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domingo, 2 de abril de 2023

Orar en Semana Santa

Unas sugerencias para vivir la Semana Santa
en clave contemplativa.

¿Y si hacemos de la Semana Santa una peregrinación interior? Las numerosas procesiones que tienen lugar estos días no deberían ser actos para sacarnos de nosotros mismos llevándonos por las calles en busca de la mejor fotografía, sino liturgias que sirvan para entrar en Semana Santa, o, dicho de otro modo, que ayuden a que la semana Santa entre en nosotros. ¿Por qué no probamos que sea así? Vamos a intentarlo.

El DOMINGO DE RAMOS 

procura comenzar mirando hacia dentro. Evita ser uno de los muchos turistas que transitan estos días por las calles con espíritu despistado mirando todo con curiosidad indiferente. Fotografían las calles, los pasos de Semana Santa, las gentes, las anécdotas llamativas, pero sin entrar en ello ni permitir que lo que ve entre en él. No hagas turismo espiritual, por muy de moda que esté. Su interés no es espiritual sino material. 

Tú, más que evadirte de tu cansancio vital viendo cómo pasan ante ti imágenes de cristos o dolorosas sufrientes, deja que el olor del Jesús real que se respira en el Evangelio empape tu alma y la llene de alegría. Abre tus sentidos espirituales al olor, el sabor, la visión y la experiencia de Cristo. 

Tu alma es Jerusalén, el lugar donde este domingo Jesús entra, predica, celebra, sufre y triunfa. No quiere avasallarte, por eso no viene a ti subido a lomos de un caballo sino en un humilde borrico, para que comprendas que lo suyo es ponerse a tu nivel, no viene a que le rindas pleitesía sino a compartir contigo la vida, de igual a igual. Acógelo como a un amigo y a un maestro.

No tomes en tu mano un ramo de olivo para aclamarle si no estás dispuesto a abrirle de par en par la puerta de tu corazón y dejarle entrar: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! El Señor viene a ti, no le cierres la puerta. Recíbelo. Deja que procesiones por tus moradas interiores.


El LUNES MARTES, MIERCOLES SANTOS 

escucha al mismo Jesús predicando en tu templo interior. Contémplalo en la madurez de su misión. Observa cómo desgrana la sabiduría de las bienaventuranzas y de todo el sermón del monte; toma nota de cómo se compadece de los que sufren y no se resiste a hacer  milagros que remedien sus dolores; y observa también cómo se produce el encuentro con los que andan perdidos; incluso sin ellos esperarlo fueron encontrados por Él: Pedro, Zaqueo, María Magdalena, Nicodemo, el centurión que tenía un criado enfermo, la mujer adúltera, tú, ...

Fueron muchos los que quedaron impactados por su personalidad dulce y firme a la vez. Si te sientes su amigo rememora en estos días los mejores momentos pasados con Él y afiánzate en la sabiduría que has adquirido investigando y practicando lo escrito en los evangelios. 


El JUEVES SANTO 

dedícalo a contemplar la inmensa misericordia que te revela Dios en la persona del Hijo. En la Última Cena Jesús se da a conocer a los suyos, pone sobre la mesa el alimento de la fraternidad universal, revela el misterio de su amor incondicional a la humanidad, da a conocer su amor a todos y su amor a ti. Lo hace con un gesto para el recuerdo y la actualización: toma primero pan y luego vino y dice: “esto es mi cuerpo, y esta es mi sangre, que se dan como comida y bebida; soy yo que me doy a vosotros en un gesto de amor que espero que comprendáis”. 

Lo entenderás mejor si miras como el Señor lava los pies a sus siervos, se inclina y te dice: “sé que eres débil, que tienes momentos de dudas, que a veces das pasos hacia atrás, pero eso te lo perdono, porque he venido no para los perfectos sino para los pecadores”. Si te impresiona este gesto de amor estás dejándole entrar muy dentro de ti; has comprendido que tienes mucho que aprender y recibir de Jesús. ¡Haced esto en memoria mía! Quien se deja tocar por Él, quien se prenda de su persona, se hace discípulo. Si decides hacer lo que Él, repetir en tu vida su memoria, dejarás de ser sólo un bautizado para pasar a otro nivel: el de discípulo, seguidor de sus enseñanzas.


El VIERNES SANTO, 

si has dejado a Jesús entrar en ti y  has hecho un voto de fidelidad a su persona, medita cómo el ser discípulo de Jesús te crea problemas. Y no me refiero sólo a los conflictos con tu entorno (familia, amigos, autoridades, sistema social consumista...) sino contigo mismo. Seguir a Jesús conlleva unas dosis de contradicción interior. Porque la lucha entre las tinieblas y la luz no se da sólo entre Jesús y las autoridades políticas y religiosas de Israel, se da también en el interior de cada persona que se encuentra con Él. No admite componendas y te va a obligar a tomar decisiones nada fáciles para quien está acostumbrado al ritmo de nuestro mundo paganizado.

La noche forma parte de tu proceso espiritual. No olvides que el mayor enemigo de tu crecimiento no son los obstáculos exteriores, sino tú mismo. Dentro de ti se da una confrontación,  un choque entre optar por una vida de perdón total como el de Jesús o bien por la mediocridad de un “nadar y guardar la ropa”, un cristianismo de etiqueta pero sin cambio personal. 

Deberías sentir y obrar de tal manera que mostraras al mundo el mismo porte que Jesús llevando la cruz, para que los que te vean “morir” (me refiero a dar muerte a tu personaje narcisista y prepotente) digan,  como el centurión al ver la paciencia (paz) con que murió Jesús: “Verdaderamente, este era Hijo de Dios”.


El SÁBADO SANTO 

contempla la tumba de Jesús, su “anonadamiento”, su reducción al silencio. 

Mira como desciende a los infiernos, a las zonas más oscuras de tu alma. Déjalo bajar y desciende con Él hasta ahí, a ese lugar que temes, a tus infiernos interiores, tus cobardías, tus miedos, a tus falsedades malamente disimuladas, a la podredumbre de tu tibieza, a tus rencores ocultos; deja que baje a las sombras de tu alma, y ¡qué gran honor!, mira como te tiende su mano para sacarte de ese lugar tan frío e inhóspito para llevarte a su gloria. 

Escúchale: “Por ti he vivido, por ti he pasado multitud de penalidades, he muerto por ti. ¿vas a rechazar la mano que te tiendo?”. Permite que tu alma, acostumbrada a la oscuridad, se acostumbre poco a poco a la luz que Él es. ¡Ven afuera!, te dice, ven a caminar por el nuevo paraíso que he creado para ti; ¡pasa al banquete de amor de tu Señor!


El DOMINGO DE RESURRECCIÓN 

se disipan las sombras para quien crucificó su carne con Jesús renunciando a todo lo perecedero e impermanente y no se ha resistido a salir de su infierno de pecado. En este día, si has seguido sus pasos, si te has dejado arrastrar a una muerte y una entrega de amor  como la suya, te has ganado el poder aspirar a una resurrección como la suya. Si confías en el poder de su misericordia y te abandonas a ella verás que es posible vivir andando sobre las aguas del mar, sobre los miedos, los problemas, las provocaciones del maligno; lo podrás todo en Él, por Él  y con Él. 

Para quien se adentra en el camino de la conversión sincera, la que toca al corazón, el grito ¡Cristo ha resucitado! no es un eslogan recurrente para una puntual campaña pastoral y misionera, es mucho más: una corriente de vida que fluye por sus venas, un gozo indescriptible, una certeza que disipa todas las dudas. 

Si te sumerges de lleno en el misterio de Cristo haciéndolo tuyo se completa en ti la Pascua; das muerte a tu vieja forma de vida y vives el nacimiento a una vida nueva. 

* * *

No dejes que estos días pasen sin que Cristo pase por ti.

¡Provechosa y Feliz  Semana Santa!

Abril 2023
Casto Acedo

martes, 14 de marzo de 2023

SP.15 "Mira el poder del pecado...-!


¡Ven, Espíritu divino,
...MIRA EL PODER DEL PECADO
CUAN DO NO ENVÍAS TU ALIENTO!"

Trae a  tu memoria a personas a quienes no eres capaz de amar, que te generan aversión o les guardas rencor; personas a las que temes o envidias, y que desprecias en tu corazón.  O piensa en algún acontecimiento reciente que te ha molestado y descolocado especialmente. Eso que te pasó y que te enfadó contigo mismo porque no supiste estar a la latura o/y con otras personas.

¿No te has dado cuenta de que cuando entras en oración e intentas acallarte interiormente lo primero que haces es apartar a un lado las situaciones o personas que te incomodan? Al hacerlo muestras que tu oración no es muy decente. Cuando no encaras el todo de tu vida en la oración haces que ésta sea, más que una medicina terapéutica para tus heridas, un narcótico que oculta o suaviza tu sufrimiento. Así no sólo no sanas sino que empeoras. ¿No te has preguntado nunca por qué no eres feliz a pesar de tus muchos rezos? Indaga y busca el fondo de donde te viene tanta infelicidad. 

“Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6,12), dices en el Padrenuestro. Es una forma de poner en valor el hecho de que mientras no se active en ti un auténtico espíritu de compasión no hallarás paz en tu corazón. “Porque si no perdonáis, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas" (6,15). No puedes hallar paz ni ser feliz mientras tu corazón guarde rencor, ya sea hacia ti mismo, hacia las situaciones que vives, hacia tu prójimo o hacia Dios.  Paz y guerra no pueden habitar juntas el alma.

* * *

Pero ¿por qué cuesta tanto amar a los enemigos? Quieres perdonar pero no puedes. Quieres cultivar la bondad y crece en ti la maldad, quieres vivir en la virtud, pero lo que te sale es el vicio. Esto es un signo del poder del pecado. Y en la oración de la secuencia, consciente de ese poder, pides al Espíritu Santo que se fije en ese poder que te esclaviza.

“MIRA EL PODER DEL PECADO CUANDO NO ENVÍAS TU AL IENTO! Estas palabras son en sí mismas un gesto de humildad, de reconocimiento de la propia debilidad. Quieres y no puedes amar, perdonar, acoger. Necesitas de Dios. Te das cuenta de que es verdad lo que Jesús dice: “sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5), pero si tienes fe, si confías en mi poder “le dirías a aquel monte: ´trasládate desde ahí hasta aquí´, y se trasladaría. Nada te sería imposible” (Mt 17,20).

No dejes de pedir a Dios su poder; pero por su orden: primero haz un buen examen de tu vida; luego pon ante Él tu pecado y dile “mira hacia donde me ha llevado mi ira,  mi envidia, mi pereza, mi avaricia, etc.; busqué la vida por caminos equivocados que sólo me han conducido a la muerte; y ahora me encuentro exhausto, agotado, asfixiado, ¡oh, Señor, envía tu Espíritu, sé tú el aliento de mi alma!”  

No eres tú quien con tus solas fuerzas lograrás verte libre de pecado. ¿Quién, entonces, te librará de este cuerpo de muerte? (Rm 7,24). El Espíritu acude en ayuda de tu debilidad (Rm 8,25). El Espíritu vendrá a ti e iniciará en tu corazón un movimiento de amor capaz vencer al maligno; porque al odio sólo se le vence al amor. “Así como el agua mata al fuego -dice san Juan de Dios- así el amor de caridad al pecado”. Quien se confía al amor del Espíritu Santo “no quedará derrotado cuando litigue con su adversario en la plaza (Sal 126,5b)

Sin tí no puedo hacer nada, Señor. Contigo todo lo puedo. ¡Ven, Espíritu Santo!.

* * *



MEDITACIÓN 

1. Comienza sentándote en la postura adecuada, relaja tu cuerpo, tu mente, tu ánimo y tu voluntad, dando largas a todo lo que te pone nervioso. Nada de lo que te inquieta es de Dios; déjalo ir.

2. Haz tuya la oración de ofrecimiento de tu meditación: "Señor y Dios mío, 
 ofrezco esta oración 
para mayor gloria tuya, 
para bien de toda la humanidad 
y beneficio de toda la creación. 

Gloria a Ti por siempre, 
Señor del universo. Amén".
1. Trae a tu memoria alguna persona que te incomode, te resulte molesta o que crees que te odia. O recuerda alguna situación desagradable que quieres olvidar y te cuesta. ... Observa cómo en tu relación con esa persona o acontecimiento es el pecado el que ha tomado las riendas. Tus pensamiento suelen arrojar más leña al fuego, más basura a lo que sientes de esa persona o piensas de ese acontecimiento. ... No te dejes llevar por tus sentimientos,  no arrojes lejos e ti ni a las personas ni a los hechos que te obsesionan.

2. Céntrate en una persona o hecho. No rehúyas la mirada directa. Dejando a un lado lo ocurrido entre vosotros, intenta enviar un rayo de amor a la persona que rechazas; o a ti mismo en la situación que no aceptas. ... Vas a decir al Espíritu. "Mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento!" .

3. Oye ahora la voz de Jesús: "Sin mí no puedes hacer nada ... Conmigo lo puedes todo" ... Luego, repite con san pablo : "Todo lo puedo en aquel que me conforta" (Flp 4,13) ... Con el Espíritu, con Dios, "mira", contempla la fuerza del pecado... cómo te lleva a donde no quieres ir; y cómo con Dios vuelves a tu centro, y vas aceptando la situación que te preocupa o relajando la tensión que te genera la persona a la que odias. Todo fluye adecuadamente cuando dejas pasar por ti el amor de Dios. Observa como arraiga en tus entrañas y deja que fluya hacia fuera, que envuelva incluso aquello que antes te costaba amar... Sé consciente de como  a medida que tu compasión se expande se va debilitando el poder del pecado, tu tendencia a alimentar el odio .

4. Espíritu Santo y Amor de Dios son una misma cosa. Lee estas palabras de san Pablo en esa clave: 
"El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta: no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca." (1 Cor, 13,5-7)

5. Puedes terminar escuchando el mismo  Himno al amor musicalizado. Y no olvides que "el amor todo lo puede ...y no pasa nunca". Cuando permites que en la oración, en los sacramentos o en la práctica de misericordia el Espíritu en tu alma, todo lo puedes. Con Dios todo es posible.

6. Al terminar la oración toma nota de las mociones (sentimientos, anhelos, deseos profundos...) que hayas sentido en ella. Dios habla en la experiencia. 

Marzo, 2023

Casto Acedo.


Eucaristía y contemplación

Transcribo al blog este excelente texto de Rainiero Cantalamessa sobre la Eucaristía y la contemplación. Los conceptos en que se expresa son muy teológicos, pero no por ello poco profundos. Merece la pena leerlo detenidamente.

Eucaristía y contemplación[1]

Eucaristía y contemplación han sido vistas a veces como dos vía distintas y casi paralelas a la  perfección cristiana. La primera es conocida como vía mistérica,  u objetiva, que da el primado al os sacramentos (misterios) y, sobre todo, a la Eucaristía; la segunda se le conoce como vía mística, o subjetiva, que da el primado a la contemplación. Se dice que la espiritualidad patrística (época ortodoxa) se ha mantenido más en los misterios, mientras que la espiritualidad moderna (occidental), influenciada por algunos místicos modernos se fundamenta más en la contemplación o vida de oración.

Creo que ha llegado el momento de redescubrir la síntesis que hasta los umbrales de la época moderna ha existido sobre este punto, y que por diversas razones se ha ido perdiendo. En la base de todo está la vida sacramental, "los misterios”,  que nos ponen en contacto  inmediato y objetivo con la salvación obrada por Dios en Cristo Jesús. Pero por sí solos estos no bastan para hacer progresar en el camino espiritual; es necesario  que a la vida sacramental se añada una vida interior o de contemplación. La contemplación es el medio por el que nosotros “recibimos”, en sentido fuerte, los misterios, el medio por el que los interiorizamos y nos abrimos a su acción; la contemplación es el equivalente de los misterios en el plano existencial y subjetivo; es una forma de permitir a la gracia, recibida en los sacramentos, plasmar nuestro universo interior, es decir, nuestros pensamientos, nuestros afectos, la voluntad, la memoria.

Sólo después de que la vida divina, llegada  a nosotros a través de los sacramentos, ha sido asimilada en la contemplación, podrá expresarse también en las acciones, es decir, en el ejercicio de las virtudes, y sobre todo en la caridad. Del mismo modo que no hay una acción humana que no se desprenda de un pensamiento (y si la hay, no tiene valor alguno o es muy peligrosa), tampoco hay una virtud cristiana que no brote de la contemplación. Escribe san Gregorio de Nisa: “Hay tres cosas que manifiestan y distinguen  la vida del cristiano: la acción, la manea de hablar y el pensamiento. De ellas ocupa el primer lugar el pensamiento; viene en segundo lugar la manera de hablar,  que descubre y expresa con palabras  el interior de nuestro pensamiento; en este orden de cosas, el pensamiento, al pensamiento y a la manera de hablar sigue la acción,  con lo cual se pone por obra lo que antes se ha pensado. Siempre, pues, que nos sintamos impulsados a obrar, pensar o hablar, debemos procurar que todas nuestras palabras, obras y pensamientos tiendan a conformarse con la norma divina del conocimiento de Cristo, de manera que no pensemos, digamos ni hagamos cosa alguna que se aparte de esta regla”.[2]

La contemplación es, pues, la vía obligada para pasar de la comunión con Cristo en la misa o de  la adoración eucarística,  a la imitación de Cristo en la vida. Por ello, del mismo modo que en el Vaticano II se habla de una universal vocación a la santidad de todos los bautizados[3], así también se debe hablar de una llamada universal de todos los bautizados a la contemplación. La vía de la perfección cristiana va de los misterios a la contemplación y de la contemplación a la acción. Estos tres elementos, unidos, forman un único camino de santidad abierto a todos los bautizados. En sí mismo, el “primado de la contemplación” sobre la acción no quiere decir que la contemplación sea “más grande” que la práctica de las virtudes y que la vida activa, sino que está “antes”, es su fuente.



* * *

Para asimilarnos a Cristo no basta con comer su cuerpo y beber su sangre; es necesario también contemplar este misterio. Existe una gran afinidad entre la eucaristía y la encarnación. En la encarnación –dice san Agustín- “María concibió el Verbo antes en la mente que en el cuerpo”. La Virgen María fue más dichosa recibiendo la fe de Cristo que concibiendo la carne de Cristo. Es más, añade, tampoco hubiera aprovechado nada el parentesco material a María si no hubiera sido más feliz por llevar a Cristo en su corazón que en su carne.[4]

Así pues, María, después de la encarnación, estaba llena de Jesús no solo en su cuerpo, sino también en su espíritu; estaba llena de Jesús porque pensaba en Jesús, esperaba en Jesús (¡y cómo lo esperaba!), amaba a Jesús. Como cualquier mujer que “espera” un niño, pero en mediada mucho más perfecta, estaba toda ella centrada y recogida en sí misma. Sus ojos miraban más hacia dentro que hacia fuera, porque dentro estaba su tesoro, dentro llevaba el dulce secreto que la dejaba sorprendida y sin palabras. María, por su parte –está escrito en el evangelio de Lucas- guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19). En esto ella se nos propone como el modelo más perfecto de lo que entendemos por contemplación eucarística: así debe ser el cristiano que acaba de recibir a Jesús en la Eucaristía. También él debe acoger a Cristo en su mente, después de haberlo acogido en su cuerpo (concebir significa acoger dentro de sí). Y acoger a Cristo en la mente significa, concretamente, pensar en él, tener la mirada dirigida hacia él, acordarse de él. Es precisamente esta una palabra-clave para nuestra meditación; acordarnos de Cristo, hacer memoria de Él.

Al Instituir la Eucaristía, Jesús consagró estas palabras: “haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). En sentido teológico esta memoria o memorial, consiste en hacer memoria de Jesús, e invitar al Padre a recordar todo aquello que Jesús ha hecho por nosotros. Es como si Jesús, al decir “haced esto en memoria mía” estuviera diciéndonos: “Haced esto para que el Padre se acuerde de mí”; como si recordando el amor de Jesús en la Cruz dijéramos al Padre: ¡Padre, nosotros somos débiles, no podemos con el peso de nuestros pecados,  pero acuérdate de todo lo que tu Hijo Jesús ha hecho por nosotros, y ten piedad! Como se dice en la liturgia eucarística: “Acuérdate de todos aquellos por quienes se ofrece este sacrificio”, “Acuérdate, Señor, de tu Iglesia”.



Pero la invitación a hacer memoria eucarístico no sólo se refiere a Dios (sentido teológico); también se refiere a nosotros (sentido antropológico): recordar lo que ha hecho Jesús, no ya al Padre, sino a nosotros mismos. Acordarnos nosotros de Él. Es lo que se expresa en la Eucaristía inmediatamente después de la consagración: “Así pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo…”. Debemos valorar adecuadamente el potencial que encierra este recuerdo de Jesús. Es importante hacerlo a menudo. “Dulce es el recuerdo de Jesús que otorga el verdadero gozo del corazón”, dice un canto litúrgico.[5] El recuerdo, al asomarse a la mente, tiene el poder de catalizar todo nuestro mundo interior y arrastrarlo hacia ese objeto del recuerdo, especialmente cuando no se trata de una cosa sino de una persona, y de una persona amada.

La memoria es una de las facultades más misteriosas y grandiosas del espíritu humano. San Agustín escribió cosas muy hermosas sobre la memoria, que para él era incluso signo y vestigio de la Trinidad: “ Grande es esta virtud de la memoria, grande sobremanera. Dios mío, penetral amplio e infinito. ¿Quién ha llegado a su fondo? En cierto modo, ella hace sentir vértigo… Desde que te conocí, permaneces en mi memoria, y aquí  te hallo cuando me acuerdo de ti y me deleito en ti”.[6] Recordar viene el latín recordare  y significa, literalmente, hacer presente de nuevo (re) en el corazón (cor). Por lo tanto, no se trata solo de una actividad de la inteligencia, sino también de la voluntad y del corazón; recordar es pensar con amor.

Haced esto en memoria mia. Los padres de la Iglesia consideraban que el fruto de la eucaristía no es otro que la memoria continua de Jesucristo. Por medio de ese recuerdo constante Dios establece su morada en el templo que es el alma haciéndola templo suyo. La contemplación asidua de este misterio es clave en la vida cristiana; se trata de contemplar (hacer memorial, actualizar) el misterio del amor que es la Eucaristía. Cuando tu pensamiento-memoria se mantiene unido a Cristo, también tu lengua y tus obras (virtudes) lo estarán. El espíritu contemplativo impregna entonces todo tu ser.

R. CANTALAMESA



[1] Extracto con ligeras variaciones de R. CANTALAMESSA, La Eucaristía, nuestra santificación,  pgs. 67-75

[2] SAN GREGORAO DE NISA: Tratado sobre el perfecto modelo del cristiano;:  PG 46,283s.

[3] Cf Lumen Gentium,  39-40.

[4] Cf SASN AGUSTIN, Sobre la santa virginidad, 3; PL 40,398.

[5] Himno Iesus dulcis memoria

[6] Confesiones, X, 8-24

sábado, 11 de febrero de 2023

SP. 13 Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos.

Hace tiempo que no encontraba momento ni inspiración para seguir con mis comentarios a la Secuencia de Pentecostés. Abordo aquí el verso en el que se pide la Luz de Dios a fin de iluminar las oscuridades del alma.


¡Ven, Espíritu divino,
... ENTRA HASTA EL FONDO DEL ALMA, 
DIVINA LUZ, Y ENRIQUÉCENOS!

Solemos vivir en la superficialidad, ocupados en distraernos cada día con algo, pasando la vida sin entrar a fondo en ella. Sólo cuando surge un contratiempo serio (enfermedad, decepción, pérdida, etc.) tocamos fondo y nos preguntamos sobre el sentido de la vida, el por qué y para qué de todo. 

Al invocar al Espíritu Santo para que se adentre hasta el fondo de mi alma estoy pidiendo respuestas a preguntas que tarde o temprano afloran: ¿Quién o qué soy? ¿Porqué y para qué vivo? ¿Cuál es el destino último de mi vida? ¿Por qué el dolor y el sufrimiento? Rehúyo con frecuencia responder estas cuestiones, pero llegan momentos en los que se hace inevitable encontrar una respuesta so pena de caer en el vacío, el absurdo, el sinsentido o la depresión del ánimo.

Cuando la noche se apodera del alma y el pábilo vacilante de la fe amenaza con apagar la esperanza parece instintivo volverse a Dios. "¡Ven, Espíritu divino, entra hasta el fondo del alma!", sopla en sus rescoldos y aviva el fuego de tu amor en mi! 

El Espíritu ya te ha escuchado y te ha respondido en la Palabra inspirada. En ella lo tiene ya todo dicho. Puedes acudir a ella para remover las cenizas de tu interioridad y ver su estado mortecino. “La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón. Nada se le oculta” (Hb 4,12-13). Cuando la Palabra de Dios alcanza los tuétanos de mi yo más profundo me permite verme a mí mismo tal como soy: una pobre persona cegada por la soberbia. ¿Quién me librará de esta oscuridad?  

"Dios es la luz y el objeto del alma. Cuando ésta no la alumbra, a oscuras está, aunque la vista tenga muy subida. Cuando está en pecado o emplea el apetito en otras cosas, entonces está ciega" (San Juan de la Cruz, Ll 3,70). La antorcha de la Palabra inspirada es una herramienta privilegiada con la que el Espíritu accede a las profundidades del alma y pone en ella la claridad que anhela. 

“Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 118,105). La luz del Espíritu que arde en la Palabra alumbra "las profundas cavernas del sentido". "Estas cavernas son las potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad; las cuales son tan profundas cuanto de grandes bienes son capaces, pues no se llenan con menos que infinito" (Ibid Ll 3,18). Dice el dominico J. Taulero que Dios no puede resistirse al vacío. Dios se ve atraído irresistiblemente por un alma libre de posesiones, orgullo y hostilidad. Purificadas, vacías o silenciadas las potencias, Dios ocupa todo el espacio del alma, quedando ésta llena del  "Padre, Hijo y Espíritu Santo, que son luz y fuego de amor en ella" (Ibid Ll 3,80).

¿Hay mayor riqueza para un alma enamorada que hacerse luz con la Luz del Amado? 

* * *

La poesía de san Juan de la Cruz describe de modo insuperable esta experiencia del amor que enciende e ilumina el hondón del alma hasta hacer de ella una sola cosa en Dios:

¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.

¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!
Que a vida eterna sabe
y toda deuda paga ;
matando, muerte en vida la has trocado.

¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con estraños primores
calor y luz dan junto a su querido!

!Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno
cuán delicadamente me enamoras.

Recitar este poema con el corazón puesto en Dios es toda una oración. Recitarlo pausadamente y meditarlo con detenimiento puede abrir las puertas de la contemplación. 


MEDITACIÓN 

No olvides comenzar ofreciendo tu oración para bien de todos y de todo: 

"Señor y Dios mío, 
 ofrezco esta oración 
para mayor gloria tuya, 
para bien de toda la humanidad 
y beneficio de toda la creación. 

Gloria a Ti por siempre, 
Señor del universo. Amén".

1. Como siempre, relaja tu cuerpo en la postura más adecuada para la quietud,  y descarga tu alma de  pensamientos, emociones, deseos. Hazte presente a ti para estar con Él. 

2.  Recita pausadamente el poema de san Juan de la Cruz "Oh llama de amor viva" y déjate cautivar. Ahí donde te sientas interpelado párate y repite; deja que tu imaginación y tu corazón vayan y vengan sobre lo que te ha conmovido.

3. Silénciate y contempla el contraste de tus oscuridades con esa Luz que se te regala. Permite que alcance la hondura de tu alma, ahí "donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos"... Deja que al Amor de Dios juzgue "los deseos e intenciones de tu corazón".  Nada se le oculta. Déjate mirar por Dios. Abandónate a su mirada misericordiosa. Sus ojos son luz en los que puedes ver tus sombras y recuperar una visión nueva.

4. Sintiendo los ojos misericordiosos de Dios, plegándote a su amor sin medida,  acalla tu mente (ideas, emociones, pulsiones) y haz silencio al ritmo de tu respiración apoyado en la frase: ¡ENTRA HASTA EL FONDO DE MI ALMA, DIVINA LUZ, Y ENRIQUÉCELA! (Permanece en oración al menos quince minutos)

4. Puedes terminar escuchando e interiorizando el canto  de Amancio Prada,  Oh llama de amor viva. 

Febrero, 2023

Casto Acedo

lunes, 30 de enero de 2023

Oración con "lectio divina". Bienaventuranzas.


1. LECTIO (Lectura).

* Lee detenidamente el texto de Mt 5, 1-12a. (Puede servirte de orientación algún comentario sobre él. V.g.  https://trujillanos-sanpedro.blogspot.com/2023/01/evangelio-mt-51-12a-en-aquel-tiempo-al.html)

* El texto de las bienaventuranzas se pronuncia en el Contexto del Sermón del monte, donde se expone lo esencial del mensaje de Jesús.

* No lo leas ni interpretes las bienaventuranzas como un resumen de "moral" (¡tengo que ... ser pobre, trabajar por la paz, luchar por la justicia, sentir y llorar los sufrimientos ajenos, etc)., sino como una proclamación de que Dios está con quienas se identifican con estas sentencias de felicidad.

* Tras silenciarte y ofrecer tu oración "para "gloria de Dios, bien de los hermanos y beneficio de toda la creación", relájate, hazte presente y abre tus oídos a la escucha.

*Lee sin prisas, dejando que cada palabra empape tu alma...

"En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran,  porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,  porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

2. MEDITATIO (Meditación)

*Elije el versículo o la frase que más te haya llamado, la que más te haya interpelado,  la que más al descubierto haya puesto tu vida ... Y mírala poniendo la mirada en  Jesús... Ten en cuenta que las bienaventuranzas son un "retrato del Maestro"... Puedes traer a tu imaginación eso que te ha tocado y ha despertado tu atención, y aplícalo a Jesús en comparación contigo... Mira si, viéndolo a Él,  te sientes llamado a interiorizar y vivir la bienaventuranza que eliges; hazlo siempre sintiendo el amor de Jesús.... El ha vivido y vive esa bienaventuranza, y con él tú puedes vivirla.

*Vuelve una y otra vez sobre la frase elegida;  deja que la frase-enseñanza que centra tu meditación se convierta en latido de tu corazón...

3. ORATIO (Oración) 

*No pongas pegas a que la palabra que has elegido  desnude tu alma despojándote de tus máscaras (miedos, infidelidades, equivocaciones, ignorancias...). ... Permite que tu corazón se conmueva ante "el bienaventurado" por excelencia que es Jesús... Déjate seducir por Él,  descansa en sus brazos.

4. CONTEMPLATIO (Contemplación) 

*Si paran los discursos de tu mente y los sentimientos de tu corazón y te invado un estado de "sólo presencia" déjate estar en él sin juicios ni miedos. ... No busques  ni aspires a esto, sólo dale la bienvenida a ese estado, acógelo si Dios te lo concede.

* * *
Termina tu oración poniendo ante Dios tus mejores  deseos para ti, para el prójimo y para todo, en forma de peticiones ; o da gracias; o alaba a Dios por su inmenso amor.

Y puedes ahora anotar en tu cuaderno lo que te ha impactado, lo que te ha dicho, lo que has vivido, lo que piensas, tanto del tema como del momento de oración.

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Casto Acedo 

miércoles, 16 de noviembre de 2022

Orar no es sentir a Dios (Jean Danielou)

He encontrado este texto en el libro Contemplación: crecimiento en la Iglesia (1977), de Jean Danielou. Os lo transcribo porque me parece clarificador para nuestra oración en tiempos en que acostumbramos a verla sólo desde nuestra orilla y muy atados a la sensibilidad. Muchos de nuestros cansancios y abandonos nacen de la obsesión subjetivista que nos hace valorar las cosas desde el criterio del gusto o disgusto personal. Espero que hagáis de lo escrito una reflexión pausada; lo que se expone, como todo lo que escribe este autor, tiene mucha densidad.


Orar no es sentir a Dios. Hacer de la sensibilidad el termómetro de la religión conduce a ciertas aberraciones. Esto es verdad en todas las relaciones personales: el amor se sitúa más allá de la sensibilidad, lo que no quiere decir que se la desprecie. Ella es la maravillosa resonancia del amor a través de una cierta armonía del ser. El amor es el hecho de una comunicación que se establece entre dos seres y que se sitúa a un nivel más profundo que las zonas del sentir.

La sinceridad no consiste en poner los comportamientos en relación con los estados del alma, sino, por el contrario, en mantener los comportamientos pese a los estados de ánimo, en mantener las fidelidades profundas, pese a las infidelidades superficiales. Ser sincero es ser fiel a aquello a lo que se ha dado realmente el corazón en la plenitud de la libertad; es lo que debe ser en el matrimonio, en la amistad, pese a todas las vicisitudes exteriores posibles. Amar a Dios es saber que podemos contar con Dios y que Dios puede contar con nosotros pese a nuestras complicaciones sentimentales…

Hay que apartar, pues, la sustancia de la oración de las vicisitudes de nuestra experiencia o de nuestra sensibilidad religiosa, pues se funda en algo que está más allá: la oración es la expresión de nuestra relación fundamental con Dios…

Dos cosas importan en la oración: hacerla y dejar que Dios cumpla su obra en nosotros. A veces el Espíritu Santo toca nuestro corazón, nos convierte verdaderamente (cuando hace caer tal obstáculo, tal antipatía, cuando nos hace descubrir lo que es la humildad), nos hace sentir lo que es amar a Dios. Pero estas llamadas del Espíritu Santo, que son esenciales porque sabemos bien que no provienen de nosotros, Dios nos las da cuando quiere…


Lo esencial en la oración cristiana es ser conmovidos por otro, y establecer entre Dios y nosotros una comunicación de amor, lo que está más allá de todas las técnicas, pues lo propio de una persona es escapar a todas las técnicas. Además, las luces espirituales no siempre van unidas al tiempo de la oración: María de la Encarnación declara que sus más grandes revelaciones sobre la Santísima Trinidad le fueron dadas cuando hacía rodar toneles sobre los malecones de Tours. 

Es, en efecto, sorprendente ver cómo ciertas almas secas en la oración reciben asombrosas luces espirituales durante sus otras actividades. Esto muestra la soberana libertad de la gracia de Dios. ¡Aún así hay que haber sido fiel a la hora de oración! La oración sería, en efecto, sospechosa si estuviera demasiado ligada a una cierta sensibilidad. San Juan de la Cruz es casi demasiado severo a este respecto; san Ignacio es más humano y hace mucho caso de las consolaciones espirituales que nos ayudan, pero la “golosina espiritual” sería buscar en la oración más satisfacción personal que el dar a Dios la gloria que se le debe.

La oración hoy es también combate, un testimonio en un mundo en que el hombre tiende a encerrarse en el hombre.


JEAN DANIELOU, Contemplación: 
Crecimiento en la Iglesia, 26-28; 
citado por Marianne Schlosser, 
Teología de la oración, 258-259, 
Salamanca, 2018.

Noviembre 2022
Casto Acedo 

miércoles, 19 de octubre de 2022

SP.4 Don en tus dones espléndido

Va la cuarta entrega del comentario a la Secuencia de Pentecostés, Don en tus dones espléndido.  Es un misterio incomprensible que Dios infinito se de a sí mismo hasta entrar en comunión con la criatura finita. Dice san Juan de la Cruz, que "cuando el alma quitare totalmente de sí lo que repugna y no conforma con la voluntad divina, quedará transformada en Dios por amor" (S 2,5,3). "Dios se hizo hombre para hacernos Dios" (San Atanasio, CATIC 460).

Como siempre, puedes ver la secuencia de Pentecostés completa clicando la foto que sigue:


¡Ven, Espíritu divino, ...
DON EN TUS DONES ESPLÉNDIDO!

Dios es amor.  Amar es “darse”. La teología cristiana habla de autocomunicación de Dios. El Espíritu Santo no es un don (cosa) que Dios da, es Dios mismo en persona dándose. Dios se da Él mismo haciéndonos con su don "partícipes de la naturaleza divina"  (2 Pe 1,4).

San Juan de la Cruz dice que la vida cristiana no consiste en lograr la perfección de las virtudes cristianas sino en vivir la “unión de amor con Dios”.  Pero ¿cómo un ser finito como yo puede entrar en comunión con la infinitud de Dios? Es un misterio.

Algunos místicos de la iglesia ortodoxa dicen que en Dios hay Esencia y Energías; la esencia es Dios en tanto que permanece inagotable y misterioso en su inmensidad; las energías son Dios en cuanto amor que se parte y se comparte.

Dios es “don” y “dones”. La imagen del sol puede servirnos de ilustración. Tenemos el sol  y losrayos del sol. ¿Acaso el rayo de sol, la luz y el calor que me alcanzan,  no son también sol? 

El sol, que en la grandeza y distancia de su ser me supera,  me mataría si entro en él; pero en su comunicación, en la extensión de su energía en los rayos me hace partícipe de su mismo ser. Ya estamos y vivimos en Dios, pero todavía no en plenitud. “Nadie puede ver a Dios y seguir viviendo”  (Ex 33,20); nadie puede entrar en el sol sin morir; pero el sol sí puede iluminar y dar calor; y sin el sol no podría vivir.  

* * *

Orar, meditar, contemplar no es sino acercarte a Él, quitar impedimentos y ponerme al alcance de los rayos del sol que Dios es; ahí recibo sus dones, en la comunicación de amor con la luz del Espíritu que me ilumina e inhabita. Dios fuera y Dios dentro, don y dones, la misma divinidad, el mismo Espíritu que favorece la unión mística.

Entra en meditación. Admírate y sitúate al alcance de este misterio: Ven, Espíritu divino, don en tus dones espléndido.

* * *


MEDITACIÓN

1. Busca un lugar propicio para el silencio y colócate en una postura cómoda para la quietud.

2. Serena tu alma: pensamientos, emociones, deseos… Deja que el oleaje de tu alma se serene poniendo tu atención en la inmensidad del océano.

3. Primero mentalmente, luego por vía de intuición, dirige los ojos de tu corazón a Dios Espíritu Santo que como el Hijo es “sol que viene de lo alto” … Déjate , abrazar por la calidez de sus rayos y seducir por la belleza de su luz. Goza en ti sus dones de sabiduría, inteligencia, ciencia, … Repite: ¡VEN ESPÍRITU SANTO, … DON EN TUS DONES ESPLÉNDIDO! Deja que la mirada esplendente de Dios vaya calando en ti. Permanece así al menos 15 minutos.

4. Concluye el silencio con la audición del veni sancte spiritus

8. Haces tres inspiraciones profundas y sales suavemente del ejercicio.

9. Finalmente, puedes pararte y tomar nota de lo vivido y de las mociones (deseos de cambiarte o cambiar algo) sentidas.

No abandones el ejercicio de la oración

Y no olvides, antes de nada, dedicar tu oración para bien de todos y de todo.

Casto Acedo. Octubre 2022.