[1]
“... Es de saber que el alma, en cuanto espíritu, no tiene alto ni bajo, ni más
profundo, ni menos profundo en su ser, como tienen los cuerpos cuantitativos;
que, pues en ella no hay partes, no tiene más diferencia dentro que fuera, que
toda ella es de una manera y no tiene centro de hondo y menos hondo
cuantitativo; porque no puede estar en una parte más ilustrada que en otra,
como los cuerpos físicos, sino toda en una manera, en más o en menos, como el aire
que todo está de una manera ilustrado y no ilustrado en más o en menos...”
“... En las cosas, aquello llamamos centro más profundo que es a lo
que más puede llegar su ser y virtud y la fuerza de su operación y movimiento,
y no puede pasar de allí...”
“... El centro del alma es Dios, al cual cuando ella hubiere llegado
según toda la capacidad de su ser y según la fuerza de su operación e
inclinación, habrá llegado al último y más profundo centro suyo en Dios, que
será cuando con todas sus fuerzas entienda, ame y goce a Dios...”
“... Es, pues, de notar que el amor es la inclinación del alma y la fuerza y virtud que tiene para ir a Dios, porque mediante el amor se une el alma con Dios; y así, cuantos más grados de amor tuviere, tanto más profundamente entra en Dios y se concentra con él. De donde podemos decir que cuantos grados de amor de Dios el alma puede tener, tantos centros puede tener en Dios, uno más adentro que otro; porque el amor más fuerte es más unitivo, y de esta manera podemos entender las muchas mansiones que dijo el Hijo de Dios (Jn. 14, 2) haber en la casa de su Padre.”. (San Juan de la Cruz. Llama de amor viva, 1,9-14; Aconsejo leer todo el texto de san Juan)
¿Entiendes ahora lo que dice llama en el número 6, cuando insiste: “Sí,
golpea esa densa nune del no saber con el dardo de tu amoroso deseo y no ceses,
suceda lo que suceda”?
[2]
... “En los Actos de los Apóstoles (17,
29) dice san Pablo... : No debemos estimar ni tener por semejante lo divino
al oro ni a la plata, o a la piedra figurada por el arte, y a lo que el hombre
puede fabricar con la imaginación.
De donde yerran mucho muchos espirituales, los cuales, habiendo ellos ejercitádose en llegarse a Dios por imágenes y formas y meditaciones, cual conviene a principiantes, queriéndolos Dios recoger (a bienes) más espirituales interiores e invisibles, quitándoles ya el gusto y jugo de la meditación discursiva, ellos no acaban, ni se atreven, ni saben desasirse de aquellos modos palpables a que están acostumbrados; y así, todavía trabajan por tenerlos, queriendo ir por consideración y meditación de formas, como antes, pensando que siempre había de ser así. En lo cual trabajan ya mucho y hallan poco jugo o nada; antes se les aumenta y crece la sequedad y fatiga e inquietud del alma cuanto más trabajan por aquel jugo primero, el cual es ya excusado poder hallar en aquella manera primera, porque ya no gusta el alma de aquel manjar, como habemos dicho, tan sensible, sino de otro más delicado y más interior y menos sensible, que no consiste en trabajar con la imaginación, sino en reposar el alma y dejarla estar en su quietud y reposo, lo cual es más espiritual. Porque, cuanto el alma se pone más en espíritu, más cesa en obra de las potencias en actos particulares, porque se pone ella más en un acto general y puro; y así, cesan de obrar las potencias que caminaban para aquello donde el alma llegó, así como cesan y paran los pies acabando su jornada, porque, si todo fuese andar, nunca habría llegar, y si todos fuesen medios, ¿dónde o cuándo se gozarían los fines y término? (San Juan de la Cruzm, Subida del monte Carmelo, 2 S ,12,5-6)

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