Comentamos en el encuentro del miércoles pasado el capitulo dos de las Terceras Moradas de santa Teresa, capítulo que cierra el discurso ascético (ejercicios de nuestra voluntad) de las Moradas. A partir de la Cuarta Morada entraremos en otro nivel: el de la experiencia mística. Pero esto será más adelante.
Soltar
Para entrar en las Terceras Moradas es preciso SOLTAR, es decir, desprenderse de todo lo que impide el avance en el camino espiritual. Lo decía Jesús a Pedro nada más marcharse el joven rico de su presencia: “Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna” (Mt 19,29). ¿Es que tengo que dejar a mis padres y hermanos? ¿Irme lejos de mi tierra? No leas este texto literalmente; de ser así algunos se sentirían justificado de no tener tener que cuidar a sus padres o de marcharse a otro sitio cuando le agobian las responsabilidades.
Se trata simplemente de aligerar el equipaje trabajando los desapegos, es decir, liberando la adhesión de tu corazón a todas las realidades que no son Dios pero que ejercen como tales en tu vida. Dejar al padre y a la madre es dejar la dependencia infantil de credos, normas, costumbres, modos automáticos de vivir, etc. a los que te has acomodado, y que han cristalizado en el modo de vida “piloto automático” que llevas; tus hermanos son esas relaciones personales que te adulan y te hacen creer que eres alguien; tus hijos son tus logros, tus éxitos, en los que has puesto tu identidad; tu tierra es tu estrechez de miras, el miedo a ir más allá. Vives así una vida “concertada” pero insatisfecha. ¿No pasaba eso al joven rico?
El joven rico que eres vive apegado a sus riquezas, a sus ideas que han ido fraguando un modo de vivir inadecuado esquivando todo aquello que pudiera incomodar la imagen de justo, puro y cumplidor que alimenta su ego. Todo muy correcto y legal, pero al mismo tiempo muy frío. Una vida así no puede sostenerse en alto mucho tiempo. Se asfixia. Hay que ponerle remedio. El joven rico pareció encontrarlo en la persona de Jesús. “Todo lo hago bien ¿qué me falta para ser feliz?”.
Jesús le responde. Para ser feliz sólo te falta una cosa, soltar todo aquello que hipoteca tu felicidad. Tu problema es que crees que ya has encontrado el camino de la felicidad, pero te equivocas; has buscado fuera lo que tienes dentro. Por tanto, vende, suelta, rompe el cordón umbilical que constantemente tiendes a las cosas de fuera. “Tenéis que nacer de nuevo” (Jn 3,7).
Sequedades
Las Terceras moradas te conducen hasta el punto de apremiarte a un nuevo nacimiento. Es un trabajo arduo sólo posible desde la fe desnuda. Hay que desmontar toda una serie de automatismos, de convicciones, de pesadas estructuras que han ido envolviendo el ligero edificio que es tu vida. Cuando procedes a la deconstrucción de tu ego la sensación es de que todo se te viene abajo. Entras en periodos de dudas, miedos, SEQUEDADES. Dios te está haciendo pasar por “LA PRUEBA DEL AMOR”, donde aprenderás que “no está la perfección en los gustos, sino en quien ama más, y el premio lo mesmo y en quien mejor obrare con justicia y verdad” (3M 2,10). Es el amor en la dimensión de la cruz, un impass en el que por momentos se experimenta esa sensación de vacío en el que ni las cosas de Dios ni las del mundo parece que pueden satisfacerte. Mirando atrás se ve lo dejado como insatisfactorio, y mirando hacia adelante todo se percibe como un oscuro silencio de Dios. Más que nube del no saber es nubarrón del no sentir. “¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46)
En este estado de desierto mete Dios al alma a la espera del tiempo oportuno para hacerla volar. Estas sequedades son una buena cura de humildad, una lección práctica de que “sin Dios no puedo nada”, confesión que te llevará a otra: “sólo Dios basta”. “Se engañan aquí muchas almas que quieren volar antes que Dios les de alas” (V 31,18). En tiempos de sequedad, cuando se busca con ansiedad el agua que sacie la sed, hay que decirse: “espera en Dios, alma mía, que volverás a alabarlo” (Salmo 41). Importante la esperanza como virtud en estos momentos de desolación. Eso sí, esperanza que no se fije en una vuelta a consolaciones pasadas, y tampoco a expectativas imaginadas, sino más bien a presencia anhelada.
Para salir victorioso en la prueba del amor hay que empezar por una práctica adecuada. ¿Con qué armas contamos? La Santa habla de cultivar la virtud de la HUMILDAD. Cada vez que pretendes soltar algo de aquello a lo que estás apegado o apegada, o mejor, aquello que se ha pegado a ti, esas cosas con las que te identificas y sobre las que has montado la comedia de tu vida; digo, que en cada ocasión que sueltas algo que te ata y lastra, por el modo de encajar la novedad “os podéis muy bien probar y entender si estáis señoras de vuestras pasiones” (3 M 2,6). Y si aún no puedes soltar, o si por el hecho de soltarlo te duele la herida que provoca el corte o la renuncia, ejercítate en la humildad, es decir, en el reconocimiento de tu impotencia para dejarlo todo. Es hermosa la comparación que hace aquí la santa para entender esta virtud tan necesaria para crecer en el espíritu: “humildad, que es el ungüento de nuestras heridas; porque si la hay de veras, aunque tarde algún tiempo, verná el zurujano, que es Dios, a sanarnos” (3M 2,6). ¿Se puede decir de modo más sencillo algo tan hermoso?
Como quiera que sea, dirá santa Teresa que "humildad es andar en verdad" (6M 10,7) y cuando la persona es humilde queda capacitada para, honestamente, saber si se está produciendo en su vida un cambio verdadero. Prueba de ello sería que su egoísmo fuera a menos y que su mirada compasiva y bondadosa hacia todos los seres fuera en aumento.
Y junto a la humildad recomienda también la Santa la virtud de la OBEDIENCIA. La palabra viene de “ob-audire”, saber escuchar. Acudir a quien te pueda orientar para así evitar el autoengaño, trampa o artimaña en la que el ego es especialista. “Aunque no sean religiosos, sería gran cosa –como lo hacen muchas personas- tener a quien acudir, para no hacer en nada su voluntad (que es lo ordinario en que nos dañamos)” … acudir a alguien “con mucho desengaño de las cosas del mundo, que en gran manera aprovecha tratar con quien ya le conoce, para conocernos” (3M 2,12). O sea, te es muy conveniente tener un maestro o director de espíritu, que sepa por experiencia y pueda orientarte en este paso tan importante.
En resumidas cuentas, en las terceras moradas, más allá de vivir en religión buscamos vivir en el espíritu. “No está el negocio en tener habito de relisión u no, sino en procurar las virtudes y rendir nuestra voluntad a la de Dios en todo y que el concierto de nuestra vida sea lo que su majestad ordenare de ella” (3M 2,6).
Ni que decir tiene que entre las virtudes, las más espirituales son las teologales: fe, esperanza y caridad. A partir de las cuartas moradas no se entenderá nada sin ellas; porque se trata de entrar en fe (solo Dios basta), esperanza (solo en Dios espera mi alma) y amor (solo el amor de Dios me puede llenar de amor).
Como dice el salmo: "aunque aumenten tus riquezas -entiéndanse también los bienes espirituales- , no les des el corazón" (Sal 61,11).
¡Atent@ a mí mism@!
Una advertencia importante al hilo de la Tercera Morada.
Como grupo, quienes solemos acudir asiduamente al encuentro quincenal o asistido a retiros, deberíamos pararnos a reconsiderar qué significa para nosotros meditar.
El ego ya advertimos que es muy sutil, tanto que es capaz de engañar al mismo diablo. La meditación en sí misma no es el objetivo de nuestros encuentros, es solo un instrumento, una herramienta, un vehículo o como queráis llamarlo, para otro fin, que no es sino la iluminación, la conversión, la transformación en Cristo, el encuentro con Dios. Una meditación que sólo pretenda el objetivo egoísta (cosa del ego) de suavizar u ocultar mis sufrimientos, coleccionar sensaciones o presumir de espiritual, no ha hecho sino transformar la meditación en un apego más de tu colección.
¿Por qué esta advertencia? Pues para tomar conciencia a partir de ahora, de que la meditación conduce a un encuentro que genera un cambio, y al mismo tiempo, los cambios ayudan a alcanzar el objetivo último de la meditación. Por eso a partir de ahora en cada encuentro llamaremos a la responsabilidad de cada uno para que se proponga analizar en su vida situaciones concretas que pueda evaluar a posteriori.
¿Cómo practicar esta conciencia de mí mismo? No consiste en otra cosa sino en fijarme en las reacciones o sensaciones que me producen determinadas relaciones personales o acontecimientos que se cruzan conmigo a lo largo del día, tomar conciencia de cómo me siento física y anímicamente.
Para hacer esto puede servirte programar en el móvil un toque o dos a determinada hora para darte cuenta de tu estado corporal y anímico. ¿Dónde estoy? ¿Cómo se encuentra mi cuerpo? ¿Qué sensaciones tengo? ¿Qué estoy haciendo? ¿Dónde estaba mi mente? Y también ayuda, al acabar la jornada, pararse a hacer examen de la jornada, con especial detenimiento en los momentos en que has sentido especial alegría o rechazo. ¿Qué me alegró o disgustó? ¿Cómo reaccioné? ¿Qué camino tomé: apartar, deleitarme, obsesionarme? ¿Por qué?
Al hacer todo eso no te juzgues. Solo observa y constata. Todo para que tu vida no pase ante ti sin que te des cuenta. Y no me refiero a las vidas del mundo y de los demás que pasan ante ti, sino a la vida que vives desde tu interior. Ser consciente de que tu no eres lo que ves sino el ojo que ve. Darte cuenta es ya conocerte. Lo hemos dicho por boca de santa Teresa y en su lenguaje: por las situaciones en que Dios os pone la prueba el amor (pone ejemplos de pérdida de riqueza, problemas de salud, reveses de la vida, sequedad) "entenderéis si estáis bien desnudas de lo que dejasteis, porque cosillas se ofrecen en que os podéis muy bien probar y entender si estáis señoras de vuestras pasiones" (3 M 2,6). Se trata de que cada día vayas conociéndote mejor desde una mirada a tu propio ser partiendo de fuera (lo que vives, lo que sucede en tu entorno y te afecta, lo que observas, cómo reaccionas) a adentro (lo que eres en tu yo real y cómo te engaña tu ego aparente).
Solemos examinarnos a la luz de lo que vemos y creemos que somos. Cuando partes de sensaciones, experiencias y reacciones concretas puedes ver que no eres lo que piensas. Tú mismo te habrás sorprendió a veces de reacciones propias que no esperabas. Prestando atención, puedes conocerte mejor y crecer en amor a ti mismo (no confundir con egoísmo). Es duro, a veces reconocer como somos, pero sin ese reconocimiento no hay avance en al amor al prójimo y a Dios.
Este es solo un primer paso para abrirnos a algo nuevo. De momento abrámonos a la idea de que la meditación no es solo cuestión de media hora al día y un encuentro a la semana. Si no se imbrican vida y meditación, si consideras esta sólo como un hobby al que le dedicas un poco de tiempo diario o quincenal, estás en una onda que no es la que pretendemos.
Hasta el próximo encuentro. Seguiremos profundizando en las Terceras Moradas.
Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Octubre 2020


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