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viernes, 9 de junio de 2023

SP 19. Doma el Espíritu indómito

Seguimos con los comentarios a la Secuencia de Pentecostés. Hoy nos referimos a la invocación "¡Espíritu Divino, doma el espíritu indómito!". Sabemos de nuestra impotencia para controlar nuestra propia vida. A veces se nos escapa. El Espíritu Santo viene en nuestra ayuda. 


¿Qué es un espíritu indómito? Así, de repente, podría referirse a algún demonio de esos que en los evangelios hacen retorcerse a quien está poseído y obliga a ser atado con cadenas (cf Mt 17,15-16; Mc 5,2-6; Lc 8,29). Pero no  voy a hablar en este comentario  del espíritu del  mal o demonio, sino del espíritu humano que por ignorancia, desidia o maldad  anda suelto por ahí reacio a sujetarse a las pautas de una vida inspirada por el Espíritu Santo.

También quiero aclarar que con el término “indómito”  la secuencia en modo alguno se refiere a esa cualidad humana que hace de la persona un ser íntegro que no se pliega a la presión que sobre ella ejercen los convencionalismos, las formas o las leyes injustas. Espíritus indómitos en este sentido fueron los Apóstoles que se lanzaron a la calle el día de Pentecostés; Pablo y Bernabé, a quienes ni siquiera la cárcel pudo contenerles; los mártires y los tantos que dieron su vida por el Evangelio antes que ceder su libertad dejándose domesticar por los poderes del mundo.

Este tipo de espíritu indómito no necesita ser ajustado o domado por el de Dios, porque ya está con Él y en Él. ¿Acaso no fue Jesús un Espíritu indómito frente a los intentos de domesticación que le propone el demonio en las tentaciones del desierto? (cf Mc 1,12-13; Mt 4,1-11; Lc 4,1-13) En ese lugar el espíritu del mal quiso domeñar su espíritu para que le sirviera, pero no lo consiguió; Jesús, en cuanto hombre, poseía el único espíritu realmente indomable, libre, en perfecta armonía con el Espíritu Santo. 

* * *

Aclaradas las posibles lecturas equívocas digamos que quien ora clamando VEN, ESPIRTU SANTO, DOMA EL ESPIRITU INDÓMITO suplica a Dios verse libre de las pasiones que le pueden arrastrar hacia una vida dispersa y desaprovechada, rebelde a los planes de Dios, una vida especialmente sierva de la soberbia, madre de todas las servidumbres. El soberbio vive sometido a un  ego muy potente.

Espíritus sensuales indómitos roban al alma el sosiego al mantenerla siempre en estado de tensión y nervios. Las pasiones, pensamientos o vicios capitales remueven al espíritu humano, lo descolocan, lo sacan de sí y no le dejan entrar en sí mismos para el encuentro con Dios. 

Esas tendencias a vivir desde el egocentrismo es lo que hay que domar o dominar en nosotros. Con San Juan de la Cruz podríamos definir el término “domar” por otro más dulce: “sosegar”. Pedimos que el Espíritu Santo dé sosiego a nuestra alma agitada por las pasiones. “Porque el alma, después del primer pecado original, verdaderamente está como cautiva en este cuerpo mortal, sujeta a las pasiones y apetitos naturales” (1 S 15,1).

El espíritu indómito no nos deja vivir en paz, y se manifiesta de modo recurrente en la práctica de la meditación. Las mismas distracciones que en la vida diaria nos perturban suelen manifestarse en el momento de la oración,  donde  pensamientos e impulsos inquietantes acuden al alma robándole el sosiego y la paz. Por eso es importante pedir a Dios tanto al comienzo del día como al inicio de la oración que  envíe al Espíritu Santo que dome, aquiete, serene, los malos espíritus y así poder permanecer en la presencia de Dios en todo momento.

Es una gracia y bendición que el alma pueda contar con la ayuda del Espíritu Santo para verse libre de “todas las imperfecciones espirituales y apetitos", y especialmente “por la mayor dificultad que hay en sosegar esta casa de la parte espiritual, y poder entrar en esta oscuridad interior, que es la desnudez espiritual de todas las cosas, así sensuales como espirituales, solo estribando en pura fe y subiendo por ella a Dios” (2 S 1,1).

El espíritu indómito queda  sujeto (domado) cuando el alma se desnuda o vacía de todo deseo y entra en la oscuridad de la fe. Entonces nada hay ya que la desasosiegue, porque se ha despojado de todo lo que la pudiere inquietar; vacía de todo lo que no es Dios el Espíritu Divino ocupa todo su espacio llenándola de paz. 

El espíritu indómito pone obstáculos al encuentro y la unión con Dios, y san Juan de la Cruz aconseja sosegar ese espíritu con atención y constancia en la oración:

“Aprenda el espiritual a estarse con advertencia amorosa en Dios, con sosiego de entendimiento, cuando no puede meditar, aunque le parezca que no hace nada. Porque así, poco a poco, y muy presto, se infundirá en su alma el divino sosiego y paz con admirables y subidas noticias de Dios, envueltas en divino amor. Y no se entremeta en formas, meditaciones e imaginaciones, o algún discurso, porque no desasosiegue al alma y la saque de su contento y paz, ... que es lo que Nuestro Señor nos pide por David (Sal. 45, 11), diciendo: Vacate, et videte quoniam ego sum Deus; como si dijera: Aprended a estaros vacíos de todas las cosas, es a saber, interior y exteriormente, y veréis cómo yo soy Dios”. (2 S 15,5)

Concluyendo digamos que domar el espíritu indómito no es otra cosa que vaciar el alma de inquietudes y “estarse en advertencia amorosa en Dios”, en pura contemplación. Sin duda es un don que Dios da a quien se ejercita en domar los pensamientos, la imaginación y los deseos que le sacan de sí, poniéndose en fe desnuda ante Él.


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MEDITACIÓN 
Domar la lengua.

1. Comienza con un ofrecimiento:

"Ofrezco esta oración, Señor, 
para mayor gloria tuya, 
para el  bien de toda la humanidad 
y para beneficio de todos los seres. Amén. 

2. Como siempre iníciate al momento en la posición más adecuada para la quietud corporal. También al cuerpo hay que domarlo, y la quietud es un ejercicio que lo intenta; cuerpo y espíritu, exterior e interioridad van interconectados.  La tranquilidad de ánimo ayuda al sosiego físico, y el sosiego físico facilita la paz interior. Sosiégate, pues (puedes echar mano de la respiración, o el escaneo de tu cuerpo parándote donde más tensiones percibas y procurando soltarlas con tu atención en ellas).

3. Vacía tu alma (mente, corazón y voluntad), de toda ideación o sentimiento.

4. Vas a hacer tu meditación en clave  lectio divina, a partir de un texto de Santiago que se refiere al espíritu indómito de la lengua, que "nadie puede domarla", dice el texto.  Léelo completo; es largo. Fíjate en la palabra o frase corta  que más te impresione, y luego, atento a esa palabra escogida déjate acariciar, juzgar y corregir. Cuando tu alma repose en el texto reza: "Ven, Espíritu divino, doma mi indómita lengua". Dios puede hacer de tu lengua una bendición. 

"Si alguien no falta en el hablar, ese es un hombre perfecto, capaz de controlar también todo su cuerpo.  A los caballos les metemos el freno en la boca para que ellos nos obedezcan, y así dirigimos a todo el animal.  Fijaos también que los barcos, siendo tan grandes e impulsados por vientos tan recios, se dirigen con un timón pequeñísimo por donde el piloto quiere navegar. Lo mismo pasa con la lengua: es un órgano pequeño, pero alardea de grandezas. 
Mirad, una chispa insignificante puede incendiar todo un bosque. También la lengua es fuego, un mundo de iniquidad; entre nuestros miembros, la lengua es la que contamina a la persona entera y va quemando el curso de la existencia, pero ella es quemada, a su vez, por la gehenna. 
Toda clase de fieras y pájaros, de reptiles y bestias marinas pueden ser domadas y de hecho lo han sido por el hombre. En cambio, la lengua nadie puede domarla, es un mal inalcanzable cargado de veneno mortal.   Con ella bendecimos al Señor y Padre, con ella maldecimos a los hombres, creados a semejanza de Dios. De la misma boca sale bendición y maldición. 
Eso no puede ser así, hermanos míos. ¿Acaso da una fuente agua dulce y amarga por el mismo caño? ¿Es que puede una higuera, hermanos míos, dar aceitunas o una parra higos? Pues tampoco un manantial salobre puede dar agua dulce" (Sant 3,2-12).

6. Puedes terminar escuchando unos consejos acerca de la ventaja de domar la lengua. Los da Teresa Baró, Cómo saber callar. Al final pide al Espíritu Santo que dome y te dé el dominio de tu lengua. Sabes que sin Él la lengua es indomable.

7. Al terminar la oración toma nota de las mociones (sentimientos, anhelos, deseos profundos...) que hayas sentido en ella. Dios habla en la experiencia. 

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Junio, 2023

Casto Acedo.

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