"Los labradores al ver al hijo se dijeron: ´Este es el heredero: venid. Lo matamos y nos quedamos con su herencia´. Y agarrándolo lo sacaron fuera de la viña y lo mataron” (Mt 21,38).
Siempre que escucho estas palabras de la parábola de los viñadores homicidas, me acuerdo de otra parábola más moderna, la de El Loco de Nietzsche pregonando que “Dios ha muerto”:
“¿No habéis oído hablar de ese loco que encendió un farol en pleno día y corrió al mercado gritando sin cesar: “¡Busco a Dios!, ¡Busco a Dios!”. Como precisamente estaban allí reunidos muchos que no creían en dios, sus gritos provocaron enormes risotadas. ¿Es que se te ha perdido?, decía uno. ¿Se ha perdido como un niño pequeño?, decía otro. ¿O se ha escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se habrá embarcado? ¿Habrá emigrado? - así gritaban y reían alborozadamente. El loco saltó en medio de ellos y los traspasó con su mirada. “¿Que a dónde se ha ido Dios? -exclamó-, os lo voy a decir. Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! Todos somos su asesino”.(Nietzsche, la gaya ciencia, 1892)
Con estas palabras anunciaba Nietzsche la muerte de Dios. La búsqueda del loco, con un farol a pleno día ante unos espectadores que ya han perdido la fe, sólo encuentra en los oyentes una respuesta de mofa y burla; se ríen sorprendidos de que haya alguien que aún esté buscando a Dios. Es un loco.
¡Dios ha muerto! podríamos decir este domingo, nosotros lo hemos matado. En su momento lo reducimos a un concepto, a una idea, a una teoría. Lo sacamos de la vida para hacer de él una doctrina y una norma. Y fabricamos así un dios que resultó un apaño. Ese dios duró el tiempo en que creíamos en un orden moral y en unos dogmas. Pero cuando la costumbre social cambió la moral y la fe en las verdades absolutas perdió fuerza, ese dios murió con ellas.
Dios ha muerto. Tú y yo lo hemos matado al sacarlo de la intimidad de nuestro ser y nuestra iglesia, al desarraigarlo de la vida y ponerlo en los estantes de la biblioteca, en los altares de los templos y en los discursos filosóficos. “Lo sacaron fuera de la viña y lo mataron”. ¿No te reconoces? Tú estabas entre los que perpetraron el crimen. No le dejaste entrar en tu vida. Y ahora tú y tu mundo andáis sin rumbo, sin punto de referencia, sin consuelo...
¿Qué dice Dios a esto? Yo imagino a Dios (con mayúscula) alegrándose en la muerte de dios (con minúscula). Porque es conveniente y providencial que muera ese dios de la mente y los conceptos, de las normas y los ritos. Ese es el Dios del cual el filósofo dice que ha muerto; el dios del que ya no se hacen discursos, al que no se le reza. Este dios falso es bueno que muera porque solo es una idea, una norma y unos ritos con los que maquillamos las propias miserias.
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Entonces ¿No hay Dios? ¿Debemos renunciar a toda esperanza? ¿Nos queda solo la nada? Seamos optimistas. “La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular”. La muerte del falso dios pone en valor al verdadero. Comienza una nueva era, más espiritual y no menos religiosa si sabemos ahondar en la tradición evangélica. El nuevo edificio personal y eclesial que estamos llamados a construir tiene como piedra angular al Dios de la vida, es decir, el que está en el centro de la persona y de la historia, el verdadero Dios, que no es concepto sino acontecer, no es pensamiento sino experiencia. Los sabios y entendidos de este mundo rechazan a este Dios como rechazan todo lo que no son capaces de explicar y controlar; las personas sencillas lo conocen (Lc 10,31) No es un Dios para pensar sino para vivir. “No está la cosa en pensar mucho –dice santa Teresa- sino en amar mucho”.
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Tal vez has llegado a dudar alguna vez de la existencia de Dios. No te preocupes, porque ese Dios del que dudas nunca ha existido. Es el ídolo que tu mente fabricó a fin de saciar la aspiración obsesiva de tu ego por querer controlarlo todo. Un dios que manejas no es Dios. Para conocer a Dios hay que dar muerte a todo control y seguridad: “para venir del todo al todo, has de negarte del todo en todo” (San Juan de la Cruz).
Hay ateísmos, indiferentismos e idolatrías beligerantes que se jactan de haber matado a Dios. Pero los hechos siguen dando la razón al Dios de la vida. A pesar de las oscuridades la luz sigue brillando, y la Vida se abre paso entre las más obscenas injusticias y calamidades. Es la paradoja de la Pascua: la cruz florida. Puede que muera el Dios que imaginamos, e incluso el que torpemente esperamos; pero el Dios de la vida, el que mantiene el ritmo de tu respiración, de la del mundo y la historia, sigue muy vivo. Tal vez la clave para verlo no está en buscarle sino dejar que sea Él quien te encuentre.
Para orar este domingo
· Comienza buscando el lugar y el momento oportuno. Relaja tu cuerpo. Siéntete libre en él. Para ello suelta todas las tensiones que te constriñen en este momento. Puedes ira aflojando tu cuerpo parte por parte.
· Toma conciencia del lugar en el que te apoyas; tu peso, la gravedad que te atrae, el volumen… Y siente en tu piel el tacto de tu ropa, el suave viento que te acaricia, el hormigueo que sienes en la piel cuando te concentras en ella.
· Pasa a observar tu respiración. Haz dos o tres inspiraciones y espiraciones profundas. Luego vuelve al ritmo normal de tu respirar. Deja que el aire entre y salga de los pulmones con naturalidad. No fuerces el ritmo. Detente ahí unos minutos, contemplando como la vida fluye con la respiración.
· Si te vienen pensamientos déjalos pasar, sin enfadarte contigo mismo, sin alterarte, deja que se vayan como nubes que rozan la cima de una montaña,… tú, que eres la montaña, permaneces en paz y quietud, dejando ir los pensamientos… atento a tu respiración.
· Baja ahora hacia tu pecho y tu vientre. Observa el balanceo del diafragma al respirar.
* * *
· Deja que te invada la Presencia de Dios. No le pongas rostro ni nombre. Deja caer las imágenes y las ideas que tienes de Dios. Simplemente siente que el Espíritu de Dios está presente y te envuelve.
· Vacíate de todo, deja que todo tu espacio interior lo ocupe la Presencia divina. Dios contigo. Repite: “Dios conmigo”…
· No imagines a Dios. Permanece en silencio, atento, en espera del Dios siempre nuevo . Déjate sorprender por su amor.
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· Sal de la meditación profunda con dos o tres respiraciones hondas. Luego dedica unos minutos a alabar, agradecer o pedir.
· Termina rezando el Padrenuestro con actitud humilde.
EVANGELIO
Mateo 21,33-43
paduamerida@gmail.com. Octubre 2020
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje.
Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo.
Por último les mandó a su hijo, diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo." Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia." Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»
Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»
Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?" Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»




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