36.
DEL MODO DE MEDITAR PROPIO DE LOS CONTEMPLATIVOS
Los que, sin embargo, están continuamente ocupados en la contemplación, experimentan todo esto de modo diferente.[1] Su meditación se parece más a una intuición repentina o a una oscura certeza. Intuitiva y repentinamente se darán cuenta de sus pecados o de la bondad de Dios, pero sin haber hecho ningún esfuerzo consciente para comprender esto por medio de la lectura u otros medios. Una intuición como esta es más divina que humana en su origen.
De hecho, en este punto no me importa que dejes de meditar tanto en tu naturaleza caída como en la bondad de Dios. Supongo, naturalmente, que estás movido por la gracia y que has pedido consejo para dejar atrás estas prácticas. Pues entonces basta con centrar tu atención en una simple palabra tal como pecado o Dios (u otra que prefieras), y sin la intervención del pensamiento analítico puedes permitirte experimentar directamente la realidad que significa. No emplees la inteligencia lógica para examinar o explicarte esta palabra, ni consientas ponderar sus diferentes sentidos, como si todo ello te permitiera incrementar tu amor. No creo que el razonamiento ayude nunca en la contemplación. Por eso te aconsejo que dejes estas palabras tal cual, como un conjunto, por así decirlo.
Cuando pienses en el pecado, no te refieras a ninguno en particular; sino sólo a ti mismo, y tampoco a nada particular en ti mismo. Creo que esta oscura conciencia global del pecado (refiriéndote sólo a ti mismo, pero de una manera indefinida, como a conjunto) puede incitarte a la furia de un animal salvaje enjaulado. Cualquiera que te observe, sin embargo, no notará ningún cambio en tu expresión y supondrá que estás perfectamente tranquilo y en orden. Sentado, caminando, echado, descansando, de pie o de rodillas aparecerás completamente relajado y en paz.
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Recuerda que el número 35 hablaba de la “lectura”, “el pensamiento” y "la oración" como modos de orar de los principiantes. Ahora habla a los contemplativos ya avanzados en la vida espiritual. De los principiantes se decía que “cuando un hombre de buena voluntad se ve a si mismo reflejado por las Escrituras o por la predicación de otros y se da cuenta de que su conciencia está manchada, corre inmediatamente a limpiarse".
Para quien ha dejado de ser principiante, en lo referente al pecado, "su meditación se parece más a una intuición repentina o a una oscura certeza". El adelantado no se obsesiona con el pensamiento, palabra u obra pecaminosa, lo cual puede generar cierta violencia interior, sino que contempla relajado y en paz, aunque no sin cierto "temor de Dios", su condición pecadora. El avanzado en la vida espiritual mira "la raíz del pecado", va más allá del acto negativo, más allá de la obra mala concreta (robar, matar, mentir, etc.), y toma conciencia de qué demonio (soberbia, ira, envidia, lujuria, gula, avaricia, pereza) le ha seducido. Acepta su fallo con seriedad, serenidad y honestidad; reconoce haberse dejado arrastrar por la seducción del mal y es consciente de su caída en desgracia. Aceptado esto se compadece y ama a sí mismo y eleva su corazón esperando el perdón de Aquel que le ama y se compadece de él.
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