Buscar en este blog

sábado, 1 de febrero de 2020

Orar con el anciano Simeón (2 de Febrero)

 
En  el capítulo 31 de Camino de perfección, santa Teresa pone como ejemplo de orante contemplativo a Simeón. La escena de la Presentación de Jesús en el templo (Lc 2,21-35), la ve como ese momento especial en el que se da el paso de oración vocal y mental a  oración de quietud o recogimiento, que es como la santa llama a la oración contemplativa. Es la “oración de quietud, -dice la santa- adonde a mí me parece comienza el Señor… a dar a entender que oye nuestra petición y comienza ya a darnos su reino aquí, para que de veras le alabemos y santifiquemos su nombre y procuremos lo hagan todos”.
 
Simeón ha perseverado en la oración anhelando y pidiendo poder ver la manifestación de Dios y consecuente  salvación de Israel. Y su oración es respondida.

Hasta ese momento ha prevalecido en Simeón el esfuerzo, la “determinada determinación” de orar a pesar de los obstáculos que pudiera haber encontrado (cf Camino 21,2); ahora, con un giro de ciento ochenta grados, es Dios quien toma las riendas: “impulsado por el Espíritu, fue al templo” (v. 27). No es Simeón el que llega a la oración de quietud, sino que es el mismo Dios quien le lleva. El P. Tomás Álvarez solía decir que “no se llega” a la oración de contemplación, “te llegan”. 
 
La oración de quietud o contemplación, dice la santa, “es ya cosa sobrenatural y que no la podemos procurar nosotros por diligencias que hagamos. Porque es un ponerse el alma en paz, o ponerla el Señor con su presencia, por mejor decir, como hizo al justo Simeón, porque todas las potencias se sosiegan. Entiende el alma, por una manera muy fuera de entender con los sentidos exteriores, que está ya junto cabe su Dios, que con poquito más llegará a estar hecha una misma cosa con El por unión".
 
No se llegó pues Simeón al templo, sino que fue llevado por el Espíritu al lugar y en el momento en que María y José presentan al Niño.  En ese instante se le concede ver a Dios y reconocerlo  entre la multitud. Y "esto no es porque lo ve con los ojos del cuerpo ni del alma. Tampoco no veía el justo Simeón más del glorioso Niño pobrecito; que en lo que llevaba envuelto y la poca gente con El que iban en la procesión, más pudiera juzgarle por hijo de gente pobre que por Hijo del Padre celestial; mas dióselo el mismo Niño a entender”.
 
La práctica de la oración, que ha ejercitado y facilitado a Simeón en el arte de apartar la algarabía de pensamientos, preocupaciones, y expectativas que pudieran dispersar la "atención amorosa a Dios”, ha debido ser fundamental para llegar a esta contemplación. Porque como da a entender san Agustín, "Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti" (cf Sermón 169,13).
 
Por otro lado, conviene tener en cuenta que la experiencia de quietud o recogimiento gozoso en la oración, la gracia y la alegría de ver a Dios en la Luz, es un momento importante, pero no el último.

El don de la oración de quietud es un stop, un alto en el que el caminante repone fuerzas con la vista puesta en la meta, que es la unión. “Es como un amortecimiento interior y exteriormente, que no querría el hombre exterior (digo) el cuerpo, porque mejor me entendáis, que no se querría bullir, sino como quien ha llegado casi al fin del camino descansa para poder mejor tornar a caminar, que allí se le doblan las fuerzas para ello”.
 
Se advierte aquí del peligro de quedarse en el “amortecimiento”, la tentación fatal del “¡qué bien se está aquí, hagamos tres tiendas” (Lc 9,33). Repitamos las palabras de Teresa: Entiende el alma,... que está ya junto cabe su Dios, que con poquito más llegará a estar hecha una misma cosa con El por unión". Hay que “tornar a caminar” un poquito más para llegar a la unión, donde, oración y compromiso, contemplación y acción, “Marta y María” andan juntas.
 
 
* * *
La fiesta de la Presentación del Señor, o Candelaria, es la fiesta de la iluminación. Quemadas en la hoguera las vanidades del mundo, limpios los ojos del alma de todo lo que le impide ver, eso mismo que era estorbo se arroja al fuego y alimenta la llama que ilumina el corazón abriéndolo a la visión de Dios; porque “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (`Rm 5,20).
 
Simeón recibió la iluminación, la visión de Dios, y con ella una visión más clara de sí mismo al ser despojado de sus apariencias y descubierto en su naturaleza más genuina: “Mis ojos han visto a tu Salvador … Ahora puedes dejar a tu siervo irse en paz” (v. 29-30). Puede vivir en adelante con la paz que da el saber que Dios está ahí, iluminando la vida aunque se camine por cañadas oscuras (cf Salmo 22,4).

*
Simeón tomó al Niño en sus brazos y bendijo a Dios” (v 28). Qué hermosa imagen para un ejercicio de meditación. Poner al Niño-Dios en el regazo y bendecir al Padre-Dios por ese don.
 
 
* * * * * *

EVANGELIO
Lc 2,21-32 

Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo Llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».

 Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
 
Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
-«Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel».
 
Casto Acedo, Febrero 2010

No hay comentarios:

Publicar un comentario