Buscar en este blog

martes, 28 de mayo de 2019

Quietud (cuento)


Otro cuento de Toni de Mello.
 
 
MUY BIEN, MUY BIEN...
 
En una aldea de pescadores, una muchacha soltera tuvo un hijo y, tras ser vapuleada, al fin reveló quién era el padre de la criatura: el maestro Zen, que se hallaba meditando todo el día en el templo situado en las afueras de la aldea.
 
Los padres de la muchacha y un numeroso grupo de vecinos se dirigieron al templo, interrumpieron bruscamente la meditación del Maestro, censuraron su hipocresía y le dijeron que, puesto que él era el padre de la criatura, tenía que hacer frente a su mantenimiento y educación. El Maestro respondió únicamente: «Muy bien, muy bien...».
 
Cuando se marcharon, recogió del suelo al niño y llegó a un acuerdo económico con una mujer de la aldea para que se ocupara de la criatura, la vistiera y la alimentara. La reputación del Maestro quedó por los suelos. Ya no se le acercaba nadie a recibir instrucción.
 
Al cabo de un año de producirse esta situación, la muchacha que había tenido el niño ya no pudo aguantar más y acabó confesando que había mentido. El padre de la criatura era un joven que vivía en la casa de al lado.
 
Los padres de la muchacha y todos los habitantes de la aldea quedaron avergonzados. Entonces acudieron al Maestro, a pedirle perdón y a solicitar que les devolviera el niño. Así lo hizo el Maestro. Y todo lo que dijo fue: «Muy bien, muy bien...».
* * *
 


Son muchos los problemas que nos pueden venir desde el exterior; de hecho cada día hemos de afrontar  situaciones que requieren de nosotros una respuesta adecuada. Y hay que darla. Pero ¿a qué precio?

Si es importante la solución que demos a cada problema que nos viene, también lo es que esa solución no suponga un desajuste en nuestra estabilidad interior; es decir, es importante no "quemarse", que nuestro ser (asiento, identidad, núcleo) no se tambalee.
 
La QUIETUD INTERIOR es fundamental para ello. Y un buen camino para alcanzarla es ahondarnos y asentarnos cada vez más en lo profundo de nosotros y dejar de preocuparnos por la imagen (personaje, reputación, yo-ideal) que podamos dar hacia afuera,  y valorar de modo efectivo la identidad interior (persona, ser, yo-real).
 
En lo profundo, en el "interior intimo meo", está el asiento, la Roca. El Reino de Dios está dentro de nosotros.

 Contemplare. 27 de Mayo de 2019

jueves, 23 de mayo de 2019

Quietud

En la última entrada al blog hablábamos de la respiración como un modo de expresar y acercarnos a la espiritualidad. Hoy quiero decir algo acerca de la quietud, tema de fondo del último encuentro: invitación a la quietud corporal.
 
 
Somos cuerpo 

 Es importante tener en cuenta que cristianamente hablando no tenemos cuerpo, sino que “somos cuerpo”;  el cuerpo forma parte del ser de la persona tanto como el espíritu o alma. Somos, según el enfoque desde el que nos miremos, cuerpos animados (con alma) o espíritus encarnados (con cuerpo). Me gusta decir que si sólo fuéramos un mecanismo material (hardware) al que se aplica un programa (software), seríamos robots o zombis; y si la realidad de nuestro ser fuera sólo nuestra alma, seríamos fantasmas. Pero, g racias a Dios, somos personas, seres en los que cuerpo y alma se aúnan misteriosamente.
 
Cuerpo y alma se imbrican de tal modo que uno y otra se afectan mutuamente. Cuando una dolencia física o una enfermedad hace mella en el cuerpo, o cuando la vida saludable nos mantiene lozanos y fuertes, el alma también lo sufre o lo disfruta. Y, desde el otro lado, cuando el espíritu está conforme y  feliz, o errado, disperso, y preocupado, el estado de ánimo se somatiza y se expresa en  malestar o  bienestar físico.
 

Hecha la aclaración pertinente acerca de la unidad cuerpo-alma, podemos valorar la importancia de la quietud física en la meditación; quietud que  no es un ejercicio de pura ascética, sino que más bien se trata de una técnica que nos permite disponernos para el sano crecimiento espiritual. Aquietar el cuerpo favorece que las in-quietudes interiores se pacifiquen. Relajo y contemplo mi cuerpo en quietud para facilitar que también mi interioridad halle paz y silencio a fin de ver o contemplar con claridad la realidad que soy y vivo, y abrirme al don de Dios desde mi yo real y profundo.

Cuando mi cuerpo se aquieta percibo inmediatamente las inquietudes que bullen dentro de mí. La primera tentación entonces es la de mover mi cuerpo a fin de apartar esas preocupaciones. ¿Es la mejor solución? Desde luego que no. La actitud del avestruz que esconde la cabeza ante el peligro, el hecho de no mirar o huir de lo que nos agobia, no hace que el problema desaparezca.
 
Mejor es pararse, aceptar lo que me inquieta,  ser compasivo conmigo mismo  mirando sin violencia lo que me estresa, y "dejar ir”. Para ello, procuramos ayudar al ánimo con una actitud física de quietud;  cuando el cuerpo se aquieta actúa como el lago que, revuelto por la tormenta, cuando llega la calma, va posando en el fondo todo lo que enturbiaba el agua y facilita el ver con claridad tanto el fondo como lo exterior que se refleja en sus aguas. Algo así buscamos al aquietar el cuerpo; ayuda para posar los problemas del alma, aceptarlos, amarlos y sanarlos. 
 
Quietud y anhelo de Dios
 


La quietud es un deseo de todos. El inquieto vive “fuera de sí”, descentrado, ajeno a la realidad presente. “Vivir inquietos” es algo no deseable; todos buscamos calmarnos, aquietarnos, “estar aquí”, centrados en la vida.  Todos anhelamos la quietud: “nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestra alma anda inquieta hasta que descanse en Ti”, dijo san Agustín.

Parece como si el anhelo de Dios estuviera unido a este deseo de “aquietarse”, asentarse, encontrar estabilidad y descanso.  Así es. Hemos sido creados a imagen de Dios; Dios es nuestra patria, nuestro lugar propio de existencia, nuestro hogar. Dios es el eje natural sobre el que gira adecuadamente nuestra vida, con Él en el centro se realiza la vida de la persona. 

Una de las propiedades esenciales de Dios en la filosofía y teología clásicas es la inmutabilidad. Dios es aquel que permanece estable y fijo, no sujeto a los cambios, el que está siempre ahí y no está sometido al arbitrio de ninguna otra realidad. Es el eje que todo lo sostiene,  alrededor del cual  todo gira. Hay quien con bastante certeza ha comparado a Dios con el ojo del huracán, que permanece en el centro, quieto, vacío, inmóvil, sin nada, pero al mismo tiempo mostrando toda su energía y  fuerza hacia el exterior.  
 
Para escapar de los efectos devastadores del huracán lo mejor es situarse en el centro del mismo. Meditar es ejercitarnos en ello. Se trata, por una parte, de colocarnos en el centro de Dios, en su inmenso vacío e inmutabilidad, para salvarnos así de las inquietudes de la vida; por otro lado, al meditar en quietud situamos a Dios como eje de nuestro ser.

Hemos conocido por Jesucristo que “Dios es impasible -inmutable, no sometido a cambios ni a pasiones-, pero no es incompasible, pues siempre está inclinado a tener misericordia y perdonar” (San Bernardo). Es un gran misterio: El Impasible Compasivo. La fe en Él es para nosotros garantía de estabilidad y seguridad. Tan es así que incluso “Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2 Tm 2,13).

Sabiendo y sintiendo que Dios está en el centro, y que su amor por mí es eterno, ¿qué me puede preocupar? “¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?”; todo esto son preocupaciones inútiles si pongo a Dios como eje de mi existir. (cf Rm 8,31-38).

Por tanto, si me he descentrado, si mi vida anda inquieta y perdida, para volver al lugar natural en que debo estar, basta adentrarme y aquietarme en quien me da seguridad y permanencia: Dios.  Es lo que buscamos al aquietarnos y silenciarnos.


Es importante trabajarnos en la quietud corporal durante la meditación. Pero siempre teniendo de fondo que lo que buscamos es posarnos en Dios, descansar en Él. Son numerosos los textos bíblicos que invitan a ese estar firmemente asentados en Dios. Quien le pone en el centro es como “un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto” (Jr 17,7-8).  

¡Cuánta sabiduría! La meditación en quietud y silencio es plantarse junto al río de la vida que es Dios, alargar y ahondar las raíces de mi alma hacia Él, dejar de lado todo temor e incertidumbre, y dar frutos de caridad en el momento oportuno. Un buen ejercicio de contemplación: sentirme árbol plantado en el jardín de Dios, en quietud; sentir cómo en la profundidad que da el silencio la savia de su amor va empapando todo mi ser, y dejar a Dios ser Dios en mí, viviendo en su voluntad de darle al mundo los frutos de mi estar en Él: misericordia, paz, perdón, serenidad,…
 
Hay otros textos bíblicos que nos ayudarían a entender el sentido de la quietud en Dios, como aquel en el que Jesús alaba a María, la hermana de Lázaro mientras a su hermana  Marta le recrimina  por vivir descentrada y nerviosa: "Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada" (Lc 10,41-42). También Jesús aconseja no andar inquietos “por la vida, qué vais a comer; ni por el cuerpo, con qué os vais a vestir, … ¿Quién de vosotros a fuerza de inquietudes puede añadir un instante al tiempo de su vida? Por tanto, si no podéis lo más pequeño, ¿por qué inquietaros por lo demás? … La gente del mundo se afana por todas esas cosas… Vosotros buscad más bien su reino, y lo demás se os dará por añadidura” (Lc 12,22-31). ¡Busca el Reino, procura estar en Dios, haz de Jesucristo y su evangelio el eje central, la piedra angular, de tu espiritualidad, y todo lo demás, problemas y preocupaciones incluidos, perderán el peso que erróneamente le concedes!.

Cultivar la quietud y evitar el quietismo.

Los maestros de la mística, siguiendo la tradición bíblica, también hablan de quietud en sus escritos. En la práctica de la meditación el esfuerzo del orante es necesario, pero llega un momento en que la dinámica interior pide silencio, quietud; es el paso a la oración de recogimiento (contemplativa), las potencias -memoria, entendimiento y voluntad- se aquietan, se silencian, dando paso a la “oración infusa”, pura recepción del amor de Dios.

No viene Dios a mí por el simple hecho de “quedarme quieto”, pero la práctica de la quietud corporal me dispone a la escucha y la comunión con Dios.  En el Libro de la Vida (14-15) y Camino de Perfección (28) Moradas (4 M , 1) describe santa Teresa la oración de quietud como “contemplación infusa”, don de Dios para el que hay que disponerse en el silencio.
 
San Juan de la Cruz, es más difuso al hablar de “quietud”; para él “quietud” es más bien un sinónimo de serenidad, tranquilidad o paz interior (S prol 7; 1 S 13,13;…) actitud de escucha, receptividad y sosiego ante la acción divina en el alma. También llama quietud al efecto que dejan en el alma ciertas mercedes o gracias divinas.

Para el maestro carmelita, la quietud por antonomasia es la actitud que el espiritual ha de adoptar ante la  advertencia o noticia amorosa de Dios en cualquiera de sus grados o niveles. Cuanto más se mantiene y desarrolla esta atención amorosa en quietud, más aumenta la sensación de receptividad. Una vez llegado el espiritual a ese estado debe procurar no alterar su quietud tratando de obrar volviendo al estilo orante de la meditación. Es un punto capital en el magisterio sanjuanista.
 
Creo que con estas notas podemos tomar conciencia de lo importante que es el gesto de “estar quietos” (físicamente) y en “atención amorosa” (atentos interiormente) en nuestros ejercicios de meditación. Aquietar el cuerpo ayuda a aquietar el espíritu. Es verdad que cuando se anda inquieto y nervioso, estresado, acelerado, preocupado… cuesta mucho mantener la quietud física. Molestias, picores o pequeños dolores aparecen cuando nos sentamos para la oración. Salvo excepciones, es síntoma de que nuestro espíritu se resiste a sentarse y envía esos mensajes de desagrado al cuerpo. Hay que entrenar. Aceptar y mirar con amor esos contratiempos. Con los días, el cuerpo deja de ceder a las presiones de la inquietud interior, y se va produciendo una interacción alam-cuerpo por la que cultivando la relajación física se van serenando los problemas psíco-espirituales, y por la aceptación y calma de las crisis interiores va mejorando el estado físico.  

Advertir ,finalmente, del peligro de “quietismo”, desviación de la quietud que interpreta la meta espiritual como “pasividad absoluta”. El quietismo niega la razón y anula la voluntad, y consecuentemente la libertad. Es el error diametralmente opuesto al activismo; mientras que éste sólo quiere “hacer y hacer”, el quietista usa de la oración como huida y refugio bajo pretexto de prudencia. 
 
 Como dice el P. Royo Marín “El quietista no quiere meterse en nada. So pretexto de concentración y oración, se encastilla en su aislamiento y ociosidad sin pensar en nadie fuera de sí mismo ni preocuparse de otra cosa que de sus propios intereses. [...] Es muy cómodo no meterse en nada ni abandonar un instante la dulce ociosidad —il dolce far niente— pero no es lícito llamarse discípulo de Jesucristo que precisamente por haberse metido en todo acabó muriendo en lo alto de una cruz”. La espiritualidad cristiana no culmina en quietismo,  "¡qué bien se está aquí!", sino en acción redentora.

 
Espero que lo dicho sirva al grupo de ayuda. Primero incitando a buscar la quietud física en la meditación como ayuda para la experiencia de Dios y la consiguiente disponibilidad a la práctica de las obras de misericordia. Y en segundo lugar,  advirtiendo de evitar el peligro del quietismo. ¿Cómo sé que no estoy cayendo en éste error? Lo dimos a entender con el ejemplo del árbol; y Jesús te lo explica de modo muy simple. Analiza tu vida, tus obras, tu hacer. ¡Cuántas veces os he dicho que la vida de oración no se evalúa por los gustos y regalos recibidos en los momentos de oración, sino por los cambios a bien que se vayan apreciando en el discurrir de la vida! “Todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. … Es decir, que por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,17-20)
 
Casto Acedopaduamerida@gmail.com. Mayo 2016
 

sábado, 18 de mayo de 2019

Contemplar a Dios en la respiración

Escribo esta entrada como comentario e ilustración del último encuentro del grupo del Jueves,  donde la respiración tuvo un protagonismo especial. Por su interés la incluyo también en el blog del grupo del Miércoles.

 
¿Por qué damos tanta importancia a la respiración en nuestros momentos de oración?
 
La oración cristiana no se cierra en ninguna técnica o método. Cuando al quehacer de un grupo que se inicia en la oración lo llamamos “taller de oración” no debemos entender por ello que lograremos llegar a tener oración contemplativa siguiendo estrictamente uno método que infaliblemente garantiza unos resultados.

No es así. Primeramente porque la oración contemplativa, abierta siempre a la sorpresa de Dios, no tiene ninguna finalidad programable. Cuando hay unas expectativas concretas nos estamos alejando de la apertura al Misterio, que es inimaginable e inasible, fuera del campo de las expectativas. Y en segundo lugar, nuestras habilidades cuentan poco porque la oración contemplativa es  don gratuito, y pretender apropiarse de este don con las propias obras es tan prometeico como soberbio.
Las técnicas son medios que nos pueden ayudar a disponernos a recibir el don de Dios, pero también se pueden transformar en obstáculos si hacemos de ellas un absoluto, una condición sine qua non para que Dios se manifieste y una garantía de que lo hará. Hallar a Dios significa buscarle siempre, y la seguridad de tenerlo es la certeza de haberlo perdido.
Aclarada la relatividad de las técnicas, digamos algo acerca de la respiración.

Respirar es el primer acto del hombre. Nada más abandonar el seno materno el llanto del recién nacido anuncia el primer aliento de vida extrauterina grita al mundo que un nuevo ser ha hecho su entrada.
No hace falta ser muy inteligente para saber que desde los orígenes de la historia el hombre conoce por experiencia y por observación que el aire es un principio vital. Mientras se mantiene la respiración se mantiene la vida; cuando falta, aparece la muerte. El hombre vive porque es un ser “espiritual”, es decir, un ser animado por el “pneuma” (griego),  "ruah" (hebreo), espíritu. Si le falta el aliento (espíritu) deja de existir.

Con esta constatación tan elemental surge una pregunta lanzada desde la intuición:  ¿No será la respiración el elemento que une al hombre interior con el hombre exterior?

Aire, aliento, soplo, espíritu,… son sinónimos. El libro del Génesis se abre con la descripción de un mundo caótico y oscuro; pero ya rondando por ahí el aliento de Dios, “La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu (aliento) de Dios se cernía sobre la faz de las aguas” (Gn 1,2).

El aliento mismo de Dios, su espíritu, irá organizando la materia informe, separando la tierra del cielo, la luz de la tiniebla, el agua de lo seco, y creando todas las cosas. A este respecto,  la narración de la creación del hombre en el día sexto está impregnada de un profundo sentido espiritual: "el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo” (Gn 2,7).
El mismo aliento de Dios es infundido a la persona. La dinámica de la vida se pone en marcha por el impulso del soplo divino y queda desde entonces conectada con Dios por la respiración. Es fe proclamada en la Escritura: Dios da el aliento y todos los seres viven, “Todos los seres, Señor, están pendientes de ti. Si retiras tu soplo, expiran y vuelven al polvo. Envías tu espíritu, los creas, y renuevas la faz de la tierra” (Sal 104, 27.29-30).” "De Él depende la vida de los seres,  el aliento de todo ser humano” (Job 12,10).
El soplo (espíritu) es participación de la vida de Dios. Y no solamente en el plano físico del hombre como ser creado; también el aliento de Dios es redentor, capaz de sacar vida allí donde el pecado y la muerte, han hecho de las suyas. El revivir de los huesos que se narra en el capítulo 37 del profeta Ezequiel es toda una profecía de la fuerza vivificadora del espíritu, profecía de la resurrección de Jesús y del don definitivo del Espíritu que procede del Padre por el Hijo: “Sopló sobre los discípulos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”(Jn 20,22).

No es este lugar para exponer una extensa teología del Espíritu Santo de Dios en la Biblia, donde se le describe como aliento, fuego, agua, soplo, etc. Me he limitado a señalar unos textos. Ya sólo con éstos podríamos decir que el aliento tiene cierto carácter sacramental, es decir, que la respiración nos conecta de modo muy especial con el Espíritu.
 
No es nada extraño que cuando interiormente andamos preocupados, estresados, perdidos, agobiados, angustiados, etc., resumamos nuestro estado con expresiones tan elocuente como “me ahogo” o “me falta el aire”. Y las situaciones de armonía, plenitud, satisfacción, liberación de la opresión, las significamos con un “al fin puedo respirar” o un simple “uf” como expresión del descanso que nos produce vernos libres de algo que nos ahogaba.


 
El budismo es especialmente considerado con el tema de la respiración. En la práctica del Sutra de la respiración el Buda enseña a los monjes a tomar conciencia de algo tan simple como es la respiración; al centrar la atención en ella el ejercitante va dirigiendo su conciencia hacia el centro vital del hombre, tan cercano a él y tan hondo como el respirar: Espirando profundamente, soy consciente de que espiro profundamente; inspirando profundamente soy consciente de que inspiro profundamente. Espirando levemente soy consciente de que espiro levemente; inspirando levemente, soy consciente de que espiro levemente”.

Haciendo una trasposición cristiana, podemos  también nosotros hacer nuestro este ejercicio de inspirar-espirar siendo conscientes de que al hacerlo estamos captando la presencia de Dios que, al ritmo de la espiración e inspiración, nos purifica de todo lo malo que hay en nosotros  y  nos alienta y unifica con su Aliento.

Inspirar es recibir, dejar  a Dios ser Dios, permitirle que inunde los pulmones del alma; espirar es dar, abandonarse, vaciarse, expulsar de uno mismo lo que impide un aliento ágil,… Espirar es morir, para permitir que luego, tras una larga espiración, una profunda inspiración  lleve de nuevo la vida a nuestro ser.

Es la dinámica de la vida espiritual, espirar vaciándome de todo, inspirar llenándome de Dios. 


Este es el sentido del ejercicio que realizamos cuando somos invitados a centrarnos en la respiración. Ahora bien, y lo repito: aprender a respirar no es el todo de la oración contemplativa; pero hacerlo de modo consciente, dejándose llevar por el ritmo del exhalar e inhalar, nos abre al presente, aquí y ahora, de nosotros mismos, disponiéndonos para recibir el don de Dios si está en su voluntad  otorgarlo.

Casto Acedo. Mayo 2019.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Saber y Vivir (cuento)

Con vuestro permiso, voy a ir introduciendo en el blog algunos cuentos de Santos Padres, de Toni de Mello, Jorge Bucay u otros, que nos ayuden a pararnos y a tener en cuenta la importancia de la meditación.   Si alguno guarda en su interioridad alguna historia de estas que le haya ayudado o marcado especialmente en su vida, que la escriba con un brevísimo comentario  y la mande por email para compartirla con todos.

Comienzo con éste cuento que abre el libro El canto del Pájaro, de Toni de Mello, y que para mí llega a expresar muy acertadamente la diferencia que va entre vivir desde el centro de la persona, sintiendo el presente, o vivir  en la distancia en que la mente nos pone respecto a la vida. Hay una distancia evidente entre el libro y la vida, entre el pensar y el sentir, entre el saber y el saborear, entre el erudito y el sabio.

Contemplativo es quien saborea. La sabiduría genuina no está tanto en saber, en recopilar mentalmente muchos datos, sino en saborear, gustar, mirar con los ojos del corazón, la realidad presente que nos envuelve en cada momento concreto. 
 
UNA VITAL DIFERENCIA

Le preguntaron cierta vez a Uwais, el Sufí:
- «¿Qué es lo que la Gracia te ha dado?».

Y les respondió: 
- «Cuando me despierto por las mañanas,
me siento como un hombre que no está seguro
 de vivir hasta la noche»

Le volvieron a preguntar:
 - «Pero esto ¿no lo saben todos los hombres?».

 Y replicó Uwais:
-«Sí, lo saben, Pero no todos lo sienten».


   Jamás se ha emborrachado nadie a base de comprender intelectualmente la palabra VINO.

 
* * *

Párate, relájate, respira y siente en cada inspiración y espiración, en cada sensación de tu cuerpo, y en cada movimiento de tu corazón, la Presencia que te envuelve y sostiene tu vida. ¡No pienses! ¡No especules! Sólo siente y vive.

El Espíritu no está en tu mente; ahí sólo guardas fichas descriptivas que tú mismo u otros habéis  escrito para orientaros en la búsqueda; el Espíritu está en la vida. Respírala. Nadie puede experimentar a Dios por ti.

 
Contemplare. Mayo 2019.
 

viernes, 5 de abril de 2019

Getsemaní

Un breve escrito acerca de la oración del pasado miércoles, sobre Getsemaní, que nos sirva de recordatorio y síntesis.

 
"El género humano es incapaz de soportar un exceso de realidad" (T.S. Elliot) 

Una vez dejado atrás el ego en las tres primeras moradas (reconocimiento y rechazo del pecado, conversión y decisión de seguir a Jesús) nos parece que todo está hecho; pero no podemos ignorar que “muerto el ego” nos queda el “yo mismo”, y este “yo mismo” sigue enganchado al apetito de la dulzura de las cosas del espíritu, ansiando el Tabor y rechazando el Calvario. Por lo general, aún seguimos anclados en la vieja estructura espiritual: si practico mi oración, si cumplo con los ritos y doy el diezmo de mis bienes como limosna, nos decimos,  ¿cómo no voy a ser merecedor de consolaciones –regalos y gustos- en la oración? Es lo menos que espero de Dios. Por eso, buscamos la oración gratificante y rehuimos la que trae sequedad y dolor.

Aún no hemos pasado por la noche de la purificación, la sanación y la iluminación. Lo sabemos porque si tuviéramos que escoger entre Tabor y Calvario, escogeríamos Tabor. Algo muy distinto nos decía el  canto que escuchábamos: “Si tuviera que escoger estar contigo en el monte Tabor, oh Jesús, mi Señor, o en la colina del calvario, … yo escogería estar contigo en tu dolor, escogería estar contigo ante la cruz, donde tu amor se derramó y tú estabas tan solo”; Teresa de Jesús eligió la cruz, el descenso a los infiernos con Jesús. Sus visiones del infierno apuntan a esta elección.

Mi “yo mismo” real, no puede ser sin los otros, sin los que sufren la esclavitud del pecado y sus consecuencias (separación, dolor, sufrimiento, cruz). Aún no amo lo suficiente, porque si amara de verdad, escogería estar con los hermanos en el dolor antes que en el gozo, como una buena madre elegiría antes acompañar al  hijo enfermo que al sano, y estaría más disponible cuanto más consciente fuera del sufrimiento del hijo. (Aclaro: no es que no deseemos que el hermano viva en continua fiesta, pero bien sabemos que nuestro amor es más desapegado y necesario cuando acompañamos al hermano en su dolor que cuando estamos con él en fiesta).

El “sudor de sangre” de Jesús en Getsemaní, es el signo visible del amor de Aquel que al encarnarse asumió en su totalidad la condición humana colectiva. “A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5, 21).  Encarnado, nacido en todo  igual a nosotros menos en el pecado, Jesús, en Getsemaní y en el Calvario, soportó el exceso de realidad de su "yo mismo" encarnado y solidario; ahí donde nosotros rehuimos  la realidad del dolor, Jesús se adentra en ella; el que no cometió pecado y no mereció pena por ello, muere y desciende a los infiernos, experimentando de modo sublime  la realidad del pecado de todos con el sufrimiento consecuente.


Jesús sufrió sabiéndose y experimentándose como parte del “todo” que es la humanidad. ¡Gran misterio este de la Encarnación, Dios hecho hombre! El que no cometió pecado se solidariza con nuestro pecado, carga con las culpas de todos; se hizo uno con todos; descendió a nuestro infierno, a ese oscuro lugar en el que el veneno del mal genera sufrimiento, tristeza y llanto (cf Is 53).
 

 Este es el momento del “terror existencial”, del horror del infierno que experimentó Santa Teresa en su Sexta Morada (6 M 11.2; V 30,2; V 32) , y en cuya noche tomó la decisión de aceptar los desposorios con Jesús y amar como Él a todos los sufrientes, ya sean víctimas de la explotación injusta o del sometimiento ignorante a los apetitos de su sensualidad. Con Jesús, su Amado, Teresa decidió amar a víctimas y verdugos, porque unos son víctimas por soportar la maldad de otros, y otros lo son por ignorar que son parte del “todo” y no entender que todo daño infringido al hermano es un daño que tarde o temprano se vuelve contra él mismo. Pasear en su noche por el infierno de los hombres, movió a Teresa a compasión, a sufrir con ellos trabajando para liberarlos de su esclavitud. Ahí decide hacer algo por Cristo, fundar “palomarcicos” desde donde sanar al mundo del cáncer del odio y de las guerras.

Podríamos preguntarnos: ¿siento yo por los hermanos el mismo amor que Jesús? ¿No es verdad que rehúyo entrar en Getsemaní? En mi oración, ¿no estaré esquivando asomarme al infierno que es mi “yo pecador” y sus consecuencias reales en el mundo? ¿De veras me siento parte de un “todo” y vivo el pecado del mundo como propio? ¿O soy de los afianzados en “que cada uno se salve como pueda”, “que cada palo aguante su vela”? .. Con tu respuesta a estas preguntas sabrás si ya has entrado en Getsemaní o te quedaste alienado en el Tabor.
 
En el Viernes Santo te puedes contemplar con Jesús en el sufrimiento del mundo. Tú formas parte activa y pasiva de ese sufrimiento. Jesús lo sufre sólo pasivamente. Pero esa "pasividad" no es inacción; al contrario, es el amor en su máximo grado de paciencia. En la Cruz, cuando Jesús tuvo en sus manos todas las papeletas para justificar una venganza de Dios, sólo encontramos amor. Amor escondido en el silencio, en la pasividad; aunque nunca tanta inacción (no-violencia activa)  estuvo tan cargada de actividad redentora como ahí.


No obstante, la meta no es la Cruz sino la Resurrección. Al exceso de realidad que subyace en la Cruz, le corresponde un exceso mayor: el de la realidad de la vida que fluye por nuestras venas y anhela sobreponerse a la muerte que nos acosa. Espero que la Semana Santa de este año la vivamos como un tiempo especial, una oportunidad para entrar con Él en la noche del Viernes Santo y despertar con Él a la luz radiante del amanecer del Domingo de Resurrección.

¡Feliz Pascua!


Casto Acedo. Abril 2019. paduamerida@gmail.com

jueves, 28 de marzo de 2019

Ser y hacer

 
En uno de los encuentros de nuestra meditación comunitaria, creo que hace dos años,  mencioné un texto  de Meister Eckhart, un autor espiritual  del siglo XIV. El texto era llamativo  por la invitación al meditador a centrarse más en el “ser” que en el “hacer.
 
Vivimos en un tiempo y un mundo eminentemente práctico, donde todo tiene que tener una utilidad, un “para qué”; y éste “para qué” se mide siempre en claves prácticas, ya sea de beneficio económico o de bienestar físico. Esto de meditar ¿para qué sirve? Si no hay un beneficio ¿para qué hacer un ejercicio de meditación?
 
El texto que citamos comenzaba así: “La gente nunca debería pensar tanto en lo que tiene que hacer; tendrían que meditar más bien sobre lo que son”.O sea que el “hacer meditación” debe orientarse al conocimiento y crecimiento del propio  “ser” y no al revés. En nuestra cultura el ser está orientado al hacer. Hacemos cosas para obtener beneficios materiales, trabajamos para consumir; y consumimos para seguir trabajando. La economía capitalista, que se mueve por la dialéctica de la producción y el consumo, ha entrado a formar parte de nuestro propio ser. Tanto es así que incluso la meditación llegamos a concebirla como un bien de consumo más.
 
Pues bien, según nuestra tradición cristiana, más importante que “hacer cosas” es “ser yo mismo”. Mi identidad  profunda no está en mi oficio o mis construcciones, sino en mi “yo mismo”, en mi ser. Tengo un valor más allá de lo que hago.
 
 
En cierta ocasión, estando Jesús  en casa de su amigo Lázaro, una de sus hermanas, María, aprovechó para  sentarse a sus pies y escucharlo. Mientras tanto,  su hermana Marta, no cesaba de trajinar por la casa (cf Lc 10,38-42). Llega un momento en que Marta no puede callar y presenta a Jesús su queja: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».Uno esperaría que Jesús le diera la razón. Sin embargo, lo que hace Jesús es dar luz acerca de ese error tan común en nosotros, y que consiste en creer que el hacer es más importante que el ser: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».
 
Jesús no se muestra contrario a la actividad que Marta realiza, sino al “activismo”, a la inquietud, el desasosiego y la tensión con que lo hace: “Andas inquieta y preocupada”, es decir, no tienes quietud en tu ser, estás atada por pensamientos que te ocupan y te alejan de ti misma. El mismo reproche  que Marta hace a María -¡No hace nada, dile que me eche una mano!- esconde una cierta envidia y unida a la no aceptación de su tarea. Hace las labores de casa sin convencimiento, sin que la energía le nazca de dentro, sino como una imposición, y eso le desquicia.
 
Sin embargo, a María la contemplación de Jesús le produce sosiego y paz, quietud. Está aprendiendo  a ser; más aún, está siendo. A los  ojos de Marta su postura es de pasividad, sin embargo es Marta la que tiene el espíritu paralizado, incapaz de ser.

Sigue diciendo M. Eckhart en el texto que leíamos: “Si la gente y sus modos fueran buenos, sus obras podrían resplandecer mucho. Si tú eres justo, también tus obras son justas. Que no se pretenda fundamentar la santidad en el actuar; la santidad se debe fundamentar en el ser, porque las obras no nos santifican a nosotros sino que nosotros debemos santificar a las obras. Por santas que sean las obras, no nos santifican en absoluto en cuanto obras: sino en cuanto somos santos y poseemos el ser, en tanto santificamos todas nuestras obras, ya se trate de comer, de dormir, de estar en vigilia o de cualquier cosa que sea”.

Sé que esto suena a "reforma protestante"; Lutero bebió de la fuente de su paisano M. Eckart; y, ciertamente, sería un error no considerar las obras; el error está en considerarlas como lo que nos edifica, cuando en realidad somos nosotros los que damos valor a las obras.  ¿Acaso alguien que da un donativo millonario para una causa justa es santo por el mero hecho de hacerlo? Si da el donativo es porque tiene el dinero, y la obra en sí, objetivamente es buena, pero ¿qué dirías si sabes que da el donativo con el objetivo de promocionarse o lavar su imagen ante el mundo? ¿Le justificarán sus obras? ¿Quedó justificado el fariseo de la parábola apoyado en que ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que tiene, o el publicano que se reconocía en su ser pecador? (cf Lc 18,9-14).
 
Mis obras pueden darme pistas acerca de la verdad de mi camino espiritual, pero no son la meta de mi camino. Los mandamientos, la ley, me informan de mi lejanía de Dios y de cómo debería vivir, pero el mero hecho de procurar cumplirlos no me salva. Si así fuera, la salvación sería un imposible. ¿Conoces a alguien que ame a Dios sobre todas las cosas?

Creo que en los ejemplos evangélicos de Marta y María y de la parábola
del fariseo y el publicano, podemos comprender mejor a M. Eckart.  Cuando nuestras obras nos esclavizan, cuando no son expresión de nuestro ser sino  búsqueda desesperada de una identidad que no tenemos y queremos hallar, podemos experimentar que no nos salvamos por lo que hacemos sino por lo que somos: hijos de Dios. Su amor y misericordia nos preceden siempre.

Por tanto, no te estreses haciendo cosas; tampoco te deprimas cuando no salen como quisieras. Para Dios lo importante eres tú, no tu productividad.
Hay otros textos de la Escritura que vienen a enseñarte lo mismo; como cuando Jesús dice:  “ No andéis agobiados … no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus problemas…  Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia” (cf Mt 6, 31-34). Fíjate en que -como en el caso de Marta- Jesús no dice que no se trabaje; lo malo no es el hacer sino el “hacer agobiante”, la preocupación, lo que no te deja ser porque te desquicia y enfurece.
Otro texto que podríamos citar es el conocido himno al amor de san Pablo (1 Cor 13,1-13);  “Si  repartiera todos mis bienes entre los necesitados; y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría…  El amor es paciente, es benigno, es servicial, etc…” . El ejemplo que dije del adinerado que da un fuerte donativo a una causa justa encuentra aquí una apostilla. El himno, leído detenidamente dice que lo que define al amor no es lo que “hace” sino lo que “es”; sólo el “ser” (amor) da valor al “hacer” (obras). No son las obras las que nos santifican, sino nuestro amor el que santifica a las obras. Aunque diera todas mis riquezas a los pobres, si no lo hago desde mi ser, si no tengo amor, de nada me sirve.

 Querido amigo:  te digo todo esto para que seas conscientes de la importancia de la práctica de la meditación. Sin despreciar el hecho de que pueda conducirnos a obrar cada día con más justicia, su valor está en que  te conduce  a ser cada día más “tú mismo, aquí y a hora”, te lleva a conocerte más -con el tiempo sabrás que un mayor conocimiento y aceptación de Jesús en tu vida  te da un mayor conocimiento y aceptación de ti- y a obrar con más libertad, sin imposiciones externas, desde el fondo de tu alma; las obras de la libertad no responden a una reacción ante las amenazas o seducciones del exterior, ni al cumplimiento de una ley, sino a una decisión nacida y animada en  tu interior más íntimo.
Así pues, aquiétate unos minutos cada día, deja tus tareas, ponte a los pies del Maestro como María, acállate, escucha, y déjate inundar por la Presencia que da consistencia a tu ser en el silencio. Que la música callada de Dios te inunde. Si perseveras en la meditación llegará un día en que tu ser y tu hacer no  caminarán desconectados; Marta y María andarán juntas. A esto te conduce la meditación, a que tu vida sea toda contemplativa. Pero mientras recibes ese don, no cejes en tu camino de perseverancia.
Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Marzo 2019