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miércoles, 16 de noviembre de 2022

Orar no es sentir a Dios (Jean Danielou)

He encontrado este texto en el libro Contemplación: crecimiento en la Iglesia (1977), de Jean Danielou. Os lo transcribo porque me parece clarificador para nuestra oración en tiempos en que acostumbramos a verla sólo desde nuestra orilla y muy atados a la sensibilidad. Muchos de nuestros cansancios y abandonos nacen de la obsesión subjetivista que nos hace valorar las cosas desde el criterio del gusto o disgusto personal. Espero que hagáis de lo escrito una reflexión pausada; lo que se expone, como todo lo que escribe este autor, tiene mucha densidad.


Orar no es sentir a Dios. Hacer de la sensibilidad el termómetro de la religión conduce a ciertas aberraciones. Esto es verdad en todas las relaciones personales: el amor se sitúa más allá de la sensibilidad, lo que no quiere decir que se la desprecie. Ella es la maravillosa resonancia del amor a través de una cierta armonía del ser. El amor es el hecho de una comunicación que se establece entre dos seres y que se sitúa a un nivel más profundo que las zonas del sentir.

La sinceridad no consiste en poner los comportamientos en relación con los estados del alma, sino, por el contrario, en mantener los comportamientos pese a los estados de ánimo, en mantener las fidelidades profundas, pese a las infidelidades superficiales. Ser sincero es ser fiel a aquello a lo que se ha dado realmente el corazón en la plenitud de la libertad; es lo que debe ser en el matrimonio, en la amistad, pese a todas las vicisitudes exteriores posibles. Amar a Dios es saber que podemos contar con Dios y que Dios puede contar con nosotros pese a nuestras complicaciones sentimentales…

Hay que apartar, pues, la sustancia de la oración de las vicisitudes de nuestra experiencia o de nuestra sensibilidad religiosa, pues se funda en algo que está más allá: la oración es la expresión de nuestra relación fundamental con Dios…

Dos cosas importan en la oración: hacerla y dejar que Dios cumpla su obra en nosotros. A veces el Espíritu Santo toca nuestro corazón, nos convierte verdaderamente (cuando hace caer tal obstáculo, tal antipatía, cuando nos hace descubrir lo que es la humildad), nos hace sentir lo que es amar a Dios. Pero estas llamadas del Espíritu Santo, que son esenciales porque sabemos bien que no provienen de nosotros, Dios nos las da cuando quiere…


Lo esencial en la oración cristiana es ser conmovidos por otro, y establecer entre Dios y nosotros una comunicación de amor, lo que está más allá de todas las técnicas, pues lo propio de una persona es escapar a todas las técnicas. Además, las luces espirituales no siempre van unidas al tiempo de la oración: María de la Encarnación declara que sus más grandes revelaciones sobre la Santísima Trinidad le fueron dadas cuando hacía rodar toneles sobre los malecones de Tours. 

Es, en efecto, sorprendente ver cómo ciertas almas secas en la oración reciben asombrosas luces espirituales durante sus otras actividades. Esto muestra la soberana libertad de la gracia de Dios. ¡Aún así hay que haber sido fiel a la hora de oración! La oración sería, en efecto, sospechosa si estuviera demasiado ligada a una cierta sensibilidad. San Juan de la Cruz es casi demasiado severo a este respecto; san Ignacio es más humano y hace mucho caso de las consolaciones espirituales que nos ayudan, pero la “golosina espiritual” sería buscar en la oración más satisfacción personal que el dar a Dios la gloria que se le debe.

La oración hoy es también combate, un testimonio en un mundo en que el hombre tiende a encerrarse en el hombre.


JEAN DANIELOU, Contemplación: 
Crecimiento en la Iglesia, 26-28; 
citado por Marianne Schlosser, 
Teología de la oración, 258-259, 
Salamanca, 2018.

Noviembre 2022
Casto Acedo 

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