Seguimos desarrollando los comentarios a la Secuencia de Pentecostés. Hoy consideramos al Espíritu Santo como "gozo que enjuga las lágrimas", expresión muy unida a la siguiente: "y reconforta en los duelos". Hoy nos centramos en las lágrimas, signo sufrimiento y de humanidad, aunque también de agradecimiento y alegría.
¡Ven, Espíritu divino!
¡GOZO QUE ENJUGA LAS LÁGRIMAS!
Llorar es humano. Quien no llora ni se conmueve ante el sufrimiento suele ser una persona dura, inhumana, insensible; quien deja correr las lágrimas y da rienda suelta a sus sentimientos, sean estos de tristeza o de gozo, muestra la ternura de su corazón.
Hay quien considera que las lágrimas son señal de humillación y abajamiento, como si llorar fuera signo de debilidad. Sin embargo, el testimonio de los evangelios da a entender lo contrario. Tras negar tres veces al Señor san Pedro mostró su grandeza derramando lágrimas. “El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces»”. Y, saliendo afuera, lloró amargamente”. (Lc 22,60-62). Lágrimas que Jesús enjugará cuando le invite por tres veces a confesarle su amor (Jn 21,15-19).
También Jesús lloró, y no por ello quedó mermada la grandeza de su persona divina y humana. A Jesús las lágrimas le dignifican, porque son señales de humanidad. Lloró compasivamente la dureza de corazón y los pecados de su pueblo: “¡Jerusalén, Jerusalén… cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de sus alas, y no habéis querido” (Lc 13,34); Lloró ante la tumba de su amigo Lázaro; allí “Jesús, profundamente emocionado, rompió a llorar. Los que estaban allí comentaban: ¡Cómo le amaba!” (Jn 11,35). Lágrimas de amor, lágrimas de duelo. lloró, en fin, en la pasión, donde "a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte" (Hb 5,7; cf Mc 14,32-36; 15,17).
De duelo son las lágrimas de María Magdalena en la mañana de la resurrección al ver que la tumba del Amado estaba vacía. Sus acompañantes se marcharon, y “María se quedó junto al sepulcro, llorando”. Entonces vio dos ángeles vestidos de blanco, mensajeros de Dios, que le dicen: “-Mujer, ¿porqué lloras? ... -Porque se han llevado a mi señor y no se dónde lo han puesto”… Luego ve a Jesús, pero no le reconoce. –Mujer, ¿porqué lloras? ¿A quién estas buscando? … -Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto…. –¡María!,… le dice Jesús… Y ella al oír su nombre pronunciado por Él lo reconoce: -Maestro" . La presencia de Jesús enjuga las lágrimas de dolor que son transformadas en lágrimas de agradecimiento y alegría por la resurrección. Se abraza a Jesús, y éste le dice: “No me retengas más…; anda, vete y dile a mis hermanos que voy a mi Padre que es vuestro Padre; a mi Dios que es vuestro Dios”.
Decía Jesús a los suyos: “Vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría” (Jn 16,20). En estas palabras se esconde la promesa del Espíritu Santo, gozo que enjuga las lágrimas, Espíritu Consolador; gracias a su presencia podemos decir con seguridad: “bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados” (Mt 5,5).
No dejes de decir ¡ven, Espíritu Santo! cuando las lágrimas parezcan invitarte a la tristeza y el abandono de toda esperanza. El Espíritu Consolador te acompaña siempre, aunque haya momentos en los que no lo sientas. Si te mantienes firme en la fe podrás comprobar que las lágrimas de la noche ya tenían en germen el gozo del amanecer.
* * *
MEDITACIÓN
No olvides ofrecer tu oración para bien de todos y de todo:
"Señor y Dios mío,
ofrezco esta oración
para mayor gloria tuya,
para bien de toda la humanidad
y beneficio de toda la creación.
Gloria a Ti por siempre,
Señor del universo. Amén".
1. Como siempre, descansa tu cuerpo colocándote en la postura adecuada para la quietud y descarga tu alma de pensamientos, emociones, deseos. Hazte presente a ti para estar con Él.
2. El Espíritu Santo es "gozo que enjuga las lágrimas". La meditación te ayuda a contemplarte débil, frágil, zarandeado por las tormentas que azotan la vida. En momentos de duda, dificultad o caída no temas llorar; las lágrimas desahogan tu torpeza y mendigan la compasión de Dios. Otras veces la meditación te da lágrimas gozosas, ríos de gratitud y amor desbordante; son las lágrimas de la pecadora que irrumpió en casa del fariseo que invitó a comer a Jesús; ella se acercó a Él "se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume" (Lc 7,38). Jesús reconoce el valor de esas lágrimas de amor: "sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho" (v. 47). Puedes hacer tu oración desde el testimonio de esta mujer. Deja que tus lágrimas de amor y agradecimiento unjan los pies de Jesús.
3. ¡VEN, ESPIRITU DIVINO, ... GOZO QUE ENJUGA LAS LÁGRIMAS! Deja que el bálsamo del Espíritu Santo limpie tus ojos y te conceda ver con claridad su presencia junto a ti. lado. ¡Ven, Espíritu divino! Descansa tu mirada sobre mis ojos ahogados por el dolor de haberte ofendido o desbordados por el gozo de vivirte. ¡Ven, gozo que enjuga las lágrimas! Al ritmo de mi respiración repito estas palabras y me dejo invadir por el viento del Espíritu que con cada inhalación acaricia mi rostro y me consuela y en cada exhalación enjuga mis lágrimas y. Si me distraigo vuelvo a la repetición y a la jaculatoria. ¡Ven, gozo que enjuga las lágrimas! Permanezco así, en silencio, 15 minutos.
4. Puedes terminar escuchando e interiorizando el canto: Ven, espíritu divino.
5. Haces tres inspiraciones profundas y sales suavemente del ejercicio.
6. No olvides pararte y tomar nota de lo vivido y de las mociones (deseos de cambiarte o cambiar algo) sentidas.
Enero, 2023
Casto Acedo


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