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lunes, 22 de julio de 2024

NUBE DEL NO-SABER 39

39.

CÓMO ORA EL CONTEMPLATIVO AVANZADO; QUÉ ES LA ORACIÓN; Y QUÉ PALABRAS SON LAS MÁS ADECUADAS A LA NATURALEZA DE LA ORACIÓN CONTEMPLATIVA

Hemos de orar, pues, con toda la intensidad de nuestro ser en su altura y profundidad, en su largura y anchura. Y no con muchas palabras sino con una palabrita.

Pero ¿qué palabra emplearemos? Ciertamente, la palabra más apropiada es aquella que refleja la naturaleza de la oración misma. ¿Y qué palabra es esa? Bueno, tratemos primero de determinar la naturaleza de la oración y luego quizá estemos en mejores condiciones de decidir.

En si misma, la oración es simplemente una apertura reverente y consciente a Dios, llena del deseo de crecer en bondad y de superar el mal.[1] Y ya sabemos que todo mal, sea por instigación o por obra, se resume en una palabra: «pecado». Por eso, cuando deseamos ardientemente orar para la destrucción del mal no debemos decir, pensar y significar otra cosa que esta palabra: «pecado». No se necesitan otras palabras. Y cuando queramos pedir la bondad, que todo nuestro pensamiento y deseo esté contenido en esta pequeña palabra: «Dios». No se necesita nada más, ni otras palabras, pues Dios es el compendio de todo bien. Él es la fuente de todo bien, pues constituye su verdadero ser.

No te sorprendas de que ponga estas palabras por encima de todas las demás. Si supieras que hay otras palabras más pequeñas y que expresaran tan adecuadamente todo lo que es bueno y malo, o que Dios me hubiere enseñado otras, ciertamente las usaría. Y te aconsejo que tú hagas lo mismo. No te turbes investigando la naturaleza de las palabras, de lo contrario nunca te pondrás a la tarea de aprender a ser contemplativo. Te aseguro que la contemplación no es fruto de estudio sino un don de la gracia.

Aun cuando he recomendado estas dos palabritas, no tienes por qué hacerlas tuyas si la gracia no te inclina a elegirlas. Pero si por la atracción de la gracia de Dios encuentras que tienen significado, entonces fíjalas por todos los medios en tu mente siempre que te sientas arrastrado a orar con palabras, porque son cortas y simples. Si no te sientes inclinado a orar con palabras, entonces olvídate también de estas.

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[1] “La oración propiamente dicha no es otra cosa que un impulso devoto dirigido a Dios para acercarse al bien y apartarse del mal”. Esta definición, que tiene unas connotaciones morales muy acentuadas, contrasta con la sugerente y personal definición que de ella hace santa Teresa de Jesús: “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (Vida, 8,5) . Aquí la oración, más que un cambio moral, aspira al  encuentro místico: amistad con quien nos ama. No se desprecia la moral. El amor del amigo sana el corazón, que así  se muestra bondadoso con todos y con todo.

Julio 2024

Casto Acedo

sábado, 13 de julio de 2024

NUBE DEL NO-SABER 38

38.

CÓMO Y POR QUÉ UNA BREVE ORACIÓN PENETRA LOS CIELOS

¿Por qué supones que esta breve oración es tan poderosa como para penetrar los cielos? Sin duda, porque es la oración de todo el ser del hombre. Un hombre que ora como este, ora con toda la altura y profundidad, la largura y la anchura de su espíritu. Su oración es alta porque ora con todas las fuerzas de su espíritu; es profunda, porque ha reunido todo su pensamiento y comprensión en esta palabrita; es larga, porque si este sentimiento pudiera durar estaría gritando siempre como lo hace ahora; es ancha, porque con preocupación universal desea para todos lo que desea para si mismo.

Con esta oración la persona llega a comprender con todos los santos la largura y la anchura, la altura y la profundidad del Dios eterno, misericordioso, omnipotente y omnisciente, como dice san Pablo[1]. No totalmente, por supuesto, sino parcialmente y de esa manera oscura, característica del conocimiento contemplativo.

La largura habla de la eternidad de Dios, la anchura de su amor, la altura de su poder y la hondura de su sabiduría. No ha de extrañarnos, pues, que cuando la gracia transforma de esta manera a una persona a imagen y semejanza de Dios, su creador, su oración sea oída tan rápidamente. Y estoy seguro de que Dios oirá y ayudará siempre a todo hombre que ore como este; sí, aun cuando sea pecador y, por así decirlo, enemigo de Dios. Pero si su gracia le mueve a lanzar este angustiado grito desde la profundidad y la altura, la largura y la anchura de su ser, Dios le escuchará.

Déjame ilustrar lo que estoy diciendo con otro ejemplo. Imagínate que en medio de la noche oyes gritar a tu peor enemigo con todo su ser «¡Socorro!» o «¡Fuego!». Aun cuando este hombre fuera tu enemigo, ¿no te moverías de compasión por la agonía de ese grito y te lanzarías a ayudarle? Si, por supuesto que lo harías. Y aunque estuvieras en lo más crudo del invierno te apresurarías a apagar el fuego o a calmar su angustia.

¡Dios mío! Si la gracia puede transformar de tal manera a un hombre hasta el punto de poder olvidar el odio y tener tal compasión por su enemigo, ¿qué no deberemos esperar de Dios cuando oiga gritar a una persona desde lo más alto y más bajo, desde lo largo y ancho de su ser? Pues Dios es por naturaleza la plenitud de cuanto nosotros somos por participación.[2] La misericordia de Dios pertenece a la esencia de su ser; por eso decimos que es todo misericordia. Con toda seguridad, pues, podemos esperar confiadamente en él.

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[1] Dice san Pablo en su carta a los Efesios: “Doblo las rodillas ante el Padre,  de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra,  pidiéndole que os conceda, según la riqueza de su gloria, ser robustecidos por medio de su Espíritu en vuestro hombre interior;  que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; de modo que así, con todos los santos, logréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios. (Ef 3,16-20). ¿Qué quiere decir las expresiones que señalo en negrita y a las que se remite el texto de Nube?.

Abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo  es una metáfora que pretende explicar la totalidad del amor de Cristo, así como la plenitud de vida en Él, invitando a los creyentes a sumergirse completamente en esta experiencia espiritual.

El amor de Cristo es vasto e incomprensible en todas las dimensiones posibles. No se puede medir ni limitar; abarca todo lo imaginable y más allá. En él está la plenitud de la experienica cristiana. Al mencionar las cuatro dimensiones (ancho, alto, largo, profundo), San Pablo sugiere que la vida en Cristo y el conocimiento de su amor son experiencias completas y totales. Abarcan todas las áreas de la vida y del ser humano. "La largura habla de la eternidad de Dios, la anchura de su amor, la altura de su poder y la hondura de su sabiduría", dice el autor de la Nube. Plenitud del encuentro amoroso con Dios:

1. *Encuentro con Dios Padre nuestro todopoderoso que está en el cielo (altura);
2. * Encuentro con Jesucristo, el Hijo, presente en el mundo en los hermanos (anchura).
3. *Encuentro con el Dios de Jesús en el presente de una esperanza abierta al futuro en perseverancia y paciencia (largura).
4. *Y, en fin, encuentro con el Espíritu divino que habita en la propia interioridad humana; como dice san Agustín: Dios es interior intimo meo (más interior a mí que yo mismo; profundidad).

[2]  O sea que si Dios es misericordia también nosotros lo somos por participación. La misericordia también pertenece a la esencia de nuestro ser. El vacío interior sólo lo puede llenar la misericordia divina. Participar del amor misericordioso de Cristo, hacerlo mío, es el misterio al que apunta el silencio meditativo, y es la clave del sentido de la vida.

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Julio 2024

C.A

lunes, 8 de julio de 2024

NUBE DEL NO-SABER 37

37.

DE LA ORACIÓN PERSONAL PROPIA DE LOS CONTEMPLATIVOS

El experto contemplativo, pues, no depende del razonamiento discursivo del mismo modo que los principiantes y los poco avanzados. Sus conocimientos surgen espontáneamente sin la ayuda del proceso intelectual, como intuiciones directas de la verdad.

Algo similar puede decirse también de su oración. Hablo de su oración personal, no del culto litúrgico de la Iglesia, aunque no quiero dar a entender que se desprecia la oración litúrgica. Por el contrario, el verdadero contemplativo tiene la más alta estima de la liturgia y es cuidadoso y exacto en su celebración, siguiendo la tradición de nuestros padres.

Pero estoy hablando ahora de la oración privada y personal del contemplativo. Esta, lo mismo que su meditación, es totalmente espontánea y no depende de métodos específicos de preparación. Los contemplativos raras veces oran con palabras, y si lo hacen, son pocas. En realidad, cuanto menos mejor. Y además una palabra monosílaba es más adecuada a la naturaleza espiritual de esta obra que las largas. Pues desde ahora el contemplativo se ha de mantener continuamente presente en el más profundo e íntimo centro del alma.[1]

Déjame ilustrar lo que digo con un ejemplo tomado de la vida real. Si un hombre o mujer, aterrorizado por un repentino desastre, toca el límite de sus posibilidades personales, concentra toda su energía en un gran grito de auxilio. En circunstancias extremas como esta, una persona no se entrega a muchas palabras, ni siquiera a las más largas. Por el contrario, reuniendo toda su fuerza, expresa su desesperada necesidad en un grito agudo: «¡Socorro!". Y con esta exclamación suscita efectivamente la atención y la asistencia de los demás.

De manera semejante, podemos entender la eficacia de una palabrita interior, que no llega a pronunciarse o pensarse, pero que surge desde lo hondo del espíritu de un hombre y que es la expresión de todo su ser.[2] (Por lo hondo o profundidad entiendo lo mismo que altura, pues, en el ámbito del espíritu, altura y profundidad, largura y anchura, es lo mismo). Por eso esta simple oración que prorrumpe desde lo hondo de tu espíritu mueve el corazón de Dios todopoderoso con más seguridad que un largo salmo recitado mecánicamente en voz baja. Este es el significado de aquel dicho de la Escritura: «Una breve oración penetra los cielos».[3]

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NOTAS 

[1] “... Es de saber que el alma, en cuanto espíritu, no tiene alto ni bajo, ni más profundo, ni menos profundo en su ser, como tienen los cuerpos cuantitativos; que, pues en ella no hay partes, no tiene más diferencia dentro que fuera, que toda ella es de una manera y no tiene centro de hondo y menos hondo cuantitativo; porque no puede estar en una parte más ilustrada que en otra, como los cuerpos físicos, sino toda en una manera, en más o en menos, como el aire que todo está de una manera ilustrado y no ilustrado en más o en menos...”

“... En las cosas, aquello llamamos centro más profundo que es a lo que más puede llegar su ser y virtud y la fuerza de su operación y movimiento, y no puede pasar de allí...”

“... El centro del alma es Dios, al cual cuando ella hubiere llegado según toda la capacidad de su ser y según la fuerza de su operación e inclinación, habrá llegado al último y más profundo centro suyo en Dios, que será cuando con todas sus fuerzas entienda, ame y goce a Dios...”

“... Es, pues, de notar que el amor es la inclinación del alma y la fuerza y virtud que tiene para ir a Dios, porque mediante el amor se une el alma con Dios; y así, cuantos más grados de amor tuviere, tanto más profundamente entra en Dios y se concentra con él. De donde podemos decir que cuantos grados de amor de Dios el alma puede tener, tantos centros puede tener en Dios, uno más adentro que otro; porque el amor más fuerte es más unitivo, y de esta manera podemos entender las muchas mansiones que dijo el Hijo de Dios (Jn. 14, 2) haber en la casa de su Padre.”. (San Juan de la Cruz. Llama de amor viva,  1,9-14; Aconsejo leer todo el texto de san Juan)

¿Entiendes ahora lo que dice llama en el número 6, cuando insiste: “Sí, golpea esa densa nune del no saber con el dardo de tu amoroso deseo y no ceses, suceda lo que suceda”?  

[2]  ... “En los Actos de los Apóstoles (17, 29) dice san Pablo... : No debemos estimar ni tener por semejante lo divino al oro ni a la plata, o a la piedra figurada por el arte, y a lo que el hombre puede fabricar con la imaginación.

De donde yerran mucho muchos espirituales, los cuales, habiendo ellos ejercitádose en llegarse a Dios por imágenes y formas y meditaciones, cual conviene a principiantes, queriéndolos Dios recoger (a bienes) más espirituales interiores e invisibles, quitándoles ya el gusto y jugo de la meditación discursiva, ellos no acaban, ni se atreven, ni saben desasirse de aquellos modos palpables a que están acostumbrados; y así, todavía trabajan por tenerlos, queriendo ir por consideración y meditación de formas, como antes, pensando que siempre había de ser así. En lo cual trabajan ya mucho y hallan poco jugo o nada; antes se les aumenta y crece la sequedad y fatiga e inquietud del alma cuanto más trabajan por aquel jugo primero, el cual es ya excusado poder hallar en aquella manera primera, porque ya no gusta el alma de aquel manjar, como habemos dicho, tan sensible, sino de otro más delicado y más interior y menos sensible, que no consiste en trabajar con la imaginación, sino en reposar el alma y dejarla estar en su quietud y reposo, lo cual es más espiritual. Porque, cuanto el alma se pone más en espíritu, más cesa en obra de las potencias en actos particulares, porque se pone ella más en un acto general y puro; y así, cesan de obrar las potencias que caminaban para aquello donde el alma llegó, así como cesan y paran los pies acabando su jornada, porque, si todo fuese andar, nunca habría llegar, y si todos fuesen medios, ¿dónde o cuándo se gozarían los fines y término? (San Juan de la Cruzm, Subida del monte Carmelo, 2 S ,12,5-6)


[3] “Dijo el Sabio (Ecli. 7, 9) que es mejor el fin de la oración que el principio. Mas los que llegan, en un punto se forman en Dios, por lo cual se dice que la oración breve penetra los cielos. De donde el alma dispuesta muchos más actos y más intensos puede hacer en breve tiempo que la no dispuesta en mucho; porque a ésta todo se le va en disponer el espíritu, y aún después se suele quedar el fuego por entrar en el madero: mas en la dispuesta, por momentos entra el amor, que la centella prende al primer toque en la seca yesca. Y así, el alma enamorada más quiere la brevedad del romper que el espacio del cortar y del esperar a acabar.”  (San Juan de la Cruz,  Llama de amor viva,  1,33).

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Julio 2024
C.A.

domingo, 30 de junio de 2024

NUBE DEL NO-SABER 36

36.

DEL MODO DE MEDITAR PROPIO DE LOS CONTEMPLATIVOS

Los que, sin embargo, están continuamente ocupados en la contemplación, experimentan todo esto de modo diferente.[1] Su meditación se parece más a una intuición repentina o a una oscura certeza. Intuitiva y repentinamente se darán cuenta de sus pecados o de la bondad de Dios, pero sin haber hecho ningún esfuerzo consciente para comprender esto por medio de la lectura u otros medios. Una intuición como esta es más divina que humana en su origen.

De hecho, en este punto no me importa que dejes de meditar tanto en tu naturaleza caída como en la bondad de Dios. Supongo, naturalmente, que estás movido por la gracia y que has pedido consejo para dejar atrás estas prácticas. Pues entonces basta con centrar tu atención en una simple palabra tal como pecado o Dios (u otra que prefieras), y sin la intervención del pensamiento analítico puedes permitirte experimentar directamente la realidad que significa. No emplees la inteligencia lógica para examinar o explicarte esta palabra, ni consientas ponderar sus diferentes sentidos, como si todo ello te permitiera incrementar tu amor. No creo que el razonamiento ayude nunca en la contemplación. Por eso te aconsejo que dejes estas palabras tal cual, como un conjunto, por así decirlo.

Cuando pienses en el pecado, no te refieras a ninguno en particular; sino sólo a ti mismo, y tampoco a nada particular en ti mismo.[2]  Creo que esta oscura conciencia global del pecado (refiriéndote sólo a ti mismo, pero de una manera indefinida, como a conjunto) puede incitarte a la furia de un animal salvaje enjaulado. Cualquiera que te observe, sin embargo, no notará ningún cambio en tu expresión y supondrá que estás perfectamente tranquilo y en orden. Sentado, caminando, echado, descansando, de pie o de rodillas aparecerás completamente relajado y en paz.

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[1] Recuerda que el número 35 hablaba de la “lectura”, “el pensamiento” y "la oración" como modos de orar de los principiantes. Ahora habla a los contemplativos ya avanzados en la vida espiritual. De los principiantes se decía que “cuando un hombre de buena voluntad se ve a si mismo reflejado por las Escrituras o por la predicación de otros y se da cuenta de que su conciencia está manchada, corre inmediatamente a limpiarse". 

[2]Para quien ha dejado de ser principiante, en lo referente al pecado, "su meditación se parece más a una intuición repentina o a una oscura certeza". El adelantado no se obsesiona con el pensamiento, palabra u obra pecaminosa, lo cual puede generar cierta violencia interior, sino que contempla relajado y en paz, aunque no sin cierto "temor de Dios", su condición pecadora. El avanzado en la vida espiritual mira "la raíz del pecado", va más allá del acto negativo, más allá de la obra mala concreta (robar, matar, mentir, etc.), y toma conciencia de qué demonio (soberbia, ira, envidia, lujuria, gula, avaricia, pereza) le ha seducido. Acepta su fallo con seriedad, serenidad y honestidad; reconoce haberse dejado arrastrar por la seducción del mal y es consciente de su caída en desgracia. Aceptado esto se compadece y ama a sí mismo y eleva su corazón esperando el perdón de Aquel que le ama y se compadece de él.   

 Junio 2024

C.A, 

miércoles, 26 de junio de 2024

A vueltas con el silencio


Recuerdo de los inicios de nuestro grupo de oración la insistencia en la palabra “SILENCIO” como clave de nuestro camino. Poco a poco se abrió en nosotros la certeza de que sólo por el silencio se accede a la experiencia contemplativa; que lo único que podemos hacer nosotros es silenciar la mente y el corazón; para escuchar lo que san Juan de la Cruz llama la música callada que es “inteligencia sosegada y quieta, sin ruido de voces; y así, se goza en ella la suavidad de la música y la quietud del silencio”.

La “cultura práctica” que vivimos nos lleva una y otra vez a alejarnos de este principio que es fundamental en la vida contemplativa. Parece que no somos nadie si no nos aferramos a una idea,  un método y unos objetivos. De este modo sin darnos cuenta nos deslizamos hacia un modo de orar en el que los conceptos, las maneras y las expectativas se convierten en okupas que roban el espacio interior y no permiten al silencio habitar en él.

Herman Hesse, en Shidartha, pone en boca del protagonista unas palabras que resumen lo que pretendo decir: “cuando uno busca suele ocurrir que sus ojos solo ven aquello que anda buscando, y ya no logra encontrar nada ni se vuelve receptivo a nada porque solo piensa en lo que busca, porque tiene un objetivo y se halla poseído por él. Buscar significa tener un objetivo. Pero encontrar significa ser libre, estar abierto, carecer de objetivos”. 

Las pregunta que te haces una y otra vez cuando te dedicas a la meditación es esta: ¿qué espero sacar? ¿qué estoy buscando? ¿qué deseo alcanzar? Y la respuesta adecuada es esta: nada; no espero nada, no busco nada, no deseo nada. Al principio esta respuesta suena a despropósito: ¡algo espero, algo busco, algo deseo! ¿digo yo?. Y ciertamente que “algo habrá luego”, pero si lo imaginas, si lo defines, si le pones nombre, forma y figura, ese “algo” te impide ir más allá; tus conceptos, imaginarios y expectativas no dejan de ser un ídolo, un constructo de tu mente o de tu corazón. Y vives tan obsesionado por "lo que esperas" (lo que vendrá) que no percibes "lo que viene" (lo que es),  

La meditación es un camino de inmersión en la nada, en el vacío, en el silencio. Consiste en dejar que Dios sea Dios, no el dios que esperas con expectación e imaginas con fruición. El silencio es el territorio a explorar, la puerta de la realidad presente, el abismo al que lanzarse. Da miedo porque entrar en él pide soltar el ruido al que estás asido y en el que  anclas tu presunta seguridad. Pero intuyes e incluso sabes que solo en el silencio es posible la escucha y la libertad; y sin éstas la vida es sólo un monólogo (mi-yo-me), un diálogo de sordos.  El silencio abre a la experiencia de Dios.  Dice san Juan de la Cruz: “Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y esta sólo habla en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma”. 

Si quieres progresar en la contemplación no olvides que el camino es la tiniebla, el no-saber, el vacío: o sea, el silencio. En verano solemos disponer de más tiempo para soltar, dejar ir, vender, todo aquello que estorba y distorsiona la escucha de Dios en la “soledad sonora” y la “música callada”.

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Escribo esto para que no eches en olvido los principios de nuestro grupo; SILENCIO;  incluso yo mismo caigo con frecuencia en la tentación de dejarlo de lado. La atención al presente, que ejercitamos con la conciencia de la respiración, o atendiendo a las sensaciones del cuerpo, a la escucha sin imaginación de los sonidos exteriores u otras técnicas, sólo pretenden serenar y silenciar el alma para que en actitud silente sintonice con el Silencio que es Dios; sin pensar nada, sin imaginar nada, sin desear nada.

No desaproveches la oportunidad de las vacaciones para silenciar (meditar) con más intensidad. Buen verano.

Junio 2024
Casto Acedo

miércoles, 19 de junio de 2024

NUBE DEL NO-SABER 35

35.

DE LA «LECTURA», EL «PENSAMIENTO» Y LA «ORACIÓN», TRES HÁBITOS QUE HA DE DESARROLLAR EL PRINCIPIANTE EN LA CONTEMPLACIÓN.

No obstante, todo aquel que aspira a la contemplación ha de cultivar el Estudio, la Reflexión y la Oración, o dicho de otra manera, la lectura, el pensamiento y la oración. Otros han escrito sobre estas disciplinas con más detenimiento de lo que yo puedo hacer aquí, por eso no hay necesidad de que trate de ellas ahora en detalle. Pero diré esto a los que puedan leer este libro, tanto principiantes como un poco avanzados (aunque no a los muy expertos en la contemplación): estas tres cosas son tan interdependientes que es imposible pensar sin primero leer o -lo que es lo mismo- haber oído leer a otros. Pues la lectura y la audición son realmente una misma cosa; los sacerdotes aprenden leyendo libros y los no letrados aprenden de los sacerdotes que predican la palabra de Dios. Los principiantes y los poco avanzados que no se esfuerzan por meditar la palabra de Dios no deberían sorprenderse si son incapaces de orar. La experiencia confirma esto.

La palabra de Dios, hablada o escrita, es como un espejo. La razón es tu ojo espiritual, y la conciencia tu semblante espiritual. Y así como empleas un espejo para detectar un defecto en tu persona -y sin un espejo o alguien que te diga dónde está la mota no podrías descubrirla-, de la misma manera, en el orden espiritual, sin la lectura o la audición de la palabra de Dios, el hombre, ciego espiritualmente a causa de su pecado habitual, es incapaz de ver la mancha en su conciencia.[1] 

Cuando una persona descubre en el espejo -o se entera por otra- que su cara está sucia, va inmediatamente a la fuente y se lava. De la misma manera, cuando un hombre de buena voluntad se ve a si mismo reflejado por las Escrituras o por la predicación de otros y se da cuenta de que su conciencia está manchada, corre inmediatamente a limpiarse. Si es una mala obra particular la que descubre, entonces la fuente que ha de buscar es la Iglesia y el agua que ha de aplicarse es la Confesión según la costumbre de la Iglesia. Pero si es la raíz ciega y la tendencia al pecado lo que ve, entonces la fuente que debe buscar es el Dios de toda misericordia y el agua que ha de emplear es la oración con todo lo que esto supone.

Por eso quiero que entiendas con claridad que para los principiantes y los poco avanzados en la contemplación, la lectura o la escucha ponderada de la palabra de Dios ha de ser lo primero, ya que sin un tiempo consagrado a la reflexión seria no puede haber oración genuina

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NOTAS

[1] La imagen o simil del espejo tiene resonancias bíblicas: “·Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara” (1 Cor 13,12). Se refiere a la visión de Dios. Ahora bien, esa visión va acompañada por una visión cada vez más clara de uno mismo. En la lectura y contemplación de la Palabra de Dios hallo el colirio que limpia mis ojos para verme a mí mismo y a Dios. Porque la Palabra tiene un efecto purificador, como dice Jesús a los suyos: “Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Jn 15,3).  

Mirándome en la Palabra, reflexionando y contemplando cada versículo voy limpiando mi alma para poder ver reflejada en ella, como en un espejo,  la imagen de Cristo; y mirando a Cristo en mi interior puedo ver la belleza y bondad de mi ser; visión que suelen empañar mis pecados.  mis pecados empañan.  

Transcribo unos textos de santa Teresa  y san Juan de la Cruz sobre esa comparación con la visión en un espejo:

* “Orando una vez Jesucristo nuestro Señor por sus apóstoles -no sé adónde es- dijo, que fuesen una cosa con el Padre y con El, como Jesucristo nuestro Señor está en el Padre y el Padre en El. ¡No sé qué mayor amor puede ser que éste! Y no dejamos de entrar aquí todos, porque así dijo Su Majestad: No sólo ruego por ellos, sino por todos aquellos que han de creer en mi también, y dice: Yo estoy en ellos.¡Oh, válgame Dios, qué palabras tan verdaderas!, y ¡cómo las entiende el alma, que en esta oración lo ve por sí! Y ¡cómo lo entenderíamos todas si no fuese por nuestra culpa, pues las palabras de Jesucristo nuestro Rey y Señor no pueden faltar! Mas como faltamos en no disponernos y desviarnos de todo lo que puede embarazar esta luz, no nos vemos en este espejo que contemplamos, adonde nuestra imagen está esculpida”. (Teresa de Jesús. Moradas, 7ª, 2, 7-8)

*“Estando una vez en las Horas con todas, de presto se recogió mi alma, y parecióme ser como un espejo claro toda, sin haber espaldas ni lados ni alto ni bajo que no estuviese toda clara, y en el centro de ella se me representó Cristo nuestro Señor, como le suelo ver. Parecíame en todas las partes de mi alma le veía claro como en un espejo, y también este espejo -yo no sé decir cómo- se esculpía todo en el mismo Señor por una comunicación que yo no sabré decir, muy amorosa. Sé que me fue esta visión de gran provecho, cada vez que se me acuerda, en especial cuando acabo de comulgar. Dióseme a entender que estar un alma en pecado mortal es cubrirse este espejo de gran niebla y quedar muy negro, y así no se puede representar ni ver este Señor, aunque esté siempre presente dándonos el ser. Y que los herejes es como si el espejo fuese quebrado, que es muy peor que oscurecido. Es muy diferente el cómo se ve, a decirse, porque se puede mal dar a entender. Mas hame hecho mucho provecho y gran lástima de las veces que con mis culpas oscurecí mi alma para no ver este Señor. (Teresa de Jesús, Libro de la vida, 40,5)

.*"Así como los vapores oscurecen el aire y no le dejan lucir el sol claro; como el espejo tomado del paño no puede recibir serenamente en sí el rostro; o como (en) el agua envuelta en cieno, no se divisa bien la cara del que en ella se mira; así, el alma que de los apetitos está tomada, según el entendimiento está entenebrecida, y no da lugar para que ni el sol de la razón natural ni el de la Sabiduría de Dios sobrenatural la embistan e ilustren de claro. Y así dice David (Sal. 39,13), hablando a este propósito: Comprehenderunt me iniquitates meae, et non potui, ut viderem, que quiere decir: Mis maldades me comprehendieron, y no pude tener poder para ver” (Juan de la Cruz. Subida del monte Carmelo, l.1, cap 8,1)

*"A la M. Ana de san Alberto, Priora de Caravaca ... ¿Hasta cuándo piensa, hija, que ha de andar en brazos ajenos? Ya deseo verla con una gran desnudez de espíritu y tan sin arrimo de criaturas que todo el infierno no baste a turbarla. ¿Qué lágrimas tan impertinentes son esas que derrama estos días? ¿Cuánto tiempo bueno piensa que ha perdido con esos escrúpulos? Si desea comunicar conmigo sus trabajos, váyase a aquel espejo sin mancilla (Sab. 7, 26) del Eterno Padre (que es su Hijo), que allí miro yo su alma cada día, y sin duda saldrá consolada y no tendrá necesidad de mendigar a puertas de gente pobre” (Juan de la Cruz. Cartas, 4) 

Junio 2024

C.A.

viernes, 14 de junio de 2024

NUBE DEL NO-SABER 34

34.

QUE DIOS DA EL DON DE LA CONTEMPLACIÓN LIBREMENTE Y SIN RECURRIR A MÉTODOS; LOS MÉTODOS SOLOS NUNCA PUEDEN SUSCITARLA

Si me preguntas ahora cómo se ha de proceder para realizar la obra contemplativa del amor, me pones en un aprieto. Todo lo que puedo decir es que pido a Dios todopoderoso que en su gran bondad y dulzura te enseñe él mismo. Pues debo admitir con toda honradez que yo no lo sé. Y no te has de extrañar, pues es una actividad divina y Dios puede realizarla en cualquiera que elija. Nadie puede merecerla. Por paradójico que pueda parecer, ni siquiera puede ocurrírsele a persona alguna -no, ni a un ángel ni a un santo- el desear el amor de contemplación en caso de que no estuviera ya vivo en él.[1]

Creo también que, con frecuencia, llama el Señor deliberadamente a trabajar en esta obra a los que han sido pecadores habituales con preferencia a aquellos que, en comparación, nunca le ofendieron gravemente. Sí, parece que lo hace con mucha frecuencia. Pues pienso que quiere hacernos comprender que es todo misericordia y poder, y que es perfectamente libre para obrar como, donde y cuando le plazca.

No da, sin embargo, su gracia ni realiza esta obra en una persona que no tenga aptitud para ella. Pero una persona que no tiene capacidad de recibir su gracia no la alcanzará tampoco a través de sus propios esfuerzos. Nadie, ni pecador ni inocente, puede conseguirla. Pues esta gracia es un don, y no se da a la inocencia ni es negada al pecado. Advierte que digo negada, no retirada. Cuidado con el error aquí, te lo suplico. Recuerda que cuanto más cerca está el hombre de la verdad, más sensible ha de ser al error. La advertencia que hago es correcta, pero si ahora no puedes captarla, déjala hasta que Dios te ayude a entenderla. Haz como te digo y no te devanes los sesos.

¡Alerta con el orgullo! Es una blasfemia contra Dios en sus dones y hace al pecador temerario. Si fueras realmente humilde entenderías lo que intento decir. La oración contemplativa es don de Dios, totalmente gratuito. Nadie puede merecerlo. Corresponde a la naturaleza de este don el que, quien lo recibe, reciba también la aptitud correspondiente. Nadie puede tener la aptitud sin el don mismo.

La aptitud para esta obra se identifica con la obra misma; son idénticas. Quien experimenta la acción de Dios en lo hondo de su espíritu tiene la aptitud para la contemplación y no otra cosa. Sin la gracia de Dios una persona sería tan insensible a la realidad de la oración contemplativa que seria incapaz de desearla o buscarla. La posees en la medida en que deseas poseerla, ni más ni menos. Pero nunca deseas poseerla hasta que aquel que es inefable e incognoscible te mueve a desear lo inefable e incognoscible. No seas curioso por saber más, te lo suplico. Sé constantemente fiel a esta obra hasta que llegue a ser toda tu vida.

Para expresarlo de una manera más simple, deja que la gracia misteriosa actúe en tu espíritu como quiera y síguela donde te lleve. Que ella sea el agente activo y tú el receptor pasivo. No te interfieras con ella (como si te fuera posible aumentar la gracia), más bien déjala actuar, no sea que la estropees totalmente. Tu parte es la de la madera con respecto al carpintero o la casa en relación al que la habita. Permanece ciego durante este tiempo desechando todo deseo de conocer, ya que el conocimiento es aquí un obstáculo. Conténtate con sentir cómo se despierta suavemente en lo hondo de tu espíritu esta gracia misteriosa. Olvídate de todo excepto de Dios y fija en él tu puro deseo, tu anhelo despojado de todo interés propio.[2]

Si esto de que hablo forma parte de tu experiencia, entonces llénate de confianza porque realmente es Dios, y él solo, quien despierta tu voluntad y deseo. Él no necesita técnicas ni tu asistencia. No tengas miedo del maligno, pues él no se atreve a acercarse a ti. Por astuto que sea, es incapaz de violar el santuario interior de tu voluntad, si bien algunas veces puede atentarlo por medios indirectos. Ni siquiera un ángel puede tocar directamente tu voluntad. Sólo Dios puede entrar aquí.[3]

Estoy tratando de aclarar con palabras lo que la experiencia enseña más convenientemente: que las técnicas y métodos son en última instancia inútiles para despertar el amor contemplativo.

Es inútil venir a esta actividad armado con ellos. Pues todos los buenos métodos y medios dependen de él, mientras que Él no depende de nada.

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[1] La persona puede estar en gracia de Dios y sin embargo no llevar una  vida contemplativa, estar bautizado y no estar iluminado. San Juan de la Cruz habla de estar en tinieblas (ciego a causa del pecado) y estar a oscuras (a pesar de no estar en  pecado): “Hablando espiritualmente, una cosa es estar a oscuras, otra es estar en tinieblas. Porque estar en tinieblas es estar ciego, como habemos dicho, en pecado; pero estar a oscuras, puédelo estar sin pecado. Y esto de dos maneras, conviene a saber: acerca de lo natural, no teniendo luz de algunas cosas naturales; y acerca de lo sobrenatural, no teniendo luz de las cosas sobrenaturales. Y acerca de estas dos cosas dice aquí el alma que estaba oscuro su entendimiento antes de esta preciosa unión”  (Llama 3,71).   

[2] Hablando de los que “no se dejan quietar, procurando considerar y discurrir, de donde se llenan de sequedad y trabajo para sacar el jugo que ya por allí no han de sacar”, añade san Juan de la Cruz: “A estos tales se les ha de decir que aprendan a estarse con atención y advertencia amorosa en Dios en aquella quietud, y que no se den nada por la imaginación ni por la obra de ella, pues aquí, como decimos, descansan las potencias y no obran activamente, sino pasivamente, recibiendo lo que Dios obra en ellas.” (2 Subid, 12,8; cf Ibid 14,12. 15,2).

Y más adelante aconseja: “Aprenda el espiritual a estarse con advertencia amorosa en Dios, con sosiego de entendimiento, cuando no puede meditar, aunque le parezca que no hace nada. Porque así, poco a poco, y muy presto, se infundirá en su alma el divino sosiego y paz con admirables y subidas noticias de Dios, envueltas en divino amor. Y no se entremeta en formas, meditaciones e imaginaciones, o algún discurso, porque no desasosiegue al alma y la saque de su contento y paz, en lo cual ella recibe desabrimiento y repugnancia. Y si, como habemos dicho, le hiciere escrúpulo de que no hace nada, advierta que no hace poco en pacificar el alma y ponerla en sosiego y paz, sin alguna obra y apetito, que es lo que Nuestro Señor nos pide por David (Sal. 45, 11), diciendo: Vacate, et videte quoniam ego sum Deus; como si dijera: Aprended a estaros vacíos de todas las cosas, es a saber, interior y exteriormente, y veréis cómo yo soy Dios. (Ibid 15,5)

[3] “La causa por que el alma en la oscuridad de esta contemplación va libre y escondida de las asechanzas del demonio, es porque la contemplación infusa, que aquí lleva, se infunde pasiva y secretamente en el alma a excusas de los sentidos y potencias interiores y exteriores de la parte sensitiva. Y de aquí es que no sólo del impedimento, que con su natural flaqueza le pueden ser estas potencias, va escondida y libre, sino también del demonio, el cual, si no es por medio de estas potencias de la parte sensitiva, no puede alcanzar ni conocer lo que hay en el alma, ni lo que en ella pasa. De donde, cuanto la comunicación es más espiritual, interior y remota de los sentidos, tanto menos el demonio alcanza a entenderla” (San Juan de la Cruz. 2 Noche, 23,2; cf también n.4,1112).

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Junio 2024

C.A.