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jueves, 29 de septiembre de 2022
SP.0 Secuencia de pentecostés
viernes, 2 de septiembre de 2022
Cruz y silencio
"Ahora, gracias a Cristo Jesús, los que un tiempo estabais lejos estáis cerca por la sangre de Cristo. Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos, para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo, haciendo las paces. Reconcilió con Dios a los dos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz" (Ef 2,13-15)
Hace poco, en una conversación privada, me hacían esta pregunta: ¿qué es lo que pretendéis con la práctica de la oración de silencio durante los años que lleváis?.
La pregunta trajo a mi memoria algo en lo que insistíamos mucho al principio de nuestro caminar como grupo: hacemos silencio sin perseguir ningún objetivo concreto. Es verdad que el silencio tiene unos beneficios colaterales, pero no los buscamos directamente. Simplemente hacemos un acto de "esperanza presente”, de confianza en el amor-misericordia de Dios.
Hoy la Palabra de Dios me ha salido al paso en la lectura del oficio divino, en concreto de los laudes de este viernes de la segunda semana el Tiempo Ordinario. Es el texto que abre este post. San Pablo, que escribe para los Efesios, una ciudad donde la reciente creada comunidad cristiana la forman tanto judíos como gentiles (griegos y otras culturas), pone de relieve cómo Cristo, con su amor, acerca a todos, sin distinciones culturales o de otro tipo.
A mi, la lectura me sugirió algo más personal; como si dijera: antes vivías disperso, alejado de ti mismo, ahora Cristo te ha unificado; antes llevabas una doble vida, por un lado tus trabajos y negocios fuera de ti, por otro tus pensamiento y sentimientos interiores; ahora, con Jesús, van desapareciendo las barreras.
¿Para qué sirve la oración del silencio? Sigo manteniendo que no sirve para nada concreto y objetivable, pero sí puedo decirme a mí mismo que me está beneficiando al darme cuenta de que mi vida, de modo casi imperceptible, se va unificando poco a poco.
Por vida unificada entiendo una vida cuya interioridad y exterioridad son coherentes; se da unidad entre el pensar, sentir, querer y hacer. Esta unidad no se trata de un proyecto que me he propuesto y que debo llevar a cabo en soledad. La unidad o unificación de todo es obra de Cristo, y no puedo negar la influencia que ejerce también la comunidad fraternal que me acompaña.
¿Cómo se va produciendo esa unificación? Por el silencio humilde. Me explico. Leí o escuché hace unos días, no recuerdo dónde, una enseñanza acerca de la humildad. Esta virtud era definida como la virtud del despojo, del “desmonte del personaje” que a lo largo de la vida me he ido forjando. ¿Qué es ser humilde? Ser yo mismo despojándome de todo lo que no soy. Cuando lo hago toco tierra (“humus”) y me encuentro y conozco a mi mismo.
Entonces veo que hacer silencio es despojarme de las piezas que han ido revistiendo mi personalidad hasta hacerla lejana, oculta a mi mirada, y encontrarme con mi "ser original". La tendencia a identificar mi vida con lo que hago, lo que siento, los títulos que tengo, las posesiones materiales, la familia a la que pertenezco, el círculo social o de amistad en que me muevo, etc. me aleja de lo que soy, me aleja de mi “personalidad de hijo de Dios”, hijo en el Hijo, otro Cristo.
Hay esperanza. Lo que san Pablo dice de la ley (normas exteriores, personaje exterior) y de la vida unificada lo aplico yo a mis ruidos y mi silencio: “Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos (vida volcada en exterioridades), para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo (vida interior unificada)”.
El silencio, ya sea el silencio puro como el que se apoya en la melopea de unas palabras repetitivas (oración jaculatoria, oración centrante) es como un cincel con el que Cristo abre el caparazón que me impide acceder a mi mismo, a mis hermanos y a Dios. Todo al mismo tiempo. Porque llegar al centro de mi ser es también descubrir y conocer a Dios y a mis hermanos; y no por confusión de los tres elementos (yo, hermano, Dios) sino por identificar mi riqueza personal como don recibido; entenderme a mí mismo como partícipe de la riqueza de Dios gozosamente compartida en la fraternidad. Cada hermano pasa a ser un regalo inmerecido, digno de ser amado y respetado en su identidad propia.
El texto de san Pablo me reafirma en que todo silencio sagrado confluye en el silencio de la Cruz. El misterio de la Cruz, amor de Dios revelado y contemplado en mi oración, es capaz, tal como he apuntado, de perforar el muro más grueso y fuerte que pueda imaginar para conocerme y sanarme a mí mismo.
“Por la sangre de Cristo” (por su vaciamiento de todo lo exterior, por su despojo, por su donación amorosa, por su silencio) los que estabais lejos (alejados, alienados, perdidos) ahora estáis cerca”, dice el texto.
* * *
Aquí está la grandeza de la oración cristiana: en Jesucristo, en su cruz, en su pascua, en el misterio de reconciliación y amor que es. Dice Jesús: “cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí“ (Jn 12,32). Si esto es así, ¿no merece la pena contemplar la Cruz como el epicentro de nuestro silencio? En la cruz soy atraído, no soy yo quien se acerca a ella, ella me acerca por la atracción de su gracia; al contemplarla soy atraído por el amor con que Dios me ama.
En la cruz confluyen, por un lado, mi ruido (ignorancia, pecado), que desaparece convirtiéndose en combustible que calienta e ilumina al mundo al entrar en contacto con la otra parte: el fuego divino que es el corazón de Jesús, “llama de amor viva”. Cuando en mi oración surgen distracciones a causa de mis pensamientos, mis preocupaciones o mi inexplicable ánimo inquieto, procuro no enfadarme, intento llevar todo eso al centro, arrimarlo al amor misericordioso de Jesús que me habita. Dejo todo en sus manos. Confío en que la llama divina puede quemar toda mi basura y transformarla en luz y amor.
El misterio de la oración cristiana es el misterio de la cruz. En ella, “reconcilió Dios a los dos (judíos y gentiles, yo lo aplico al hombre exterior y hombre interior, cuerpo-alma y espíritu) en un solo cuerpo mediante la cruz”. En la humildad de la Cruz tengo el paradigma de mi oración; hacer silencio, acallar mis inquietudes mundanas, permitiéndome entrar en el ámbito de amor del Crucificado.
Al lugar sagrado de la unión con Dios no llegaré proponiéndome objetivos, ¿cómo saber qué es lo que me espera si Dios es inaudito e incomprensible? Poner un objetivo a mi silencio es imponerle a Dios lo que ha de decirme, lo que ha de darme o hacia donde debe dirigirme. ¿No terminaré haciendo de esa oración un soliloquio interesado?
Creo que la oración pura es algo más simple y sencillo que ocupar mi boca en peticiones y alabanzas o llenar mi alma de buenos propósitos. Al orar o meditar lo que importa no es mi voz sino mi capacidad de escucha; para facilitarla hago silencio y me dejo arrastrar por la atracción de la Cruz de Cristo. Me fio de la Palabra: "los que en un tiempo estabais lejos ahora estáis cerca por la sangre de Cristo. Él es nuestra paz".
¡Feliz inicio de curso a todos!
Viernes, 2 de septiembre de 2022
Casto Acedo
domingo, 8 de mayo de 2022
Domingo del Buen Pastor
Para Santa Teresa, la “oración de recogimiento” no es sino la respuesta al silbo del Buen Pastor.
El alma que se inicia y dispone a la oración adentrándose en el castillo interior, dejando la vida superficial y torpe al adentrarse en la primera morada, volviendo su mirada a Cristo al corregir sus actitudes negativas en la segunda, y decidiéndose a seguirle en la tercera, es invitada por Cristo, Buen Pastor, con un silbo suave, a entrar en la cuarta morada, iniciando así una relación de intimidad con Él. Es el comienzo de la "oración de recogimiento" o contemplativa.
Desde este trasfondo merece la pena, hoy, domingo del Buen Pastor, leer cómo lo explica la Santa:
"Dicen que «el alma se entra dentro de sí» y otras veces que «sube sobre sí». Por este lenguaje no sabré yo aclarar nada, que esto tengo malo que por el que yo lo sé decir pienso que me habéis de entender, y quizá será sola para mí. Hagamos cuenta que estos sentidos y potencias (que ya he dicho que son la gente de este castillo, que es lo que he tomado para saber decir algo), que se han ido fuera y andan con gente extraña, enemiga del bien de este castillo, días y años; y que ya se han ido, viendo su perdición, acercando a él, aunque no acaban de estar dentro -porque esta costumbre es recia cosa-, sino no son ya traidores y andan alrededor. Visto ya el gran Rey, que está en la morada de este castillo, su buena voluntad, por su gran misericordia, quiérelos tornar a él y, como buen pastor, con un silbo tan suave, que aun casi ellos mismos no le entienden, hace que conozcan su voz y que no anden tan perdidos, sino que se tornen a su morada. Y tiene tanta fuerza este silbo del pastor, que desamparan las cosas exteriores en que estaban enajenados y métense en el castillo" (4 M 3,2)
Hoy es fácil orar: silencio, oído atento al silbo del Pastor (puedes leer el evangelio de hoy), recogimiento en el redil del alma y dejarse apacentar por su Presencia.
Y no olvides orar por las vocaciones a la vida religiosa en la vida consagrada y el ministerio pastoral en las parroquias. Las respuestas a estas llamadas que piden dedicación total a la oración o a la evangelización son un termómetro de la verdad y seriedad de la reforma espiritual y oracional que tanto se enfatiza en círculos devotos.
¡Felíz día del Buen Pastor!
Casto Acedo
domingo, 1 de mayo de 2022
En el Nombre de Jesús
“Aquella noche no cogieron nada”. ¡Cómo me recuerda esta Palabra a la noche de la fe en mi vida espiritual! Días y días -noches y noches- echando las redes, chupando banquito, silla o cojín sin experimentar el mínimo progreso. El desánimo aparece entonces. La tentación del abandono.
Y vienes tú, Señor, y me dices: «Echa de nuevo la red y encontrarás». Y me resisto: pero… ¡si llevo toda la noche intentándolo y no he conseguido nada!. Y tú insistes, y yo cedo a tu Palabra: “En tu Nombre echaré las redes”. En tu Nombre, no en el mío.
Y mi oración se vuelve a tu Nombre, te pongo en el centro. Tu Nombre, a Ti, que en tu gran misericordia vienes a mi “cuando está amaneciendo” y la noche se va diluyendo con la aurora. Y ahora sí, la abundancia de tu Nombre amanece sobre mí. Siento tu presencia y la gracia de sentir mi corazón latiendo al ritmo del tuyo.
En Tu Nombre, Señor. “El que invoque el Nombre del Señor se salvará” (Rm 10,13). Es el poder de tu nombre -“Señor Jesús, Hijo de Dios”- el que obra el milagro de la pesca abundante.
Me adentraré hoy en mi oración invocando tu Nombre bendito. Dejaré que sea Él quien marque el ritmo. Y cuando mi nombre ególatra se interponga ante el Tuyo, volveré insistentemente a poner Tu Nombre en mis labios. Y aprenderé que no hay mejor oración que la que tú haces en mí, ni mayor gloria que vivir “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Amén.
Felíz Domingo. Feliz día trabajadores con san José Obrero. Y feliz día de la madre a las que habéis sido bendecidas con el don de la maternidad; María, madre nuestra, entre ellas.
sábado, 16 de abril de 2022
¡Felíz Pascua!, SJC
Que la Pascua de Resurrección sea para nuestro grupo de oración SJC y para todo orante una fuente de inspiración meditativa.
jueves, 7 de abril de 2022
Placer corporal, placer mental y gozo espiritual.
"No busques descanso en ningún placer, porque no fuiste creado para el placer sino para el gozo. Y si no conoces la diferencia entre el placer y el gozo aún no has comenzado a vivir” (¿Th. Merton?)
jueves, 31 de marzo de 2022
Ejercicios para vivir siendo consciente.
Ejercicios para vivir siendo consciente
L os siguientes ejercicios y métodos de meditación, que he utilizado con frecuencia -dice Thich Nhat Hanh-, los he adaptado de diversos métodos para que se acomodaran a mis propias circunstancias y preferencias. Elige los que más te gusten y descubre los que sean más adecuados para ti. El valor de cada método varía, según cuáles sean las necesidades únicas de cada persona. Aunque estos ejercicios son relativamente fáciles, constituyen la base en la que todo lo demás se fundamenta.
Al despertar por la mañana esboza una ligera sonrisa
Cuelga del techo, o en la pared, una rama o cualquiera otra señal, que incluso puede ser la palabra «sonríe», para que la veas en cuanto abras los ojos. Esta señal te servirá de recordatorio. Utiliza esos segundos que pasas en la cama antes de levantarte para ser consciente de tu respiración. Inhala y exhala tres veces con suavidad mientras mantienes una ligera sonrisa. Sigue tu respiración.
Sonríe ligeramente en los momentos libres
Estés donde estés, tanto si estás sentado como de pie, sonríe ligeramente. Contempla a un niño, una hoja, un cuadro en la pared, cualquier cosa que sea tranquila y sonríe. Inspira y espira con suavidad tres veces. Mantén una ligera sonrisa y considera el objeto de tu atención como tu verdadera naturaleza.
Sonríe ligeramente mientras escuchas música
Escucha una pieza musical durante dos o tres minutos. Fíjate en las palabras, la música, el ritmo y los sentimientos que transmite. Sonríe mientras observas cómo inspiras y espiras.
Sonríe ligeramente cuando estés irritado
Cuando adviertas que estás irritado, sonríe un poco enseguida. Inspira y espira en silencio, sonriendo ligeramente durante tres respiraciones.
Relájate mientras estás tendido
Tiéndete boca arriba sobre una superficie plana sin un colchón ni una almohada. Mantén los brazos relajados a los lados del cuerpo y las piernas un poco separadas, estiradas ante ti. Mantén una ligera sonrisa. Inspira y espira con suavidad, concentrándote en la respiración. Relaja cada músculo del cuerpo. Deja que se relajen como si se hundieran en el suelo o como si fueran tan suaves y flexibles como una pieza de seda tendida para secarse ondeando con la brisa. Suéltate por completo, concéntrate sólo en la respiración y en la ligera sonrisa que esbozas. Imagina que eres un gato totalmente relajado junto al calor de un agradable fuego y que sus músculos no se tensan cuando alguien intenta acariciarlo. Sigue así durante 15 respiraciones.
Relájate mientras estás sentado
Siéntate en la postura del loto o del medio loto, o con las piernas cruzadas, o arrodillado sobre los talones, o incluso en una silla, con los pies planos en el suelo. Sonríe ligeramente. Inspira y espira mientras mantienes una ligera sonrisa. Relájate.
Respira profundamente
Tiéndete boca arriba. Respira con regularidad y suavidad, concentrándote en los movimientos del estómago. Al inspirar, deja que el estómago suba para llenar la mitad inferior de los pulmones. Mientras la mitad superior de los pulmones se llenan de aire, el pecho empezará a subir y el estómago, a bajar. No te canses. Sigue así durante 10 respiraciones. La exhalación ha de ser más larga que la inhalación.
Mide la respiración a través de tus pasos
Camina lentamente y sin prisas por un jardín, la orilla de un río o el camino de un pueblo. Respira con normalidad. Mide la duración de tu respiración, de la exhalación y la inhalación, contando tus pasos. Sigue haciéndolo durante varios minutos. Alarga ahora la exhalación un paso más. No intentes alargar la inhalación. Deja que sea natural. Obsérvala atentamente para ver si deseas prolongarla. Sigue así durante 10 respiraciones.
Alarga ahora la exhalación un paso más. Observa si la inhalación también se prolonga o no un paso. Alarga sólo la inhalación cuando sientas que te resulta agradable hacerlo. Después de 20 respiraciones, vuelve a respirar con normalidad. Al cabo de 5 minutos, practica de nuevo el alargar la respiración. Cuando sientas el más mínimo cansancio, vuelve a respirar normalmente. Después de haber hecho varias sesiones prolongando la respiración, tu exhalación durará lo mismo que la inhalación. Haz que duren lo mismo durante 10 o 20 respiraciones como máximo y luego respira con normalidad.
Cuenta la respiración
Siéntate en la postura del loto o la del medio loto, o sal a pasear. Cuando inspires, sé consciente de: «Estoy inspirando, uno». Al espirar, sé consciente de: «Estoy espirando, uno». Acuérdate de respirar desde el estómago. Al empezar la segunda inspiración, sé consciente de: «Estoy inspirando, dos». Y al espirar lentamente, sé consciente de: «Estoy espirando, dos». Hazlo durante 10 respiraciones. Al llegar a 10, vuelve al 1. Siempre que pierdas la cuenta, vuelve al 1.
Sigue la respiración mientras escuchas música
Escucha una pieza musical. Respira de forma lenta, relajada y regular. Sigue la respiración, obsérvala mientras eres consciente del movimiento de la música y de los sentimientos que te produce. Pero no dejes que te distraiga, sigue observando la respiración y observándote a ti.
Sigue la respiración mientras conversas
Respira de forma lenta, relajada y regular. Sigue la respiración mientras escuchas las palabras de un amigo y las respuestas que le das. Sigue concentrándote en la respiración, al igual que has hecho con la música, sin dejar que la conversación te distraiga.
Sigue la respiración
Siéntate en la postura del loto o la del medio loto, o sal a pasear. Inhala con suavidad y normalidad (desde el estómago) sabiendo que: «Estoy inhalando con normalidad». Exhala el aire sabiendo que: «Estoy exhalando con normalidad». Sigue así durante tres respiraciones. En la cuarta, prolonga la inhalación, sabiendo que: «Estoy alargando la inhalación». Exhala el aire sabiendo que: «Estoy alargando la exhalación». Sigue así durante tres respiraciones.
Sigue ahora la respiración atentamente, siendo consciente de cada movimiento del estómago y los pulmones. Sigue la entrada y la salida del aire. Sé consciente de: «Estoy inspirando y siguiendo la inspiración desde el principio hasta el final. Estoy espirando y siguiendo la espiración desde el principio hasta el final».
Sigue así durante 20 respiraciones. Vuelve ahora a respirar con normalidad. Al cabo de 5 minutos repite el ejercicio. Acuérdate de sonreír ligeramente mientras respiras. En cuanto hayas aprendido este ejercicio puedes hacer el siguiente.
Respira para aquietar la mente y el cuerpo, y sentir paz y gozo
Siéntate en la postura del loto o del medio loto. Sonríe ligeramente. Sigue la respiración. Cuando la mente y el cuerpo se hayan aquietado, sigue inhalando y exhalando con mucha suavidad, sabiendo que: «Estoy inhalando y haciendo que la inspiración y el cuerpo sean ligeros y tranquilos. Estoy exhalando y haciendo que la espiración y el cuerpo sean ligeros y tranquilos». Sigue así durante tres respiraciones, sabiendo que: «Estoy inhalando y haciendo que todo mi cuerpo se sienta ligero, en paz y feliz». Sigue así durante tres respiraciones, sabiendo que: «Estoy inhalando mientras el cuerpo y la mente sienten paz y gozo. Estoy exhalando mientras el cuerpo y la mente sienten paz y gozo».
Mantén este pensamiento de 5 a 30 minutos, o durante una hora, siendo consciente de él, depende de tu capacidad y del tiempo que tengas. El inicio y el final de la práctica deben ser relajados y suaves. Cuando desees detenerte, date un masaje con suavidad en los ojos y en el rostro con las dos manos y luego en los músculos de las piernas antes de volver a sentarte en una postura normal. Espera un poco antes de levantarte.
Sé consciente mientras preparas una taza de té
Prepara una taza de té para ofrecérsela a un invitado o para tomártela. Haz cada movimiento lentamente, sabiendo que lo estás realizando. No dejes de ser consciente ni pierdas un solo detalle de tus movimientos. Sé consciente de cuando tu mano levanta la tetera por el asa, de cuando viertes el fragante y humeante té en la taza. Sigue cada paso sabiendo que lo estás dando. Respira con más suavidad y profundidad que de lo habitual. Si tu mente se distrae, sigue la respiración.
Cuando lavas los platos
Lava los platos relajado, como si cada bol fuera un objeto de contemplación. Considera cada bol como sagrado. Sigue la respiración para evitar que tu mente se distraiga. No intentes apresurarte para sacarte la tarea de encima. Considera que el lavar los platos es lo más importante en la vida en esos momentos. Lavar los platos es meditar. Si no puedes lavarlos siendo consciente de ello, tampoco podrás meditar mientras estás sentado en silencio.
Cuando lavas la ropa
No laves demasiada ropa de golpe. Elige sólo tres o cuatro piezas. Busca la postura más cómoda para hacerlo sentado o de pie, así no te dolerá la espalda. Frota la ropa de manera relajada. Fíjate en cada movimiento de las manos y los brazos. Presta atención al jabón y al agua. Cuando hayas acabado de frotarla y enjuagarla, tu cuerpo y tu mente han de sentirse tan limpios y frescos como la ropa. Acuérdate de mantener una ligera sonrisa y de seguir la respiración siempre que tu mente se distraiga.
Cuando limpias la casa
Divide las tareas domésticas en etapas: ordenar las cosas y guardar los libros, limpiar el váter y el cuarto de baño, barrer el suelo y sacar el polvo. Dedica una buena cantidad de tiempo a cada tarea. Muévete lentamente, tres veces más lento que de lo habitual. Concéntrate en cada tarea. Por ejemplo, mientras guardas un libro en la estantería, obsérvalo, sé consciente del libro que se trata y de estar guardándolo en ella, sabiendo que lo estás dejando ahí. Sé consciente de que tu mano se dirige a él y lo agarra. Evita los movimientos bruscos o violentos. Sigue la respiración, sobre todo cuando tu mente se distraiga.
El baño a cámara lenta
Dedica de 30 a 45 minutos a tomar un baño. No te apresures ni siquiera un segundo. Desde el momento en que viertes el agua en la bañera hasta que te pones la ropa limpia, deja que cada uno de tus movimientos sea suave y pausado. Fíjate en ellos. Concéntrate en cada parte del cuerpo, sin discriminación alguna ni miedo. Sé consciente del agua deslizándose por la piel. Cuando hayas terminado, tu mente ha de sentirse tan serena y ligera como el cuerpo. Sigue la respiración. Piensa que eres una flor de loto limpia y fragante flotando en una laguna en el verano.
Un día de plena conciencia
Resérvate un día a la semana, el que te vaya mejor en tu situación. Olvídate del trabajo que realizas los otros días. No organices en él ninguna reunión ni invites a ningún amigo a tu casa. Haz sólo tareas sencillas, como limpiar la casa, cocinar, lavar la ropa y sacar el polvo.
En cuanto tu hogar esté ordenado y limpio, y todo esté en su sitio, date un baño a cámara lenta. Prepárate luego una taza de té. Puedes leer las escrituras o escribir cartas a los amigos íntimos. Sal a continuación a pasear para practicar la respiración. Mientras lees las escrituras o escribes las cartas, sé consciente, no dejes que el texto o las cartas te distraigan. Mientras lees los textos sagrados, sé consciente de estar leyéndolos; mientras escribes la carta, sé consciente de estarla escribiendo. Sigue el mismo proceso al escuchar música o conversar con un amigo. Por la noche, prepárate una cena ligera, come quizá sólo una pequeña fruta o tómate un zumo de frutas. Medita sentado durante una hora antes de acostarte. Durante el día sal a pasear dos veces por un espacio de 30 o 45 minutos. En lugar de leer antes de dormir, practica una relajación completa de 5 a 10 minutos. Sigue la respiración. Respira suavemente (la respiración no debe ser demasiado larga), sintiendo cómo el estómago y el pecho suben y bajan, con los ojos cerrados. Cada movimiento que hagas en este día ha de ser al menos el doble de lento que de lo habitual.
* * *
Es una selección; espero que os sirva alguno para aterrizar en la vida saliendo de la mente .
C.A.
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