“Cuando ores entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto” (Mt 6, ). Así invitaba el evangelio del miércoles de ceniza a entrar en oración en el tiempo de cuaresma; recoge las potencias exteriores y entra en la estancia interior del alma. San Mateo usa la palabra griega tameion, término que designa la estancia más interior de la vivienda, la alcoba a la que sólo acceden quienes viven en la casa, un lugar donde refugiarse sin ser molestado por extraños.
En Cuaresma la Iglesia recomienda adentrarse en esta estancia secreta del corazón. Para ello hay que soltar las distracciones y apegos que desde fuera tiran de ti ralentizando tu avance espiritual. El ayuno es soltar personas, pensamientos o cosas que, sin ser dañinas en sí, pueden entorpecer o frenan el encuentro con el Padre Dios.
Una vez libre de los apegos que entorpecen la entrada en la oración (ayuno) necesito un segundo paso para la verdadera conversión: la limosna, es decir, despertar en mí mismo el espíritu de la compasión. Si el ayuno exige una mirada a mí mismo y mis esclavitudes, la limosna me obliga a mirar al mundo y al prójimo y desear para ellos la sanación de sus males y la liberación de sus sufrimientos. Porque el mundo exterior no lo aparto y dejo afuera en mi oración sino que lo hago objeto de atención amorosa.
Cuando viva el ayuno y la limosna estaré preparado para el encuentro. Entonces entro en tameion sinceramente, y veré la luz (cf Is 58, 5-10). Ahí, en la alcoba del silencio, entro en amor y saboreo la vida, porque Dios, además de estar presente en la creación y en los hermanos, lo está en mi cielo interior; Dios es, como dice san Agustín “más interior a mí que yo mismo” (interior intimo meo), sin dejar de ser "sumamente mayor que yo" (superior summo meo). ¿No es un regalo inmenso que Dios, el infinito se abaje de ese modo a mi finitud? Yo soy la cueva de Belén, espacio donde el Reino de Dios crece y se expande por el mundo. Merece la pena orar esta gracia.
Orar en este domingo
Puedes aprovechar este domingo de Cuaresma para contemplarte en tu desierto interior, en tu tameion. El Espíritu te empuja hacia él. Toma conciencia de ese impulso espiritual. En tu deseo de entrar dentro de ti puedes observar cómo tu apego a personas y cosas te quitan la paz y la quietud, te seducen y tiran de ti hacia fuera, como queriéndote arrastrar a vivir sólo en lo sensual y externo.
Suelta esos apegos. Y no porque lo sensual y externo sea malo, sino por el lugar preferente que le otorgas. Cuando pones algo o a alguien por encima de Dios en tu escala de valores te sometes a los ídolos de este mundo. Recuerda que toda la creación es para ti, no tú para ella. “A Dios solo adorarás y servirás” (Mt 4,10). Paradójicamente, servir a Dios garantiza tu libertad, porque Dios te ama y ha hecho alianza contigo garantizándote una vida plenamente libre y satisfactoria.
Medita y contempla
Busca el momento oportuno y el lugar adecuado para adentrarte en tu desierto interior, en la profundidad de tu ser. Aquieta tu alma. Silencia todo lo que te preocupa. Y medita.
Ayuno: ¿De qué tienes que ayunar? ¿Qué te está impidiendo vivir desde tu centro (centrado)? ¿Qué te dispersa? ¿Qué personas, creencias o cosas ocupan el núcleo sagrado de tu vida? Sólo Dios puede darte una felicidad completa. ¿A qué personas o cosas les has dado el poder para hacerte feliz? … Hazte consciente de ello, sin juzgarte, sin condenarte, simplemente observa… y compadécete de ti mismo, de tu ignorancia, de tu torpeza, si ves que vives sometido a la dictadura de tu ego. Arrepiéntete de tu camino errado.
Limosna: ¿Qué sentimientos abundan en tu corazón? ¿Envidia? ¿Ira? ¿Gula? ¿Deseos de poder? ¿Espíritu vengativo hacia alguien? … ¿Cómo ves a tu prójimo? ¿Lo miras como algo ajeno a ti, o sientes su dolor como tu dolor y su gozo como tu gozo? ¿Cómo andas de compasión? … Abre tu corazón a todos los que te rodean; practica la compasión universal.
Oración: Mírate en brazos de Dios. Déjate acariciar por su ternura. Gózate en su amor. Abandónate a su voluntad, a su querer. Esta es la “conversión” profunda que te pide la cuaresma. Poner toda tu atención en Dios, dejarte en sus manos... Dedica un largo espacio de silencio a saborear la Presencia (presente) de Dios que lo envuelve todo.
Termina pidiendo perdón a Dios y tomando nota de las gracias y llamadas percibidas en el rato de oración.
Casto Acedo. Febrero 2021


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