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viernes, 3 de enero de 2020

Sobre el tiempo (reflexión para el año nuevo)

 
Una reflexión de hace dos años. Para recordarlo quienes  ya éramos del grupo y animar a los que se añadieron después. ¡No te dejes esclavizar por el tiempo!
 
"¡No tengo tiempo!", "¡Se me echa el tiempo encima!", "¡Necesito más tiempo!", "¡Me agobia perder el tiempo!", "¡El tiempo se me acaba"... Estas y otras  muchas expresiones indican hasta qué punto somos "esclavos del tiempo"...
 
Y ante esta esclavitud, te digo que "Jesucristo ha redimido el tiempo". Por tanto, "como cooperadores suyos, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice: «En el tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé». Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación" (2 Cor 6,1-2). 

Ahora. Este es el tiempo. No digas que no tienes tiempo para Dios o, lo que es lo mismo, que no tienes tiempo para dedicarlo a tu crecimiento espiritual. Si tienes tiempo para la dispersión (diversión, estrés, desvivir-te) y no lo tienes para la concentración (oración, meditación, vivir-te), no vas por buen camino. 

El tiempo -repito- ha sido redimido por Jesucristo. No te dejes esclavizar por él. ¡Libérate de las prisas!

 
Sobre el tiempo
 
La noche del 31 de diciembre celebrábamos el final del año viejo y el inicio de uno nuevo.  Cena, campanadas, uvas, abrazos, sonrisas, deseos, … Como si concentrada en unas horas dejáramos atrás un pasado más o menos grato y anheláramos un futuro mejor.
 
Con nuestras celebraciones damos culto al tiempo con unos festivales que dedicamos a su dios –Cronos- al que a fin de cuentas nosotros mismos le damos el poder para que sea dueño de nuestros días, devorador implacable de nuestra libertad. 

¿Qué sentido tiene el tiempo para los que meditamos? Lo primero que se me ocurre decir es que en el ejercicio de la meditación insistimos mucho en “relájate, cierra los ojos, céntrate en la respiración… o en las sensaciones de tu cuerpo, o en percibir los ruidos que te rodean, o en tus emociones, etc..”; en el fondo, se nos invita con esto a situarnos en el tiempo presente, en el aquí y ahora de nosotros mismos.

¿Por qué? Sencillamente porque es lo único que existe: yo, aquí y ahora. Soy presencia. El pasado y el futuro, ciertamente, “son cosas que también existen”, es lo que nos dice san Agustín en su libro de las Confesiones, pero, matiza, cosas que existen en cuanto las traigo a mi memoria presente o las hago objetos mentales en mis previsiones de futuro.

Entonces ¿sólo existe el presente? Ampliemos lo dicho por San Agustín:

“Lo que es claro y manifiesto es que no existen los pasados ni los futuros, ni se puede decir con propiedad que son tres los tiempos: pasado, presente y futuro; sino que tal vez sería más propio decir que los tiempos son tres: presente de las cosas pasadas, presente de las cosas presentes y presente de las futuras. Porque éstas son tres cosas que existen de algún modo en el alma, y fuera de ella yo no veo que existan: presente de cosas pasadas (la memoria), presente de cosas presentes (visión) y presente de cosas futuras (expectación).


Si me es permitido hablar de otro modo, veo ya los tres tiempos y confieso que los tres existen. Puede decirse también que son tres los tiempos: presente, pasado y futuro, como abusivamente dice la costumbre; dígase así, que yo no me ocupo de ello, ni me opongo, ni lo reprendo; con tal que se entienda lo que se dice y no se tome por ya existente lo que está por venir ni lo que es ya pasado. Porque pocas son las cosas que hablamos con propiedad, muchas las que decimos de modo impropio, pero que se sabe lo que queremos decir con ellas”.(Confesiones, Libro XI, cap XX, 26)

Bonita reflexión para la apertura del año. No nos vamos a enfadar –como dice el santo- por la forma en que hemos encadenado el tiempo a los ángulos de las agujas del reloj, o recluyéndolo en las casillas y páginas del calendario. Es una forma útil de organizar nuestro presente. Lo que sí es preocupante es la obsesión que el ego -nuestro yo falso y ficticio- tiene por evadirse del presente.
 

 
El ego y el tiempo

El ego vive del recuerdo selectivo e interesado del pasado y del sueño obsesivo por proyectar una imagen deslumbrante ante los demás. A tu ego le molesta el presente, porque el presente le sitúa ante lo que realmente eres, ni más ni menos; situado en quietud y silencio ante ti mismo no vale engañarte con nostalgias del pasado ni ensueños del futuro.

Al ego no le interesa el presente, porque es su muerte, ya que cuando estás en tu yo-presente se acaba su existencia. ¿Entiendes ahora por qué tu imaginación, cuando haces silencio meditativo, intenta una y otra vez sacarte de tu centro? ¿Entiendes ahora lo que quiero decir cuando afirmo que no nos gusta el silencio y la quietud porque no nos soportamos a nosotros mismos? Es tu ego, que se niega a morir. Sabe que cuando entras en quietud y calma, cuando te centras en ti mismo, en lo que eres de veras, en tu ser, él muere.

Al ego lo mata la verdadera humildad, que al decir de santa Teresa es “andar en verdad”; ser humilde es estar en tu ser real y no en el ego ficticio. Con la verdadera humildad el ego muere. Se entiende así que uno de los más importantes trabajos del meditador es ahondar en el aquí y ahora de lo que soy, en el ser, en el hacerme presente a mí mismo. El observador que es observado. Contemplativo. Ahí me descubro y me conozco. Ahí soy yo. Ahí alcanzo la cima de las virtudes: la humildad, vivir en mi yo real.

El "yo real" sólo es (existe) en el “carpe diem”. Esto del carpe diem es una expresión que se ha hecho muy popular en nuestro tiempo; pero una expresión engañosa si no la sabemos entender en el sentido que los antiguos le daban. Para los clásicos el dicho “Carpe diem, quam minimum credula postero; aprovecha el día, no confíes en el mañana" (Horacio, Odas 1,11) era una invitación a vivir la realidad presente trabajando el ser. Sin embargo, en una sociedad consumista y amante de la farándula y el postureo, la expresión se usa precisamente para todo lo contrario: para huir de la propia realidad y perderse en fantasías, para alejarse de uno mismo con sueños y modos de vida claramente inalcanzables. 

En sentido inverso a su significado original carpe diem se entiende hoy como evasión del aquí y del ahora, poniendo la felicidad en cosas que están fuera de ti, que te incitan a atraparlas, que tienes que desvivirte (¡qué palabra!) para lograrlas y que finalmente te alienan de ti mismo, porque dan alas al ego. Por desgracia, todas esas cosas a las que el ego aspira, son solo falsos señuelos de la felicidad, y si acaso da alguna felicidad poco sólida, escurridiza y volátil. Quien desea cada vez más caprichos termina ahogado por ese deseo insaciable.
 
 El carpe diem como "vivir en Presencia"
 
Más que “vivir el día” parece que lo que nuestra cultura desea es salir del presente, que el ego siempre considera un estorbo, e ir caminando hacia un mañana inexistente. Lo más contrario a una persona centrada en su yo es una persona dispersa, divertida en los reclamos que seducen al  ego. ¡Cuánta gente huyendo de sí mismo y cayendo en los brazos del consumo! Así somos: tontos felices que identifican felicidad con ego. 

¿Qué ocurre cuando ese ego, insaciable como Cronos, dios del tiempo,  no encuentra nada con qué saciarse o a nadie a quien devorar? Entonces suele reaccionar de dos modos: con violencia ante quienes considera los causantes de su desgracia o con un progresivo desprecio de sí mismo que deriva en sinsentido y depresión. ¡De alguna manera habrá que salir del estrés al que conducen los deseos insatisfechos! Y de esto sabríamos mucho si nos observáramos a nosotros mismos y nuestras reacciones.

Pero, dadas las fechas festivas, olvidemos tanta negatividad. ¿Qué sentido tiene toda fiesta? Hacer fiesta es celebrar el presente. En él estamos rememorando cosas del pasado, y proyectando con más o menos ilusión -¡qué palabra!, ilusión, ella misma se delata; ¿qué es una ilusión sino algo no existente y propio de ilusos?- seguir caminando en la línea que hasta ahora llevábamos. 

Vivamos el año nuevo con espíritu contemplativo; apliquemos el principio de “ser en el presente”. No es la cena de Nochevieja, ni las uvas ni el champán, ni el cotillón, lo que da la vida, lo que hace ser; eres tú cuando apartas tu ego (presunción, miedos, aires de grandeza, fantasías…) y dejas que fluya tu propia identidad, que no es tristeza y aburrimiento sino fiesta, alegría y libertad.



¡No dejes que el ego te agrie el presente! ¡Nada de nostalgias, nada de falsas ilusiones! Respira hondo, cierra los ojos, siéntete vivo, disfruta, felicita y abraza a los tuyos desde tu más profunda identidad; sonríe, baila,... en una palabra: celebra contemplativamente, siendo tú mism@, el nuevo año. Y que cada momento de tu “presente-futuro” sea para ti un auténtico y genuino “carpe diem”. 

Y no olvides que en tu presente está la Presencia. ¡Si conocieras el don de Dios!... Carpe diem, ¡vive el día!, vive en Presencia, vive en Cristo. 
 
FELIZ Y CONTEMPLATIVO 2020
 
Casto Acedo.. Enero 2019

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