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viernes, 18 de agosto de 2017

Nos vemos el 24 de Agosto


Hola, meditadores.
 
He hablado en particular con algunos miembros del grupo de oración contemplativa y hemos acordado tener un encuentro de oración, a las 8,30 en Don Álvaro, el próximo  Jueves 24 de Agosto. Así aprovechamos para vernos -los que podáis- y animarnos mutuamente en nuestro camino. También aprovecharemos para fijar el inicio del próximo curso.  
 
* * *
 
Os paso un brevísimo texto de Juan Casiano, sacerdote y asceta, Padre de la Iglesia, que nació en Dobruja (Rumanía)  hacia el año 360/365, y murió en el año 435.  Se formó en Belén (Palestina), en una época en la que muchos acudían a tierra santa haciendo lo que podríamos llamar  “turismo espiritual”, es decir, buscando experiencias religiosas. Ese ambiente no le satisfizo, así que se retiró como eremita al desierto de Egipto, donde halló el camino que buscaba y escribió acerca de la oración:
 
 
Debemos observar con particular fidelidad el precepto evangélico que nos manda permanecer en el recinto de nuestra habitación, cerrada la puerta, para ofrecer la oración a nuestro Padre. ¿Cómo damos cumplimiento a esa prescripción del Señor?
 
Oramos en nuestro aposento cuando ponemos a cubierto nuestro corazón de la realidad circundante, apartándole del tumulto y turbación de pensamientos y cuidados que le solicitan. Luego, en la soledad de nuestro interior, manifestamos al Señor en secreto y familiarmente nuestras necesidades. Orar con la puerta cerrada es dirigir nuestras súplicas sin mover los labios, en un perfecto silencio, a Aquel que penetra los corazones, no menos que las palabras.
 
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Seguid meditando y disfrutando el verano.
 
Casto Acedo.

domingo, 16 de julio de 2017

EL ESPIRITU CONTEMPLATIVO (5. CONTRA EL ÉXITO)

Va el último escrito de la serie "Modernidad y vida contemplativa". En esta entrada nos ocupamos del éxito, de ese afán que tenemos por sobresalir entre los demás, esa necesidad de levantar nuestro pedestal hasta conseguir el reconocimiento social que creemos que nos merecemos.

El interés desmesurado por sobresalir parece agudizarse hoy con la aparición de las redes sociales. Aplicaciones como Twitter, Facebook, Istragram, Youtube o Washap, gozan de gran aceptación, y tal vez se deba a que ofrecen al ciudadano de a pie la oportunidad de darse a conocer.

Las redes sociales son una ventana abierta al mundo donde mostramos lo exitosos que somos: abundamos en amigos, en golpes de suerte y en viajes, protagonizamos o participamos en eventos de importancia, somos agraciados en el amor, en la diversión, etc. Pero no seamos ingenuos, sabemos que las medias verdades son las más amargas de las mentiras; en las redes sociales solemos ocultar el otro lado de la vida, aquellas zonas oscuras que nos harían perder puntos ante ese público al que nos queremos ganar, y a cuyos criterios estamos sometidos.  



 La búsqueda de reconocimiento social

 Todos tenemos un afán innato de perfección que nos mueve a superarnos cada vez más; queremos desarrollar todas nuestras potencialidades. Y esto nos es negativo. Pero puede degenerar en paranoia cuando ese deseo de crecer y mejorar humanamente lo vivimos compulsivamente como  medio para alcanzar el triunfo social. En los tiempos que corren da la sensación de que si no vivimos nuestro minuto de gloria no somos nadie. De ahí el
deseo angustioso de sobresalir y ser aceptados por los demás, algo que puede degenerar en preocupación enfermiza. Esto se agudiza  en una sociedad democrática donde nuestro poder es directamente proporcional a la reputación de que gozamos.
 
Antes se era alguien, o cada cual  creía  que lo era, por el origen social de la familia, por la cuna en que nació o el clan al que pertenecía. La sangre daba títulos y honores que hoy han de ganarse a pulso. Por eso, desde el momento en que tomamos conciencia de ello, nos lanzamos como locos a una carrera frenética por ser reconocidos entre los primeros y los más importantes.
 
Éxito. La palabra procede del latín exitus, que significa salida. Los ingleses lo adoptaron como exit (salir). Pero tiene también otros significados, tales como término o fin. Se trata en este caso de alcanzar el fin, la meta, el triunfo. Buscar el éxito es algo connatural al hombre. Sabemos que somos seres no terminados, siempre en camino hacia una meta. El problema es que la meta, el éxito, lo solemos medir por criterios y reconocimientos exteriores a nosotros.
 
El hombre moderno aspira a que sus palabras y sus acciones tengan peso. ¿Para quién? Este es el problema. Queremos que nuestra palabra y nuestra persona pesen ante los demás, y para ello nos dedicamos a construir una imagen ideal que impacte en el entorno y tenga reconocimiento. Se trata de un “reconocimiento social”, algo que el contemplativo no busca; el contemplativo se mueve no tanto por ser reconocido cuanto por conocerse a sí mismo, conocer al otro y vivir en el conocimiento y reconocimiento de Dios. Quien medita y contempla no lo hace para adquirir éxito ante sí mismo y sentirse en paz consigo, tampoco para  crecer en estima ante la comunidad; y, por supuesto, tampoco lo hace para ganarse el reconocimiento y la aprobación de su Dios. Sabe el contemplativo que Dios le ama y reconoce a pesar de su pecado.
Pero nuestro mundo no es muy contemplativo, y se mueve con otros esquemas. La modernidad, esencialmente antropocéntrica, centrada sobre el "yo", busca validarse desde el mismo "yo". Y ¿cómo lo hacemos? Pues apostando por uno mismo, incluso al precio de dejar a los competidores tirados en la cuneta, víctimas inocentes de nuestra ambición desmedida. Ancianos, enfermos, pobres, fracasados, etc. son minusvalorados o ninguneados, convirtiéndose en el montículo de escombros sobre el que vamos edificando nuestra torre de Babel. Entendemos la vida como una carrera frenética por ser héroes reconocidos por todos. A veces pagando el precio de nuestra propia vida. “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?” (Mt 16,26). Así es cuando más que vivir nos desvivimos por alcanzar una cima que sólo existe en las ambiciosas fantasías de nuestro ego.

 
 
El éxito religioso
 
El esquema-trampa del éxito tiene también su versión en las religiones tradicionales. Se trata de vivir la fe reduciéndola a la vivencia de virtudes heroicas, de forma que solo los vencedores y los héroes llegan al cielo; los demás quedan reducidos a la nada, o van directamente al infierno. 
 
Cuando entiendes la religión como una carrera por alcanzar virtudes, es que has cambiado las ambiciones terrenales por otras aparentemente más celestiales y más nobles, pero sigues en un camino viciado por el éxito egoísta. Sólo has modificado el pedestal al que subir; tú sigues siendo el mismo. Los monasterios y las instituciones religiosas están llenas de personas que, fracasados en sus intentos de triunfo en el mundo, buscan la oportunidad de triunfar a base de esfuerzos por hacerse un lugar en el cielo. Éstos harán todo lo que contente a su dios personal, llegando incluso a despreocuparse de los hermanos siempre que se tenga la seguridad de que su dios está satisfecho de sus prácticas y sacrificios, y llegado el momento le premiará. 

Jesús previene sobre la trampa de buscar el aplauso de la gente, y avisa del premio que da Dios al que reza, comparte lo suyo o ayuna en lo secreto (cf Mt 6,1-8 ); pero también previene de los peligros de refugiarse "en lo secreto" dando la espalda al mundo. ¿No es un peligro poner el éxito personal en una contabilidad de actos piadosos por los que creo merecer un título? ¿No puede esto llevar al fariseísmo? Obrar en lo secreto debe de ser algo más que obrar el bien ocultándose a la mirada de otros; se trata de que mis actos nazcan de lo más íntimo de mí mismo, del secreto misterio de mi corazón, como fruto maduro de la percepción del Espíritu de Dios que me habita. Cuando lo vivo desde ahí no espero premio, ni siquiera de Dios, porque tendré la seguridad de que "somos siervos inútiles que hemos hecho lo que teníamos que hacer" (Lc 17,10). Que Dios esté conmigo a pesar de mis miserias es ya un premio suficientemente consolador.

En esto de la religión hay que precaverse del modo en que se entiende el éxito de una vida religiosa lograda. El contemplativo no cae en el error de medir su vida por la aceptación que su ejemplo tiene para los hermanos. No pocas veces la religión se vive como el sometimiento a una serie de protocolos y disciplinas que se valoran y promueven más que las actitudes del corazón. El contemplativo no evalúa su vida desde la mayor o menor aceptación que su vida tiene ante los miembros de su iglesia, sino confrontándose sinceramente con Dios; la luz que guía al contemplativo no es la del reconocimiento humano, aunque provenga de instancias religiosas, sino la luz de su conciencia despierta y humilde situada ante el Misterio.

 
Sin un porqué ni un para qué
 
¿Cuál es el motivo último por el que obra un contemplativo? ¿Tal vez el amor? La contemplación, por supuesto, no existe sin el amor; aunque puede haber amor sin contemplación. El amor es importante; pero hay que distinguir claramente entre el amor eros y el amor ágape, el primero es ese amor con el que el hombre se ama a sí mismo, a Dios y a los hermanos; el segundo es el amor con el que Dios ama. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados. …. Él nos amó primero” (1 Jn, 4,10.19b). Sí hay un motor para la vida contemplativa debería de ser el amor ágape, aunque éste no es un motor propio de la naturaleza humana, sino regalado, una gracia, un don de Dios; el contemplativo no ama con un amor eros (amor propio) sino que su amor es el fruto maduro de quien por la contemplación ha dado paso en su vida al amor ágape (gracia) de Dios. El contemplativo ama por y con el amor con que Dios le ama. 
 
Aunque, propiamente,  en última instancia el contemplativo obra sin motivo alguno.  Quien se dedica a sumergirse y vivir en el presente (presencia de Dios) no tiene un porqué ni un para qué; si los tuviera no estaría en el presente sino que viviría en el pasado (por qué) o el futuro (para qué). Para el contemplativo cada momento es una nueva creación. No queda atado a nada, y por eso su modo de ser y vivir sorprende en cada momento. La rosa no tiene un porqué, los pájaros y los lirios del campo no viven enganchados a una explicación de su origen ni se preguntan por su futuro, simplemente son. El encanto de las rosas es, que siendo tan hermosas, nunca saben que lo son. No buscan el éxito, ni siquiera se preguntan en qué consiste su encanto. El contemplativo, como la rosa, vive en la docta ignorancia que le previene de la idolatría del triunfo
 
No vive el contemplativo la obsesión por ser admirado, y tampoco le agobia la obtención de unos créditos  para poder alcanzar fama de sabio. No. El contemplativo se limita a ser, a contemplar sin prejuicios la realidad; esta es su tarea: mirar, abrir los ojos a lo que hay, con su alma puesta en fe delante de Dios. Le preguntaron a Jesús: “Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?». Respondió: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado»” (Jn 6,28-29).
 
Creer, confiar en que cada día, cada instante tiene su riqueza, y a cada día le bastan sus afanes (Mt 6,34). Hacer silencio, contemplar, es ponerse en fe ante Dios, sin esperar nada, sin pedir nada, sin condicionar para nada su ser. Dejar que Dios sea Dios, que su amor se manifieste dejando que oscurezca con su “éxito” (su luz) mis éxitos (mi luz). Sólo si Dios quiere me dará a vivir el “éxtasis" (estar fuera, en Él), pero eso no es un triunfo mío sino suyo. Es el éxito de Dios. Si se diere en mí, diré, como María: “proclama mi alma su grandeza” (Lc 1,46-50 ), la suya, no la mía, porque yo soy sólo tierra, humus, humildad, un “no-ser” al que sólo el ser de Dios da valor y consistencia. 


 
El éxito de Jesús
 
El éxito de Jesús está muy relacionado con su fracaso mundano. En la vida y destino de Jesús Dios pone en evidencia lo falsas que son  las aspiraciones mundanas. En el Hijo muestra el Padre que el camino más apropiado al hombre es el del no-éxito, la huida del triunfo mundano; y eso es lo mejor primeramente por razones de sentido común: “Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: "Cédele el puesto a este". Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: "Amigo, sube más arriba". Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales”. (Lc 14,8-10 ). 
 
Pero también hay un sentido teológico para rechazar el prestigio mundano, y no quemarse en la carrera por obtener los mejores puestos. Nos lo recomienda san Pablo poniendo como modelo al mismo Jesús: “No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina,  no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de si mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia se humilló a sí mismo,  hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre- sobre-todo-nombre” (Flp 2,3-9)
 
La vida de Jesús es un hermoso poema a la no-ostentación. Para empezar nace en un establo, alejándose así de cualquier pretensión de prestigio social. La mayor parte de su vida es anónima, viviendo y trabajando humildemente en Nazaret. Su vida pública es de una extrema pobreza y debilidad: "El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza" (Mt 8,20). Cuando san Pablo dice que Dios escoge lo pobre de este mundo para confundir a los fuertes se está haciendo eco de esta enseñanza (1 Cor 1,27).
 
En el desierto Jesús es tentado. Las tentaciones son el paradigma de lo que fueron las pruebas que hubo de vivir durante su vida (cf Mt 4,1-11). Al pedírsele que se arroje del alero del templo y deje que los ángeles le recojan antes de caer al suelo, el demonio le está pidiendo que haga ese milagro a fin de adquirir fama e influencia entre los hombres, y eso le dará poder. Con ese prestigio, aparentemente, le será más fácil llevar a los hombres a Dios. Jesús, sin embargo, no se dejó llevar por el éxito fácil.  Le invita a ello, cuando sus parientes le dicen:  "Sal de aquí y marcha a Judea para que también tus discípulos vean las obras que haces, pues nadie obra nada en secreto, sino que busca estar a la luz pública. Si haces estas cosas, manifiéstate al mundo" (Jn 7,3-4). No lo hizo, no quiso ser famoso. También se negó al encumbramiento de sí cuando multiplicó los panes y los peces y “sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo” (Jn 6,15).  Elige el camino de alumbrar antes que deslumbrar, el silencio y el ocultamiento antes que el espectáculo ruidoso y la vanagloria.
 
La soledad, el silencio, el retiro, los usó Jesús como arma para alejarse de la tentación del triunfo.  Baste citar finalmente que el éxito de Jesús se sostiene en una gran paradoja: el triunfo de la cruz. La pasión y muerte de Jesús son ejemplos de cómo el camino del prestigio del mundo no es de los contemplativos. A los ojos del mundo Jesús vive el anonadamiento total. Él mismo había dicho que “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20,28),h a venido a ser el último. Jesús no busca subir, no tiene en mente su propio prestigio, sólo el del Padre (Mt 26,42), y éste pasa por amar a los hombres anteponiéndolos a su propia persona.

 
Silencio, aquí y ahora, sin pretensiones.
 
Contemplativo, el mundo invita al orgullo y la soberbia: “antes muerta que sencilla”; tanto brillas tanto vales; la vida entendida como una operación triunfo, como una carrera por llegar el primero no se sabe dónde y a costa de pisar a todo el que se me ponga en el camino; la apariencia valorada más que la realidad. Esto no es compatible con la vida contemplativa.
 
vive el presente con misericordia, con el corazón puesto en tu miseria y en la de los hermanos, estando ahí, en quietud, unido a toda  la humanidad. “Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente sencilla. No os tengáis por sabios” (Rm 12,15-16).

Cuando medites hazlo “porque sí”, no busques una meta, no esperes ningún éxito. Estar cada día ahí, en silencio, puesto en fe, es ya en sí un triunfo. Y no porque el meditar sea un fin en sí mismo, sino porque tu silencio, tu quietud, tu anonadamiento y disponibilidad en la meditación, son un camino probado y recomendado por el Maestro. Él pasó noches orando a solas, abriendo su humanidad al misterio del Padre (Mc 6,46; Jn 6,15; 8,1 etc.). Te enseña así que meditar es un acto que te acerca a la realidad de lo que eres. Cuando meditas, cuando silencias tu corazón, cuando te quedas desnudo de pensamientos y emociones, cuando te vacías de tus quereres para abandonarte al querer de Dios, estás abriendo en ti una nada, un espacio vacío donde pueda entrar, si quiere, aquel que es el Todo. Cuando vives su presencia en tu interior comprendes que tu triunfo es su triunfo, tu éxito el suyo. Tú solo debes dar muerte a tu ego apagando la llama de los éxitos y ambiciones que ensordecen tu mente y tu corazón. Ya sabes: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).

Meditador, no dejes de practicar y valorar tus momentos diarios de retiro y silencio. Con la práctica de la meditación desenmascaras la falsedad de los triunfos humanos, el absurdo de los éxitos ficticios que sólo conducen a la frustración. Cuando meditas entiendes que todo lo que buscas fuera lo tienes ya dentro. Basta limpiar el pozo de tu alma para permitir que el agua pura que está en ti riegue y refresque tu vida y la de los que te rodean. Esa es la meta, la llegada, el éxito: ser tú mismo, sacar el agua de tu pozo con la ayuda de Aquel que te habita, porque eres templo del Espíritu Santo (cf 1 Cor 6,19).
 
Para todos,
¡buen verano de descanso,
silencio y meditación!
 
Casto Acedo. Junio 2018
60 

martes, 20 de junio de 2017

EL ESPIRITU CONTEMPLATIVO (4. EL VALOR DE LO PEQUEÑO)


Va la cuarta entrega de las reflexiones acerca de la mirada del contemplativo en relación a la modernidad. Y en este caso hablamos de la obsesión del hombre contemporáneo por la grandiosidad y espectacularidad,  como si quisiéramos  conjurar  con grandezas absurdas el hecho y la realidad de ser finitos, limitados, pequeños.
 
La vida contemplativa, sin embargo, pone su grandeza en lo pequeño, lo cercano. Si, como dice santa Teresa siguiendo la estela de san Pablo, "humildad es andar en verdad", queda claro que lo pequeño, lo humilde, es lo más verdadero. Todo el Nuevo testamento está lleno de alabanzas a la pequeñez. El reino de Dios no está en lo espectacularmente grande, sino ahí, en la pequeña interioridad de cada hombre  (cf Lc 17,20-21) .
 
Lo pequeño es hermoso
La modernidad tiende a “lo grande” (grandes ciudades, grandes obras, grandes eventos, grandes metas…). Todo es big en nuestro mundo. Los pequeños oficios artesanos, las pequeñas empresas familiares, el pequeño agricultor, el núcleo rural pequeño, etc., tienden a desaparecer. El pez grande se come al chico, y los tiburones que son las multinacionales devoran al tendero de la esquina y al artista callejero.  El pez grande se come al chico. Goliat pone en jaque la existencia de David.
 
En mis tiempos de estudiante tuve en mis manos un libro de E.F. Schumacher sencillamente maravilloso. Su título es muy sugestivo: Lo pequeño es hermoso.  Economía como si la gente importara (1973). En aquellos años de crisis del petróleo, el autor pone en  evidencia los peligros que supone la explotación de la tierra por parte de las grades multinacionales. Estas macro-empresas, cuyo único objetivo es el beneficio, recorren la geografía terrestre esquilmando bosques, quemando tierras, agotando recursos. Su movilidad y capacidad depredadora es cada vez mayor. Una vez desaparecido un bosque se trasladan a otro. Agotado un banco de pesca se mueven hacia la siguiente, dejando tras de sí la destrucción y la muerte.
 

Los habitantes tradicionales de los lugares explotados por ellos se quedan sin recursos para sobrevivir, empobrecidos, a veces exterminados, mientras que el capital obtenido por el negocio de semejante crimen algo más que ecológicose asegura en centros financieros localizados en países como Suiza, cuya belleza paisajística es mimada con un esmero encomiable. Aquí son severísimas las  leyes orientadas a la  conservación del medio ambiente y el respeto a los recursos tradicionales de supervivencia. Quienes se benefician de la política de tierra quemada del planeta construyen sus zonas residenciales allí donde cortar un árbol es casi un crimen. 

E. F. Schumacher propone dar valor a lo pequeño. Crear comunidades que trabajen la tierra con el cariño de quienes saben que de ella depende la propia supervivencia y la de sus hijos. ¿Quién mejor que un pequeño agricultor sabe cómo tratar su tierra evitando esquilmarla? Su porvenir y el de sus hijos está en juego en el modo que tenga de relacionarse con su explotación agrícola. Así, consciente de ello, su trabajo se humaniza y su medio ambiente natural es respetado. Nada parecido al trato abusivo que la multinacional da a la tierra. Y lo mismo ocurre a las personas. La mano de obra barata es propia de los países dominados por las grandes marcas comerciales, que, sometiendo poblaciones enteras a explotación laboral, obtienen beneficios que sólo engordan a unos pocos.

El autor del libro reseñado recomienda la fundación de lo que podríamos llamar "economía monacal",  cooperativas de pequeños agricultores, ganaderos  y artesanos, unidos por la geografía de una comarca, que procuran cubrir sus necesidades con los productos que elaboran con sus manos, evitando en lo posible la adquisición de aquellos bienes de consumo que generan las multinacionales y que acaban por hacer desaparecer a la pequeña economía local. Lo grande es devastador, lo pequeño es hermoso, podríamos concluir.

Concentración versusexpansión

Propio de la modernidad es lo grandioso, lo espectacular, todo aquello que suponga un record Guinness. Se trata de llegar a donde nadie llega, aunque eso que ha de ser lo más grande sea un absurdo o un veneno, como ser el que más comida basura come en una hora o el que consigue hacer el queso o la tortilla más enorme. ¿Para qué? Para nada. Lo importante no es el absurdo del reto a superar, sino su tamaño. Aunque tal vez el Guinness más grande esté en el tamaño del absurdo de este premio. Para estos, desde luego, lo pequeño no es hermoso, simplemente es insignificante y despreciable.

¿Qué decir? Lo primero que lo propio de la contemplación no está en expandirse hacia fuera como si fuéramos globos gigantescos que hay que hinchar hasta límites infinitos. No. Lo propio del contemplativo no es la expansión sino la concentración. El contemplativo no se deja seducir por un lucimiento cada vez mayor, por la atracción de las cosas grandes  por sí mismas; es consciente de que  las sustancias concentradas tienen más densidad, pero menos volumen. Una vez alcanzado el centro, llega el sosiego, la calma, la paz. Aunque no debemos confundir estos estados con la autosatisfacción.


Nos engañamos si caemos en la trampa de identificar lo “grande” (cantidad) con lo “bueno” (calidad). Hay  quien cree que la bondad o maldad de las cosas, la valoración ética de los actos humanos, dependen de la opinión de la mayoría de los que democráticamente han alcanzado el poder. Como si la verdad, la bondad y la belleza, es decir, el ser mismo de las cosas, fuera algo cuyo valor dependiera de la aprobación de una mayoría.  Craso error.

Tampoco a nivel moral la cantidad de aceptación social de un valor es la medida de su calidad. El valor de las personas y de los actos humanos no está fuera sino dentro; por eso la meta que hay que alcanzar no es la conquista de las mayorías, sino la de la propia interioridad. Lo decisivo no es la cantidad de cosas que abarco o de personas que me aplauden, sino la calidad de mi persona y el modo de relacionarme con la realidad que me rodea.

El contemplativo abre sus ojos a lo pequeño. No ignora lo grande, pero es lo suficientemente inteligente como para percatarse de que la seducción de lo grande suele dañar la calidad. Las grandes empresas cosifican al trabajador, las grandes ciudades condenan al hombre al anonimato y los grandes eventos anulan y masifican a las personas.  Sin embargo, nos hemos acostumbrado tanto a la idea de que lo máximo y expansivo constituye el ideal, que estamos matando el valor de lo pequeño y concentrado. Si no abandonamos esta dinámica, seremos incapaces de superar el complejo y la sensación de sentirnos como desplazados si no vivimos en la capital, si no hemos pasado por la universidad, o  si no viajamos a lugares grandiosos por su exotismo, belleza y lejanía. Así viven muchos de nuestros vecinos, y tal vez muchos de nosotros: obsesionados y nerviosos por alcanzar cimas de éxito profesional, o de aventuras viajeras, olvidando que el éxito de la vida no está en la expansión sino en la concentración. “El Reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,20).

El contemplativo ama las pequeñas cosas, lo cotidiano, lo familiar y vecinal. No se siente llamado a realizar gestas grandiosas, sino "pequeñas grandes cosas", y cuando las realiza sabe que estas no son  mérito propio, sino fruto del poder de Dios que se manifiesta en lo pequeño de su persona. “El poderoso ha hecho obras grandes en mí” (Lc 1,49). 

Para quien vive en contemplación lo pequeño es  visto como más auténtico, por cercano y por real. Una multitud de personas solo puede vivir su unidad desde parámetros virtuales, porque es imposible conocer a fondo a todos los miembros de una masa humana. Sin embargo, en la cercanía de lo pequeño nos empapamos de la carne y del espíritu del hermano.

Jesús gustó de lo pequeño, del reducido grupo de los discípulos más cercanos, sin despreciar a la multitud,  a la que se acercó y de las que dijo que andaban  como “ovejas sin pastor” (Mt 9,36). Pudo limitarse a las grandes predicaciones y actos multitudinarios, pero escogió darse a conocer de modo más íntimo al pequeño grupo (Mc 3,13-19). Mejor en grupos pequeños. ¿No es significativo que santa Teresa pusiese un tope ideal de 13 monjas por casa en su proyecto de fundaciones, corrigiendo así la masificación del monasterio de la Encarnación? Un pequeño grupo de amigos los pone cara a cara y humaniza las relaciones abriéndolas más fácilmente a la realidad del otro.

Lo pequeño es hermoso” porque goza de la belleza que supone conocer la verdad y la bondad de cada miembro del grupo, que, aunque no sean cualidades perfectas en cada uno de los miembros, al menos son tangibles, reales, palpables. En la intimidad de los Doce Jesús pudo preparar a los suyos con más intensidad, con más detalles, con más acierto, indicándoles cómo aprender de los pequeños detalles que nos ofrece la vida.

Como aquel día en que “estando Jesús sentado enfrente de las arcas para las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho;  se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante.  Llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie.  Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir»”  (Mc 12,41-44).

En esta ocasión los discípulos, como todos solemos hacer, se hallaban cegados por lo espectacular y grandioso del templo y por la copiosidad y ostentación de los donativos que ofrecían los potentados. Jesús, sin embargo, les enseñó a mirar la realidad con más profundidad, mostró cómo su mirada contemplativa estaba abierta a la hermosura de lo pequeño. Sólo él vio a aquella humilde viuda y captó el mensaje del Padre: ahí, en lo escondido, lejos del  brillo de las lentejuelas, está la verdad, la bondad y la belleza. Una excelente lección para todos.


Actuar el monje que llevamos dentro

Contemplativo es quien ha descubierto la “dimensión monástica" que está en el corazón de cada hombre, su vocación innata a entrar en sí mismo, su llamada a descubrir el tesoro del ser concentrado en la simplicidad del aquí y el ahora. El contemplativo  huye del ruido de los títulos, de las grandezas y de las cumbres del poder. Sabe que lo más grande está misteriosamente escondido en lo pequeño.

En un mundo donde lo que se busca es “lo grande”, la meditación y la contemplación están amenazadas por un doble peligro.  Por un lado, el riesgo de perderse en una práctica meditativa para masas. Los medios de comunicación consiguen transformar en una gran feria espiritual todo lo relacionado con la meditación. De hecho ya lo hacen. Resulta extraño el éxito arrollador de muchas  escuelas de meditación, sorprendentes  los títulos de “maestro” que se asignan quienes las dirigen, y escandalosos los negocios que se montan en torno a lo espiritual. ¿Cómo se iba a escapar este fenómeno a la tentación de la grandiosidad y la especulación económica?

Por otro lado, existe un peligro más cercano y personal: transformar la práctica de la meditación en un juguete con el que entretener la vida. Quien hace esto cree que la meditación le llevará a encontrar la idílica felicidad que tanto soñó. Hay quienes creen que el objetivo de la meditación es  proporcionar satisfacciones gozosas a las personas. Falso. El gozo auténtico es algo que no podemos ligar a  las técnicas meditativas. La satisfacción del meditador no es el premio de la práctica, es un don que el contemplativo no espera. Hay que tener claro que los resultados no determinan la utilidad de la práctica meditativa; en todo caso los “gustos y contentos” del místico dan sentido a algunos momentos puntuales de su vida, pero luego toca desapegarse de ellos. Si no se da el desapego de la gratificación afectiva, ésta se transforma en obstáculo más que en ayuda para el camino.  Cuando el objetivo de mi meditación es la satisfacción de mis deseos, estoy atrapado en una  trampa.

Para discernir la auténtica de la falsa meditación podemos fijarnos en la esencia del monacato. El monje es ya de por sí un crítico social, un inconformista; su vocación nace como reacción al malestar espiritual que se detecta en sociedades acomodadas política o religiosamente. Sociedades que, en no pocos casos, utilizan la religión y los mismos métodos meditativos como opio para el pueblo. El monje busca huir de ese estado de narcosis mundana a la que lleva lo espiritual masificado y manipulado. 

Pero hay que matizar: el monje no huye del mundo, sino que se sitúa en él de un modo compasivo y crítico. Hay que prevenirse de la utilización de la meditación como refugio interior y olvido de la justicia. Es muy común hoy la consideración de que la “espiritualidad” es connatural al hombre y, sin embargo,  la “religión” es un constructo más o menos malintencionado de quienes quieren encerrar al espíritu entre rejas. Esto, además de falso, es una trampa para justificar espiritualidades anárquicas y  sometidas a los caprichos del mercado y de la propia autosatisfacción. Convencido de que la religión es un estorbo, el meditador se lanza a unas prácticas para las que no tiene ni guía (la tradición monacal de una religión) ni freno (la teología de una religión que ejerza  el control necesario ante los excesos de la mística). En incontables casos es el propio hombre el que se narcotiza con las prácticas meditativas, en soledad o en grupo-estufa,  a fin de no afrontar las realidades desagradables que tiene ante sí. Opio del pueblo.

 Al final, quien se deja llevar por esta anárquica forma de meditar, suele ser fácilmente manipulable. Su “santa indiferencia”, su hipócrita “apatía” (ausencia de pasiones) suele ser una cómoda venda en los ojos que impide ver las injusticias y el sufrimiento del ambiente; y  este modo de meditar, alejado de la encarnación en los problemas humanos, anula el espíritu profético y favorece a quienes mandan e imponen sistemas sociales injustos.   Cuando la meditación sea un fenómeno de masas, sospechad que el gran hermano no perderá la oportunidad de dominar los espíritus. ¡Ojo a esto!

Espiritualidad y religión no son dos realidades opuestas. Toda religión verdadera es portadora de una tradición espiritual, y toda espiritualidad tiende a una cierta institucionalización como modo necesario de pervivencia y canalización de su riqueza espiritual.
Así, pues, contemplativo, huye de espiritualidades "idealistas y utópicas", de fuga mundi, propias de quienes no quieren aceptar la realidad que son y en la que viven. Tampoco  te obsesiones por pertenecer a un grupo de contemplativos numerosos y de moda. Ni aspires a templos sofisticados para practicar tu meditación. Medita en lo secreto de tu corazón, sin muchas palabras y  exigencias, y Dios te dará su mano (cf Mt 6,5-8). Disfruta del pequeño grupo en el que puedes conocer a todos y a cada uno de sus miembros, llegando a sentir la verdad de sus luces y sus sombras, la belleza de su vida entre dificultades. Aquí, en el pequeño grupo, es más fácil acercarse a la interioridad propia y aprender de la enseñanza del hermano. Dios se revela a los sencillos y huye de la grandilocuencia de los sabios y entendidos (cf Lc 10,21), no gusta de los poderes y ama lo pequeño (cf Lc 1,51-52).
Sé constante en tu meditación. Y mantén los ojos abiertos a la realidad histórica y humana en la que vives. Mírala con atención a los detalles, como Jesús. Con una mirada contemplativa, siempre  compasiva.
Casto Acedo. Junio 2918
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sábado, 10 de junio de 2017

Felíz día, contemplativos.

Me hubiera gustado que en el día Pro-orantibus nos hubiéramos reunido para orar, o all menos para celebrar juntos la Eucaristía en un mismo lugar. Pero la coincidencia con otras celebraciones (San Bernabé en Don Álvaro, y San Antonio en Mérida) han hecho imposible el deseo. No obstante, confío en que celebremos este día en el próximo encuentro, el último oficial del curso, fijado para el 22 de Junio. 
 
No obstante, aprovecho para recordar este día que es el nuestro, el de los que buscamos, entre otros caminos, el encuentro con Dios por el silencio contemplativo.
 

El Domingo de la Santísima Trinidad, pone ante nosotros a todas las comunidades religiosas de vida contemplativa.

En un documento del Papa Francisco sobre la vida contemplativa femenina (Vultum Dei quaerere) habla así del silencio:
"En la vida contemplativa ... considero importante prestar atención al silencio habitado por la Presencia, como espacio necesario de escucha y de rumiatio de la Palabra y requisito para una mirada de fe que capte la presencia de Dios en la historia personal, en la de los hermanos y hermanas que el Señor os da y en los avatares del mundo contemporáneo. El silencio es vacío de sí para dejar espacio a la acogida; en el ruido interior no es posible recibir nada ni a nadie. Vuestra vida integralmente contemplativa requiere «tiempo y capacidad de guardar silencio para poder escuchar» a Dios y el clamor de la humanidad. Que calle, pues, la lengua de la carne y que hable la lengua del Espíritu, movida por el amor que cada una de vosotras tiene para su Señor" (n. 33).

Este año el lema del día recoge también palabras del Papa: Contemplar el mundo con la mirada de Dios. En el silencio contemplativo buscamos adentrarnos en el Misterio que es Dios para poder hacer desde ahí  una lectura distinta de nuestra realidad. El cartel del día  lo ilustra una interpretación del Icono de A. Rublev sobre la Santísima Trinidad.
 
 
No puede ser más acertado el día elegido para recordar la importancia de los contemplativos en la Iglesia: la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Me gusta decir que no celebramos un dogma de fe sino una experiencia esencial para la fe: DIOS ES MISTERIO. Como tal es incomprensible, inabarcable, inefable, ...Y ante tanta grandeza  lo más conveniente es el silencio de la lengua, la mente y la voluntad.
 
Aprovechemos este día para orar por los religiosos y las religiosas contemplativas, y para hacer nuestro silencio ante el Icono de la Santísima Trinidad.  Dejemos que su mirada transforme nuestra mirada, que los ojos de Dios sean cada día más nuestros ojos y nos miremos a nosotros mismos, a los hermanos y al mundo de un modo nuevo.
 
¡Feliz día, contemplativos!
Casto Acedo. 11 de Junio de 2017

viernes, 9 de junio de 2017

EL ESPIRITU CONTEMPLATIVO (3. TRABAJ0)

 
Va la tercera entrega de nuestras reflexiones sobre modernidad y vida contemplativa. En esta ocasión dedicada al trabajo.

Cuando convoco a los padres y madres de los niños que van a ser bautizados, o que se preparan para la Primera comunión, en un barrio marginal y de integración como es el de mi Parroquia de san Antonio, suelen estos utilizar como excusa eximente una razón que hoy parece inapelable; “tengo que trabajar”. Es curioso que en un barrio con alto nivel de paro laboral y a la hora de la tarde en que suelen celebrarse los encuentros parroquiales, la mayoría declaren que trabajan.

La historia cambia cuando las mismas personas acuden a Cáritas solicitando alimentos (llegamos a tener más de doscientas familias en lista). Entonces la razón esgrimida para solicitar ayuda es que “estamos en paro, no tenemos trabajo".
 
Cuento esta anécdota para que, irónicamente, entendamos la importancia que se da al “trabajo”. En ambos casos, se apela a un argumento de peso para conseguir lo que se quiere: el trabajo, cuya falta es una degradación y el hecho de tenerlo es un derecho y obligación sagrados e intocables. El trabajo, sea como derecho o deber, es un dogma de la modernidad, y se puede obtener beneficio de este dogma incluso creando complejos de culpabilidad a quien no facilite ese sagrado deber.
 
Pero lo malo no es que se use, en los casos citados, como argumento con el cual manipular recurriendo a culpabilidades, sino que es tónica general que sin un puesto de trabajo, y éste bien remunerado, las personas tienden a minusvalorarse y sentirse insignificantes. En el juego de la modernidad lo que nos define no es lo que somos sino lo que hacemos, y este hacer lo identificamos con la profesión y el sueldo. 
 
Transcribo esta reflexión a sabiendas de que no va a ser entendida por muchos. Metidos en la dinámica del hacer es complicado entender la importancia del ser.
 
 
III. TRABAJO
 
¿Qué reflexión hacer sobre el trabajo desde un enfoque contemplativo? ¿Cómo considerar desde la óptica contemplativa la idolatría de la excelencia empresarial, o la productividad creciente hasta el infinito, con las que se presiona con vehemencia a los trabajadores? La respuesta es evidente: la vida contemplativa es incompatible con esa carrera hacia una excelencia empresarial y unos beneficios extremos que ahogan la necesaria parsimonia de la vida.


Trabajo y contemplación
 
Cuando el ocio se considera un vicio y el negocio una virtud, algo falla. Porque el hombre no ha sido creado para el trabajo sino para la fiesta. Sin embargo, cuando se trata de "trabajo", todo lo demás se minusvalora. ¿No os dais cuenta de cómo se ningunea el tercer mandamiento de la ley de Dios -¡santificarás las fiestas!- que manda dedicar el día al descanso y la alabanza a Dios? Pocos sienten escrúpulos de conciencia por no cumplir con este precepto.  

Ante esto, hay que decir que la meta última del hombre no es llegar a ser una máquina de alto rendimiento, sino “descansar”; así lo dice al menos la espiritualidad cristiana: caminamos hacia “el domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en el descanso” (cf Prefacio dominical), Dios no creó al hombre para el trabajo sino para la fiesta.

Por otra parte, el valor del trabajo no está en su productividad, sino en lo que tiene en sí de actividad, de acción humana. El hombre es un artesano, aquel que crea algo con sus manos. El artesano está en relación directa con la naturaleza, y esa cercanía hace de su trabajo en ella un arte, es decir,  un acto creativo cuya finalidad no es sólo la de producir lo necesario para sostener y mejorar la vida, sino también un modo de realizar la propia existencia abierta desde dentro a toda la creación. El trabajador es feliz en su trabajo cuando lo ve así, y no lo es tanto cuando lo experimenta como una especie de esclavitud, un “castigo por el pecado de Adán”.

Si es verdad que el trabajo fue un castigo por el pecado, también lo es que ha sido redimido por Cristo. Por tanto,  el trabajo del hombre redimido no es un castigo, sino un lugar de salvación, de encuentro con la vida. Los beneficios materiales son importantes, pero secundarios comparados con los espirituales. Y este es un dato a considerar de cara a la vida contemplativa. "¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero si al final se pierde a sí mismo” (Mt 16,26).

La rentabilidad no lo es todo. Y convéncete también de que es falsa la idea de que, una vez que alcanzas el “sitio” o posición laboral a la que aspirabas, ya te has realizado. Quien cree haber llegado a la meta está sin duda retrocediendo. Sencillamente, y lo hemos repetido ya con insistencia en otros lugares, no hay meta que alcanzar, porque la meta está aquí y ahora. No esperes un premio a tu trabajo como los niños a los que hay que ilusionar con promesas y regalos. El premio de la virtud es la virtud misma. ¿Acaso no es bastante premio por el trabajo bien hecho la satisfacción misma de haberlo realizado? Es la felicidad del artista, algo que el especulador es incapaz de entender.

Así, pues contemplativo, vive tu trabajo desligándote de la cadena mental o afectiva que te arrastra a vivirlo como un mal necesario, una suerte de la que no se puede huir. Si consideras inhumano o deshumanizador el trabajo con que te ganas la vida, piensa si de veras merece la pena deshumanizarte inmolando tu vida a no sé que extraño dios que te pide esos sacrificios. Es duro y cruel decírtelo, pero ¿merece la pena?  Procura encontrar el lado humano y gratificante, contemplativo, a tu trabajo u oficio.

No eres una máquina, eres una persona; respira hondo y déjate llevar por todo lo que tocas y tienes en tu mano en tus quehaceres. Siéntete, en la medida de tus posibilidades, unido a la naturaleza que manejas y a la humanidad a la que sirves con tu tarea.
 

No trabajes para forjarte una imagen o para justificar tu existencia. A los ojos de Dios vales por lo que eres, no por lo que haces. No eres lo que construyes o acumulas, te haces a ti mismo desde lo que ya eres. Tu valor no está en tu posición socio-laboral ni en tu sueldo. “No estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?" (Mt 6,25-26). La libertad que Dios quiere para ti incluye la liberación del sometimiento al activismo desmesurado y despersonalizado.

 

 

 

 
Ora et labora


Tal vez lo que te he dicho acerca de hacer gratificante tu trabajo parezca una utopía, un ideal inalcanzable, pero no son pocos los que lo han intentado y conseguido con acierto. Para ello hace falta un cierto estoicismo, una toma de conciencia de que el bien no está en los objetos externos, sino en la sabiduría y dominio del alma, que permite liberarse de las pasiones y deseos que perturban la vida.

Y también hace falta una chispa de cinismo clásico; los cínicos consideraban equivocada la doctrina de Sócrates, de la que es heredera nuestra modernidad; para ellos la civilización y su forma de vida era un mal, y la felicidad estaría en vivir una vida simple y acorde con la naturaleza. El hombre, dicen, lleva ya en sí mismo los elementos para ser feliz y conquistar su autonomía y libertad, que para el cínico es de hecho el verdadero bien. De ahí su desprecio a las riquezas y a cualquier forma de preocupación material. Para un cínico, el hombre con menos necesidades es el más libre y el más feliz.

No viene mal recordar el episodio clásico que se cuenta de Diógenes de Sinope, uno de los cínicos más destacados, que vivió en un tonel en la plaza del mercado de Atenas. No escribió nada. Sólo se conservan anécdotas de su vida, y a través de ellas entresacamos su filosofía. El cínico no pretende vivir lo que dice, simplemente dice lo que vive, porque es su vida la que habla. Una de esas anécdotas cuenta cómo Alejandro Magno, que había oído hablar de él, se acercó a conocerle; y lo encontró tumbado al sol.

-“Quería demostrarte mi admiración", dijo Alejandro. Y continuó: "Pídeme lo que tú quieras. Puedo darte cualquier cosa que desees, incluso aquellas que los hombre más ricos de Atenas no se atreverían ni a soñar".

-"Por supuesto, contestó Diógenes, no seré yo quien te impida demostrar tu afecto hacia mí. Sólo quiero pedirte que te apartes del sol. Que sus rayos me toquen es, ahora, mi mayor deseo. No tengo ninguna otra necesidad, y también es cierto que sólo tú puedes darme esa satisfacción".  

-"Si no fuera Alejandro -comentó más tarde el emperador a sus generales- me hubiera gustado ser Diógenes", dándoles a entender que en todo su imperio sólo él le superaba en libertad.


Me encanta la anécdota, sobre todo por esta última reflexión de Alejandro, el hombre más poderoso de su tiempo, el único que podría decir que era dueño de su vida; la vida de todos los demás le pertenecían. Aunque no todas. Diógenes mostró con su actitud y su respuesta que era, a pesar de su apariencia de pobreza y debilidad, tan rico y poderoso como Alejandro. O tal vez más, porque ni siquiera el miedo a perder su poder o su vida le harían temblar.


El contemplativo, a pesar de las distancias debidas, debería de tener un poco de este cinismo clásico. Para el contemplativo lo importante no es ninguna doctrina, el seguimiento de una determinada filosofía o religión, sino simplemente vivir. La práctica de la meditación. O la vida como oración. Contemplar conduce a adentrarse en la realidad del aquí y ahora que uno es; vivir el presente; así, el contemplativo no hace un discurso sobre la vida, no se dedica a inventar o propagar sofismas, el discurrir de su propia vida es el discurso.

 
No me imagino a Diógenes con escrúpulos de conciencia por no trabajar lo suficiente por su ciudad. ¿No fue precisamente su trabajo el de ser testigo de una forma de vida distinta en una cultura demasiado socrática? Es este un punto que en el que merece que te pares y reflexiones. ¿No es el contemplativo un crítico silencioso de los despropósitos de la modernidad? Para la sociedad moderna, donde el tiempo se mide por su rentabilidad laboral, donde el trabajo productivo es sagrado, tanto Diógenes como el contemplativo, que no están atentos al "cuánto" sino al "qué", son un peligro; de ahí que a menudo resulten molestos. 
 
Ora et labora, así resume san Benito su regla monástica. Para el monje la oración, de coro y contemplativa, es una tarea irrenunciable; y con ella el trabajo, entendido también como tiempo de Dios, una forma de seguir orando a la vez que se cubren las necesidades materiales del monasterio. No me imagino al monje viviendo su trabajo como un castigo, al contrario, lo veo trabajar con la conciencia de estar haciendo un acto de caridad hacia sí mismo y hacia la comunidad, un trabajo redentor; porque toda obra hecha con amor redime al que la hace y a los que se benefician de ella.
 
 
Meditador, no renuncies al trabajo diario de la meditación. Considéralo un deber de amor para contigo y con tu prójimo. Un trabajo de libertad. Y no consideres tu tiempo de orar desligado del tiempo de laborar. Sin detrimento de los espacios propios de dedicación a Dios, no cabe duda de que también el trabajo es oración.

¡Buena tarea de contemplación y silencio!
 
 Casto Acedo. Junio 2018.
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