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sábado, 27 de marzo de 2021

Pregón de Semana Santa.

Me gusta este pregón de Semana Santa, que me ha llegado desde el grupo de liturgia de Fuente del Maestre. Invita a entrar en esta semana con espíritu contemplativo. No dejes la práctica del silencio en estos días,  adéntrate en el misterio del inaudito, inabarcable e  inefable amor de Dios en Jesucristo. 

Pregón 

Se declara abierto el tiempo de la gracia.
Empiezan los días santos, los días grandes,
en que nuestro Señor Jesucristo dio la más hermosa prueba de amor.
Debemos escuchar cada una de sus palabras,
contemplar sus gestos, sus detalles,
porque es lo más importante que ha sucedido en el mundo.
Palabras y hechos admirables,
que rompen nuestros moldes y nuestros límites.
Por eso, todas las horas de estos santos días
serán insuficientes para estudiar esta historia,
la más sublime historia de amor.


Contemplamos el amor de un Dios que se empobrece,
para enriquecer a los hombres;
de un Dios que se empequeñece,
para ponerse a la altura de los hombres, elevándolos;
de un Dios que se hace siervo,
para lavar los pies de los hombres;
de un Dios que se hace comida,
para alimentar las hambres de los hombres;
de un Dios que se hace cordero,
para cargar los pecados de los hombres;
de un Dios que sufre hasta la muerte,
para dar vida a los hombres:
de un Dios que bajó a los infiernos,
para sacar de las tinieblas a los hombres.
Nunca se ha visto en la tierra
un amor tan limpio y generoso.

Pero veremos también cómo la muerte fue engañada y vencida,
porque su amor es más fuerte que la muerte,
y nos regaló la luz de la inmortalidad.
Y así nos enseñó que el camino de la victoria pasa por la derrota,
que el camino de la vida pasa por la muerte,
que el camino de la luz pasa por la cruz.


Vive santamente estos días,
para que puedas entrar en la hondura del amor,
que pasa por la hondura del dolor.
Son días gozosos,
porque, aunque se sufra, se vive en esperanza.
Son también días comprometidos,
días de acercarse a todos los que celebran en vivo estos misterios;
hemos de descubrir la presencia de Cristo doliente en los que sufren,
en las víctimas que siguen padeciendo la tortura;
descubrir la presencia de Cristo misericordioso
en el que sirve y el que libera;
descubrir la presencia de Cristo resucitado
en el que lucha y en el que espera.

sábado, 27 de febrero de 2021

Orar el II domingo de Cuaresma. Tabor.

 Hoy, más que a una reflexión, el Tabor invita a una oración. De hecho, sobran las palabras. Basta con silenciar los ojos, los oídos y el corazón. Permanecer ahí, contemplando, admirando. Con la satisfacción de quien ha recibido el don de saborear lo que busca.


“Que bien se está aquí,
qué bueno que estemos aquí”,
en el silencio de la cima,
donde el agua del valle
y el trino de los pájaros,
dibujan un fondo 
de “música callada”.

Que bien subir aquí contigo,
dejado atrás el pensamiento,
la inquietud del corazón,
el fulgor de los sentidos.

En este monte
no sufro nada; 
no gozo nada.
Sólo soy. 
Nada.

* * *

¡Qué bien se está aquí!,
sin hacer, solo siendo.
Gozo de ser contigo, uno,
como tú con el Padre.

Qué bien se está aquí,
oyendo tu Palabra
que venida del silencio
colma mi alma vacía.

Quiero quedarme aquí,
¡en este no-lugar!

Una extraña nube,
tu Misterio,
me cubre con su sombra.
Oscura y luminosa.
Fe.

"Este es mi hijo, el amado,
en quien me complazco".
Te recreas en el hijo.
Tu amor, en él, se hace mío,
y mi amor, en él, se hace tuyo.
Caridad.

De pronto, desapareces.
No hay visión.
En la ausencia
me hablas: “no temas”.
Hay que seguir.

¿Hacia dónde?
No importa, sólo confía.
Yo soy.
Estoy siempre.
"Sólo Dios basta".
Esperanza.

* * *

Qué bueno estar aquí,
en la quietud del Tabor,
contigo.

Me dicen, y me digo:
no subas tanto,
te necesitan
en el valle de las lágrimas.
Pero sé que es bueno
remontar el valle  
y estar junto a ti,
permanecer.

Me apremia más el mucho hacer
 que el solo ser;
y tú me desvelas
que sólo en el amor
tienen valor mis afanes.

No me atrae mucho
subir al monte
cada día.
Me da pereza
si no me engolosinas.

* * *
No dejes de llamarme;
como a Pedro, 
a Santiago y a Juan:
“venid conmigo 
a un monte alto”.

Sumérjeme en el no-decir, 
no-hacer, no-saber 
de tu nube.

No dejes de enviarme.
"¡Levántate, no temas,
yo estoy contigo!".


* * *


EVANGELIO
San Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomo consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los  llevó aparte a una montaña alta.
Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se  volvieron blancos como la luz.
Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces tomó la palabra y dijo a Jesús:

—Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para  Moisés y otra para Elías.
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una  voz desde la nube decía:

—Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle.

 
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y tocándolos les dijo:

—Levantaos, no temáis.

Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús, solo.  Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

—No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los
muertos.

Casto acedo. Febrero 2021

 

domingo, 21 de febrero de 2021

Orar el domingo I de Cuaresma


“Cuando ores entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto” (Mt 6, ). Así invitaba el evangelio del miércoles de ceniza a entrar en oración en el tiempo de cuaresma; recoge las potencias exteriores y entra en la estancia interior del alma. San Mateo usa la palabra griega tameion, término que designa la estancia más interior de la vivienda, la alcoba a la que sólo acceden quienes viven en la casa, un lugar donde refugiarse sin ser molestado por extraños.

En Cuaresma la Iglesia recomienda adentrarse en esta estancia secreta del corazón. Para ello hay que soltar las distracciones y apegos que desde fuera tiran de ti ralentizando tu avance espiritual. El ayuno es soltar personas, pensamientos o cosas que, sin ser dañinas en sí, pueden entorpecer o frenan el encuentro con el Padre Dios.

Una vez libre de los apegos que entorpecen la entrada en la oración (ayuno) necesito un segundo paso para la verdadera conversión: la limosna, es decir, despertar en mí mismo el espíritu de la compasión. Si el ayuno exige una mirada a mí mismo y mis esclavitudes, la limosna me obliga a mirar al mundo y al prójimo y  desear para ellos la sanación de sus males y la liberación de sus sufrimientos. Porque el mundo exterior no lo aparto y dejo afuera en  mi oración sino que lo hago objeto de atención amorosa.

Cuando viva el ayuno y la limosna estaré preparado para el encuentro. Entonces entro en  tameion sinceramente, y veré la luz (cf Is 58, 5-10). Ahí, en la alcoba del silencio, entro en amor y saboreo la vida, porque Dios, además de estar presente en la creación y en los hermanos, lo está en mi cielo interior; Dios es, como dice san Agustín “más interior a mí que yo mismo” (interior intimo meo), sin dejar de ser "sumamente mayor que yo" (superior summo meo). ¿No es un regalo inmenso que Dios, el infinito se abaje de ese modo a mi finitud? Yo soy la cueva de Belén, espacio donde el Reino de Dios crece y se expande por el mundo. Merece la pena orar esta gracia.

Orar en este domingo

Puedes aprovechar este domingo de Cuaresma para contemplarte en tu desierto interior, en tu tameion. El Espíritu te empuja hacia él. Toma conciencia de ese impulso espiritual. En tu deseo de entrar dentro de ti puedes observar cómo tu apego a personas y cosas te quitan la paz y la quietud, te seducen y tiran de ti hacia fuera, como queriéndote arrastrar a vivir sólo en lo sensual y externo.

Suelta esos apegos. Y no porque lo sensual y externo sea malo, sino por el lugar preferente que le otorgas. Cuando pones algo o a alguien por encima de Dios en tu escala de valores te sometes a los ídolos de este mundo. Recuerda que toda la creación es para ti, no tú para ella. “A Dios solo adorarás y servirás” (Mt 4,10). Paradójicamente, servir a Dios garantiza tu libertad, porque Dios te ama y ha hecho alianza contigo garantizándote una vida plenamente libre y satisfactoria.


Medita y contempla

Busca el momento oportuno y el lugar adecuado para adentrarte en tu desierto interior, en la profundidad de tu ser. Aquieta tu alma. Silencia todo lo que te preocupa. Y medita.

Ayuno: ¿De qué tienes que ayunar? ¿Qué te está impidiendo vivir desde tu centro (centrado)? ¿Qué te dispersa? ¿Qué personas, creencias o cosas ocupan el núcleo sagrado de tu vida? Sólo Dios puede darte una felicidad completa. ¿A qué personas o cosas les has dado el poder para hacerte feliz? … Hazte consciente de ello, sin juzgarte, sin condenarte, simplemente observa… y compadécete de ti mismo, de tu ignorancia, de tu torpeza, si ves que vives sometido a la dictadura de tu ego. Arrepiéntete de tu camino errado.

Limosna: ¿Qué sentimientos abundan en tu corazón? ¿Envidia? ¿Ira? ¿Gula? ¿Deseos de poder? ¿Espíritu vengativo hacia alguien? … ¿Cómo ves a tu prójimo? ¿Lo miras como algo ajeno a ti, o sientes su dolor como tu dolor y su gozo como tu gozo? ¿Cómo andas de compasión? … Abre tu corazón a todos los que te rodean; practica la compasión universal.

Oración: Mírate en brazos de Dios. Déjate acariciar por su ternura. Gózate en su amor. Abandónate a su voluntad, a su querer. Esta es la  “conversión” profunda que te pide la cuaresma. Poner toda tu atención en Dios, dejarte en sus manos... Dedica un largo espacio de silencio a saborear la Presencia (presente) de Dios que lo envuelve todo.

Termina pidiendo perdón a Dios y tomando nota de las gracias y llamadas percibidas en el rato de oración.

Casto Acedo. Febrero 2021

sábado, 13 de febrero de 2021

Ser compasivos (Orar el Domingo 14 de Febrero)

El evangelio de este día (lo tienes al final de este texto), así como la celebración de la Campaña contra el hambre de Manos Unidas y la colecta a favor de las personas y colectivos marginados del mundo, invitan a la contemplación de la realidad que vivimos.

Se suele pensar que la meditación y contemplación es algo cerrado, una huida del mundo, lo más contrario a la acción social caritativa. Pero se equivocan quienes piensan así.

Hay quien hace distinción entre rezar-orar y meditar-contemplar. Rezar, dicen, es repetir fórmulas oracionales ya hechas o hablar con Dios contándole mis problemas, pedirle, darle gracias, etc.  Meditar y contemplar, en esta diferenciación, sería escuchar a Dios. Aunque yo no suscribiría sin matices una diferencia tan simple, sin embargo puede servir para captar el sentido de la contemplación.

La contemplación a la que nos preparamos por el ejercicio de la meditación, es algo tan simple como “prestar atención”, estar atento, abrir los ojos del corazón… No hace falta pensar nada, ni esperar nada concreto, ni considerar el valor de la meditación o contemplación por el tiempo dedicado a ello. Se trata simplemente de “prestar atención” a la realidad, abrir la mente y el corazón a las cosas que vives, a la realidad que te rodea, a Dios. Contemplar es solo mirar, y dejar que Dios y la misma realidad contemplada  cambien tu vida.

Jesús se muestra como una persona de mirada abierta y profunda, poco dada a distraerse en las triviales pompas del mundo y capaz de ver lo aparentemente insignificante. La atenta mirada y escucha de Jesús fue clave en su misión, y así pudo oír el grito de los pobres, asumir su dolor y ejercer la compasión. 

Jesús fue un contemplativo. Lo veíamos la semana pasada  prestando atención a la enfermedad de la suegra de Simón, y hoy lo vemos atendiendo a la la súplica de un leproso. “Si quieres, puedes limpiarme. Compadecido extendió la mano y lo tocó diciendo, “Quiero, queda limpio” (Mc 1,40-41). A la sanación  precede la atención (mirada compasiva) de Jesús. 

* * *


Orar con el texto de Marcos 1,40-45
(Lo tienes transcrito al final de esta enrada)

Te invito a contemplarte sintiéndote parte de un mundo leproso, herido y corroído por la injusticia y el mal; y a la vez te invito a verte a ti mismo como parte de ese todo que es el mundo necesitado de compasión. Solo te pido prestar atención.  

Debes buscar, como siempre, el espacio y el momento oportuno para hacer silencio. Luego procura relajarte soltando tensiones y prisas.  Cierra los ojos si te distraes con la mirada, o puedes poner hoy ante tus ojos una foto de personas que sufren marginación. O una imagen o estampa de Cristo en algún momento de su pasión: Getsemaní, beso de Judas, flagelación, Ecce homo, o crucifixión.

*Trae ahora a tu imaginación a personas que conoces y que sabes que viven en sufrimiento: enfermedad, pobreza, soledad, desprecio, olvido, etc.  Puedes superponer la imagen de esas personas con las imágenes de Jesús en la pasión. No juzgues. Ni te dejes llevar por la conmiseración o la pena paternalistas. Simplemente observa, está atento. Abre los ojos a la realidad del dolor y el sufrimiento de la humanidad en el sufrimiento de Jesús o en el de las personas que contemplas.

*Ahora “presta atención” a tu persona. ¿Qué relación ves entre ti y Jesús o las personas que has visto o imaginado? ¿Cómo los miras? ¿Con superioridad? ¿Con lástima paternalista? ¿Con impotencia convencido de que no puedes hacer nada? ¿Haces tuyo sus sufrimientos? Mírate. Obsérvate. Pero no te juzgues, sólo contempla.

Si  miras a los demás simplemente como “otros” a los que tienes que ayudar, o te entretienes en juzgar el motivo que les ha llevado al sufrimiento a fin de retrasar o justificar tu no-compasiòn,  los marginas, porque los colocas al lado, al margen, de tu vida. De este modo no eres totalmente compasivo. La verdadera compasión vive el sufrimiento ajeno como propio. ¿Qué ocurre en ti cuando ves el sufrimiento de familiares o personas cercanas y amadas? En este caso sientes que tú eres ellos; no hay dos sufrimientos sino solo uno, porque el amor hace de dos una sola persona. El evangelio de san Mateo, tras narrar la curación de la suegra de Pedro y de muchos enfermos y endemoniados dice que en Jesús se cumple lo dicho por el profeta Isaías: «El tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8,17). Jesús no vive la compasión en la distancia sino en la cercanía, siendo uno con la humanidad. Nuestros dolores son sus dolores, nuestros gozos los suyos.

*Párate y mira que tú eres también humanidad. Más que la parte de un todo eres todo en una parte. Tú eres el inmigrante a quien no quieren recibir, el enfermo atado a su cama, el desahuciado sin hogar, el parado sin recursos para vivir dignamente… Cuando te identificas con ellos (te sientes ellos) vives la compasión verdadera, la de Jesús, “que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8,9)… Entonces puedes sanar como Él: “Sus heridas nos han curado” (Is 53,5).

*Contempla las heridas de quienes pasan hambre, de quienes no tienen nada, de quienes son pisoteados,… Presta atención a ellos en ti, porque cada vez que alguien es despreciado, lo eres tú, y cada vez que alguien es dignificado tú eres dignificado. El deseo de Jesús es que te vivas como uno en todos: “Padre, que todos sean uno, como nosotros” (Jn 17,11).

*Abísmate en el silencio. Deja que tu silencio sea uno con el de Jesús. Siéntete parte del cuerpo místico de Cristo. Dios es misterio de Unidad en diversidad de personas. Yo soy los otros; "nada humano me es ajeno" (Terencio). Contémplate como imagen de Dios, en común-unión con él y con la humanidad.


* * *

Cuando termines tu tiempo de silencio anota qué has sentido, qué llamadas te dirige Dios en tus sentimientos. "Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo" (Lc 6,36). Manos Unidas, Campaña contra el hambre quiere erradicar la pobreza en el mundo; pero eso sólo será posible cuando demos pasos hacia una mayor igualdad entre todos, hacia una "encarnación" en el otro como Cristo se encarna en nosotros. No se trata de acortar la distancia entre ricos y pobres sino de que no haya ya ni ricos ni pobres sino personas, distintas pero iguales, muchos miembros pero un solo cuerpo (cf 1 Cor 12,12-31). 

Para hacer un mundo más justo, tal como se pide en la jornada de Manos Unidas, has de comenzar prestando atención (contemplando) al mundo con los ojos de Jesús. Tendemos a mirar la realidad como algo múltiple (múltiples realidades), pero sólo hay una realidad. Cuando daño la naturaleza o daño al hermano me dañó a mí mismo, cuando me preocupo (com-padezco) por el cuidado de la naturaleza o por el bien de mis hermanos  estoy trabajando por mi propia ecología, mi propio bien. Hay “un mismo Dios que obra todo en todos”. (1 cor 12,6). No olvides que la unidad es tu país de origen y tu destino. Las fronteras entre países o entre personas no las ha trazado Dios, son el producto de tu visión dispersa de la realidad; pero al principio no fue así...

* * *


Evangelio según san Marcos
(1,40-45)

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»

Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.»

La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.

Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»

Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Palabra del Señor

Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Febrero 2021

sábado, 6 de febrero de 2021

¡Vámonos a otra parte! (Orar el domingo 7 de Febrero)


Es fácil acomodarse en la vida espiritual. 

Comienzas buscando respuestas para las preguntas de la vida, reposo para tus inquietudes y satisfacción para la sed del espíritu. Y en ciertos  momentos  has creído alcanzar la meta; periodos de tiempo más o menos largos, en los que pareció que llegaste. Y dejaste de buscar.

Es una experiencia común confundir la meta con el descanso entre etapas. Tan común como el error de identificar a Dios con las experiencias espirituales. “Dios es paz, serenidad, felicidad, amor, …”, decimos; y terminamos por pensar que la paz, la serenidad, la felicidad y el amor son Dios. Olvidamos, como dice san Juan de la Cruz, que “a Dios el alma antes le ha de ir conociendo por lo que no es que por lo que es” (3 Subida 2,3).

¿Qué les pasó a los discípulos cuando se percataron del fulgurante éxito alcanzado por la predicación y los milagros de Jesús? Se creyeron ya en el cielo y fueron corriendo en su busca para contarles la buena noticia: “¡Todo el mundo te busca!”. Con esta noticia interrumpieron la oración de Jesús, que “de madrugada, cuando aún estaba oscuro”, se había retirado a “un lugar solitario y se puso a orar”.

Tal vez los discípulos pensaban ya en sentar plaza, en quedarse en ese lugar donde eran muy bien aceptadas las palabras y las obras del Maestro. Pero Jesús -¿no habría llevado esa noche a su oración la tentación del éxito fácil?-, como hará más tarde en el Tabor, les pide bajar de la nube: “¡vámonos a otra parte!”. La vida pública de Jesús, referencia para la vida cristiana, es una vida itinerante; siempre en camino, siempre en el comienzo, siempre en esperanza. 

Quien quiera llegar a la meta, que es la unión con Dios, ha de huir del error que supone quedarse estancado en un lugar, en una idea o en una imagen de Dios, “porque … ningunas formas ni noticias… son Dios “. Y, paradójicamente, quien cree hallar en ellas a Dios no progresa espiritualmente sino que está abocado a la desesperanza, “porque toda posesión es contra esperanza… De donde, cuanto más la memoria se desposee (de esas ideas, imágenes o experiencias de gracia) tanto más tiene de esperanza, y cuando más de esperanza tiene, tanto más tiene de unión de Dios... Mas hay muchos que no quieren carecer de la dulzura y sabor de la memoria en las noticias; y por eso, no vienen a la suma posesión y entera dulzura. Porque el que no renuncia todo lo que posee, no puede ser su discípulo   (Lc 14,33; 3 S 7,2).

Por esto, el “¡vámonos a otra parte!” es de vital importancia. De haberse quedado Jesús estancado en Cafarnaúm y sus alrededores, donde el éxito le acompañaba en esos momentos, habría pecado de vanidad y no hubiera llegado a la kénosis (vaciamiento) en la cruz, lugar de la negación de sí mismo, del abandono y de la plenitud de la unión de voluntad con el Padre. 

Sólo en el despojo de todo, también de las ideas y experiencias de Dios, llega a su cima el camino espiritual; una cima donde "solo mora honra y gloria de Dios", como dice también san Juan de la Cruz. Ahí, en la gloria de Dios, es donde el hombre encuentra la vida, tal como dice el evangelio: "el que pierda su vida por mi la encontrará" (Mt 10,40)

* * *

La palabra de Jesús diciendo “vámonos a otra parte” es un buen motivo para orar este domingo. Y es una oración necesaria  cuando te has instalado en una zona de confort espiritual, en edulcoradas ideas e imágenes de Dios; también necesaria esta oración cuando has renunciado a la entrega total, cuando internamente has pactado contigo mismo hasta qué punto estás dispuesto o dispuesta a dejarlo todo para seguir al Maestro. 

Si estás ahí, escucha a Jesús. Es hora de salir de tu confortable espiritualidad, es hora de dejarlo todo, llevándote sólo el amor que hasta ahora has recibido de Él, y comenzar de nuevo; te lo dice Jesús, que te quiere: “vámonos a otra parte”.


Orar con el texto de Marcos 1, 29-39
(Lo tienes transcrito al final de esta entrada)

 -Como siempre, has de buscar para orar un espacio y un tiempo que te faciliten soltar el estrés desconectando de las preocupaciones  de la vida. ... También es importante colocarte en una postura que te facilite la quietud durante la meditación.

- Interiormente comienza haciéndote presente...  Toma conciencia de tu cuerpo (sensaciones), de tu respiración (vida), y de tu espíritu (sentimientos, estado de ánimo), aquí y ahora. ... Como recurso y apoyo puedes centrar tu atención en la respiración, acompasando (contando de diez a una y de una a diez, si lo crees oportuno) el respirar al ritmo de cada exhalación e inhalación. ... 

- Pon ante ti todo lo que ata tu vida espiritual; hazte consciente especialmente de cosas que vives y que en sí no son malas, pero que forman parte de tus posesiones cuando las magnificas: tu vida de oración, tus hábitos y modos de orar, tus experiencias gratificantes en ella, tu satisfacción por las cosas que haces bien, tus conceptos e imágenes de Dios, … Tu oración.

- Todo eso es lo que vives y haces, lo que piensas e imaginas, pero no te identifiques con ello. Y, por supuesto, no identifiques a Dios con tus experiencias de oración. ... Dice san Juan de la Cruz que cuando te hubieres desposeído perfectamente de todo, incluido eso, “quedarás con la posesión de Dios en unión divina” (3 S 7,2)… Aparta, pues, tus ideas, imágenes y experiencias de Dios. Deja que Dios sea Dios. Sólo tú y Él. … Mejor, solo Él y tú en Él ...  Déjate llevar por el amor de Dios … no pienses, no imagines, sólo tú en Él.  … Permanece ahí en silencio contemplativo.

- Escucha la voz de Jesús. “¡Vámonos a otra parte!”, vamos a esos lugares de tu alma donde no te agrada ir, vamos al encuentro de esas personas que siempre has rehuido, vamos esa cruz que te resulta tan molesta. …  “También ahí –dice Jesús- tengo que llevar mi Reino”. Escucha su llamada a cambiar, a abandonar tu comodidad material y espiritual, a dejar tus posesiones para ser todo, toda, para Él… No juzgues, no pongas “peros”, sólo escucha: “vámonos a otra parte”. ... Déjate llevar por Él. ... Ve perdiendo el miedo a perderte, porque va contigo. ... Sólo tienes que soltar, dejarlo todo, para estar con Él.

- Termina dando gracias a Dios por los dones materiales y gracias espirituales que hasta ahora te ha dado, pidiéndole que no te enganches a esos dones que no son Dios, que te dé la libertad de seguir sus pasos dejando atrás todo lo que pueda entorpecer tu seguimiento en libertad y totalidad.

-Al  final de la oración, toma nota de las evocaciones o llamadas que Dios te ha hecho en este rato de oración... Y durante la semana despójate de tus ideas e imágenes demasiado subjetivas de Dios. Dios es. Deja que Dios sea Dios: incomprensible, inefable, inimaginable...

* * *

Evangelio según san Marcos 
(1,29-39)

En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. 

La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. 

Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. 

Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.

Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron:  «Todo el mundo te busca.»
Él les respondió: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.»

Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

Palabra del Señor.

Casto Acedo. Febrero 2021

martes, 26 de enero de 2021

Meditación en la humildad (6)

Los últimos grados de humildad de san Benito son el colofón de la virtud: el undécimo consiste en ser dulce en el hablar y en el porte externo con todos, aceptando  y amando a los otros tal como son; y el duodécimo habla de vivir centrado y sereno, inconmovibles (que no impasibles)  ante los acontecimientos que sucedan a nuestro alrededor.


Recordemos de nuevo que el capítulo de los grados de la humildad contenidos en la regla de san Benito son la coronación de la obra. El santo, tal y como mencionamos al inicio de esta serie de temas, hace algo sorprendente: comenzar por la toma de conciencia y el reconocimiento de la presencia de Dios; y hasta llegar al undécimo grado no brilla lo específico de la humildad en todo su esplendor: “El undécimo grado de humildad consiste en que el monje, al hablar, lo haga suavemente, sin risas, con humildad, seriedad y pocas palabras, no hable a voces, como está escrito: ´al sabio se le conoce por sus pocas palabras´”. En resumen: quien es humilde es persona de silencio, amigo de pocas palabras, y éstas, cuando sean necesarias, son siempre amables. 

Amabilidad 

En el undécimo grado se deja ver que la vida espiritual es algo más que una relación piadosa con Dios; más que a ser santos, hay que ser felices, sentirse bien en el mundo. Y la clave está en el modo de relacionarnos con las cosas y, sobre todo, con las otras personas.

El grado de nuestras relaciones con Dios se mide en el modo en que nos relacionamos con el prójimo. La cercanía y acogida es cercanía y acogida de Dios: “Tuve hambre y me disteis de comer…” , y el desprecio y rechazo es desprecio y rechazo de Dios “Tuve hambre y no me disteis de comer” (Mt 25). La humildad muestra su cenit en la compasión. Eres humilde cuando eres compasivo. El grado de nuestra compasión es el grado de nuestra santidad. 

San Benito pone sobre la mesa el papel que juegan las demás personas en tu vida. La espiritualidad no es algo abstracto sino concreto, no se llega a Dios sino por el encuentro personal humano. ¡Misterio de la encarnación! Dios se hace hombre para enseñarte que el campeonato de la vida eterna (espiritualidad) se juega en la liga de la humanidad. Todos los que te rodean son el puente que se te ofrece para llegar a Dios, el trampolín de tu realización personal. 

Para el humilde el otro no es nunca un competidor en la carrera por sobresalir o sobrevivir. No es el prójimo un ladrón que limita tu libertad y te roba la vida sino, como queda dicho, un puente que te acerca más al conocimiento de Dios y al propio conocimiento. 

Los otros no son un estorbo sino una gracia para crecer. Con su presencia, a menudo molesta, compensan lo que te falta para madurar; el prójimo activa en ti una nueva conciencia, la necesidad de la aceptación y la paciencia. Dios pone al prójimo ante ti, con sus luces y sus sombras, para tu crecimiento. Ellos te enseñan a admitir las diferencias, a reconocer que todos habéis de habitar un espacio común, que entre todos debéis hacer posible un mundo cada vez más respirable. 

Ser humilde no es sentirse inferior a nadie, es simplemente sentirme igual a todos, parte de todos, hermano de todos, sin acepción de personas.


Serenidad 

El último grado de la humildad, el duodécimo, te pide que tu presencia en el mundo sea pacífica. La paz y el silencio interior se expanden hacia el exterior: “El duodécimo grado de humildad –dice san Benito- consiste en que el monje no solo sea humilde en su interior sino que también lo manifieste en su porte externo a los que le ven”. Con la humildad conduces tu alma a la verdad, al reconocimiento de tu propia deficiencia, de tu propio pecado; "dirá siempre en su interior, con los ojos clavados en la tierra: Señor, soy un pecador indigno de alzar mis ojos al cielo"; así te descubres y conoces como débil entre débiles, sostenido o sostenida por la fe y la fuerza de Dios que te habita. 

Cuando la persona, despojada de todos sus ruidos, se adentra en el silencio, adquiere una gran serenidad interior que se deja ver en su capacidad de escucha, compasión y acogida incondicional. Esta serenidad es su carta de presentación. 

Remitiéndonos a la parábola de la casa edificada sobre roca (Mt 7,27-29), podemos decir que la verdadera humildad es la cima de una vida sólidamente asentada en la Palabra; y no hay otra palabra que Cristo; cuando se vive en Él, por muchas que sean las contrariedades que te salgan al paso, mantienes la serenidad; eres como esa casa bien edificada sobre la que "cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos, pero no no se hundió , porque estaba cimentada sobre la Roca" (Mt 7, 25). 

El verdadero místico, por mucho que se le provoque o se le incite a odiar, se mantiene siempre sereno; es más, su sola presencia transpira y expande paz y amabilidad. Los pobres se sienten seguros a su lado, porque saben que junto a él están libres de la dominación y pueden encontrar sosiego. 

Así, la humildad nos conecta con el mundo de una manera nueva. Hace que el mundo sea percibido como un espacio bueno y agraciado. La multitud de personas que se mueven a nuestro alrededor nunca son vistas como competidores, como un peligro potencial, sino como hermanos, como una gracia de Dios, una oportunidad para, amándoles, lograr la felicidad y la paz para todos. 


Alcanzar el perfecto amor de Dios 

Concluye san Benito sus grados de humildad diciendo cuál es la meta que se alcanza con ella: 

“Subidos, pues, todos estos grados de humildad, el monje llegará enseguida a aquel amor de Dios que, por perfecto, echa fuera todo temor. Gracias a él, lo que ante cumplía no sin temor, comenzará a observarlo sin esfuerzo, como espontáneamente y por costumbre. No tanto por temor al infierno, cuanto por amor a Cristo, por la misma buena costumbre y por el gusto de las virtudes. El Señor, por el Espíritu Santo, manifestará todo esto a su obrero ya limpio de vicios y pecados”. 


* * * 
Con esta entrada en el blog  terminamos nuestras reflexiones acerca de la humildad. Han sido temas de mucho interés, aunque deberíamos saber que su valor real no es tanto que sean lecciones magistrales sino en que sean practicadas. Como modelo insuperable de práctica de humildad tenemos a la Virgen María. No te olvides de contemplarla en sus misterios (anunciación, visitación, natividad, junto a la cruz...). Y, por supuesto, imita su humildad.

La espiritualidad, en el fondo, escapa a toda especulación teórica. Se trata de vivir, de sentir, de encarnar la vida de Cristo en el día a día. Si todo lo expuesto en estos temas te ha servido para conocerte un poco mejor, enhorabuena. Pero ya que te conoces en lo bueno y en lo malo, haz silencio y practica todo lo que has aprendido. 

Esperemos y oramos para que pase pronto esta época de pandemia para poder retomar nuestros encuentros presenciales. Mientras tanto, no dejes de hacer silencio y unirte de corazón a la comunidad.

Casto Acedo. Enero 2021

sábado, 16 de enero de 2021

Orar con Samuel (Domingo 17 de Enero)

“Escuchar requiere ejercicio y entrenamiento. Nuestros oídos están embotados: podemos incluso oír, pero no escuchamos. “Hijo de hombre, vives entre ciudadanos rebeldes que tienen ojos pero no ven, oídos pero no oyen”, leemos en el libro del profeta Ezequiel (12,2). ¡Se nos dicen tantas cosas que simplemente no escuchamos!”.

La escucha requiere una radicación, un habitus, una permanencia. No hay duda de que en la escucha hay muchos equívocos, por lo que necesitamos que nos orienten en la escuela de la audición. La historia del joven Samuel (cf 1 Sam 3,1-19), que aún no sabe que lo llama Dios (creyó oír la voz de Elí, su maestro), es la historia del aprendizaje de la escucha. Hay una vigilancia interior que se aprende progresivamente, una disposición de corazón que nos permite escuchar lo inaudible. No tengamos dudas: todo aquello que escuchamos, pero verdaderamente todo, debe ser solo la preparación para la escucha de lo que permanece en silencio. Sólo en el hábitat del silencio, en largos viajes de silencio y exposición orante, puede madurar la escucha” (J. Tolentino Mendoça,  La mística del instante).

Este domingo parece prevalecer en la liturgia de la Palabra el tema de la vocación. La llamada de Dios a Samuel y la de Jesús a sus discípulos me parece una buena ocasión para meditar sobre la importancia del silencio. 

Como dice el texto citado arriba, “sólo en el habitat del silencio, en largos viajes de silencio y exposición orante, puede madurar la escucha”. Porque no hay duda de que Dios sigue estando ahí, y sigue hablando, pero ¿hay oyentes de su Palabra? 

* * * 

La historia de la vocación de Samuel nos sirve de ejemplo para comprender la íntima relación existente entre el silencio, la vida espiritual y la vocación religiosa. Samuel hubo de aprender a escuchar. Por tres veces oyó la voz del Señor que le llamaba: “¡Samuel, Samuel!”. Pero de principio no identificó esa voz, la confundía con la del sacerdote Elí. Su religiosidad primaba sobre su espiritualidad. Y siguió desconcertado en el silencio de la noche. 

Pero Dios  es perseverante y pronunció de nuevo su nombre. Y tuvo Samuel la suerte de tener cerca un maestro experimentado que le ayudó a dar el paso de ir más allá de lo religioso (ritos y leyes) hacia lo contemplativo; Elí, además de sacerdote, era un hombre espiritual y como tal condujo magistralmente al discípulo al encuentro con el Señor: “comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven”,  y le dió el consejo oportuno: “Ve a acostarte (vuelve al silencio de la noche) y si llama de nuevo dí: Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Y ahora sí,  la Palabra de Dios no sólo fue oída e interpretada por la inteligencia del joven, sino acogida en el corazón. Así, desde su experiencia mística, se inició la vocación profética de Samuel.


Orar con el texto de la vocación de Samuel.
(Lo tienes transcrito al final de esta entrada)

Meditar es un ejercicio de entrenamiento para la escucha. Se trata de entrar en el silencio desde la oscuridad de la fe, cuando nuestras preguntas no encuentran respuestas, cuando los acontecimientos que vivimos, ya sea personales o sociales (como la pandemia que vivimos), no tienen una definición clara. Disponte a la oración:

* Busca un lugar tranquilo donde nada ni nadie interrumpa tu tiempo de oración. Colócate en una postura que te facilite a la vez la atención y la quietud. Respira pausadamente mientras apartas de tu mente y tu corazón todo lo que en este momento te inquieta o preocupa. Relaja tus músculos soltando todo lo que tensa tu cuerpo. Deja salir cualquier cosa que te oprima el corazón. Párate unos minutos donde se señala con una (+) 

* Comienza adentrándote en el silencio oculto tras los sonidos que percibes. Escúchalos sin juzgarlos. Mira detrás de ellos. Cada pequeño sonido, la más mínima vibración está siendo sustentada por el silencio que hace posible su existencia. Dios es ese silencio. Como el gran silencio, Dios lo sostiene todo.  Contempla.  (+) 

* Deja que tu silencio se funda con el suyo. ¡Habla, Señor, que tu siervo (tu sierva) escucha!. No fabriques con tu imaginación respuestas a tu ruego; mantén tu atención al silencio, al gran silencio, no olvides que “todo aquello que escuchamos, pero verdaderamente todo, debe ser solo la preparación para la escucha de lo que permanece en silencio”. Contempla esta paradoja. Dios habla en el silencio. No pienses, no especules, sólo escucha. (+) 

* Medita unos instantes este texto de san Juan de la Cruz: “Una Palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y esta habla siempre en eterno silencio y en silencio ha de ser oída del alma”. (+) 

* Entra en la noche de la fe: silencia tus ideas y creencias, tu visión de ti mismo y de tu historia, tus planes y permanece atento al silencio.... (+) Escucha tu nombre pronunciado por Dios resonando en el silencio, hábitat de Dios …(+) … Si tienes dificultas para hacerlo te puede ayudar el repetir interiormente “¡Habla, Señor, que yo, N., tu siervo (tu sierva) estoy a la escucha!”. Déjate llevar por esta jaculatoria. (+) 

* Permanece en el silencio. Permanece en Dios. Déjate invadir por su silencio elocuente, por su música callada, por su palabra inefable…. ¡Habla, Señor, que tu siervo (tu sierva) escucha!. (+)

* Dice un maestro espiritual que “cuando el silencio habla, la vida se transforma”. No hay duda de que la mejor preparación a la escucha y, al mismo tiempo, la mejor respuesta a la llamada de Dios es el silencio. Sólo desde él despojo que supone el silencio puedes escuchar la voz de Dios y dar una respuesta pura, no subjetiva ni interesada, a su llamada. ¡Habla, Señor, que tu siervo (tu sierva) escucha! (+)

* * *


Terminada el rato de oración me pregunto acerca de lo que Dios me ha concedido vivir. ¿He sentido en algún momento que mi corazón se ensanchó? ¿Me he sentido impulsado a responder a la llamada de Dios con algún gesto concreto? ¿Debo esmerarme en algo concreto en el próximo ejercicio de meditación? … Escribo mis impresiones convencido de que eso me ayudará a mejorar mi práctica oracional. 

* * * 

Lectura del primer libro de Samuel 
(3, 3b-10. 19)

En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy.»

Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» 

Respondió Elí: «No te he llamado; vuelve a acostarte.» 

Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel. 

Él se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» 

Respondió Elí: «No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte.»
Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor. 

Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» 

Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel: «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: "Habla, Señor, que tu siervo te escucha."» 

Samuel fue y se acostó en su sitio. 

El Señor se presentó y le llamó como antes: «¡Samuel, Samuel!» 

Él respondió: «Habla, que tu siervo te escucha.»

Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.


Palabra de Dios

Casto Acedo. Enero 2021.