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sábado, 25 de enero de 2020

Discípulos y apóstoles

 
Entendemos normalmente la vocación como una llamada de Jesús para seguir sus pasos activamente; una invitación a salir y darte a los demás. Cierto, pero para salir primero has de  entrar. Sólo estando dentro, sólo recogiéndote, podrás luego salir y expandirte en amor.
 
Desde la llamada de Jesús a los discípulos (que ocurre al inicio de la vida pública) y el envío de los apóstoles a anunciar el evangelio a todos los pueblos (que se da en el momento de la despedida y ascensión) hay un largo recorrido en el que se va dando el crecimiento interior esencial para la madurez del discípulo.
 
La vocación tiene una doble dimensión. Primeramente es una invitación a meditar, a entrar en ti para estar con el Maestro, para escucharle, saborear su  intimidad y sentirte parte del grupo de sus elegidos.
 
 Luego, en un segundo momento, tras gustar el trato con Él, la dinámica misma de la llamada te lanza a contar lo vivido, a compartir lo que has recibido.
 
Dos llamadas: a ser discípulo en la oración y a ser apóstol en la acción. "Contemplari et contemplata aliis tradere" , dice el eslogan dominico; contemplar las cosas de Dios como buen discípulo  y, contempladas, transmitirlas a otros  como buen apóstol.
 
Ambas dimensiones, interioridad (discipulado)  y exterioridad (apostolado), se complementan. Ambas son importantes en la vida contemplativa. Marta y María han de andar juntas, decía santa Teresa. Ninguna de ellas tiene sentido sin la otra. Sin silencio no hay escucha de la palabra, y sin escucha obediente la palabra degenera en palabreria. La fusión realiza al contemplativo: ora et labora, reza y trabaja.
 
Se habla mucho de crisis de vocaciones a la vida religiosa. Y sospecho que el problema no es que falten apóstoles,  sino discípulos. En un mundo de prisas y ruidos los oídos están impedidos para oír y los ojos para ver; y así no hay manera de que la voz de Dios y la realidad de su presencia  llegue al hondón del alma. De aquí la importancia de la meditación.  
 
Con el ejercicio del silencio se  abren espacios en tu corazón de discípulo, te nutres de la sabiduría del Maestro y te gozas de estar con Él. Así, dejándote en Ėl, pierdes el miedo a  la dictadura del ego, principal causa de la falta de apóstoles.

El silencio contemplativo prepara para la misión. La semilla de la Palabra sembrada en el silencio de la meditación, si ésta es verdaderamente cristiana, fructifica en el apostolado.
 


EVANGELIO
Mt 4,18-23 
 
Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.  Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. 
 
Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.  Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
 
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
 
 Casto Acedo. Enero 2010

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