En estos domingos posteriores a la Navidad el Evangelio nos va narrando los primeros pasos de Jesús al inicio de su vida pública.
Jesús pasa la mayor parte de su vida en el silencio de Nazaret. Es lo que llamamos vida oculta. Son unos treinta años los que van desde su nacimiento hasta que, siendo bautizado por Juan, comienza a darse a conocer en la Sinagoga de su pueblo. Podríamos decir que nueve de cada diez partes de la vida de Jesús son de silencio.
¿Qué haría en esos años? ¿Cómo vivió Jesús ese largo periodo? Los evangelios nos dan una pista simple: “crecía en estatura, gracia y sabiduría ante Dios y ante los hombres”. (Lc 2,52), palabras que definen lo que se ve desde fuera. Pero ¿cómo viviría él mismo en su interior los días de su infancia, adolescencia, juventud y madurez personal?
Se me ocurre que la respuesta a esta pregunta es a la vez profunda y simple: Jesús vivió sus años de Nazaret en la normalidad de las costumbres de sus paisanos. “Semejante en todo a nosotros menos en el pecado” (Hb 4,14), fué y vivió su paso por el mundo en las mismas condiciones y situaciones que cualquiera de sus vecinos: sometimiento a sus padres, educación social y religiosa en la familia, asistencia a la sinagoga, trabajo, etc.
Los evangelios nos muestran de ese periodo su peregrinación a Jerusalén al cumplir los doce años, edad crucial en la que se reconocía el paso a la vida adulta de un judío. Vida normal, oculta, sencilla, silenciosa. Aprendiendo, dejándose conducir en todo lo humano y divino por sus padres y por las tradiciones de su comunidad.
Pero tanta normalidad debió ser vivida con el filtro de una mirada especialmente contemplativa. Contemplar es mirar, prestar atención, “empaparse” de lo que es y lo que ocurre en cada momento.
Los evangelios nos muestran de ese periodo su peregrinación a Jerusalén al cumplir los doce años, edad crucial en la que se reconocía el paso a la vida adulta de un judío. Vida normal, oculta, sencilla, silenciosa. Aprendiendo, dejándose conducir en todo lo humano y divino por sus padres y por las tradiciones de su comunidad.
Pero tanta normalidad debió ser vivida con el filtro de una mirada especialmente contemplativa. Contemplar es mirar, prestar atención, “empaparse” de lo que es y lo que ocurre en cada momento.
En su infancia debió Jesús sentir muy vivamente el amor de su padre José. Cuando más tarde hable de su Padre Dios ¿qué experiencia de padre estaría de fondo sino la de José? ¿Qué grado de amor humano estará de fondo en su memoria cuando predica el amor incondicional de Dios? José y María le amaron, y el niño y joven Jesús no fue ajeno sino consciente de ese amor; disfrutó en cada momento de la bendición que eran sus padres. Así luego hablará de un Padre misericordioso, con ternura más propia de una madre.
Imagino al jóven Jesús con los ojos abiertos, con una mirada capaz de aprender y admirarse, dispuesto a ver la presencia de Dios en los acontecimientos de cada día.
Así fue descubriendo la mano de su Padre Dios *en el misterio de la levadura mezclada en la masa que su madre hornea y que hace crecer el pan, *en la semilla que siembra el labrador y crece sin saber cómo, *en el pastor que cuida su rebaño y busca desesperadamente la oveja perdida hasta que la encuentra, *en el constructor que edifica su casa con buenos cimientos, *en la astucia de los administradores y negociantes, *en la libertad de los pájaros que ni siembran ni cosechan y Dios los alimenta, *en las flores, vestidas más hermosamente que ningún rey, etc...
Su mirada contemplativa (despierta) sobre las realidades que se le ofrecían en cada momento le enseña a ver a Dios en todas las cosas y los acontecimientos que cada día pasan ante él.
Así fue descubriendo la mano de su Padre Dios *en el misterio de la levadura mezclada en la masa que su madre hornea y que hace crecer el pan, *en la semilla que siembra el labrador y crece sin saber cómo, *en el pastor que cuida su rebaño y busca desesperadamente la oveja perdida hasta que la encuentra, *en el constructor que edifica su casa con buenos cimientos, *en la astucia de los administradores y negociantes, *en la libertad de los pájaros que ni siembran ni cosechan y Dios los alimenta, *en las flores, vestidas más hermosamente que ningún rey, etc...
Su mirada contemplativa (despierta) sobre las realidades que se le ofrecían en cada momento le enseña a ver a Dios en todas las cosas y los acontecimientos que cada día pasan ante él.
Eso es contemplar o tener espíritu contemplativo. Ensanchar la conciencia, verse uno mismo y a ver el mundo con una mirada amplia que supere y difumine la estrechez de miras del ego. Contemplar es ver la realidad que es y acontece con los ojos abiertos, generosos, compasivos, de Dios; algo que Jesús ejercitó en sus años de silencio.
Siendo contemplativo en la sencilla vida de Nazaret, fue Jesús tomando conciencia progresiva de su especial filiación divina. Sintió a Dios como Padre, y al Padre como parte de sí mismo; y sintió la presencia de la divinidad en la obra de la creación y en los acontecimientos de la historia; lo vio, como he dicho, en las plantas, en la tierra, el agua, el fuego, la luz, en el hijo que abandona la casa del padre para luego volver, en la astucia del administrador sagaz, en el labrador que ve cómo crecen las espigas entre cizañas, etc.
Dejándose penetrar por la vida que le rodeaba, Jesús vio y sintió el Reino de Dios, el Todo que Dios es; y desde esta experiencia y visión de Dios en el día a día tomó el lenguaje necesario para transmitir la buena noticia que había visto. Por eso, cuando predica, no lo hace con lenguaje discursivo o académico, sino con el lenguaje sencillo de la vida, invitando a todos a contemplarse a sí mismos y a contemplar al mundo como él mismo lo sintió y vivió, bajo el prisma de la mirada de Dios.
Dejándose penetrar por la vida que le rodeaba, Jesús vio y sintió el Reino de Dios, el Todo que Dios es; y desde esta experiencia y visión de Dios en el día a día tomó el lenguaje necesario para transmitir la buena noticia que había visto. Por eso, cuando predica, no lo hace con lenguaje discursivo o académico, sino con el lenguaje sencillo de la vida, invitando a todos a contemplarse a sí mismos y a contemplar al mundo como él mismo lo sintió y vivió, bajo el prisma de la mirada de Dios.
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“Yo soy el camino, la verdad y la vida”, dirá Jesús en su momento (Jn 14,6). Contemplarte en Él, es entrar en el Camino, asegurarse en la Verdad y vivir de veras. *No hay otro camino que el que hay, el que tienes ante ti aquí y ahora. *No hay otra verdad que el silencio que te introduce en la docta ignorancia del “para venir a saberlo todo no quieras saber algo en nada” (San Juan de la Cruz). *Y no hay otra vida que la que es, la que se vive en el yo presente y renuncia a los engaños del ego obsesivo con el pasado ya inexistente o con el futuro incierto.
Jesús te enseña que la contemplación de las realidades presentes con la mirada de Dios es el único camino, la única sabiduría y la única vida. Vivir el momento con la mirada de Dios.
C.A. Enero 2020


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