34.
QUE DIOS DA EL DON DE LA CONTEMPLACIÓN LIBREMENTE Y SIN RECURRIR A MÉTODOS; LOS MÉTODOS SOLOS NUNCA PUEDEN SUSCITARLA
Si me preguntas ahora cómo se
ha de proceder para realizar la obra contemplativa del amor, me pones en un
aprieto. Todo lo que puedo decir es que pido a Dios todopoderoso que en su gran
bondad y dulzura te enseñe él mismo. Pues debo admitir con toda honradez que yo
no lo sé. Y no te has de extrañar, pues es una actividad divina y Dios puede
realizarla en cualquiera que elija. Nadie puede merecerla. Por paradójico que
pueda parecer, ni siquiera puede ocurrírsele a persona alguna -no, ni a un
ángel ni a un santo- el desear el amor de contemplación en caso de que no
estuviera ya vivo en él.[1]
Creo también que, con
frecuencia, llama el Señor deliberadamente a trabajar en esta obra a los que
han sido pecadores habituales con preferencia a aquellos que, en comparación,
nunca le ofendieron gravemente. Sí, parece que lo hace con mucha frecuencia.
Pues pienso que quiere hacernos comprender que es todo misericordia y poder, y
que es perfectamente libre para obrar como, donde y cuando le plazca.
No da, sin embargo, su gracia
ni realiza esta obra en una persona que no tenga aptitud para ella. Pero una
persona que no tiene capacidad de recibir su gracia no la alcanzará tampoco a
través de sus propios esfuerzos. Nadie, ni pecador ni inocente, puede
conseguirla. Pues esta gracia es un don, y no se da a la inocencia ni es negada
al pecado. Advierte que digo negada, no retirada. Cuidado con el error aquí, te
lo suplico. Recuerda que cuanto más cerca está el hombre de la verdad, más
sensible ha de ser al error. La advertencia que hago es correcta, pero si ahora
no puedes captarla, déjala hasta que Dios te ayude a entenderla. Haz como te
digo y no te devanes los sesos.
¡Alerta con el orgullo! Es una
blasfemia contra Dios en sus dones y hace al pecador temerario. Si fueras
realmente humilde entenderías lo que intento decir. La oración contemplativa es
don de Dios, totalmente gratuito. Nadie puede merecerlo. Corresponde a la
naturaleza de este don el que, quien lo recibe, reciba también la aptitud
correspondiente. Nadie puede tener la aptitud sin el don mismo.
La aptitud para esta obra se
identifica con la obra misma; son idénticas. Quien experimenta la acción de Dios
en lo hondo de su espíritu tiene la aptitud para la contemplación y no otra
cosa. Sin la gracia de Dios una persona sería tan insensible a la realidad de
la oración contemplativa que seria incapaz de desearla o buscarla. La posees en
la medida en que deseas poseerla, ni más ni menos. Pero nunca deseas poseerla
hasta que aquel que es inefable e incognoscible te mueve a desear lo inefable e
incognoscible. No seas curioso por saber más, te lo suplico. Sé constantemente
fiel a esta obra hasta que llegue a ser toda tu vida.
Para expresarlo de una manera
más simple, deja que la gracia misteriosa actúe en tu espíritu como quiera y
síguela donde te lleve. Que ella sea el agente activo y tú el receptor pasivo.
No te interfieras con ella (como si te fuera posible aumentar la gracia), más
bien déjala actuar, no sea que la estropees totalmente. Tu parte es la de la
madera con respecto al carpintero o la casa en relación al que la habita.
Permanece ciego durante este tiempo desechando todo deseo de conocer, ya que el
conocimiento es aquí un obstáculo. Conténtate con sentir cómo se despierta
suavemente en lo hondo de tu espíritu esta gracia misteriosa. Olvídate de todo
excepto de Dios y fija en él tu puro deseo, tu anhelo despojado de todo interés
propio.[2]
Si esto de que hablo forma
parte de tu experiencia, entonces llénate de confianza porque realmente es
Dios, y él solo, quien despierta tu voluntad y deseo. Él no necesita técnicas
ni tu asistencia. No tengas miedo del maligno, pues él no se atreve a acercarse
a ti. Por astuto que sea, es incapaz de violar el santuario interior de tu
voluntad, si bien algunas veces puede atentarlo por medios indirectos. Ni
siquiera un ángel puede tocar directamente tu voluntad. Sólo Dios puede entrar
aquí.[3]
Estoy tratando de aclarar con
palabras lo que la experiencia enseña más convenientemente: que las técnicas y
métodos son en última instancia inútiles para despertar el amor contemplativo.
[1]
La persona puede estar en gracia de Dios y sin
embargo no llevar una vida
contemplativa, estar bautizado y no estar iluminado. San Juan de la Cruz habla
de estar en tinieblas (ciego a causa del pecado) y estar a oscuras (a pesar de
no estar en pecado): “Hablando
espiritualmente, una cosa es estar a oscuras, otra es estar en tinieblas.
Porque estar en tinieblas es estar ciego, como habemos dicho, en pecado; pero
estar a oscuras, puédelo estar sin pecado. Y esto de dos maneras, conviene a
saber: acerca de lo natural, no teniendo luz de algunas cosas naturales; y
acerca de lo sobrenatural, no teniendo luz de las cosas sobrenaturales. Y
acerca de estas dos cosas dice aquí el alma que estaba oscuro su entendimiento
antes de esta preciosa unión” (Llama
3,71).
[2] Hablando de los
que “no se dejan quietar, procurando considerar y discurrir, de donde se
llenan de sequedad y trabajo para sacar el jugo que ya por allí no han de sacar”,
añade san Juan de la Cruz: “A estos tales se les ha de decir que aprendan a
estarse con atención y advertencia amorosa en Dios en aquella quietud, y que no
se den nada por la imaginación ni por la obra de ella, pues aquí, como decimos,
descansan las potencias y no obran activamente, sino pasivamente, recibiendo lo
que Dios obra en ellas.” (2 Subid, 12,8; cf Ibid 14,12. 15,2).
Y
más adelante aconseja: “Aprenda el espiritual a estarse con advertencia amorosa
en Dios, con sosiego de entendimiento, cuando no puede meditar, aunque le
parezca que no hace nada. Porque así, poco a poco, y muy presto, se infundirá
en su alma el divino sosiego y paz con admirables y subidas noticias de Dios,
envueltas en divino amor. Y no se entremeta en formas, meditaciones e
imaginaciones, o algún discurso, porque no desasosiegue al alma y la saque de
su contento y paz, en lo cual ella recibe desabrimiento y repugnancia. Y si,
como habemos dicho, le hiciere escrúpulo de que no hace nada, advierta que no
hace poco en pacificar el alma y ponerla en sosiego y paz, sin alguna obra y
apetito, que es lo que Nuestro Señor nos pide por David (Sal. 45, 11),
diciendo: Vacate, et videte quoniam ego sum Deus; como si dijera:
Aprended a estaros vacíos de todas las cosas, es a saber, interior y
exteriormente, y veréis cómo yo soy Dios. (Ibid 15,5)
[3]
“La
causa por que el alma en la oscuridad de esta contemplación va libre y
escondida de las asechanzas del demonio, es porque la contemplación infusa, que
aquí lleva, se infunde pasiva y secretamente en el alma a excusas de los
sentidos y potencias interiores y exteriores de la parte sensitiva. Y de aquí
es que no sólo del impedimento, que con su natural flaqueza le pueden ser estas
potencias, va escondida y libre, sino también del demonio, el cual, si no es
por medio de estas potencias de la parte sensitiva, no puede alcanzar ni
conocer lo que hay en el alma, ni lo que en ella pasa. De donde, cuanto la
comunicación es más espiritual, interior y remota de los sentidos, tanto menos
el demonio alcanza a entenderla” (San Juan de la Cruz. 2
Noche, 23,2; cf también n.4,1112).
*
Junio 2024
C.A.

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