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miércoles, 26 de junio de 2024

A vueltas con el silencio


Recuerdo de los inicios de nuestro grupo de oración la insistencia en la palabra “SILENCIO” como clave de nuestro camino. Poco a poco se abrió en nosotros la certeza de que sólo por el silencio se accede a la experiencia contemplativa; que lo único que podemos hacer nosotros es silenciar la mente y el corazón; para escuchar lo que san Juan de la Cruz llama la música callada que es “inteligencia sosegada y quieta, sin ruido de voces; y así, se goza en ella la suavidad de la música y la quietud del silencio”.

La “cultura práctica” que vivimos nos lleva una y otra vez a alejarnos de este principio que es fundamental en la vida contemplativa. Parece que no somos nadie si no nos aferramos a una idea,  un método y unos objetivos. De este modo sin darnos cuenta nos deslizamos hacia un modo de orar en el que los conceptos, las maneras y las expectativas se convierten en okupas que roban el espacio interior y no permiten al silencio habitar en él.

Herman Hesse, en Shidartha, pone en boca del protagonista unas palabras que resumen lo que pretendo decir: “cuando uno busca suele ocurrir que sus ojos solo ven aquello que anda buscando, y ya no logra encontrar nada ni se vuelve receptivo a nada porque solo piensa en lo que busca, porque tiene un objetivo y se halla poseído por él. Buscar significa tener un objetivo. Pero encontrar significa ser libre, estar abierto, carecer de objetivos”. 

Las pregunta que te haces una y otra vez cuando te dedicas a la meditación es esta: ¿qué espero sacar? ¿qué estoy buscando? ¿qué deseo alcanzar? Y la respuesta adecuada es esta: nada; no espero nada, no busco nada, no deseo nada. Al principio esta respuesta suena a despropósito: ¡algo espero, algo busco, algo deseo! ¿digo yo?. Y ciertamente que “algo habrá luego”, pero si lo imaginas, si lo defines, si le pones nombre, forma y figura, ese “algo” te impide ir más allá; tus conceptos, imaginarios y expectativas no dejan de ser un ídolo, un constructo de tu mente o de tu corazón. Y vives tan obsesionado por "lo que esperas" (lo que vendrá) que no percibes "lo que viene" (lo que es),  

La meditación es un camino de inmersión en la nada, en el vacío, en el silencio. Consiste en dejar que Dios sea Dios, no el dios que esperas con expectación e imaginas con fruición. El silencio es el territorio a explorar, la puerta de la realidad presente, el abismo al que lanzarse. Da miedo porque entrar en él pide soltar el ruido al que estás asido y en el que  anclas tu presunta seguridad. Pero intuyes e incluso sabes que solo en el silencio es posible la escucha y la libertad; y sin éstas la vida es sólo un monólogo (mi-yo-me), un diálogo de sordos.  El silencio abre a la experiencia de Dios.  Dice san Juan de la Cruz: “Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y esta sólo habla en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma”. 

Si quieres progresar en la contemplación no olvides que el camino es la tiniebla, el no-saber, el vacío: o sea, el silencio. En verano solemos disponer de más tiempo para soltar, dejar ir, vender, todo aquello que estorba y distorsiona la escucha de Dios en la “soledad sonora” y la “música callada”.

* * *

Escribo esto para que no eches en olvido los principios de nuestro grupo; SILENCIO;  incluso yo mismo caigo con frecuencia en la tentación de dejarlo de lado. La atención al presente, que ejercitamos con la conciencia de la respiración, o atendiendo a las sensaciones del cuerpo, a la escucha sin imaginación de los sonidos exteriores u otras técnicas, sólo pretenden serenar y silenciar el alma para que en actitud silente sintonice con el Silencio que es Dios; sin pensar nada, sin imaginar nada, sin desear nada.

No desaproveches la oportunidad de las vacaciones para silenciar (meditar) con más intensidad. Buen verano.

Junio 2024
Casto Acedo

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