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domingo, 16 de julio de 2017

EL ESPIRITU CONTEMPLATIVO (5. CONTRA EL ÉXITO)

Va el último escrito de la serie "Modernidad y vida contemplativa". En esta entrada nos ocupamos del éxito, de ese afán que tenemos por sobresalir entre los demás, esa necesidad de levantar nuestro pedestal hasta conseguir el reconocimiento social que creemos que nos merecemos.

El interés desmesurado por sobresalir parece agudizarse hoy con la aparición de las redes sociales. Aplicaciones como Twitter, Facebook, Istragram, Youtube o Washap, gozan de gran aceptación, y tal vez se deba a que ofrecen al ciudadano de a pie la oportunidad de darse a conocer.

Las redes sociales son una ventana abierta al mundo donde mostramos lo exitosos que somos: abundamos en amigos, en golpes de suerte y en viajes, protagonizamos o participamos en eventos de importancia, somos agraciados en el amor, en la diversión, etc. Pero no seamos ingenuos, sabemos que las medias verdades son las más amargas de las mentiras; en las redes sociales solemos ocultar el otro lado de la vida, aquellas zonas oscuras que nos harían perder puntos ante ese público al que nos queremos ganar, y a cuyos criterios estamos sometidos.  



 La búsqueda de reconocimiento social

 Todos tenemos un afán innato de perfección que nos mueve a superarnos cada vez más; queremos desarrollar todas nuestras potencialidades. Y esto nos es negativo. Pero puede degenerar en paranoia cuando ese deseo de crecer y mejorar humanamente lo vivimos compulsivamente como  medio para alcanzar el triunfo social. En los tiempos que corren da la sensación de que si no vivimos nuestro minuto de gloria no somos nadie. De ahí el
deseo angustioso de sobresalir y ser aceptados por los demás, algo que puede degenerar en preocupación enfermiza. Esto se agudiza  en una sociedad democrática donde nuestro poder es directamente proporcional a la reputación de que gozamos.
 
Antes se era alguien, o cada cual  creía  que lo era, por el origen social de la familia, por la cuna en que nació o el clan al que pertenecía. La sangre daba títulos y honores que hoy han de ganarse a pulso. Por eso, desde el momento en que tomamos conciencia de ello, nos lanzamos como locos a una carrera frenética por ser reconocidos entre los primeros y los más importantes.
 
Éxito. La palabra procede del latín exitus, que significa salida. Los ingleses lo adoptaron como exit (salir). Pero tiene también otros significados, tales como término o fin. Se trata en este caso de alcanzar el fin, la meta, el triunfo. Buscar el éxito es algo connatural al hombre. Sabemos que somos seres no terminados, siempre en camino hacia una meta. El problema es que la meta, el éxito, lo solemos medir por criterios y reconocimientos exteriores a nosotros.
 
El hombre moderno aspira a que sus palabras y sus acciones tengan peso. ¿Para quién? Este es el problema. Queremos que nuestra palabra y nuestra persona pesen ante los demás, y para ello nos dedicamos a construir una imagen ideal que impacte en el entorno y tenga reconocimiento. Se trata de un “reconocimiento social”, algo que el contemplativo no busca; el contemplativo se mueve no tanto por ser reconocido cuanto por conocerse a sí mismo, conocer al otro y vivir en el conocimiento y reconocimiento de Dios. Quien medita y contempla no lo hace para adquirir éxito ante sí mismo y sentirse en paz consigo, tampoco para  crecer en estima ante la comunidad; y, por supuesto, tampoco lo hace para ganarse el reconocimiento y la aprobación de su Dios. Sabe el contemplativo que Dios le ama y reconoce a pesar de su pecado.
Pero nuestro mundo no es muy contemplativo, y se mueve con otros esquemas. La modernidad, esencialmente antropocéntrica, centrada sobre el "yo", busca validarse desde el mismo "yo". Y ¿cómo lo hacemos? Pues apostando por uno mismo, incluso al precio de dejar a los competidores tirados en la cuneta, víctimas inocentes de nuestra ambición desmedida. Ancianos, enfermos, pobres, fracasados, etc. son minusvalorados o ninguneados, convirtiéndose en el montículo de escombros sobre el que vamos edificando nuestra torre de Babel. Entendemos la vida como una carrera frenética por ser héroes reconocidos por todos. A veces pagando el precio de nuestra propia vida. “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?” (Mt 16,26). Así es cuando más que vivir nos desvivimos por alcanzar una cima que sólo existe en las ambiciosas fantasías de nuestro ego.

 
 
El éxito religioso
 
El esquema-trampa del éxito tiene también su versión en las religiones tradicionales. Se trata de vivir la fe reduciéndola a la vivencia de virtudes heroicas, de forma que solo los vencedores y los héroes llegan al cielo; los demás quedan reducidos a la nada, o van directamente al infierno. 
 
Cuando entiendes la religión como una carrera por alcanzar virtudes, es que has cambiado las ambiciones terrenales por otras aparentemente más celestiales y más nobles, pero sigues en un camino viciado por el éxito egoísta. Sólo has modificado el pedestal al que subir; tú sigues siendo el mismo. Los monasterios y las instituciones religiosas están llenas de personas que, fracasados en sus intentos de triunfo en el mundo, buscan la oportunidad de triunfar a base de esfuerzos por hacerse un lugar en el cielo. Éstos harán todo lo que contente a su dios personal, llegando incluso a despreocuparse de los hermanos siempre que se tenga la seguridad de que su dios está satisfecho de sus prácticas y sacrificios, y llegado el momento le premiará. 

Jesús previene sobre la trampa de buscar el aplauso de la gente, y avisa del premio que da Dios al que reza, comparte lo suyo o ayuna en lo secreto (cf Mt 6,1-8 ); pero también previene de los peligros de refugiarse "en lo secreto" dando la espalda al mundo. ¿No es un peligro poner el éxito personal en una contabilidad de actos piadosos por los que creo merecer un título? ¿No puede esto llevar al fariseísmo? Obrar en lo secreto debe de ser algo más que obrar el bien ocultándose a la mirada de otros; se trata de que mis actos nazcan de lo más íntimo de mí mismo, del secreto misterio de mi corazón, como fruto maduro de la percepción del Espíritu de Dios que me habita. Cuando lo vivo desde ahí no espero premio, ni siquiera de Dios, porque tendré la seguridad de que "somos siervos inútiles que hemos hecho lo que teníamos que hacer" (Lc 17,10). Que Dios esté conmigo a pesar de mis miserias es ya un premio suficientemente consolador.

En esto de la religión hay que precaverse del modo en que se entiende el éxito de una vida religiosa lograda. El contemplativo no cae en el error de medir su vida por la aceptación que su ejemplo tiene para los hermanos. No pocas veces la religión se vive como el sometimiento a una serie de protocolos y disciplinas que se valoran y promueven más que las actitudes del corazón. El contemplativo no evalúa su vida desde la mayor o menor aceptación que su vida tiene ante los miembros de su iglesia, sino confrontándose sinceramente con Dios; la luz que guía al contemplativo no es la del reconocimiento humano, aunque provenga de instancias religiosas, sino la luz de su conciencia despierta y humilde situada ante el Misterio.

 
Sin un porqué ni un para qué
 
¿Cuál es el motivo último por el que obra un contemplativo? ¿Tal vez el amor? La contemplación, por supuesto, no existe sin el amor; aunque puede haber amor sin contemplación. El amor es importante; pero hay que distinguir claramente entre el amor eros y el amor ágape, el primero es ese amor con el que el hombre se ama a sí mismo, a Dios y a los hermanos; el segundo es el amor con el que Dios ama. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados. …. Él nos amó primero” (1 Jn, 4,10.19b). Sí hay un motor para la vida contemplativa debería de ser el amor ágape, aunque éste no es un motor propio de la naturaleza humana, sino regalado, una gracia, un don de Dios; el contemplativo no ama con un amor eros (amor propio) sino que su amor es el fruto maduro de quien por la contemplación ha dado paso en su vida al amor ágape (gracia) de Dios. El contemplativo ama por y con el amor con que Dios le ama. 
 
Aunque, propiamente,  en última instancia el contemplativo obra sin motivo alguno.  Quien se dedica a sumergirse y vivir en el presente (presencia de Dios) no tiene un porqué ni un para qué; si los tuviera no estaría en el presente sino que viviría en el pasado (por qué) o el futuro (para qué). Para el contemplativo cada momento es una nueva creación. No queda atado a nada, y por eso su modo de ser y vivir sorprende en cada momento. La rosa no tiene un porqué, los pájaros y los lirios del campo no viven enganchados a una explicación de su origen ni se preguntan por su futuro, simplemente son. El encanto de las rosas es, que siendo tan hermosas, nunca saben que lo son. No buscan el éxito, ni siquiera se preguntan en qué consiste su encanto. El contemplativo, como la rosa, vive en la docta ignorancia que le previene de la idolatría del triunfo
 
No vive el contemplativo la obsesión por ser admirado, y tampoco le agobia la obtención de unos créditos  para poder alcanzar fama de sabio. No. El contemplativo se limita a ser, a contemplar sin prejuicios la realidad; esta es su tarea: mirar, abrir los ojos a lo que hay, con su alma puesta en fe delante de Dios. Le preguntaron a Jesús: “Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?». Respondió: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado»” (Jn 6,28-29).
 
Creer, confiar en que cada día, cada instante tiene su riqueza, y a cada día le bastan sus afanes (Mt 6,34). Hacer silencio, contemplar, es ponerse en fe ante Dios, sin esperar nada, sin pedir nada, sin condicionar para nada su ser. Dejar que Dios sea Dios, que su amor se manifieste dejando que oscurezca con su “éxito” (su luz) mis éxitos (mi luz). Sólo si Dios quiere me dará a vivir el “éxtasis" (estar fuera, en Él), pero eso no es un triunfo mío sino suyo. Es el éxito de Dios. Si se diere en mí, diré, como María: “proclama mi alma su grandeza” (Lc 1,46-50 ), la suya, no la mía, porque yo soy sólo tierra, humus, humildad, un “no-ser” al que sólo el ser de Dios da valor y consistencia. 


 
El éxito de Jesús
 
El éxito de Jesús está muy relacionado con su fracaso mundano. En la vida y destino de Jesús Dios pone en evidencia lo falsas que son  las aspiraciones mundanas. En el Hijo muestra el Padre que el camino más apropiado al hombre es el del no-éxito, la huida del triunfo mundano; y eso es lo mejor primeramente por razones de sentido común: “Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: "Cédele el puesto a este". Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: "Amigo, sube más arriba". Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales”. (Lc 14,8-10 ). 
 
Pero también hay un sentido teológico para rechazar el prestigio mundano, y no quemarse en la carrera por obtener los mejores puestos. Nos lo recomienda san Pablo poniendo como modelo al mismo Jesús: “No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina,  no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de si mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia se humilló a sí mismo,  hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre- sobre-todo-nombre” (Flp 2,3-9)
 
La vida de Jesús es un hermoso poema a la no-ostentación. Para empezar nace en un establo, alejándose así de cualquier pretensión de prestigio social. La mayor parte de su vida es anónima, viviendo y trabajando humildemente en Nazaret. Su vida pública es de una extrema pobreza y debilidad: "El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza" (Mt 8,20). Cuando san Pablo dice que Dios escoge lo pobre de este mundo para confundir a los fuertes se está haciendo eco de esta enseñanza (1 Cor 1,27).
 
En el desierto Jesús es tentado. Las tentaciones son el paradigma de lo que fueron las pruebas que hubo de vivir durante su vida (cf Mt 4,1-11). Al pedírsele que se arroje del alero del templo y deje que los ángeles le recojan antes de caer al suelo, el demonio le está pidiendo que haga ese milagro a fin de adquirir fama e influencia entre los hombres, y eso le dará poder. Con ese prestigio, aparentemente, le será más fácil llevar a los hombres a Dios. Jesús, sin embargo, no se dejó llevar por el éxito fácil.  Le invita a ello, cuando sus parientes le dicen:  "Sal de aquí y marcha a Judea para que también tus discípulos vean las obras que haces, pues nadie obra nada en secreto, sino que busca estar a la luz pública. Si haces estas cosas, manifiéstate al mundo" (Jn 7,3-4). No lo hizo, no quiso ser famoso. También se negó al encumbramiento de sí cuando multiplicó los panes y los peces y “sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo” (Jn 6,15).  Elige el camino de alumbrar antes que deslumbrar, el silencio y el ocultamiento antes que el espectáculo ruidoso y la vanagloria.
 
La soledad, el silencio, el retiro, los usó Jesús como arma para alejarse de la tentación del triunfo.  Baste citar finalmente que el éxito de Jesús se sostiene en una gran paradoja: el triunfo de la cruz. La pasión y muerte de Jesús son ejemplos de cómo el camino del prestigio del mundo no es de los contemplativos. A los ojos del mundo Jesús vive el anonadamiento total. Él mismo había dicho que “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20,28),h a venido a ser el último. Jesús no busca subir, no tiene en mente su propio prestigio, sólo el del Padre (Mt 26,42), y éste pasa por amar a los hombres anteponiéndolos a su propia persona.

 
Silencio, aquí y ahora, sin pretensiones.
 
Contemplativo, el mundo invita al orgullo y la soberbia: “antes muerta que sencilla”; tanto brillas tanto vales; la vida entendida como una operación triunfo, como una carrera por llegar el primero no se sabe dónde y a costa de pisar a todo el que se me ponga en el camino; la apariencia valorada más que la realidad. Esto no es compatible con la vida contemplativa.
 
vive el presente con misericordia, con el corazón puesto en tu miseria y en la de los hermanos, estando ahí, en quietud, unido a toda  la humanidad. “Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente sencilla. No os tengáis por sabios” (Rm 12,15-16).

Cuando medites hazlo “porque sí”, no busques una meta, no esperes ningún éxito. Estar cada día ahí, en silencio, puesto en fe, es ya en sí un triunfo. Y no porque el meditar sea un fin en sí mismo, sino porque tu silencio, tu quietud, tu anonadamiento y disponibilidad en la meditación, son un camino probado y recomendado por el Maestro. Él pasó noches orando a solas, abriendo su humanidad al misterio del Padre (Mc 6,46; Jn 6,15; 8,1 etc.). Te enseña así que meditar es un acto que te acerca a la realidad de lo que eres. Cuando meditas, cuando silencias tu corazón, cuando te quedas desnudo de pensamientos y emociones, cuando te vacías de tus quereres para abandonarte al querer de Dios, estás abriendo en ti una nada, un espacio vacío donde pueda entrar, si quiere, aquel que es el Todo. Cuando vives su presencia en tu interior comprendes que tu triunfo es su triunfo, tu éxito el suyo. Tú solo debes dar muerte a tu ego apagando la llama de los éxitos y ambiciones que ensordecen tu mente y tu corazón. Ya sabes: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).

Meditador, no dejes de practicar y valorar tus momentos diarios de retiro y silencio. Con la práctica de la meditación desenmascaras la falsedad de los triunfos humanos, el absurdo de los éxitos ficticios que sólo conducen a la frustración. Cuando meditas entiendes que todo lo que buscas fuera lo tienes ya dentro. Basta limpiar el pozo de tu alma para permitir que el agua pura que está en ti riegue y refresque tu vida y la de los que te rodean. Esa es la meta, la llegada, el éxito: ser tú mismo, sacar el agua de tu pozo con la ayuda de Aquel que te habita, porque eres templo del Espíritu Santo (cf 1 Cor 6,19).
 
Para todos,
¡buen verano de descanso,
silencio y meditación!
 
Casto Acedo. Junio 2018
60 

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