Seguimos con los comentarios a la Secuencia de Pentecostés. Hoy nos referimos a la invocación "¡Espíritu Divino, doma el espíritu indómito!". Sabemos de nuestra impotencia para controlar nuestra propia vida. A veces se nos escapa. El Espíritu Santo viene en nuestra ayuda.
¿Qué es un espíritu indómito? Así, de repente, podría referirse a algún demonio de esos que en los evangelios hacen retorcerse a quien está poseído y obliga a ser atado con cadenas (cf Mt 17,15-16; Mc 5,2-6; Lc 8,29). Pero no voy a hablar en este comentario del espíritu del mal o demonio, sino del espíritu humano que por ignorancia, desidia o maldad anda suelto por ahí reacio a sujetarse a las pautas de una vida inspirada por el Espíritu Santo.
También quiero aclarar que con el término “indómito” la secuencia en modo alguno se refiere a esa cualidad humana que hace de la persona un ser íntegro que no se pliega a la presión que sobre ella ejercen los convencionalismos, las formas o las leyes injustas. Espíritus indómitos en este sentido fueron los Apóstoles que se lanzaron a la calle el día de Pentecostés; Pablo y Bernabé, a quienes ni siquiera la cárcel pudo contenerles; los mártires y los tantos que dieron su vida por el Evangelio antes que ceder su libertad dejándose domesticar por los poderes del mundo.
Este tipo de espíritu indómito no necesita ser ajustado o domado por el de Dios, porque ya está con Él y en Él. ¿Acaso no fue Jesús un Espíritu indómito frente a los intentos de domesticación que le propone el demonio en las tentaciones del desierto? (cf Mc 1,12-13; Mt 4,1-11; Lc 4,1-13) En ese lugar el espíritu del mal quiso domeñar su espíritu para que le sirviera, pero no lo consiguió; Jesús, en cuanto hombre, poseía el único espíritu realmente indomable, libre, en perfecta armonía con el Espíritu Santo.
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Aclaradas las posibles lecturas equívocas digamos que quien ora clamando VEN, ESPIRTU SANTO, DOMA EL ESPIRITU INDÓMITO suplica a Dios verse libre de las pasiones que le pueden arrastrar hacia una vida dispersa y desaprovechada, rebelde a los planes de Dios, una vida especialmente sierva de la soberbia, madre de todas las servidumbres. El soberbio vive sometido a un ego muy potente.
Espíritus sensuales indómitos roban al alma el sosiego al mantenerla siempre en estado de tensión y nervios. Las pasiones, pensamientos o vicios capitales remueven al espíritu humano, lo descolocan, lo sacan de sí y no le dejan entrar en sí mismos para el encuentro con Dios.
Esas tendencias a vivir desde el egocentrismo es lo que hay que domar o dominar en nosotros. Con San Juan de la Cruz podríamos definir el término “domar” por otro más dulce: “sosegar”. Pedimos que el Espíritu Santo dé sosiego a nuestra alma agitada por las pasiones. “Porque el alma, después del primer pecado original, verdaderamente está como cautiva en este cuerpo mortal, sujeta a las pasiones y apetitos naturales” (1 S 15,1).
El espíritu indómito no nos deja vivir en paz, y se manifiesta de modo recurrente en la práctica de la meditación. Las mismas distracciones que en la vida diaria nos perturban suelen manifestarse en el momento de la oración, donde pensamientos e impulsos inquietantes acuden al alma robándole el sosiego y la paz. Por eso es importante pedir a Dios tanto al comienzo del día como al inicio de la oración que envíe al Espíritu Santo que dome, aquiete, serene, los malos espíritus y así poder permanecer en la presencia de Dios en todo momento.
Es una gracia y bendición que el alma pueda contar con la ayuda del Espíritu Santo para verse libre de “todas las imperfecciones espirituales y apetitos", y especialmente “por la mayor dificultad que hay en sosegar esta casa de la parte espiritual, y poder entrar en esta oscuridad interior, que es la desnudez espiritual de todas las cosas, así sensuales como espirituales, solo estribando en pura fe y subiendo por ella a Dios” (2 S 1,1).
El espíritu indómito queda sujeto (domado) cuando el alma se desnuda o vacía de todo deseo y entra en la oscuridad de la fe. Entonces nada hay ya que la desasosiegue, porque se ha despojado de todo lo que la pudiere inquietar; vacía de todo lo que no es Dios el Espíritu Divino ocupa todo su espacio llenándola de paz.
El espíritu indómito pone obstáculos al encuentro y la unión con Dios, y san Juan de la Cruz aconseja sosegar ese espíritu con atención y constancia en la oración:
“Aprenda el espiritual a estarse con advertencia amorosa en Dios, con sosiego de entendimiento, cuando no puede meditar, aunque le parezca que no hace nada. Porque así, poco a poco, y muy presto, se infundirá en su alma el divino sosiego y paz con admirables y subidas noticias de Dios, envueltas en divino amor. Y no se entremeta en formas, meditaciones e imaginaciones, o algún discurso, porque no desasosiegue al alma y la saque de su contento y paz, ... que es lo que Nuestro Señor nos pide por David (Sal. 45, 11), diciendo: Vacate, et videte quoniam ego sum Deus; como si dijera: Aprended a estaros vacíos de todas las cosas, es a saber, interior y exteriormente, y veréis cómo yo soy Dios”. (2 S 15,5)
Concluyendo digamos que domar el espíritu indómito no es otra cosa que vaciar el alma de inquietudes y “estarse en advertencia amorosa en Dios”, en pura contemplación. Sin duda es un don que Dios da a quien se ejercita en domar los pensamientos, la imaginación y los deseos que le sacan de sí, poniéndose en fe desnuda ante Él.
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Junio, 2023
Casto Acedo.
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