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sábado, 11 de enero de 2020

Contemplarme en el bautismo de Jesús

 
Acostumbramos a ver el bautismo como un simple un rito que justifica la celebración del nacimiento de un niño o niña. La excepción que es el bautismo de niños y niñas se ha transformado en regla. Hoy lo excepcional es el bautismo de alguna persona adulta.
Es una pena, porque nos perdemos el poder vivir en el rito mismo el significado profundo del bautismo.
Bautizarte es sumergirte, entrar en la profundidad silenciosa del agua  (símbolo del Espíritu) para hacer posible en ti el nacimiento a la vida nueva de Dios, que no es otro que renacer a tu naturaleza original despojada de adherencias ególatras.

Bautizarte es dejar que Dios ablande y suelte todo lo que te ata y te impide ser tú, es ahogar tu ego en las aguas del Espíritu y ver  la belleza de tu yo, imagen de Dios,  en todo su esplendor.

Bautizarte es pasar de las tinieblas a la luz, ser iluminado por el sol que te deja ver lo que en realidad eres: hijo de Dios.
Meditar es un ejercicio bautismal. Te detienes, prestas atención a tu interioridad, haces silencio y te sumerges en el todo de Dios. Ahí sueltas tus dogmatismos, tus prejuicios y tus caprichos. Y poco a poco va saliendo a la luz el “diamante de muy claro cristal” –así llama Teresa de Jesús al yo auténtico- que llevas dentro. Al meditar entras en las profundidades de tu alma y abres para ella las vías de la luz.
Al entrar en el silencioso baño de la meditación tu ego desaparece. Sólo quedas tú y la voz del Padre que te define y te  sostiene. “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto”.
¿Qué es la vida espiritual, la meditación, sino un descenso con Cristoa las profundidades de tu alma donde empiezas a entender algo tan simple como que eres hijo de Dios?

Poco a poco Jesús tomó conciencia de su especial filiación divina, hasta gritar ¡Padre! en la cruz. Ese fue su bautismo (cf Mc 10,38). Descendió a las profundidades de la noche sin su ego, porque no lo tenía; pero llevó consigo el tuyo y el de todos. “Al que no conocía el pecado, Dios lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser  justificados en él”. (1 Cor 5,21). “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos justificados. Con sus heridas fuisteis curados” (1 Pe 2,24).

Meditar es entrar con Cristo en el misterio de su bautismo, ahondar en su noche para salir triunfante en su día; meditar es dejar que Él cure tus heridas, aflojar tus resistencias a su amor.
 
* * *
Medita este misterio del bautismo. Entra en el Silencio. Cierra los ojos, no te dejes embaucar por tu ego que se niega a morir. No le des juego. Deja pasar tus pensamientos, controla tus inquietudes interiores recurriendo a la quietud corporal. Olvida tus apetencias y deseos.

Deja que el agua del Espíritu te vaya refrescando y envolviendo en el silencio. Quiere solo lo que Él quiera. Abandónate a Jesús. Entra en su bautismo. Él te lleva consigo. Con Él tus apegos se van desprendiendo, tus heridas se van curando. Jesús es medicina, Jesús es bálsamo.

Permanece ahí, en silencio y quietud, viviendo la inefable experiencia de ser nada menos que hijo de Dios. Jesús te regala ese amor.
Agradece a Jesús el don de su bautismo y pide la gracia de vivir el tuyo, tu iluminación. "Tu luz, Señor, nos hace ver la luz" (Salmo 35,10)
Feliz domingo.
 
* * * 
EVANGELIO 
(Mateo 3, 13-17)
En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.

Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
—«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».

Jesús le contestó:
—«Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así lo que Dios quiere».

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía:
—«Este es mi hijo, el amado, mi predilecto».
Casto Acedo. Enero 2020.

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