Comenzamos el comentario a la segunda estrofa de la Secuencia: ¡Ven, dulce huésped del alma, / descanso de nuestro esfuerzo, /tregua en el duro trabajo, /brisa en las horas de fuego, / gozo que enjuga las lágrimas / y reconforta en los duelos.
Hoy nos ocupamos de mirar al Espíritu como "dulce huésped del alma", séptimo verso.
Dios está en todas partes. Pero su presencia se siente especialmente cuando la consciencia alcanza a ver que también está en el interior de la persona. San Agustín, tras una larga búsqueda, vino a hallarle ahí: “Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba, y me lanzaba sobre las cosas hermosas creadas por Ti. Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo”. Le buscaba fuera y estaba dentro; y su conversión no fue total hasta que experimentó la presencia de Dios interior intimo meo (más interior que lo más íntimo mío; el Espíritu Santo me habita, es huésped de honor en mi interior.
Santa Teresa de Jesús recurre a esta imagen del huésped para hablarle a sus hijas de Dios. Lo hace con tal gracia y sencillez que merece la pena transcribir sus palabras como comentario al verso de hoy: ¡Ven, dulce huésped del alma!.
"Ya sabéis que Dios está en todas partes. Pues claro está que adonde está el rey, allí dicen está la corte. En fin, que adonde está Dios, es el cielo. Sin duda lo podéis creer que adonde está Su Majestad está toda la gloria. Pues mirad que dice San Agustín que le buscaba en muchas partes y que le vino a hallar dentro de sí mismo. ¿Pensáis que importa poco para un alma derramada entender esta verdad y ver que no ha menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo, ni para regalarse con El, ni ha menester hablar a voces? Por paso que hable, está tan cerca que nos oirá. Ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con gran humildad hablarle como a padre, pedirle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija". (Camino 28, 2)
También cuenta la santa la experiencia de éxtasis o arrobamiento que tuvo en la víspera (vigilia) de Pentecostés, después de misa, recién comulgada, se supone. le ayudó también como preparación al encuentro con el Huésped la lectura espiritual; en este caso el comentario de un Cartujo sobre la fiesta del Espíritu Santo.
Como Dios le da a entender describe con palabras su experiencia: el ímpetu del Espíritu le toca con fuerza y altera su alma, que "parecía se me quería salir del cuerpo", "perdiéndose en sí de sí", para luego traerle sosiego y quietud:
"Estaba un día, víspera del Espíritu Santo, después de misa. Fuime a una parte bien apartada, adonde yo rezaba muchas veces, y comencé a leer en un Cartujano esta fiesta. Y leyendo las señales que han de tener los que comienzan y aprovechan y los perfectos, para entender está con ellos el Espíritu Santo, leídos estos tres estados, parecióme, por la bondad de Dios, que no dejaba de estar conmigo, a lo que yo podía entender. … Parecía que el alma se me quería salir del cuerpo, porque no cabía en ella ni se hallaba capaz de esperar tanto bien. Era ímpetu tan excesivo, que no me podía valer y, a mi parecer, diferente de otras veces, ni entendía qué había el alma, ni qué quería, que tan alterada estaba. Arriméme, que aun sentada no podía estar, porque la fuerza natural me faltaba toda...
... Estando en esto, veo sobre mi cabeza una paloma, bien diferente de las de acá, porque no tenía estas plumas, sino las alas de unas conchicas que echaban de sí gran resplandor. Era grande más que paloma. Paréceme que oía el ruido que hacía con las alas. Estaría aleando espacio de un avemaría. Ya el alma estaba de tal suerte, que, perdiéndose a sí de sí, la perdió de vista. Sosegóse el espíritu con tan buen huésped, que, según mi parecer, la merced tan maravillosa le debía de desasosegar y espantar; y como comenzó a gozarla, quitósele el miedo y comenzó la quietud con el gozo, quedando en arrobamiento". (Vida 38,9-10).
Muy acertadas para la meditación de hoy las palabras y el testimonio de Santa Teresa. Creo que son suficientes para entender la cualidad de Dios Espíritu Santo como huésped del alma, que "descoloca" y aquieta a la vez.
* * *
MEDITACIÓN
No olvides, antes de nada, dedicar tu oración para bien de todos y de todo:
"Padre creador,
Hijo redentor,
Espíritu santificador,
Trinidad santa.
Ofrezco esta oración
para mayor gloria tuya,
para bien de toda la la humanidad
y beneficio de toda la creación.
Gloria al Padre,
y al Hijo
y al Espíritu Santo,
como era en el principio,
ahora y siempre
por los siglos de los siglos.
Amén".
1. Como siempre, aquieta tu cuerpo (postura adecuada para la inmovilidad) y tu alma (soltar pensamientos, emociones, deseos). Hazte presente a ti para estar con Él.
2. "Sosegóse el espíritu con tan buen huésped". Puedo hacer mía la palabra "huésped", alguien que encuentra hospedería, refugio. Que Dios se refugie en mi rompe los esquemas a los que estoy habituado. Son cosas del amor: Dios me ama y viene a mí. Se hospeda en mí esperando que yo me hospede en Él; su venida y presencia a mi casa es una invitación a refugiarme en Él. Huésped: tú en mí y yo en ti. Te he buscado fuera y tú estás dentro. Huésped.
3. Al ritmo sosegado de mi respiración me dejo invadir por el viento del Espíritu que en cada inhalación se adentra en mi cuerpo y en mi alma, en mi. Recito interiormente: ¡VEN, DULCE HUÉSPED DEL ALMA! Permanezco así, en silencio, 15 minutos.
4. Puedes terminar escuchando el canto: Qué bien se está aquí.
5. Haces tres inspiraciones profundas y sales suavemente del ejercicio.
6. No olvides pararte y tomar nota de lo vivido y de las mociones (deseos de cambiarte o cambiar algo) sentidas.
No abandones el ejercicio del silencio y la oración diaria
Casto Acedo. Noviembre 2022.


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