El evangelio de este día (lo tienes al final de este texto), así como la celebración de la Campaña contra el hambre de Manos Unidas y la colecta a favor de las personas y colectivos marginados del mundo, invitan a la contemplación de la realidad que vivimos.
Se suele pensar que la meditación y contemplación es algo cerrado, una huida del mundo, lo más contrario a la acción social caritativa. Pero se equivocan quienes piensan así.
Hay quien hace distinción entre rezar-orar y meditar-contemplar. Rezar, dicen, es repetir fórmulas oracionales ya hechas o hablar con Dios contándole mis problemas, pedirle, darle gracias, etc. Meditar y contemplar, en esta diferenciación, sería escuchar a Dios. Aunque yo no suscribiría sin matices una diferencia tan simple, sin embargo puede servir para captar el sentido de la contemplación.
La contemplación a la que nos preparamos por el ejercicio de la meditación, es algo tan simple como “prestar atención”, estar atento, abrir los ojos del corazón… No hace falta pensar nada, ni esperar nada concreto, ni considerar el valor de la meditación o contemplación por el tiempo dedicado a ello. Se trata simplemente de “prestar atención” a la realidad, abrir la mente y el corazón a las cosas que vives, a la realidad que te rodea, a Dios. Contemplar es solo mirar, y dejar que Dios y la misma realidad contemplada cambien tu vida.
Jesús se muestra como una persona de mirada abierta y profunda, poco dada a distraerse en las triviales pompas del mundo y capaz de ver lo aparentemente insignificante. La atenta mirada y escucha de Jesús fue clave en su misión, y así pudo oír el grito de los pobres, asumir su dolor y ejercer la compasión.
Jesús fue un contemplativo. Lo veíamos la semana pasada prestando atención a la enfermedad de la suegra de Simón, y hoy lo vemos atendiendo a la la súplica de un leproso. “Si quieres, puedes limpiarme. Compadecido extendió la mano y lo tocó diciendo, “Quiero, queda limpio” (Mc 1,40-41). A la sanación precede la atención (mirada compasiva) de Jesús.
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Orar con el texto de Marcos 1,40-45
(Lo tienes transcrito al final de esta enrada)
Te invito a contemplarte sintiéndote parte de un mundo leproso, herido y corroído por la injusticia y el mal; y a la vez te invito a verte a ti mismo como parte de ese todo que es el mundo necesitado de compasión. Solo te pido prestar atención.
Debes buscar, como siempre, el espacio y el momento oportuno para hacer silencio. Luego procura relajarte soltando tensiones y prisas. Cierra los ojos si te distraes con la mirada, o puedes poner hoy ante tus ojos una foto de personas que sufren marginación. O una imagen o estampa de Cristo en algún momento de su pasión: Getsemaní, beso de Judas, flagelación, Ecce homo, o crucifixión.
*Trae ahora a tu imaginación a personas que conoces y que sabes que viven en sufrimiento: enfermedad, pobreza, soledad, desprecio, olvido, etc. Puedes superponer la imagen de esas personas con las imágenes de Jesús en la pasión. No juzgues. Ni te dejes llevar por la conmiseración o la pena paternalistas. Simplemente observa, está atento. Abre los ojos a la realidad del dolor y el sufrimiento de la humanidad en el sufrimiento de Jesús o en el de las personas que contemplas.
*Ahora “presta atención” a tu persona. ¿Qué relación ves entre ti y Jesús o las personas que has visto o imaginado? ¿Cómo los miras? ¿Con superioridad? ¿Con lástima paternalista? ¿Con impotencia convencido de que no puedes hacer nada? ¿Haces tuyo sus sufrimientos? Mírate. Obsérvate. Pero no te juzgues, sólo contempla.
Si miras a los demás simplemente como “otros” a los que tienes que ayudar, o te entretienes en juzgar el motivo que les ha llevado al sufrimiento a fin de retrasar o justificar tu no-compasiòn, los marginas, porque los colocas al lado, al margen, de tu vida. De este modo no eres totalmente compasivo. La verdadera compasión vive el sufrimiento ajeno como propio. ¿Qué ocurre en ti cuando ves el sufrimiento de familiares o personas cercanas y amadas? En este caso sientes que tú eres ellos; no hay dos sufrimientos sino solo uno, porque el amor hace de dos una sola persona. El evangelio de san Mateo, tras narrar la curación de la suegra de Pedro y de muchos enfermos y endemoniados dice que en Jesús se cumple lo dicho por el profeta Isaías: «El tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8,17). Jesús no vive la compasión en la distancia sino en la cercanía, siendo uno con la humanidad. Nuestros dolores son sus dolores, nuestros gozos los suyos.
*Párate y mira que tú eres también humanidad. Más que la parte de un todo eres todo en una parte. Tú eres el inmigrante a quien no quieren recibir, el enfermo atado a su cama, el desahuciado sin hogar, el parado sin recursos para vivir dignamente… Cuando te identificas con ellos (te sientes ellos) vives la compasión verdadera, la de Jesús, “que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8,9)… Entonces puedes sanar como Él: “Sus heridas nos han curado” (Is 53,5).
*Contempla las heridas de quienes pasan hambre, de quienes no tienen nada, de quienes son pisoteados,… Presta atención a ellos en ti, porque cada vez que alguien es despreciado, lo eres tú, y cada vez que alguien es dignificado tú eres dignificado. El deseo de Jesús es que te vivas como uno en todos: “Padre, que todos sean uno, como nosotros” (Jn 17,11).
*Abísmate en el silencio. Deja que tu silencio sea uno con el de Jesús. Siéntete parte del cuerpo místico de Cristo. Dios es misterio de Unidad en diversidad de personas. Yo soy los otros; "nada humano me es ajeno" (Terencio). Contémplate como imagen de Dios, en común-unión con él y con la humanidad.
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Cuando termines tu tiempo de silencio anota qué has sentido, qué llamadas te dirige Dios en tus sentimientos. "Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo" (Lc 6,36). Manos Unidas, Campaña contra el hambre quiere erradicar la pobreza en el mundo; pero eso sólo será posible cuando demos pasos hacia una mayor igualdad entre todos, hacia una "encarnación" en el otro como Cristo se encarna en nosotros. No se trata de acortar la distancia entre ricos y pobres sino de que no haya ya ni ricos ni pobres sino personas, distintas pero iguales, muchos miembros pero un solo cuerpo (cf 1 Cor 12,12-31).
Para hacer un mundo más justo, tal como se pide en la jornada de Manos Unidas, has de comenzar prestando atención (contemplando) al mundo con los ojos de Jesús. Tendemos a mirar la realidad como algo múltiple (múltiples realidades), pero sólo hay una realidad. Cuando daño la naturaleza o daño al hermano me dañó a mí mismo, cuando me preocupo (com-padezco) por el cuidado de la naturaleza o por el bien de mis hermanos estoy trabajando por mi propia ecología, mi propio bien. Hay “un mismo Dios que obra todo en todos”. (1 cor 12,6). No olvides que la unidad es tu país de origen y tu destino. Las fronteras entre países o entre personas no las ha trazado Dios, son el producto de tu visión dispersa de la realidad; pero al principio no fue así...
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Evangelio según san Marcos
(1,40-45)
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.»
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»
Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.
Palabra del Señor
Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Febrero 2021


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