Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de resurrección forman un todo . La vida se conjuga con los verbos “morir y resucitar”, “morir para resucitar”.
Si la muerte es un “Misterio de oscuridad” (un sinsentido, un fracaso), iluminada por la resurrección es sólo un “paso”, un requisito para la Vida en Plenitud.
La resurrección es un “Misterio de Luz” que solo tiene sentido “saliendo de la muerte”. Sin muerte no hay resurrección. Esta es una lección fundamental de la Pascua de Jesús. Para resucitar a la vida nueva has de morir primero a la vieja.
Jesús, Dios hecho hombre, nos da un ejemplo de vida. Él no necesitaba encarnarse, no necesitaba morir, y, por tanto, no necesitaba de la resurrección para afirmar su ser divino. Si Jesús pasa por la muerte es por amor a la humanidad. Este es el misterio de Dios oculto en la aparente oscuridad de la cruz: misterio de amor puro. La cruz de Jesús está preñada de un amor bautismal y eucarístico desbordante, una compasión divina que brota en sangre y agua de su costado y es capaz de purificar lo más inmundo.
Adán, tentado por el demonio con la proposición del “si coméis del árbol seréis como dioses”, cayó en desobediencia y por ella en la desgracia de la esclavitud; ahora, el nuevo Adán, Cristo, por su “obediencia hasta la muerte, y una muerte en el árbol de la cruz”, como cabeza de la humanidad obtiene para ella la libertad por el don de la divinización. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! La resurrección nos abre el camino de vuelta a nuestra naturaleza original, a la naturaleza de Adán, que a partir de ahora es coronada con la participación en la naturaleza divina de Cristo.
Conviene hoy hacer una oración agradecida, rebosante de gozo porque Cristo ha resucitado y nos ha hecho partícipes de su Vida Eterna; porque estábamos muertos al pecado y hemos revivido, habitábamos la oscuridad y ahora vemos la luz, estábamos sumidos en el fracaso y ahora vislumbramos la esperanza que habita el presente. Cristo, con las armas de su potente amor actuado en la Cruz, ha derribado las puertas del Hades y, tomándonos de la mano, nos saca de las tinieblas y nos lleva al "reino de su luz admirable" (contempla el icono que acompaña este texto)
Meditar la Pascua es dejarte envolver por la luz radiante de la Gracia de Dios, por su amor compasivo. El Viernes Santo Cristo aspiró en la cruz toda tu oscuridad, tus errores, tus pecados; hoy, con su Resurrección, la noche se ha hecho clara como el día, el pecado se ha trocado en gracia. ¿No has sentido nunca en tu oración cómo se ilumina la oscuridad en la que entraste? Ahí, sin despojarte de tu naturaleza humana, la naturaleza divina ilumina y perfecciona tu ser abriéndote al conocimiento de lo que eres: Hijo, hija, de Dios. En la medida en que adquieres conciencia de la presencia de Dios en lo más intimo de ti y te abres paso hacia ella te estás dejando alcanzar por la Resurrección de Cristo.
Que la Pascua de Resurrección sea para nuestro grupo de oración SJC y para todo orante una fuente de inspiración meditativa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario