemplación y la curación profunda del yo a través del encuentro con Cristo).
· ⇨ “No os pido mas que le miréis” … No hay que pensar, sólo nos miramos los dos… Él no te recrimina, no te asusta, … su mirada es amor.
· ⇨ “Como le quisiéreis le hallaréis”
· ⇨ Vuelvo la mirada hacia mí: ¿cómo haré vida lo aprendido?
Mariví, Octubre 2020
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