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viernes, 12 de julio de 2019

Oración y silencio (3) El silencio de la memoria


Sigo escribiendo sobre el silencio. En esta ocasión alejándome mucho de lo que el del P. Juan Carlos Ortega, L.C. publica en Catholic.net. Tomo prácticamente sólo el esquema.

El silencio de la memoria

El silencio exterior facilita la capacidad de ser libres frente al atractivo de todo lo que desde fuera quiere seducirnos. Para alcanzar este silencio es recomendable el control de los sentidos (vista, oído. olfato, gusto y tacto),  que consiste en procurar que la percepción del mundo exterior no sea un obstáculo para adentrarnos en nuestra interioridad.

Para ello es preciso tomar conciencia  (darnos cuenta) de todo lo que nos puede perturbar desde fuera  dejándolo ir sin violencia. Si ante los estímulos exteriores que nos alejan de nuestro centro reaccionamos con apego o con agresividad, no lograremos abrir la mente a la riqueza interior. Es importante este silencio psicológico, porque sólo cuando los ruidos exteriores son aceptados y controlados, dejan de vibrar y se serena nuestro interior.
Del silencio exterior al silencio interior
El silencio exterior es una condición importante en el difícil camino hacia la plenitud, pero no es suficiente. Hay que acallar otros ruidos más sutiles, como  son el ruido interior de los sentimientos, de las ideas y del corazón. Sólo cuando somos dueños de estas facultades  podemos acceder a lo profundo.

Todos constatamos como en nuestra mente, aunque nuestros sentidos y nuestro cuerpo estén callados, se suceden muchos ruidos  por medio de los recuerdos, imágenes, ideas, juicios y demás actividades de la inteligencia, la memoria y la imaginación. Todo ello nos dispersa, nos distrae.
Es necesario, por tanto, silenciar también la mente.
Ahora bien, el silencio de la mente no es parálisis mental ni pobreza de ideas, sino capacidad de escuchar todo y seleccionar lo que se desea. Silenciar una idea, recuerdo o imaginación, no es negarlos ni condenarlos, sino tomar conciencia de ellos, reconocerlos, aceptar su realidad y luego "dejarlos" dándoles su lugar. ¿Cómo trabajar el silencio de la mente?

Silencio de la memoria

 Hemos apuntado antes tres actividades de la mente: la memoria o recuerdo del pasado, la imaginación o proyección del futuro, y la inteligencia que organiza y elabora el pensamiento en el presente. Empecemos por el silencio de la memoria.
¿Qué entendemos por memoria? La memoria es la capacidad humana para conservar contenidos de vivencias más allá del ahora y aquí en que fueron vividos, con la posibilidad de actualizarlos en momentos posteriores. En dos palabras, la memoria es la conservación del pasado.
¿Qué función tiene aquí el silencio? No es fácil el silencio de la memoria, dado que esta facultad ejerce su influjo en los hombres antes de que nos demos cuenta. Sin apenas saberlo, consciente o inconscientemente, el peso de las experiencias pasadas, ya sean agradables o desagradables, soportables o no, influyen en el devenir de nuestra interioridad.
Solamente es beneficiosa aquella memoria del pasado que ayuda a vivir el presente con realismo. No está mal revivir el gozo de las buenas experiencias pasadas, siempre que no nos estanquemos en nostalgias paralizantes (¡Ay, si volvieran aquellos días!).

Tampoco está mal borrar de la memoria las malas experiencias pasadas, aunque en este caso sería mejor "dejar que se disuelvan", porque las experiencias traumatizantes, las que nos han dejado heridas que perduran, no podemos eliminarlas simplemente con un golpe de voluntad. No basta tapar nuestros ojos al recuerdo; cuando menos lo esperemos, la herida vuelve a descubrirse y a sangrar. Por es importante sanar esos recuerdos por un aceptación realista y misericordiosa de lo pasado.  
Sanar las heridas de la memoria

Una de las tareas propias de la meditación es la de poner ante nosotros esas vivencias pasadas que tanto nos incordian, y que cuando aparecen tendemos a evitar reflejamente. A veces, cuando intentamos hacer silencio interior, nos viene el recuerdo de acontecimientos que nos avergüenzan o personas a las que no queremos recibir de ningún modo, e instintivamente a evitar esos recuerdos.
Cuando estas memoria se hace obsesiva en los momentos de oración, la tentación es la de huir, levantarse y dejar la meditación para otro momento; o bien exorcizarnos con rezos y signaciones. No es un buen camino. 

Más correcto es pararse, respirar hondo, mirar de frente con los ojos del corazón el acontecimiento o la persona que nos perturba. Se trata de recapacitar y aceptar  lo que pasó, asumirlo como un hecho que ya no tiene vuelta atrás,  o aflojar tu rechazo y perdonar a la persona que quieres evitar. En una palabra:  misericordia.
Para sanar la memoria es muy necesaria la compasión para contigo mismo; perdonarte a ti mismo tus errores pasados. El primer derecho humano es el que proclama que "todo hombre tiene derecho a equivocarse". Si alguna vez te equivocaste, o tienes el sentimiento de haber decidido mal, y te sientes herido o herida por ello, ahora es tiempo de sanar. Y el primer paso es contemplar tu desgarro con amor, reconocerlo y aceptarlo, e irá sanando pasito a pasito, como poco a poco sana la herida a la que se le aplica cada día el bálsamo necesario.  En este caso el bálsamo es la meditación con la que haces presente la  misericordia ejercida desde  tu mismo corazón herido.

También es saludable aplicar el "bálsamo de amor" a nuestro corazón cuando lo perturba el recuerdo de alguna persona ante la que instintivamente volvemos el rostro.  Es tan sencillo como sobreponernos al deseo de no mirarle y procurar contemplarle con misericordia. Tal vez le odias porque en un momento dado te hizo mucho daño; o simplemente por un desdén inconsciente e inexplicable.  Siempre has creído que la venganza de tu desprecio podría reparar el malestar de su recuerdo. Te equivocas; lo único que ha hecho hasta ahora ha sido ahondar en tu herida. Sólo el amor puede sanar.


La compasión hacia el hermano es el único remedio para tu propia enfermedad. Y el silencio de la meditación, la contemplación serena de su persona, te puede ayudar a  ir creando en tu interior un espacio para aquel o aquella a quien rechazas.

Vivir el presente
También es importante, para hacer silencio de la memoria, silenciar las añoranzas de todo lo bueno que ocurrió en el pasado. El ayer ya pasó. Debemos valorar lo que nos enseñó, lo que recibimos de él. Pero lo nuestro es el presente, que no puede ser creativo si no se silencia lo que ya fue. Sólo así podemos escuchar nuevas voces interiores y exteriores que nos enriquezcan. Mientras fijas y atas tus sentidos a lo que ya fue, los incapacitas para percibir lo que es.
¡Cuántas veces lo bueno del pasado, vivido como añoranza, impide acoger la riqueza del presente! Ejemplos claros es cuando añoramos etapas anteriores de la vida, o funciones y actividades que antes tuvimos, o juventud y salud física, o gozos contemplativos… Son añoranzas que nos sacan de quicio, nos descentran e impiden que nos sumerjamos en la única realidad: el hoy. 
Cuando en la meditación te sitúas en tu presente, aquí y ahora, con tu mente y tu corazón centrados en lo que estás viviendo o reviviendo en ese mismo momento, ¡cuánta vida disfrutas! Pues bien, ese presente inaprensible, que parece que al punto se nos escapa hacia atrás o hacia adelante, es el instante de la Presencia, con mayúscula (Dios) y minúscula (tú mismo). Un solo segundo de Presencia es capaz de sanar y llenar una vida.

 Las experiencias positivas del pasado también pueden ser un estorbo a nuestro crecimiento espiritual. Lo son cuando hacemos de ellas un punto de llegada, un "ya estoy" que perseguimos con la mirada puesta en "lo que fue". Olvidamos que "Dios hace nuevas todas las cosas" (cf Ap 21,5). Lo que fue no volverá; el futuro será algo nuevo, y mientras te afanas por revivir o repetir lo que pasó, estás cerrando tus ojos a lo que ahora mismo pasa, a lo que la vida te está regalando en esta jornada. Cuando meditas te ejercitas en disfrutar tu ahora, el presente, la Presencia. No dejes que el recuerdo de tiempos que fueron alegres, te impida entrar en la alegría del tiempo presente.
* * *

En resumen: el silencio de la memoria no es parálisis u olvido del pasado. Silencio significa acallar la memoria de las experiencias negativas del pasado; para ello es bueno escoger el camino de la misericordia.

También es silencio de la memoria acallar las gracias recibidas en el pasado en lo que tienen de trampa que engorda nuestro ego. Hay que agradecer lo recibido, traer a la memoria lo generoso que es Dios que se nos dio en aquellos dones, pero desligada esa memoria del deseo de que vuelva aquello mismo. ¡Fue tan hermoso!. No caigas en la trampa.
La virtud del silencio contemplativo lleva en sí un dinamismo interior que, de las vivencias del pasado, conserva en tu memoria solamente aquello que sirve de punto de apoyo para vivir a fondo el presente, gestando en el hoy el futuro que aún desconoces pero que esperas con confianza.

 Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Julio 2019

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