Hace tiempo que no encontraba momento ni inspiración para seguir con mis comentarios a la Secuencia de Pentecostés. Abordo aquí el verso en el que se pide la Luz de Dios a fin de iluminar las oscuridades del alma.
¡Ven, Espíritu divino,
... ENTRA HASTA EL FONDO DEL ALMA,
DIVINA LUZ, Y ENRIQUÉCENOS!
Solemos vivir en la superficialidad, ocupados en distraernos cada día con algo, pasando la vida sin entrar a fondo en ella. Sólo cuando surge un contratiempo serio (enfermedad, decepción, pérdida, etc.) tocamos fondo y nos preguntamos sobre el sentido de la vida, el por qué y para qué de todo.
Al invocar al Espíritu Santo para que se adentre hasta el fondo de mi alma estoy pidiendo respuestas a preguntas que tarde o temprano afloran: ¿Quién o qué soy? ¿Porqué y para qué vivo? ¿Cuál es el destino último de mi vida? ¿Por qué el dolor y el sufrimiento? Rehúyo con frecuencia responder estas cuestiones, pero llegan momentos en los que se hace inevitable encontrar una respuesta so pena de caer en el vacío, el absurdo, el sinsentido o la depresión del ánimo.
Cuando la noche se apodera del alma y el pábilo vacilante de la fe amenaza con apagar la esperanza parece instintivo volverse a Dios. "¡Ven, Espíritu divino, entra hasta el fondo del alma!", sopla en sus rescoldos y aviva el fuego de tu amor en mi!
El Espíritu ya te ha escuchado y te ha respondido en la Palabra inspirada. En ella lo tiene ya todo dicho. Puedes acudir a ella para remover las cenizas de tu interioridad y ver su estado mortecino. “La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón. Nada se le oculta” (Hb 4,12-13). Cuando la Palabra de Dios alcanza los tuétanos de mi yo más profundo me permite verme a mí mismo tal como soy: una pobre persona cegada por la soberbia. ¿Quién me librará de esta oscuridad?
"Dios es la luz y el objeto del alma. Cuando ésta no la alumbra, a oscuras está, aunque la vista tenga muy subida. Cuando está en pecado o emplea el apetito en otras cosas, entonces está ciega" (San Juan de la Cruz, Ll 3,70). La antorcha de la Palabra inspirada es una herramienta privilegiada con la que el Espíritu accede a las profundidades del alma y pone en ella la claridad que anhela.
“Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 118,105). La luz del Espíritu que arde en la Palabra alumbra "las profundas cavernas del sentido". "Estas cavernas son las potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad; las cuales son tan profundas cuanto de grandes bienes son capaces, pues no se llenan con menos que infinito" (Ibid Ll 3,18). Dice el dominico J. Taulero que Dios no puede resistirse al vacío. Dios se ve atraído irresistiblemente por un alma libre de posesiones, orgullo y hostilidad. Purificadas, vacías o silenciadas las potencias, Dios ocupa todo el espacio del alma, quedando ésta llena del "Padre, Hijo y Espíritu Santo, que son luz y fuego de amor en ella" (Ibid Ll 3,80).
¿Hay mayor riqueza para un alma enamorada que hacerse luz con la Luz del Amado?
* * *
La poesía de san Juan de la Cruz describe de modo insuperable esta experiencia del amor que enciende e ilumina el hondón del alma hasta hacer de ella una sola cosa en Dios:
¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.
¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!
Que a vida eterna sabe
y toda deuda paga ;
matando, muerte en vida la has trocado.
¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con estraños primores
calor y luz dan junto a su querido!
!Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno
cuán delicadamente me enamoras.
Recitar este poema con el corazón puesto en Dios es toda una oración. Recitarlo pausadamente y meditarlo con detenimiento puede abrir las puertas de la contemplación.
MEDITACIÓN
No olvides comenzar ofreciendo tu oración para bien de todos y de todo:
"Señor y Dios mío,
ofrezco esta oración
para mayor gloria tuya,
para bien de toda la humanidad
y beneficio de toda la creación.
Gloria a Ti por siempre,
Señor del universo. Amén".
1. Como siempre, relaja tu cuerpo en la postura más adecuada para la quietud, y descarga tu alma de pensamientos, emociones, deseos. Hazte presente a ti para estar con Él.
2. Recita pausadamente el poema de san Juan de la Cruz "Oh llama de amor viva" y déjate cautivar. Ahí donde te sientas interpelado párate y repite; deja que tu imaginación y tu corazón vayan y vengan sobre lo que te ha conmovido.
3. Silénciate y contempla el contraste de tus oscuridades con esa Luz que se te regala. Permite que alcance la hondura de tu alma, ahí "donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos"... Deja que al Amor de Dios juzgue "los deseos e intenciones de tu corazón". Nada se le oculta. Déjate mirar por Dios. Abandónate a su mirada misericordiosa. Sus ojos son luz en los que puedes ver tus sombras y recuperar una visión nueva.
4. Sintiendo los ojos misericordiosos de Dios, plegándote a su amor sin medida, acalla tu mente (ideas, emociones, pulsiones) y haz silencio al ritmo de tu respiración apoyado en la frase: ¡ENTRA HASTA EL FONDO DE MI ALMA, DIVINA LUZ, Y ENRIQUÉCELA! (Permanece en oración al menos quince minutos)
4. Puedes terminar escuchando e interiorizando el canto de Amancio Prada, Oh llama de amor viva.
Febrero, 2023
Casto Acedo
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