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martes, 3 de noviembre de 2020

Santa Teresa y el tema de la honra (II)


Va la segunda entrega acerca de la honra. En este caso, una reflexión  sobre la propia imagen, versión actual de la honra. Son ideas más o menos conectadas. 

Sé que vosotros también tenéis ideas, y enseñanzas. Este blog tiene pocos comentarios. Ya hablamos y preguntamos en los encuentros cuando nos dejan y da tiempo. Pero como ahora no nos estamos "reuniendo" sino que simplemente estamos "unidos" en la oración y meditación, me gustaría que pusieseis en el blog vuestro comentario. Lo podéis hacer anónimo o nominal. 

Se trata de enriquecer al grupo contando vuestra experiencia al respecto, ya sea a nivel de vida cotidiana o de experiencias en o con la meditación; o podéis simplemente contar como os va y qué os ayuda más a la perseverancia en la oración, etc,,, 

En fin, que, independientemente de que las responsables abran alguna vía de comunicación online haciendo uso de alguna plataforma en internet (se os avisará en su caso) podríamos poner por escrito nuestra aportación al tema para enriquecimiento de todos. Porque todos podemos aportar algo.


El tema de la honra hoy

No cabe duda de que, aún siendo un tema típico del siglo XVI, el tema de la honra ha prevalecido y sigue prevaleciendo en ciertos ambientes sociales. En España, al menos hasta hace no mucho, se ha seguido abusando del prestigio que da la pertenencia a tal o cual familia, y se ha sobrevalorado el tema de la honra sexual. Quedar marcados (no tanto los varones) por una “mancha” de tipo sexual suponía, y aún supone para algunos, una desconsideración y marginación social,  con repercusiones sobre todo en las familias más pobres, ya que las clases pudientes, con mejores o peores artes siempre se las apañaron para maquillar los hechos y lavar su imagen. 

Por otro lado, no hay que dejar de decir que las clases más humildes, han mantenido vivo el valor de la honra como patrimonio del que presumir frente a los que la manchaban con sus actos. La expresión "pobres pero honrados" ha ayudado a muchos a sostener su autoestima más allá de las posibilidades económicas, pero ha sido nefasta cuando se ha dirigido como dardo mortífero sobre quienes debido a su pobreza han sido más propensos a saltarse las normas morales de los "honrados".  


Patrones de comportamiento

Dejando a un lado las reflexiones sociales, y aprovechando el paso  por las terceras moradas, me gustaría que este tema nos sirviera para tomar conciencia de hasta qué punto estamos atados a la honra y nos cuesta soltarla. Para ello podemos trasponer el concepto de "honra" por el de “imagen social”; y que, a mi parecer, puede tener dos vertientes: la imagen que buscamos dar respondiendo al patrón de comportamientos propio de nuestro ambiente, y la imagen que queremos dar de nosotros mismos (el tema de la persona y el personaje). 

Con respecto al primero, conviene preguntarnos hasta qué punto estamos limitados en nuestra vida por la presión que supone vivir en una sociedad donde hay unas leyes no escritas, patrones de comportamiento heredados, que facilitan nuestra integración. Podemos decir que hay una genética social impregnada de una determinada escala de valores, y que la sociedad que los abraza no reconoce como suyos a quienes se salen de su marco de referencia.  Abandonar el rebaño tiene sus consecuencias, lo cual genera cierto miedo.

La repetición automática de patrones lleva al estancamiento, a un círculo vicioso en el que se quiere poner siempre el mismo remedio al estancamiento obteniendo siempre los mismos resultados. Hay que romper el círculo. Hay que despertar, sino se seguirá cayendo en el mismo error una y otra vez.

El miedo al rechazo del grupo, al “qué dirán”, sigue teniendo peso en nuestra vida. Al fin y al cabo somos españoles, más propensos a diluirnos en la masa que a ser originales. Mientras que en la cultura anglo-americana se propende más a ser “original”, es decir, a salirse de lo esperado, nosotros parece que nos afirmamos más en la seguridad del rebaño. Pesa sobre nosotros mucho la búsqueda de la propia satisfacción por la aprobación social; cuando se da nos vemos  confortados, y nos sentimos raros si rompemos el molde y nos mostramos “diferentes”. 

Nuestro patrón de comportamiento social consta de relatos, principios, ideas, creencias, modos de comportamiento automáticos, etc… Son elementos propios de nuestra cultura que son difíciles de  cambiar. Y no es que sean necesariamente malos, pero sí lo son cuando nos dejamos llevar por ellos por simple rutina o automatismo, sin conciencia de qué es lo que hacemos y cuál es la motivación por la que lo hacemos; es decir, el problema no está en los patrones sino en si la relación que mantenemos con ellos es de dependencia o de libertad. 

Para descubrir tu grado de libertad puedes preguntarte si, por ejemplo, tienes miedo a reconocer tu pertenencia social o familiar, a mostrarte como creyente o practicante; preguntarte si escondes que practicas meditación o no, o si cuando hablas con familiares y amigos te expresas diciendo lo que piensas o dices lo que esperan que digas. ¿No te has percatado alguna vez de que tus palabras y tus comportamientos no responden a lo que realmente crees y sientes? A menudo el miedo a quedarte solo te amedrenta e inhibe tu ser. 

Un buen trabajo-meditación es pararte, observar, tomar conciencia de hasta qué punto tus miedos a perder el amor de los otros, tus miedos a ser marginado, limitan tus palabras y acciones. Y en concreto, mírate en el campo de tu fe y tus decisiones personales a la hora de vivir el día a día, ¿eres tú o bailas al ritmo de la masa?
 

El personaje y la persona 

No sólo hay presión fuera. También se halla dentro. Todos somos personas, pero nos creamos un personaje, mejor diría un “personajillo”, una máscara, que vendemos al exterior. Nuestros pensamientos, emociones y acciones están tan ligadas al personaje que nos hemos fabricado, que llegan a ser la causa principal de nuestras aflicciones. Hasta en esto somos torpes. No me preocupa lo que soy realmente, sino que vivo obsesionado por salvar a toda costa algo que no soy. Y sufro por ello.

Nos hemos fabricado un “yo” (ego) a nuestro gusto. Nos expropiamos nuestra propia vida para ponerla al servicio de ese ridículo personaje. Llegamos a identificarnos tanto con él que la mayor parte de las energías se gastan en su cuidado. ¿Cuánto tiempo dedico a interiorizar mi vida, a descubrir mi interioridad, a ahondar en mi ser (reflexión, meditación) ? ¿Y cuánto tiempo a satisfacer las necesidades de mi personaje (belleza, gimnasio, distracciones, diversiones, adornos…). 

Somos esclavos de las apetencias y gustos de nuestro personaje hasta el punto de que, al identificarnos con él,  nos cuesta  conocer  lo que realmente somos y lo que nos conviene. No somos libres. Consideramos la libertad como un “hacer lo que me da la gana” (lo que te dice el personaje), cuando en realidad sólo soy libre cuando “hago lo que realmente quiero” (lo que beneficia a mi persona). 


Soltar patrones y soltar el personaje 

Puede que pasemos toda nuestra vida como eternos adolescentes, que se creen liberados de la tutela paterna y presumen de ello pero que en realidad sin la casa paterna no son nada y, finalmente, han de reconocer su brutal dependencia paterna. Mucho presumir de pasar de padres pero incapaces de vivir sin ellos. Y por otro lado, adolescentes idealistas que se fabrican su propio personaje que exhiben pavoneándose, pero que caen en el ridículo más espantoso cuando se ven obligados a sufrir la más mínima contrariedad. 

¿No te ha pasado nunca? Un buen día te quedas sin apoyos reales frente a un problema que tu creías que no te afectaría; el resultado es tan frustrante que ni siquiera te atreves a recordarlo o decirlo. 

¡Cuántos sufrimientos acarrea el servilismo del ego! ¿Recordáis a los de Emaús? Pensábamos que… pero todo era una fantasía. Y ahí están, decepcionados, de regreso, avergonzados de haber creído en algo inconsistente. 

Pues bien, ahí en tu decepción comienza la conversión al yo, a la persona. Ahí comienza el camino de la meditación. 

Al despertar, al ver cómo vives sometido al ambiente o al ego, estás dando el primer paso para acceder a otra dimensión, a una morada que ni siquiera has soñado antes que existiera. Estas tan acostumbrado a los automatismos de tu vida que a veces hace falta un desajuste en las rutinas para percibir claramente qué es en ti lo auténtico y qué lo impostado. Viene un problema importante, una decisión difícil, una pérdida que parece irreparable, y todos se desmorona. ¿Hay que deprimirse por ello? Muchos lo hacen. Otros despiertan y logran ver ahí la oportunidad para cambiar sus parámetros vitales. ¿Desde dónde me vivo? ¿Qué me ha llevado a hundirme ante el problema o acontecimiento? Si te adentras en la sabiduría divina, si te miras desde Dios y con Él desde tu personalidad más genuina, posiblemente descubras que el problema no es sino un fantasma, una ficción. Prueba de ello es que muchas personas viven tranquilamente sin todo eso que parece que has perdido. 

Piensa en todo lo que forma parte de tu vida: nivel social familiar, trabajo, familia, amistades, profesión, cargos, títulos, capacidades, religiosidad, etc. Todo eso no eres tú. Pero posiblemente tu personaje se ha apoderado de todos esos ropajes para subsistir. Es verdad que todo lo mencionado forma parte de tu vida, pero no es tu vida. Y aquí volvemos a lo dicho al hablar de “soltar las riquezas” en el último encuentro. 

Lo malo no son esas cosas que tienes sino la relación que estableces con ellas. Si mantienes una relación de dependencia de tu imagen de persona de buena familia, rica, amistosa, simpática, inteligente, bien colocada y pagada, etc… es que el personaje ha pasado a ocupar el lugar de tu persona; te ha ocultado tu identidad, incluso impide que accedas a ella. Pero puedes relacionarte con todo eso libremente, sin dependencias, cuando tu identidad deja de depender de ellas y las sometes a tu persona.

Cuando la propia imagen se pone como lo más importante podemos decir de ella lo que santa Teresa dice de la honra, que es “oruga que carcome”. Toda tu vida se pudre por cuidar tu no-vida, tu personaje, que por muy hermoso que lo presentes a ojos extraños, no deja de ser un sepulcro blanqueado por fuera, pero lleno de podredumbre por dentro. Estas asfixiando tu verdadero yo.  ¿Merece la pena vivir así?  Es de vital importancia liberarse de las falsas imágenes que uno mismo se construye desde la egolatría.

De la honra decía Teresa enfatizando que es “cadena que no hay lima que la quiebre”. Pero, con permiso de la santa, digo que sí hay quien la puede quebrar. De hecho la quebró en sí para ti y para mí. Me refiero a Jesucristo. Mirarlo en la pasión y en la cruz es mirar el triunfo de la persona sobre la apariencia. “Varón de dolores, como aquel ante quien se vuelve el rostro”… 


Desprenderte del personaje es doloroso; nos resistimos a ello; y si alguien pone al descubierto que todo lo que tenemos es fachada, lo más normal es que reaccionemos violentamente. Jesús sufrió la violencia de los  personajes. Y no porque en la cruz sufriera el derrumbe de sus propias máscaras; no. Jesús no tuvo máscaras. Lo que vemos en la cruz es la violencia con la que el personaje que hay en ti quiere ocultar a la persona, al hombre libre y auténtico. El señor de la mentira no va a dejar alegremente que emerja la verdad, le va la vida en ello. Por eso no es fácil despojarse del personaje-ego. Para ello hay que luchar. ¿Recuerdas la segunda morada? Y un modo muy adecuado de hacerlo es meditando, silenciando tu personaje, dejándolo a un lado, y despejando y conociendo la persona que hay en ti, para que sea ella y no otras cosas las que conduzcan tu vida. En esa tarea de despojo Jesús está contigo; él, que no alimentó el personaje, carga con el sufrimiento que te causa la ruptura con tu personaje y te redime. Jesús está contigo, en Él tienes motivo y ayuda. Pero no lo hará sin ti. 

El cambio de perspectiva de vivir desde el exterior (personaje) a vivir desde el interior (persona) no se da de golpe, requiere entrenamiento, práctica, crecimiento progresivo. Se trata de mirarte honestamente, reconocer tus máscaras, concienciarte de la relación que mantienes con ellas, irte despojando por la práctica de la virtud e ir ganando confianza en tu propio ser apoyado por la misericordia de Jesucristo.

* * *
La tercera morada es la morada de quienes sueltan el personaje para ahondar en la persona. Con ello están preparados para adentrarse en la cuarta morada, donde el poder para recoger (serenar, calmar) pensamiento, emociones y caprichos (recogimiento), facilitará que pongamos la atención en Aquel que nos puede llevar con su gracia a las siguientes moradas.

Casto Acedo. Noviembre 2020

Santa Teresa y el tema de la honra (I)


Un tema importante en la vida y los escritos de la Santa es el de la honra. Los que habéis asistido al curso sobre las moradas de santa Teresa ya sabéis de esto, pero para quien no se ha acercado al tema, lo resumo.  Lo resumido es la parte primera de una segunda entrada que tratará sobre la actualidad del tema en nuestro tiempo,  mirado desde la honra como "imagen personal y social". 

Todo lo expuesto conducirá a un  fin: entender la importancia de soltar el apego a todo lo que esclaviza e impide el creciento intetior. Sin la liberación de estos apegos nobes viable  el paso de la tercera a la cuarta morada. 

Lo expuesto en este primer tema son notas tomadas de AA. VV.  Introducción a la lectura de santa Teresa.. Ed. de Espiritualidad. (Madrid, 1978) 53-88.

El tema de la honra en el siglo XVI 

En los escritos de la santa aparece de forma más o menos explícita el tema de la honra. Tal vez es un tema al que hoy no le prestamos mucha atención en el sentido clásico, pero que era de vital importancia en el juego de relaciones sociales de su época. 

La honra arraigó en el pueblo español a partir de la edad media, con los ideales caballerescos de valentía, lealtad y fidelidad, que fueron fundamentales a la hora de mantener el sistema feudal. 

En el siglo de santa Teresa el tema de la honra cristaliza en dos aspectos fundamentales: 
- El sexual, que abarca el decoro, la virginidad física “publica” en las solteras, la fidelidad de la casada. Esta honra recaía más como obligación en la mujer que en el hombre. 
- El otro aspecto es el linaje, es decir, ausencia de sangre  extraña (judíos, moros) en el árbol genealógico, antepasados sin tacha, ascendencia limpia de cristianos viejos, etc. Un aspecto éste con más impacto en los varones. 

La pérdida de la honra sexual podía repararse con un matrimonio a tiempo o cualquier otro arreglo “decente” de la situación, pero la segunda no tenía posibilidad de reparación.   

Lo trágico de la honra es que consiste en una fuerza social ajena a la voluntad de la persona. A los extranjeros les llamaba la atención el hecho de que en España estuviera tan arraigada esta “fuerza social” de la honra, algo que no depende de la elección personal, sino de que la sociedad, de que los otros, manifiesten su asentimiento en unánime plebiscito, generando así una sorprendente dependencia del “qué dirán”. 

La reputación avasalló de tal forma el valor de las cualidades personales que llega casi hasta hacerlo desparecer. “Honra es aquello que consiste en otro, ningún hombre es honrado por sí mismo, que la honra está en otro y no en sí mismo”, (Lope de Vega. Las partidas). Contaba más el ser "hijo de tal linaje" que cualquier otra cosa que se hubiera alcanzado por méritos propios. Prueba de ello es que los santos canonizados en esta época hubieron de pasar por el filtro de la honra para llegar a los altares.  

La honra es frágil, y como tal el tema fue vivido y explotado con holgura en la época. Cualquier envidia, celotipia o despecho podía producir la “muerte social” y el desplazamiento hacia el grupo de los marginados. En este sentido Santa Teresa, descendiente de judíos conversos, con un título de hidalguía comprado, formó parte del grupo más vulnerable en este campo; ahondar en sus escritos sin tener esto en cuenta sería un despropósito. La honra es uno de los elementos constantes y estructurales de sus escritos; y no ignora los peligros de su reputación si se ve desguarnecida. La santa logró superar las exigencias para acceder a los altares  porque no se llegó a dudar de su origen judío. 
 

Santa Teresa y la honra 

El problema sexual aflora a  edad temprana de Teresa. Su desliz de juventud con su primo lo valora ella como muy negativo “por la harta quiebra de mi honra y sospecha de mi padre” (Vida, 2,6), más que el estímulo sobrenatural, es la honra la que prima en sus valoraciones morales: “que en todo lo que hacía me traía atormentada (la honra)” (2,10). 

Ya religiosa, confiesa que a pesar de su propensión a “las cosas de religión”, no estaba dispuesta a “sufrir ninguna que pareciese menosprecio”; la penuria del monasterio frenó entonces su entrega a Dios; se disipaba en las conversaciones del locutorios con señores principales necesarias para el sostenimiento del monasterio y con el peligro de amistades inconvenientes que podrían venir de ahí; pero se les decía que con las visitas de aquellos caballeros “no perdía honra, antes que la ganaba” (7,7). La conversión de Teresa, a los 40 años, determinaron el cambio radical en su visión de los estímulos sociales y la consiguiente percepción de la honra.

No resulta tan clara su evolución teresiana en la otra cara de la honra: el linaje. Cuando toca el tema de la falsedad de la honra en este campo lo hace con insinuaciones concretas, pero con medias palabras, con expresiones crípticas que ahorran esfuerzo para encontrar claridades. No sabemos desde cuándo, pero es indudable que ella conocía la nota trágica que “oscurecía” su origen y tradición familiar. 

Teresa, hemos dicho, era nieta de Judíos. Su origen lo delatan detalles de bulto muy propios de familias venidas del judaísmo, como el hecho de que en un mundo donde el analfabetismo era mayoritario ella aprendió a leer de niña; leía novelas de caballería, sabía jugar al ajedrez; y en el devenir de sus fundaciones puso más fiabilidad y confianza en los comerciantes y mercaderes, muchos de origen judío, que en las familias con linaje limpio, a las que hubo de torear a su manera. 

Siempre procuró Teresa huir del tema. Buscó ocultarlo, como se intuye en el hecho de que a los personajes que aparecen en sus escritos los define por su linaje y condición honrada, pero a sus progenitores los presenta simplemente como “virtuosos y temerosos de Dios” (Vida 1,1), o en la protesta cuando se entera de que su amado Gracián anda investigando su linaje. No hay duda de que en esto Teresa fue astuta. De haberse conocido su ascendencia judía hubiera encontrado inconvenientes invencibles para sus fundaciones. Es triste, pero hubiera sido así. Por eso no podemos en su “no salir del armario” un acto de cobardía o hipocresía. 

No hay duda que Teresa vivió desdoblada entre el anhelo de integración en la sociedad en que le tocó vivir y la angustia del rechazo. Su rechazo de la idea de la honra, tan recurrente en sus escritos, no es una invitación al levantamiento colectivo contra tal criterio moral, pero sí que dejan ver a las claras el sentimiento íntimo de marginación que vivió por el peligro de verse “deshonrada” en una época en que el muro de la honra era difícil de derribar. 


Perder el miedo, y trasponer la honra a Cristo 

Teresa realiza una protesta viva contra los presupuestos sociales de su tiempo. Contrapone la seriedad que dan las autoridades de este mundo a su estatus, y las formas sociales que requieren los tratamientos en contraste con la relación tan natural que se tiene con Dios, que se compadece de las flaquezas de sus siervos (cf Vida, 37, 6). 

La liberación de las convenciones basadas en el crédito humano del “qué dirán” explica la libertad con la que actúa la santa. Santa Teresa destroza la apoyatura de la honra con una de sus mejores armas: la ironía. “¿Qué es esto, mi padre? ¿Qué se ha hecho de la honra?” (obsérvese la maliciosa pregunta), dice al padre Antonio cuando visita la fundación del Carmelo masculino de Duruelo); y el padre Antonio, tan amante antes de ella, le responde: “Maldigo el tiempo que la tuve” (respuesta transmitida con verdadero placer por la narradora en el libro de las Fundaciones 14,6). 

Teresa no tiene miedo a declarar la relación que se da entre el dinero y la honra. ¿De veras es tan importante la honra? ¿Más que el dinero? Llega a decir que “por maravilla hay honrado en el mundo si es pobre”; ella es consciente de que “acá no se hace cuenta de las personas para hacerlas honra, por mucho que merezcan, sino de las haciendas” (Camino 2,6, 22,4; cf también Cam E 20,1; Vida 20,27, etc). Bien sabía ella que su familia limpió su linaje pagando tadas al imperio. Siempre que puede lanza sus desprecios a lo que llama “puntos de honra”, “negra honra”, “oruga que carcome”, “cadena que no hay lima que la quiebre”… Se da cuenta de que en el camino de perfección la “negra honra” es un obstáculo difícil de superar (cf Vida 31,20-21; Camino E 12,7). A la opinión del mundo contrapone la única a tener en cuanta, la de Dios (cf Vida, 37,5-6). 

El Camino de perfección está vertebrado sobre la liberación de la esclavitud a la que somete la honra del mundo, llegando a vivir en libertad; la reforma teresiana apunta a “perder mil honras por Vos” (Camino 3,7; 2,5-7). Hay que luchar contra las infiltraciones de la honra que el demonio inventa en los monasterios, dirá (cf Camino 36,4). 

La santa troca en divinas las adherencias de la honra humana, así cuando en el matrimonio espiritual Dios le muestra las arras de un clavo, se expresa como cualquier caballero a su esposa: “mi honra es ya tuya”, le dice Cristo. (Cuentas de conciencia 25 (29)).

Casto Acedo. Noviembre 2020.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Orar en la solemnidad de Todos los Santos (1 de Noviembre)


“Místico es aquél que no puede dejar de caminar y que, con la certeza de lo que falta, sabe de cada lugar y de cada objeto que no es eso, que no se puede residir aquí ni contentarse con aquello”. (Michel de Certeau). 

La frase me sirve hoy de apoyo para definir qué es “ser santo”. Santo y Místico podemos decir que son términos que se identifican;  ambos tienen un motivo y una meta común: el Misterio. 

Nos han vendido la imagen de "santo” ligada a la de “perfección”; así, ser santo es vivir la perfección moral cristiana; pero desde esta visión tan legalista de la santidad me atrevería a decir que no hay santos. “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Jn 8,7). 

Entonces, ¿quién es santo? Pues santo es quien se aleja de una vida burguesa, quien no se deja atrapar por las cadenas del consumo, del orgullo, de la autosatisfacción,… del ego. El Santo no es un puritano, sino que sabe también de su debilidad, de su pecado. La santidad es un camino constante, una lucha de liberación frente a todo aquello que supone una rémora para el crecimiento espiritual. 

Recurriendo a la sentencia de M. de Certeau citada al principio “santo es aquel que no puede dejar de caminar”. No puede porque tiene  ante sí el atractivo de un Misterio inefable que siempre le lleva más allá. 

Para caminar, el santo necesita adentrarse en su propio ser, meditar. Lo primero que el santo procura es bucear en  su interior, conocerse en profundidad, descubrirse en la bondad y verdad de su ser auténtico, ... y también en la maldad y falsedad que a la que a veces se adhiere su ser; conociéndose da el santo el primer paso para salir de la ignorancia y la mentira. 

El camino que el santo hace hacia dentro se perfila a un tiempo como camino hacia fuera. A medida que se eliminan los obstáculos que impiden aceptarse y conocerse se van creando las condiciones para conocer y aceptar al Otro (Dios), a los otros (hermanos) y lo otro (naturaleza y mundo). Si la vida espiritual (santidad) es verdadera lo podemos saber por su expresión existencial (práctica de la misericordia). 

 Iluminados en su ser más profundo, los santos iluminan a otros con su ser y buen hacer, sin dar por concluida nunca su tarea, “porque sabe de cada lugar y de cada objeto que no es eso, que no se puede residir aquí ni contentarse con aquello”. Siempre hay un más allá por alcanzar. 

Resumiendo podríamos decir que santo es aquel que en el silencio interior busca la verdad, la bondad y la belleza, y halladas, espontáneamente las expande en amor generoso hacia todos y hacia todo. 


* * *
Por nuestra vida han pasado muchos santos. Sólo tienes que recordar a quienes han sido luz en tu vida espiritual. Ellos no fueron conscientes de su santidad, porque la humildad es una cualidad de santo, pero tú sí has podido ver en ellos la santidad de Jesucristo. 

Aprovecha hoy para contemplar, gozarte y celebrar a todos los santos, especialmente a los que ha puesto el Señor en tu camino. Muchos de ellos han pasado ya a disfrutar plenamente de la vida eterna del Padre, pero su historia, sus escritos y sus obras de misericordia siguen presentes para nosotros; da gloria a Dios por ellos. Otros siguen visibilizando entre nosotros el amor de Jesucristo, el Santísimo; pide por ellos para que sigan creciendo en gracia y sabiduría divinas. 


Para orar en la solemnidad 
de Todos los Santos

-Retírate, es decir, aparta de ti todo lo que pueda ser impedimento para estar a solas con el Señor: miedos, expectativas, agobios, alegrías desbordadas,…. 

-Relaja tu cuerpo destensando los músculos, permitiendo que vuelvan a su estado natural, sin tensiones ni violencias. 

-Repasa tu cuerpo parándote en las zonas que percibas más tensas. Luego toma conciencia global de todo tu cuerpo: peso, volumen, sensaciones de la pie, … estate ahí un buen rato. 

-Céntrate ahora en tu respiración notando como por tu nariz entra y sale el aire; más fresco a inspirar, más cálido al espirar… El aire es aliento de la vida, símbolo del Espíritu Santgo que va invadiendo todo tu ser … déjale entrar y estate en Él dejando ir en la espiración todo lo que estorba a tu paz interior. 

* * * 

-Puedes traer a tu memoria a cualquier santo importante para ti. Puede ser un santo de hace años o siglos y cuya vida o escritos te han servido de guía; o personas más o menos cercanas que consideras punto de referencia para tu vida interior. 

-Imagínate ahora en la “comunión de los santos”, porque la santidad es comunión, camino de comunidad, unión común. Tanto los santos del cielo (iglesia triunfante) como los que aún caminan en la tierra (iglesia peregrina) viven una existencia en comunión… Cierra los ojos y siéntete parte esa gran muchedumbre de personas que “han lavado y blanqueado sus vestidos en la sangre del cordero”. 

-Mira tu vida perdonada, reconciliada por el amor de Jesucristo en la Cruz. Oh paradoja: su sangre blanquea tu vida; su amor te redime de tus ignorancias y errores… Contempla a Jesús entrando en Jerusalén, entrando en tu vida, y canta: “Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo, llenos están el cielo y la tierra de tu gloria”… La santidad de Dios lo llena todo… Sumérgete en su luz. 

* * * 

-Termina tu meditación haciendo unas respiraciones profundas, y deseando no apartarte nunca de la santidad de Dios; desea ser un eterno descontento, un sediento de Dios, hasta que un día alcances la plenitud de la vida en Cristo. 

-Puedes anotar las llamadas que Dios te ha hecho en este momento de oración. Es bueno tener un diario y recordar para orientarte cuando la senda se vuelve incierta. 



TEXTO BÍBLICO 
Apocalipsis 7,2-4.9-14.

Yo, Juan, vi a otro Ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro Ángeles a quienes había encomendado causar daño a la tierra y al mar: «No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios.» 

Y oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel. Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. 

Y gritan con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero.»

Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: «Amén, alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos, amén.»

Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: «Esos que están vestidos con vestiduras blancas quiénes son y de dónde han venido?»
Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás.»

Me respondió: «Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero.»

                                                    Palabra de Dios.

Casto Acedo. Noviembre 2020

sábado, 24 de octubre de 2020

A vueltas con el amor (orar el domingo 25 de Octubre)


Dios es amor 

“Amar “ (amor activo, donación) y “ser amado” (amor pasivo, recepción). Cuando decimos que “Dios es amor” ¿qué decimos? ¿Qué es un ser de amor abstracto, realizado y cerrado en sí mismo? ¿O que es un ser abierto, expansivo? Si Dios es amor, ¿tuvo que crear el mundo para poder amar y así existir?, ¿es la creación una necesidad de Dios? ¿necesita Dios de mí para ser? 

Con respecto a las preguntas acerca del amor abstracto decir que tal amor no existe. El amor, como Dios, es misterio inefable, sólo su paso (pascua) por la vida prueba su existencia. San Juan de la Cruz, que de esto parece ser que entendía mucho, dirá que “el mirar de Dios es amar”, es decir, no es algo estático (amor) sino dinámico (amar), sólo saliendo de sí hacia el otro encuentra el amor su ser y su esencia. 

Entonces, ¿cómo entender que Dios es amor? ¿Hubo de crear el mundo para poder amar a algo o alguien? Dios no necesitó crear nada para amar; porque, desde antes de la creación Dios es amor en sí mismo, comunión de personas (Padre, Hijo y Espíritu Santo), una paradoja: tres personas en unidad, tres opuestos sin oposición, una diversidad en unidad,… misterio de comunión. Esto podemos y debemos intentar explicarlo con palabras, y el hecho de hacerlo no es un atrevimiento indecente; es la única forma que tenemos de comunicarnos unos a otros nuestra experiencia de Dios: plasmándolo todo en conceptos, reteniéndolo en el pensamiento,… pero conscientes de que eso no es Dios sino su explicación; porque Dios no es un concepto (amor) sino una realidad que acontece (amar). Yahvé, “yo soy el que fue-soy-seré” (Ex 3,14), y el que lo ha hecho todo con amor.

Puedes aprovechar para contemplar el perfecto círculo de amor que corre entre las tres personas divinas (para ello puedes servirte del magnífico icono de Los tres ángeles de A. Rublev), gozarte mirando a Dios en el Tabor o contemplar la luz que irradia la divinidad y dejarte envolver por ella. El texto está en Mt 17,1-9. 


El Tabor, el monte de las Bienaventuranzas y el Calvario

Pero ¿ya está todo? Eso pensaba Pedro: ¡“Que bien se está aquí, hagamos tres tiendas”! Estaba bajo los dulces efectos de un fenómeno mistico y no sabía lo que decía, apostilla el evangelio. Estaba gozando del amor de Dios, y es bonito sentirse amado, correspondido, apreciado, estimado. Pero Jesús no vino a subirte al Tabor; si lo hace es para que no pierdas el ánimo y la esperanza. En el Tabor Dios te hace ver que hay luz, una luz que Dios comparte contigo. En cierta manera tú eres Dios, participas de la divinidad ( Sal 82,6; Jn 10,34). ¿Recuerdas lo del castillo interior en cuya morada más profunda está Él? El amor a ti mismo ha de nacer de ahí; amarte en tu propio ser empapado en la divinidad, amar lo que eres originalmente, no amar tus máscaras, tus aspiraciones y posesiones terrenas, tus títulos y las consideraciones que el mundo pueda tener contigo. 

Aunque no es bueno dormirse en el Tabor, sí es conveniente subir, pero para bajar luego y pasar también por otros dos montes. Uno es el de las Bienaventuranzas, donde el amor se declara como felicidad para los que practican las virtudes del Reino y son capaces de gozar a pesar de la pobreza, la persecución, las lágrimas, el perdón, etc. que parecen querer hundirle  (Mt 5-7) ¡Hay que despojarse de muchas cosas para amar en “modo bienaventuranza”! En este monte se da el primer paso para com-padecer. Dejo de vivir para mí y comienzo a vivir hacia afuera, hacia todas las personas y hacia todo lo creado. Disfruto de Dios, de la creación y de los hermanos. Descubro que la dicha no está en atarme a las cosas del mundo sino en soltar: “Bienaventurados los pobres…” 

A partir de aquí estoy preparado para acceder al último monte: el Calvario, el éxtasis, la salida de mí mismo. Aquí el amor se hace donación, entrega, vacío de todo a favor de todos. Despojado, anihilado, sólo queda la esencia de mi ser, su chispa divina; sólo ese rayito de luz me sostiene; ya no hay odio, ni violencia, ni autosuficiencia alguna, porque me he vaciado de todo; sólo me queda el abandono en manos del Padre (fe) que como un hilo me conecta a la Vida. Entonces estoy preparado para darme del todo, para la unión, para alcanzar la meta de mi vida consumando en mí la Pascua. “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Ahora amo a Dios en sí, y lo amo en el prójimo hasta el punto de morir por él y decir: “Perdónalos, porque, igual que yo hice antes, en mi ignorancia, no saben lo que hacen al rechazarte” (cf Lc 23,33). 


Para alcanzar amor 

¿Cómo llegar al amor? ¿Cómo alcanzar amor, diría san Ignacio de Loyola? ¿Hay un camino que comienza por el amor a Dios y luego desciende? ¿Se debe iniciar el amor por uno mismo para luego ascender? ¿Nos lanzaremos a la práctica de la misericordia para con el prójimo como punto de partida? Querer dividir y programar es un error. El amor no se programa, brota libremente cuando encuentra espacio. Es como un manantial o pozo oculto bajo muchos escombros y que a medida que se va limpiando lo que impide acceder al agua va dejando espacios que permiten desbordarse al manantial (cf Jn 7,37-38). Soltar ataduras es ya amar. 

Abrir mis ojos a las necesidades del prójimo (próximo), ir dando espacio al hermano en mi casa, ejercer mi voluntariado social, etc., es ya amarme y amar a Dios. Recordad a los bendecidos en la parábola del juicio final (Mt 25,31-46); habían dado de comer al hambriento, de beber al sediento, posada al peregrino… sin haberse percatado de estar haciéndolo a Dios. Tal vez no dedicaron mucho tiempo a la oración  explícita, pero el encuentro y unión con Dios en el amor se da ahí de manera excelente, sin ritos ni teorías. Es conveniente no olvidar esto los que andamos preocupados por caminos espirituales y métodos contemplativos. 

Sin olvidar la advertencia, dedicar un tiempo a la oración y formación espiritual es también amar a Dios, amarme y amar al prójimo. Porque conociéndome a la luz de Dios veo mejor mis limitaciones y posibilidades (humildad) y conecto mejor con el prójimo que reclama mi atención. Aprendo así a trabajar desde el amar auténtico, que me vacuna contra el desánimo y el cansancio (“el alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa”, decía San Juan de la Cruz) que amenaza el equilibrio necesario para realizar vivir con eficacia los quehaceres ordinarios y extraordinarios que cada día se me ofrecen. 

Todos queremos "alcanzar amor" , aunque propiamente el Amor no se alcanza -un amor alcanzado es un amor con minúsculas- sino que te alcanza. Antes de que nosotros lo alcancemos ya nos ha encontrado Él. Lo único que necesitas es abrirte al don que se da en ti, en el prójimo y en el mismo Dios.

* * * 

Como siempre me extiendo en el texto, pero espero no haber sido farragoso en lo que expongo. El mandamiento no es “tres” sino “uno” con tres dimensiones inseparables. La tentación es  conceptualizarlo, reducirlo, encerrarlo en esquemas. La vida no cabe en un bote de conservas. Dios tampoco; no se le puede encerrar en   teologías ni leyes. Las doctrinas y los dogmas no son Dios. El amor a Dios y al prójimo como a ti mismo es la esencia que sostiene toda la ley y los Profetas; sin una vida de amor palpable, sin amor, de nada sirve todo lo demás (cf 1 Cor 13). Este evangelio, su meditación, si no pasa por la vida sólo será un hobby, un adorno, un entretenimiento espiritual. ¿A qué esperas para amar? 


Para orar en este domingo 

-Busca el lugar adecuado y el tiempo oportuno. 

-Deja a un lado las preocupaciones y los proyectos que te embarguen en ese momento. 

-Respira. Siente la entrada del aire en tus pulmones y el balanceo a que da lugar en tu vientre. 

-Siente todo tu cuerpo: tu postura, volumen, temperatura, sensaciones corporales (parándote donde veas tensiones) 

* * *
-Ama a Dios. Evita pensamientos dejándolos pasar sin violentarte y procura centrarte en la pura sensación… Siente la energía que eres y paladéala como participación de Dios al que amas y deseas. Entre Dios y tu hay opuestos (sois dos), pero no hay oposición: te sientes uno con Él. … permanece en Él y apréciate a ti mismo como merecedor de esa presencia divina en ti. 

-Ama al próximo. Coloca frente a ti a las personas que tratas más ordinariamente y a las que amas… Sonríe contemplándolas… ¡Que el Señor os bendiga! … 

-Sin violencia, con dulzura, sin perder tu sonrisa, ora también por tus enemigos, por aquellos que por cualquier razón sabes que no te miran bien… “¡Que el Señor os bendiga” ¡Que las causas que nos separan desparezcan y lleguemos a amarnos! 

* * *
-Para terminar, haces sin prisas tres respiraciones profundas y vas saliendo de la meditación. 

-Aprovecha para tomar nota de las sensaciones vividas y las llamadas evocadas en el momento que has vivido.


TEXTO EVANGÉLICO
Mateo 22,34-40.

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» 

Él le dijo: «"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

                Palabra del señor.

Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Octubre 2020.

viernes, 16 de octubre de 2020

Terceras moradas (II) (14 Octubre)

Comentamos en el encuentro del miércoles pasado el capitulo dos de las Terceras Moradas de santa Teresa, capítulo que cierra el discurso ascético (ejercicios de nuestra voluntad) de las Moradas. A partir de la Cuarta Morada entraremos en otro nivel: el de la experiencia mística. Pero esto será más adelante. 

Soltar

Para entrar en las Terceras Moradas es preciso SOLTAR, es decir, desprenderse de todo lo que impide el avance en el camino espiritual. Lo decía Jesús a Pedro nada más marcharse el joven rico de su presencia: “Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna” (Mt 19,29). ¿Es que tengo que dejar a mis padres y hermanos? ¿Irme lejos de mi tierra? No leas este texto literalmente; de ser así algunos se sentirían justificado de no tener tener que cuidar a sus padres o de marcharse a otro sitio cuando le agobian las responsabilidades. 

Se trata simplemente de aligerar el equipaje trabajando los desapegos, es decir, liberando la adhesión de tu corazón a todas las realidades que no son Dios pero que ejercen como tales en tu vida. Dejar al padre y a la madre es dejar la dependencia infantil de credos, normas, costumbres, modos automáticos de vivir, etc. a los que te has acomodado, y que han cristalizado en el modo de vida “piloto automático” que llevas; tus hermanos son esas relaciones personales que te adulan y te hacen creer que eres alguien; tus hijos son tus logros, tus éxitos, en los que has puesto tu identidad; tu tierra es tu estrechez de miras, el miedo a ir más allá. Vives así una vida “concertada” pero insatisfecha. ¿No pasaba eso al joven rico? 

El joven rico que eres vive apegado a sus riquezas, a sus ideas que han ido fraguando un modo de vivir inadecuado esquivando todo aquello que pudiera incomodar la imagen de justo, puro y cumplidor que alimenta su ego. Todo muy correcto y legal, pero al mismo tiempo muy frío. Una vida así no puede sostenerse en alto mucho tiempo. Se asfixia. Hay que ponerle remedio. El  joven rico pareció encontrarlo en la persona de Jesús. “Todo lo hago bien ¿qué me falta para ser feliz?”. 

Jesús le responde. Para ser feliz sólo te falta una cosa, soltar todo aquello que hipoteca tu felicidad. Tu problema es que crees que ya has encontrado el camino de la felicidad, pero te equivocas; has buscado fuera lo que tienes dentro. Por tanto, vende, suelta, rompe el cordón umbilical que constantemente tiendes a las cosas de fuera. “Tenéis que nacer de nuevo” (Jn 3,7). 


Sequedades 

Las Terceras moradas te conducen hasta el punto de apremiarte a un nuevo nacimiento. Es un trabajo arduo sólo posible desde la fe desnuda. Hay que desmontar toda una serie de automatismos, de convicciones, de pesadas estructuras que han ido envolviendo el ligero edificio que es tu vida. Cuando procedes a la deconstrucción de tu ego la sensación es de que todo se te viene abajo. Entras en periodos de dudas, miedos, SEQUEDADES. Dios te está haciendo pasar por “LA PRUEBA DEL AMOR”, donde aprenderás que “no está la perfección en los gustos, sino en quien ama más, y el premio lo mesmo y en quien mejor obrare con justicia y verdad” (3M 2,10). Es el amor en la dimensión de la cruz, un impass en el que por momentos se experimenta esa sensación de vacío en el que ni las cosas de Dios ni las del mundo parece que pueden satisfacerte. Mirando atrás se ve lo dejado como insatisfactorio, y mirando hacia adelante todo se percibe como un oscuro silencio de Dios. Más que nube del no saber es nubarrón del no sentir. “¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46) 

En este estado de desierto mete Dios al alma a la espera del tiempo oportuno para hacerla volar. Estas sequedades son una buena cura de humildad, una lección práctica de que “sin Dios no puedo nada”, confesión que te llevará a otra: “sólo Dios basta”. “Se engañan aquí muchas almas que quieren volar antes que Dios les de alas” (V 31,18). En tiempos de sequedad, cuando se busca con ansiedad el agua que sacie la sed, hay que decirse: “espera en Dios, alma mía, que volverás a alabarlo” (Salmo 41). Importante la esperanza como virtud en estos momentos de desolación. Eso sí, esperanza que no se fije en una vuelta a consolaciones pasadas, y tampoco a expectativas imaginadas, sino más bien a presencia anhelada.
 

Practicar la humildad y la escucha

Para salir victorioso en la prueba del amor hay que empezar por una práctica adecuada. ¿Con qué armas contamos? La Santa habla de cultivar la virtud de la HUMILDAD. Cada vez que pretendes soltar algo de aquello a lo que estás apegado o apegada, o mejor, aquello que se ha pegado a ti, esas cosas con las que te identificas y sobre las que has montado la comedia de tu vida; digo, que en cada ocasión que sueltas algo que te ata y lastra, por el modo de encajar la novedad “os podéis muy bien probar y entender si estáis señoras de vuestras pasiones” (3 M 2,6). Y si aún no puedes soltar, o si por el hecho de soltarlo te duele la herida que provoca el corte o la renuncia, ejercítate en la humildad, es decir, en el reconocimiento de tu impotencia para dejarlo todo. Es hermosa la comparación que hace aquí la santa para entender esta virtud tan necesaria para crecer en el espíritu: “humildad, que es el ungüento de nuestras heridas; porque si la hay de veras, aunque tarde algún tiempo, verná el zurujano, que es Dios, a sanarnos” (3M 2,6). ¿Se puede decir de modo más sencillo algo tan hermoso? 

Como quiera que sea, dirá santa Teresa que "humildad es andar en verdad" (6M 10,7) y cuando la persona es humilde queda capacitada para, honestamente, saber si se está produciendo en su vida un cambio verdadero. Prueba de ello sería que su egoísmo fuera a menos y que su mirada compasiva y bondadosa hacia todos los seres fuera en aumento.  

Y junto a la humildad recomienda también la Santa la virtud de la OBEDIENCIA. La palabra viene de “ob-audire”, saber escuchar. Acudir a quien te pueda orientar para así evitar el autoengaño, trampa o artimaña en la que el ego es especialista. “Aunque no sean religiosos, sería gran cosa –como lo hacen muchas personas- tener a quien acudir, para no hacer en nada su voluntad (que es lo ordinario en que nos dañamos)” … acudir a alguien “con mucho desengaño de las cosas del mundo, que en gran manera aprovecha tratar con quien ya le conoce, para conocernos” (3M 2,12). O sea, te es muy conveniente tener un maestro o director de espíritu, que sepa por experiencia y pueda orientarte en este paso tan importante. 

En resumidas cuentas, en las terceras moradas, más allá de vivir en religión buscamos vivir en el espíritu. “No está el negocio en tener habito de relisión u no, sino en procurar las virtudes y rendir nuestra voluntad a la de Dios en todo y que el concierto de nuestra vida sea lo que su majestad ordenare de ella” (3M 2,6). 

Ni que decir tiene que entre las virtudes, las más espirituales son las teologales: fe, esperanza y caridad. A partir de las cuartas moradas no se entenderá nada sin ellas; porque se trata de entrar en fe (solo Dios basta), esperanza (solo en Dios espera mi alma) y amor (solo el amor de Dios me puede llenar de amor). 

Como dice el salmo: "aunque aumenten tus riquezas -entiéndanse también los bienes espirituales- , no les des el corazón" (Sal 61,11).


¡Atent@ a mí mism@! 

Una advertencia importante al hilo de la Tercera Morada. 

Como grupo, quienes solemos acudir asiduamente al encuentro quincenal o asistido a retiros, deberíamos pararnos a reconsiderar qué significa para nosotros meditar. 

El ego ya advertimos que es muy sutil, tanto que es capaz de engañar al mismo diablo. La meditación en sí misma no es el objetivo de nuestros encuentros, es solo un instrumento, una herramienta, un vehículo o como queráis llamarlo, para otro fin, que no es sino la iluminación, la conversión, la transformación en Cristo, el encuentro con Dios. Una meditación que sólo pretenda el objetivo egoísta (cosa del ego) de suavizar u ocultar mis sufrimientos, coleccionar sensaciones o presumir de espiritual, no ha hecho sino transformar la meditación en un apego más de tu colección. 

¿Por qué esta advertencia? Pues para tomar conciencia a partir de ahora, de que la meditación conduce a un encuentro que genera un cambio, y al mismo tiempo, los cambios ayudan a alcanzar el objetivo último de la meditación. Por eso a partir de ahora en cada encuentro llamaremos a la responsabilidad de cada uno para que se proponga analizar en su vida situaciones concretas que pueda evaluar a posteriori. 

¿Cómo practicar esta conciencia de mí mismo? No consiste en otra cosa sino en fijarme en las reacciones o sensaciones que me producen determinadas relaciones personales o acontecimientos que se cruzan conmigo a lo largo del día, tomar conciencia de cómo me siento física y anímicamente. 

Para hacer esto puede servirte programar en el móvil un toque o dos a determinada hora para darte cuenta de tu estado corporal y anímico. ¿Dónde estoy? ¿Cómo se encuentra mi cuerpo? ¿Qué sensaciones tengo? ¿Qué estoy haciendo? ¿Dónde estaba mi mente? Y también ayuda, al acabar la jornada, pararse a hacer examen de la jornada, con especial detenimiento en los momentos en que has sentido especial alegría o rechazo. ¿Qué me alegró o disgustó? ¿Cómo reaccioné? ¿Qué camino tomé: apartar, deleitarme, obsesionarme? ¿Por qué? 

Al hacer todo eso no te juzgues. Solo observa y constata. Todo para que tu vida no pase ante ti sin que te des cuenta. Y no me refiero a las vidas del mundo y de los demás que pasan ante ti, sino a la vida que vives desde tu interior. Ser consciente de que tu no eres lo que ves sino el ojo que ve. Darte cuenta es ya conocerte. Lo hemos dicho por boca de santa Teresa y en su lenguaje: por las situaciones en que Dios os pone la prueba el amor (pone ejemplos de pérdida de riqueza, problemas de salud, reveses de la vida, sequedad) "entenderéis si estáis bien desnudas de lo que dejasteis, porque cosillas se ofrecen en que os podéis muy bien probar y entender si estáis señoras de vuestras pasiones"  (3 M 2,6). Se trata de que cada día vayas conociéndote mejor desde una mirada a tu propio ser partiendo de fuera (lo que vives, lo que sucede en tu entorno y te afecta, lo que observas, cómo reaccionas) a adentro (lo que eres en tu yo real y cómo te engaña tu ego aparente). 

Solemos examinarnos a la luz de lo que vemos y creemos que somos. Cuando partes de sensaciones, experiencias y reacciones concretas puedes ver que no eres lo que piensas. Tú mismo te habrás sorprendió a veces de reacciones propias que no esperabas. Prestando atención, puedes conocerte mejor y crecer en amor a ti mismo (no confundir con egoísmo). Es duro, a veces reconocer como somos, pero sin ese reconocimiento no hay avance en al amor  al prójimo y a Dios. 

Este es solo un primer paso para abrirnos a algo nuevo. De momento abrámonos a la idea de que la meditación no es solo cuestión de media hora al día y un encuentro a la semana. Si no se imbrican vida y meditación, si consideras esta sólo como un hobby al que le dedicas un poco de tiempo diario o quincenal, estás en una onda que no es la que pretendemos. 

Hasta el próximo encuentro. Seguiremos profundizando en las Terceras Moradas.

Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Octubre 2020


viernes, 9 de octubre de 2020

Invitados a entrar al banquete (orar el domingo 11 de Octubre)


Un Rey invita a sus amigos a la boda de su hijo. Los invitados se niegan a asistir. Pero el rey insiste: “Tengo preparado el banquete… Venid a la boda”. Los invitados, ante la insistencia, se excusan alegando que tienen cosas más importantes que hacer; algunos incluso rechazan violentamente la invitación cargando contra los mensajeros.

* * *

Este domingo tú  estás entre las personas invitadas a las bodas del hijo del rey. El salón del banquete es tu propia interioridad. Eres llamado o llamada a entrar y celebrar las nupcias del hijo. ¿Con quién se casa? Con toda la humanidad; contigo.  La vocación del hombre es la de unirse (casarse) con Dios, y es en el Hijo por quien y en quien  se realiza esa “nueva alianza”; y tú estás entre los invitados a la boda.

Para participar de ese banquete de amor que ofrece el Padre has de dar un primer paso: dejar todos los negocios que te ocupan fuera y adentrarte en el silencio que te ayuda a vivir en advertencia amorosa a Dios. Ya sabes que, como ocurre en la parábola,  hay quien  siempre encuentra excusas para no entrar.  Son personas que viven tan volcados en la exterioridad que no perciben siquiera la riqueza que tienen dentro de sí. Algunos incluso  reaccionan violentamente cuando se le intenta convencer para que se adentren en el palacio del rey que es su alma. 

Con lo dicho tienes ya unos puntos de meditación, preguntarte a ti mismo cómo reaccionas cuando eres invitado a adentrarte en el misterio que  es Dios y que eres tú mismo. Desde la morada más interior el buen Pastor Jesucristo, con sus silbos amorosos, te llama a sentarte a la mesa y sellar con Él una alianza de amor. ¿Qué ideas, apegos externos o miedos pones de excusa para no entrar en oración y contemplación? ¿Por qué te violentas cuando piensas que deberías orar y te descubres poco dispuesto a ello? ¿Qué te lleva a rechazar la invitación de Dios? Revisa los obstáculos exteriores que te impiden el acceso a Dios. 

 * * *
No solo la atracción y seguridad que creemos hallar en el mundo exterior obstaculizan la participación en el banquete. Todos están invitados. Los que ponen el corazón en las riquezas y negocios exteriores no entran. Pero hay quienes no tienen esos apegos externos y también son llamados; buenos y malos somos llamados a participar de la mesa común. El  banquete del reino es universal, abierto. Dios no hace acepción de personas. 

“La sala del banquete se llenó de comensales”, gente pobre y agradecida. Pero alguno no lleva traje de fiesta. En esto del camino espiritual hay siempre quien se presenta desaliñado, sin las disposiciones interiores requeridas. Para venir a Dios no basta con dejar los apegos exteriores, que evidentemente nos descentran y distraen de lo esencial; también hace falta vestir el traje de las virtudes. Esto aconseja san Pablo a los invitados: “revestíos del hombre nuevo, … de sentimientos de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia; soportándoos mutuamente y perdonándoos… Y por encima de todo, revestíos del amor que es el vínculo de la perfección” (Col 10.12-14). Baste esta cita para entender qué significa tener o no tener el traje adecuado para la fiesta; se trata de crecer en las virtudes humanas procurando todo lo bueno (cf Rm 12,9-21), adornando el corazón con la prudencia, la justicia, la fortaleza, la templanza, (virtudes cardinales) y disponiéndolo a la unión por las virtudes que sólo Dios te puede dar: fe, esperanza y caridad (virtudes teologales). Se trata de acercarte al silencio de la oración poniendo no sólo los medios exteriores apropiados, sino también las disposiciones interiores que  faciliten el encuentro amoroso con Dios. 

No basta decir ¡Señor, Señor! También se ha de vivir según la voluntad de Dios, o al menos intentarlo (cf Mt 7,21-23). Cuando no pones empeño en vivir según la propia fe lo tienes difícil para ser un digno invitado al banquete. No te sorprendas si te invitan a levantarte de la mesa y salir; no deberías haber entrado sin antes haber revisado  tus relaciones con los hermanos (cf Mt 5,23-24).

* * * 

Aprovecha hoy la invitación del Padre al banquete de su Hijo. Es un banquete de amor abundante que sacia plenamente tu sed de Vida. Pon a un lado tus negocios, afloja tus resistencias y reticencias para entrar en tu palacio interior. Saborea los manjares que Dios te da a gustar, y si sólo hallas sequedad créeme, es el alimento que más te conviene hoy. Y no olvides que cada domingo, en la Eucaristía dominical, se celebra sacramental y solemnemente el banquete de bodas del Cordero, su alianza contigo, su pacto de amor; está ahí, en la comunidad y en el pan eucarístico,  esperando tu presencia. ¿Te vas a excusar?



Para orar este domingo 

Quede claro que cada domingo la oración por excelencia es la Eucaristía. El evangelio de hoy lo evidencia. La invitación de Dios, aunque particular, se realiza en comunidad, una comunidad donde  hay buenos y malos, o mejor: unos más buenos que otros. En el encuentro del domingo con aquellos que también caminan, aunque algunos no sean tan de mi agrado como me gustaría, puedo discernir si mi oración es una huida o una marcha hacia adelante. No te prives, pues, de asistir a la Misa y mirar las adhesiones y rechazos que encuentras al participar con otros en esa celebración. Mirarte ahí te ayudará a crecer espiritualmente por la aceptación de tus propios límites y el de los hermanos.

* * *
1. Comienza retirándote a un lugar que te facilite el silencio y la intimidad para orar. 

2. Sitúate ante Dios, relajado, consciente. Pare ello observa tu cuerpo y relaja las partes donde notes más tensión y suelta las esas tensiones, preocupaciones, pensamientos, que traes o que te sobrevienen. 

3. Tomando conciencia de tu cuerpo y todo tu ser aquí y ahora, escucha la voz de Dios, que desde lo más profundo de ti te invita a entrar y sentarte a su mesa con toda la humanidad. Déjate llevar por tu corazón y admírate; ¡Yo entre los invitados al banquete de la Nueva Alianza sellada por el amor de Jesucristo! 

4. Si lo piensas bien te sientes indigno; pero sabes que no es tu virtud la que te ha traído a la oración, sino que estás aquí por  fuerza y la atracción de Dios, por su gracia. … Pides perdón si tu vestido no es el más apropiado. 

5. La alianza es para todos. Jesús, preguntado por el Padre, si esá dispuesto a unirse a ti en la salud y en la enfermedad, en las penas y en las alegrías, en el sufrimiento y el gozo,  dice “sí quiero”. Él lo da todo por ti, ahora te toca a ti responder: ¿Estás en disposición de decir sí? … Sí quiero, … 

6. Quédate ahí, todo el tiempo que sea necesario, en silencio, mirándole, gustando el amor de Dios en Jesucristo… 

7. Termina rezando alguna oración vocal (padrenuestro, avemaría, magníficat,…), dando gracias a Dios por todo lo que recibes y llevando también a tu oración las inquietudes de todos los que comparten la vida contigo. 

8. Entrar en oración, entrar en casamiento con Cristo, es una aventura, un riesgo, pero merece la pena por todo lo que ganamos con ello. Como dice santa Teresa, “para pagarnos es tan mirado, que no hayáis miedo que un alzar de ojos con acordarnos de El deje sin premio” (Camino 23,3). 


EVANGELIO 
Mateo 22,1-14):

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda." Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. 

El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda." Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. 

Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.

Casto Acedo. Octubre 2020