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jueves, 12 de enero de 2023

SP. 12 Ven Espíritu, ... que reconforta en los duelos.

La última entrada de la serie de comentarios a la secuencia de Pentecostés hablaba del Espíritu que "enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos". Podría haber tratado ambas cualidades en un mismo comentario, pero he preferido separarlas. La de hoy intenta hacer comprender la importancia de resituar al Espíritu en el centro de nuestro espíritu como modo de iluminar y sacar provecho del impacto que las grandes pérdidas producen en nuestra alma.


¡Ven, Espíritu divino,
... QUE RECONFORTA EN LOS DUELOS!

La vida no es sólo placer, también el sufrimiento forma parte de ella. Éste suele ser fruto del deseo posesivo de personas, cosas o circunstancias externas sin las cuales la vida parece no tener sentido. Cuando las pierdo se frustran mis aspiraciones y me viene el sufrimiento. 

Cuando una de esas realidades que considero imprescindibles se me viene abajo, entro en duelo. Se genera al interior de mi alma un sentimiento de pérdida irreparable que choca frontalmente con la seguridad en que viví hasta entonces. Ocurre esto cuando fallece una persona querida, cuando se rompe una relación que creí sólida y duradera, cuando pierdo el trabajo que cubre mis necesidades económicas y/o vocacionales, cuando las circunstancias me obligan a cambiar el ritmo de vida acostumbrado, cuando al mostrarme tal como soy, o decir lo que realmente pienso o creo, percibo la hostilidad del entorno social que antes me era favorable, etc, 

Cuando entro en duelo mi reacción suele seguir unas pautas concretas: primero niego la realidad, ¡esto no me puede estar  pasando!, luego me enojo contra otros a los que responsabilizo de mi mal o me vuelvo contra mí mismo; incluso puedo caer en depresión; con el paso del tiempo tiendo a negociar internamente una salida, porque a fin de cuentas la vida tiene que continuar. El final del duelo llega cuando acepto la realidad y la asimilo.

En este recorrido el alma se tambalea y se descoloca por momentos. Lo que mi mente pensaba hasta ahora, lo que mis sentimientos y mi experiencia parecían avalar y lo que mi voluntad consideraba controlado, de pronto se disuelve y se escapa de mis manos; la solidez en la que hasta entonces parecía vivir se derrumba. ¿Qué me queda? Nada, respondo. Pero sí me queda algo que mi estado de ofuscación me impide ver con nitidez: me queda el espíritu, la imagen de Dios que sigo siendo, mi yo profundo.

* * *

Más que considerar el duelo como algo estático, una desgracia irreparable, debería considerarlo como  un proceso dinámico, un camino de purificación, una oportunidad de crecimiento, un tiempo para abandonar creencias propias que me parecían incuestionables y aceptarme en la realidad de mis limitaciones. Salir del duelo requiere liberarme de ropajes superfluos para entrar en la desnudez de mí persona. Para llegar hasta ahí debo reconocer la inconsistencia de esos deseos íntimos que provocan en mi el sufrimiento de la pérdida; desmontar las perecederas idolatrías de mi ego y poner en su lugar la fuerza del Espíritu de Dios, el único fuerte y eterno. 

 “El Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él” (Rm 8,16-17). Dejar entrar al Espíritu en mi espíritu e iluminar mi alma desde Él me ayuda, en primer término, a desmontar "tonterías", a aceptar la realidad, a asumir los límites de lo humano. Aprendo: “eres hombre, no Dios” (Ez 28,2). 

Aunque sea duro decirlo, el duelo tiene mucho de soberbia, de auto-divinización, de deseo vehemente de que las cosas sean tal como yo quiero que sean. La tragedia personal desenmascara mi verdadera fe, mi egolatría, el hecho de que creo más en mí mismo y mis aspiraciones que en Dios y sus designios. 

La contemplación de la fuerza y el poder de Dios me libera de la oscuridad del duelo: ¡Ven, Espíritu divino, … que reconforta en los duelos! Cuando se derrumba el altar de mis creencias, cuando el polo de atracción de la brújula de mi vida desaparece, cuando todo me invita al sufrimiento y al desánimo, queda el Espíritu que me afianza en la verdad eterna: soy hijo amado de Dios, que no ha dejado, ni deja, ni dejará de estar conmigo. “¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; ..Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá apararnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”. (Rm 8, 35.38)

* * *
En resumen: cuando con humildad acepto mi vulnerable humanidad expuesta a los cambios inesperados estoy abriendo en mi corazón un espacio al Espíritu que me conforta con el bálsamo de su amor. Sólo un amor más grande puede redimir el duelo causado por la perdida de un amor menor.

Con la irrupción del Espíritu en el centro de mi ser el duelo por aquello en que antes puse mi vida (personas, cosas, circunstancias, etc.)  deja de ser motor de sufrimiento y se transforma en camino de luz. "¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?" (Lc 24,26). En cierto modo el duelo es necesario para acceder al gozo de la iluminación. A esta no se llega aliviando el sufrimiento con distracciones externas, por santas que éstas sean, sino ahondando y sacando del corazón el  Agua viva capaz de saciar eternamente (cf Jn 7,37-39).



MEDITACIÓN PARA TIEMPOS DE DUELO

No olvides ofrecer tu oración para bien de todos y de todo: 

"Señor y Dios mío, 
 ofrezco esta oración 
para mayor gloria tuya, 
para bien de toda la humanidad 
y beneficio de toda la creación. 

Gloria a Ti por siempre, 
Señor del universo. Amén".

1. Como siempre, relaja tu cuerpo en la postura adecuada para la quietud,  y descarga tu alma de  pensamientos, emociones, deseos. Hazte presente a ti para estar con Él. 

2.  El Espíritu "reconforta en los duelos". En momentos de duelo muchos suelen aconsejarte: "¡sal y distráete un poco, es lo que necesitas!". Pero tú, sin negar las buenas intenciones de la propuesta, rechazas esa invitación. Tu alma está replegada en ti misma. Lo que hasta ahora valorabas te genera desconfianza. ¿Queda algo en lo que puedas apoyarte? ¿Hay un amor que pueda llenar tu vida cuando el que lo llenaba ya no existe?  Es bueno salir y distraerse en los momentos de duelo, pero sabes bien que eso es sólo un alivio para la herida del alma; sabes que procurar placer rascando la herida que pica sin sanarla de raíz es una terapia deficiente que no hace sino ahondar el mal agravando la enfermedad. No te conviene evadirte con diversiones externas que solo ocultan la herida; es más aconsejable y realista mirar de frente la llaga y aplicar el bálsamo del Espíritu para sanarla.

3. Silénciate y contempla tu herida, tu pérdida, y el dolor que te produce. Estás en duelo, debatiéndote entre la oscuridad y la luz. La oscuridad la pone tu ego (tu carne), la luz la pone tu espíritu. ¿Cuál de los dos se adueñará de tus pensamientos, sentimientos, acciones (alma)? "Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu" (Jn 3,6). Aparta todo deseo posesivo; sobre todo ese deseo que te condujo al duelo. Abandona tu espíritu al Espíritu. 

4. Lo que se espera de ti es un nuevo nacimiento: "El que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios" (Jn 3,3) Acepta la voluntad de Dios; ponte en sus manos; convoca al Espíritu Santo para que, apartado todo lo demás, ocupe el centro de tu ser. Acalla tu mente (ideas, emociones, pulsiones) y haz silencio al ritmo de tu respiración apoyado en la frase: ¡VEN ESPIRITU SANTO... RECONFÓRTA MI DUELO!. (Permanece en oración al menos quince minutos)

4. Puedes terminar escuchando e interiorizando el canto  de Marcos Barrrientos:  Me sanaste con tu bien. 

5.  Haces tres inspiraciones profundas y sales suavemente del ejercicio.

6. No olvides dar gracias a Dios por lo vivido en tu oración y procura pararte y tomar nota de lo vivido y de las mociones (deseos de cambiarte o cambiar algo) sentidas.

Enero, 2023

Casto Acedo

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